Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 42 Lluvia
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42 Lluvia

Y, de repente, sabes que es hora de empezar algo extraordinario y confiar en la magia de los nuevos comienzos

brUNO

La forma en la que me miró, con ese brillo que me volvía loco y una sonrisa nerviosa en los labios, me puso en alerta.

En el fondo, no me tomó por sorpresa, ya la conocía lo suficiente como para prever su reacción, así que no perdí tiempo y la rodeé con un brazo, hundiendo la cara en el hueco que el jersey de lana dejaba libre en su cuello.

—¿Lo miramos? —preguntó, y solté una carcajada, alejando de ella el sobre.

—No.

—Bruno…

—Dijimos que lo haríamos en la cena de mañana.

— Dijimis qui li hiríimis in li cini di miñini —me imitó con voz infantil—. Nadie tiene por qué saberlo, nos haremos los sorprendidos y ya está.

—No.

Me lanzó una mirada furiosa y se alejó un poco.

—Borra esa estúpida sonrisa de tu cara, Remo —me advirtió frunciendo sus apetecibles morritos—. Te estoy odiando fuertemente.

—No es verdad, son tus hormonas descontroladas las que hablan por ti, y lo sabes.

Además, te recuerdo que esto de revelar el sexo del bebé el día de Nochebuena como regalo de Papá Noel fue idea tuya, no mía —contesté sin dejar de sonreír, y ella puso los ojos en blanco—.

Hemos tenido suerte de que a la tercera haya ido la vencida y solo tengamos que esperar un día.

—Oh, sí, ¡qué suerte! —ironizó echando a andar hacia al aparcamiento de aquella clínica privada que mis padres nos habían recomendado—.

El capricho de tu bebé pudoroso y sin sexo definido tan solo nos ha costado ciento ochenta euros.

Porque, ¿para qué ponérnoslo fácil y dejarse ver en las ecografías de la Seguridad Social?

Intenté no sonreír porque sabía que, si lo hacía, era Bruno muerto.

—También es tu bebé, y podríamos habernos esperado a que naciera.

—Sí, claro —refunfuñó, y caminé tras ella, entretenido en girar las llaves del coche en torno a mi dedo índice.

—¿Quieres conducir tú? —le ofrecí, pues se había quejado durante todo el trayecto hasta la clínica de lo rápido o lento que iba y de cómo entraba en las curvas.

Estaban siendo unas semanas muy interesantes, la verdad.

Le tendí las llaves, y se acercó a la puerta del copiloto por toda respuesta.

Me quedé observándola por un momento y me recreé en lo que sentía cuando la miraba.

A pesar de las pequeñas discusiones, a pesar de su irascibilidad y sus caprichosos antojos.

A pesar de que yo mismo era un poco coñazo en mi manera de ser y a veces era capaz de sacar de quicio hasta al ser más paciente sobre la faz de la tierra —cosa que ella no era ni esforzándose—.

A pesar de todas nuestras diferencias que nos hacían chocar, y de nuestras similitudes que se entrelazaban entre sí, estaba enamorado de África de una forma que jamás habría imaginado y lo que sentía por ella crecía día tras día, volviéndolo inquebrantable.

Además, la parte física era brutal, y más desde que las náuseas y el cansancio del primer trimestre habían quedado atrás y, en su lugar, se le despertó un apetito sexual de la leche.

¿El problema? Que aún no le había dicho «te quiero» —ella a mí tampoco— por miedo a que saliese huyendo despavorida. Cada vez que pensaba en hacerlo se me encogía el estómago, temiendo que con ello arruinase lo que teníamos.

Ella, allí de pie, se dio cuenta de cómo la miraba y me observó con ambas cejas alzadas en una pregunta muda. Le sonreí, pulsé el botón de desbloqueo del coche y, tras unos segundos, se subió con un gesto confundido.

Cuando me monté un momento después, se ajustaba el velcro del adaptador de seguridad para embarazadas, y yo, que ya me había sumado al bando de las personas que no sabían contar en meses, llevé mi mano hasta su ya más que notoria barriga de veintiuna semanas y la acaricié con cariño antes de arrancar el motor.

El bebé que crecía allí dentro, y que pronto tendría un nombre, era mi ancla para no salir volando hasta la estratosfera con una sonrisa de gilipollas pintada en la cara.

—Me puedes dar el sobre si quieres —me dijo con voz angelical y no me creí ni una sola de sus palabras—. No voy a abrirlo.

Aguanté una sonrisa.

—No te preocupes, ya lo llevo yo.

Se cruzó de brazos, enfurruñada, y se pasó todo el trayecto de vuelta mirando por la ventanilla.

Antes de dejarla en casa de su madre me hizo prometerle que no lo miraría y, tras jurarlo hasta en tres ocasiones, salí pitando a recoger a Bella y poner rumbo al trabajo, pues ya llegábamos media hora tarde.

—¿Qué se supone que haces? —me preguntó mi chica cuando le robé un par de croquetas de su plato y las reemplacé por unos cuantos tallos de brócoli.

Me fijé en que mi padre giraba la cabeza y apretaba los labios, como si estuviera conteniendo una risa, mientras la madre de África le susurraba algo en voz baja a su hija.

Desde que le habíamos contado que sería abuela, el mismo día que nos confesamos que queríamos seguir adelante con el embarazo, ella se mostraba muy ilusionada con la llegada del nuevo miembro a la familia.

Crucé una mirada con la mujer y pude notar la complicidad en sus ojos. Le sonreí con gratitud y desvié la vista hasta África, que esperaba mi respuesta. Encogí los hombros tratando de parecer inocente.

—El brócoli es muy sano —me excusé y supe que ella me levantaría una ceja en respuesta.

Sí. No me decepcionó.

—El agua también es muy sana y no te veo con un botellín de Solán de Cabras en la mano, precisamente.

Mi hermano Guillermo, sentado a mi lado, soltó una risita, y alguien le dio una patada por debajo de la mesa, pues soltó una exagerada queja por el golpe.

En ese momento mi tía Alicia intervino, tendiéndole un plato a África con una sonrisa amable.

—Toma, cariño. Puedes comer las que quieras.

He hecho un montón para los niños y eso incluye al vuestro, por supuesto.

Su tía abuela no va a permitir que pase hambre.

—Frunció el ceño y miró a su hermana, es decir, a mi madre—.

«Tía abuela» —repitió—. ¿Te has dado cuenta de lo viejos que nos va a hacer esto?

Por Dios, que solo tengo cuarenta y un años…

África me miró con una mezcla de satisfacción y desafío en los ojos, y no perdió tiempo en servirse cuatro croquetas de las más gordas del plato mientras mi tía seguía lamentando su suerte.

—Sí, sí. Estás en la flor de la vida, pero los que no somos niños también queremos probarlas, ¿verdad, Adriel? —dijo Leo al marido de mi tía.

Él había sido su pareja años atrás y, pese a que ya no estaban juntos, se había ganado el título de tío también.

—A mí no me metas —dijo el susodicho levantando las manos.

—Claro, tu hijo y tú ya os habréis puesto finos en casa mientras las cocinaba, ¿no? —se quejó—. Leire, tenemos que asaltar el frigorífico de Ali antes de marcharnos a Alicante.

Leo, Leire y el hijo de esta vivían allí, aunque también tenían una casa en Costa Serena en la que pasaban muchos fines de semana y festivos, como aquellas Navidades.

Agradecí que África y yo hubiésemos dejado de ser el centro de atención y los observé con interés.

—¿Me estás diciendo que no te gusta cómo cocino y quieres reemplazar mi comida por la de tu ex?

Sabía que la sangre no llegaría al río, ya los conocíamos, pero no por ello dejé de contener la respiración, imaginando qué estaría pensando la madre de África con semejante circo que tenía por familia.

—Cariño, reconoce que se te dan bien muchas cosas, pero cocinar no es tu fuerte.

—Pues también es verdad. —Rio esta.

—Una vez hizo unas albóndigas que rebotaban en el suelo cuando las tirabas, ¿verdad, Leo? —explicó César, el hijo de dieciséis años de Leire.

—Verdad. Ganaste aquella guerra de comida con todas las de la ley, colega —reconoció, y el muchacho sonrió orgulloso, mirando con intención a mi hermano Guille, que rodó los ojos hacia arriba y bufó en una actitud arrogante.

Aquellos dos vivían en una eterna competición constante desde hacía años, y ahora que las hormonas los tenían revolucionados era aún peor.

—Bruno —murmuró mi hermana Alana, ubicada frente a mí—. ¿Cuándo lo vais a hacer?

Abrí los ojos con espanto, pues hasta el momento África parecía haberse calmado con el tema.

Fui a mandarla callar. No quería que estropease la sorpresa al resto de la familia y, encima, despertase a la bestia, pero, cuando miré hacia mi izquierda, los bonitos ojos claros de mi chica me observaban con interés.

—¿Después de la cena? —le pregunté con suavidad.

—Creo que ahora mismo es un momento estupendo.

—¡Atención!

Una de las gemelas —Diana, por supuesto— dio unos toquecitos con su cuchillo en la copa y llamó al orden a todos los que ocupábamos la larga mesa del salón de mis padres.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—África y Bruno tienen algo que decirnos —anunció, y me giré hacia Alana acusándola con la mirada.

Ella y Hans eran los únicos que sabían lo que íbamos a hacer, por lo que di por hecho que se habrían ido de la lengua, sin embargo, cuando ambos negaron y me miraron con la misma confusión que sentía yo, regresé la atención a Diana, y ella me guiñó un ojo.

¿Cómo demonios se había enterado?

Me giré hacia África, y ella me sonrió. Busqué su mano bajo la mesa y sentí que me la apretaba con fuerza. Asentí con un gesto solemne, saqué el sobre del bolsillo de mi pantalón y se lo tendí a Pepa.

Ella nos miró a su hija y a mí con una sonrisa y el ceño fruncido, esperando una explicación.

—Mamá, queremos que seas tú la que desvele el sexo del bebé —le dijo África.

La manera en la que tembló su voz me dejó claro lo emocionada que estaba y agradecí que no lo hubiese llamado «alien» delante de todo el mundo.

—Cariño… —contestó la madre y la abrazó con fuerza.

Tragué saliva con dificultad, en parte por los nervios de lo que estaba a punto de suceder, pero también por la escena que estaba ocurriendo a la vista de todos. Hice un barrido por la mesa y me di cuenta de que no era el único afectado.

—Venga, Pepa, ábrelo —la animó mi padre parpadeando más rápido de lo normal cuando madre e hija se separaron.

La mujer miró el sobre cerrado como quien observa un objeto de incalculable valor.

—Sí, por favor. Que llevamos casi cuatro meses esperando para poder comprarle cositas —añadió mi madre.

El ambiente estaba lleno de expectación y todos los ojos estaban fijos en la mujer, que terminó rasgando el papel con manos temblorosas.

Ninguna de las veces que hablamos con ella sobre el bebé se había posicionado a favor de un sexo u otro, aun así, cuando su rostro se iluminó y una sonrisa le ocupó toda la cara, supe que estaba contenta con el resultado.

«Que sea una niña. Que sea una niña. Que sea una niña», repetí mentalmente con los nervios a punto de colapsar de anticipación.

—Es una niña —anunció levantando la imagen de la ecografía y el papelito con el sexo escrito a mano por el médico—. ¡Una niña!

Un coro de exclamaciones, risas y aplausos llenó el espacio mientras todos celebraban la noticia. África soltó un sollozo emocionado, se llevó las manos a la boca y me miró con los ojos brillantes. Mi otra mano apretaba la suya con fuerza.

—Una niña —murmuró mirándome en medio de aquel escándalo, y asentí sin creérmelo completamente—. Una niña, capullito.

Y, aunque me sentía muy afortunado de tenerlos a todos allí con nosotros en un momento tan especial, en aquel instante me dio igual todo lo demás, pues lo que me pidió el cuerpo fue agarrar a África por la nuca y atraerla hasta mi boca, besándola con ganas.

Era la primera vez que lo hacíamos delante de nuestras familias y no tardaron en escucharse silbidos y pitorreos que nos hicieron separarnos algo cohibidos, pero sonrientes.

—Yo voto por Bruna —dijo con maldad mi hermana Carolina.

—Ni de coña —rebatió Diana—. Si queréis tener a una guerrera, Diana es vuestro nombre.

—Diana significa mujer de aspecto celestial, mejor que le pongan Emma, que quiere decir grande, fuerte y poderosa.

—Mamá, está claro que os equivocasteis al bautizarnos —se quejó la primera.

—Nos dejaréis hacer una votación, ¿no? —nos preguntó mi hermana Zahara.

—Y ¿no deberían elegirlo ellos, que son los padres? —la contradijo mi hermana Fabiola en tono prudente.

—Hagáis lo que hagáis, ni se os ocurra dejar participar a tu tía Alicia y a tu tío Adriel en esa selección —me advirtió Leo con un gesto cómplice—. Le pusieron a su hijo Aliel.

—Y ¿qué tiene de malo? —se quejó el niño.

—Nada, cariño. Es un nombre precioso —lo tranquilizó su madre, dirigiendo una mirada furibunda a Leo.

—Tata, montasteis un shippeo [8] descarado, y es muy cringe [9] utilizar eso como nombre para alguien —la contradijo Guille, que puso una mano en el hombro de su primo pequeño—. Lo siento, bro .

—Alguien que traduzca a este muchacho, por favor —pidió Adriel.

Y, como si el cielo se apiadase de nosotros, un trueno resonó por toda la casa, haciendo que las ventanas retumbasen y todos se callaran de golpe. Envolví con los brazos a África en un acto reflejo, y ella se dejó hacer a la vez que me abrazaba por la cintura y me besaba el pecho.

—¡Llueve! —chillaron los más pequeños, que echaron a correr hasta las ventanas.

—Es un buen presagio.

Me giré hacia la futura abuela materna de nuestra hija a la vez que acariciaba la barriga de África.

—¿A qué te refieres, mamá?

—Cuando llueve en Costa Serena —prosiguió Pepa con una sonrisa llena de significado—, se dice que es como si la naturaleza bendijera momentos especiales, como si estuviera lavando todo lo anterior y dando paso a algo nuevo y hermoso.

—Es como si el cielo estuviera celebrando la llegada del nuevo bebé y aprobando los nuevos amores que se forman, como el vuestro —añadió mi madre corroborando la teoría.

Miré a África, cuyos ojos estaban llenos de lágrimas. Le sonreí con el pecho hinchado de felicidad, y ella me acarició la espalda con la mano.

Nos concedieron un poco de intimidad, pues se acercaron a la puerta desde donde los niños los llamaban para presenciar el raro espectáculo de ver cómo la lluvia mojaba nuestras calles, y aproveché aquel momento para besarla como llevaba rato queriendo hacer.

Al separarnos, repasé con el pulgar su labio inferior.

—Gracias.

—¿Por qué? —preguntó en un susurró.

—Por convertirme en el capullo más feliz del mundo y regalarme a otra mujer que me vuelva loco —le dije en voz baja deseando que solo ella me escuchara.

África rio con suavidad y me dirigió una mirada cómplice.

—Creo que no dirás lo mismo cuando te estruje la mano en el paritorio dentro de unos meses.

Negué con la cabeza y le besé la coronilla, abrazándola mientras observaba la locura que tenían formada en la puerta, donde las voces y las risas de nuestras familias se mezclaban en un coro animado.

—¿Crees que de verdad es un buen presagio?

—Sí —respondió rotunda, y sentí que esa simple palabra calmaba los latidos acelerados de mi corazón.

—¿Y lo de los nuevos amores?

—¿Qué pasa con eso? —Me miró con curiosidad.

—¿Esto es amor?

—Pues no estoy muy segura, pero lo que sí sé es que no pienso ponerle Bruna a nuestra hija por mucho que me gustes.

Solté una carcajada que ella silenció cuando su boca asaltó la mía.