Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 41 Padres
88%

41 Padres

La venganza no siempre es elegante

ÁFRICA

Aún no me podía creer todo lo vivido en las últimas veinticuatro horas, no solo por la surrealista situación con mi ex, que parecía sacada de una película de sobremesa, sino también por el salto al vacío que Bruno y yo habíamos dado al admitir que queríamos seguir adelante con nuestra relación y tener al bebé.

En verdad me parecía que ambos habíamos perdido la cabeza, no encontraba otra explicación lógica.

Y es que todavía teníamos mucho que descubrir el uno del otro.

Además, si era sincera, aún no me veía capaz de poner voz a mis sentimientos, pues, aunque sabía que eran más fuertes que los que pudiera haber sentido por nadie antes, no terminaba de entenderlos.

No obstante, una cosa era segura: si tenía que elegir a alguien para ser mi compañero en aquella locura de la inesperada maternidad, no había nadie más con quien quisiera enfrentarla que él.

Salí de la ducha y me sequé frente al espejo.

Al llegar a la zona prohibida, me permití mirarla y tocarla como no había hecho en las últimas semanas, justo desde que supe que el alien habitaba dentro de ella.

Sentí una conexión inexplicable, como si estuviera tocando con los dedos la promesa de algo bonito y eterno.

Me asombró darme cuenta de la pequeña curvatura que se apreciaba cuando me ponía de perfil, al igual que la firmeza de la zona. Toqué con ternura y le susurré un tímido «hola» que me hizo sentir un poco ridícula y emocionada a la vez.

Me envolví con la toalla y regresé a mi habitación.

Al entrar, vi a Bruno girar el cuello en mi dirección. Sus ojos se posaron en mí y levantó la cabeza de la almohada con evidente interés al observar mi atuendo.

Caminé hacia él, sintiendo su mirada recorrer cada centímetro de mi piel expuesta en aquel corto trayecto.

—¿Qué tal la ducha? —preguntó con una sonrisa juguetona bailando en sus perfectos labios.

—Refrescante —respondí devolviéndole la sonrisa.

Inspiré hondo y dejé caer la toalla, quedando desnuda por completo ante él en un alarde de confianza.

Se incorporó de golpe en la cama, como activado por un resorte, y yo permanecí allí, expuesta y tal como mi madre me trajo al mundo veintiocho años atrás, a pocos centímetros de él y con un cosquilleo de anticipación naciendo en mi interior.

El deseo en su mirada quedó opacado por la expresión de incredulidad que se instaló en su cara cuando se fijó en mi movimiento, pues me coloqué ligeramente de lado.

No tardó en conectar sus ojos con los míos.

—Ya se empieza a notar —murmuré y, poco a poco, una sonrisa genuina se formó en su rostro, como si estuviera contemplando la octava maravilla del mundo.

Extendió la mano con lentitud y, justo antes de tocarme, me miró con un gesto solemne que hizo que pareciera que tenía mucha más edad de la que en realidad tenía.

—¿Puedo? —inquirió en un susurro lleno de admiración.

Asentí con un nudo en la garganta y los ojos a punto de desbordarse. Él curvó levemente los labios en una mueca tierna y, sin dejar de observar el movimiento de su mano, me la colocó con cuidado sobre el vientre.

Cerré los ojos por un instante y me permití recrearme en su contacto. Sentí un cosquilleo allí donde me tocaba, que se fue extendiendo por cada centímetro que acarició con el pulgar.

—Hola —murmuró acercando la boca a la zona donde se encontraba su mano.

Elevó los ojos hasta encontrarse con los míos y se percató de que yo ya había perdido la batalla contra las lágrimas.

Cuando pronunció sus siguientes palabras, lo hizo impostando una voz grandilocuente—: Creo que no hay mejor momento para decir esto: «yo soy tu padre».

Reí y lloré al mismo tiempo, y él selló su declaración con un suave beso bajo mi ombligo.

—Eres un payaso —lo acusé entre sollozos.

—Soy tu payaso —me corrigió con una sonrisa cómplice—. Y, ahora, ¿me harías el favor de taparle los ojos? Lo que quiero hacer contigo son cosas de mayores.

—¿Cosas de mayores? —me burlé con renovado interés.

—Ven aquí.

Sus manos se posaron en mi trasero y me atrajo hasta él con suavidad, pero firmeza. En el proceso, ambos caímos hacia atrás, y yo quedé sobre su cuerpo, sintiendo la calidez y la familiaridad de su piel contra la mía.

—Hola —musité divertida a un par de centímetros de sus labios.

Mis dedos jugaron con los mechones del cabello sobre sus sienes, y él me respondió con una sonrisa que provocó un torrente de mariposas en mi estómago.

Y me besó.

Fue el mejor beso de toda mi vida, no tanto por el acto en sí, sino por la profunda conexión que percibí mientras lo hacíamos.

Puede que estuviera demasiado intensa por culpa de las hormonas, pero noté que Bruno volcaba en aquel contacto todos sus sentimientos hacia mí, hacia nosotros, y yo me sentí la mujer más afortunada del mundo.

—¿Es cosa mía o estamos hechos el uno para el otro? —añadí en un arranque de valentía, fruto de su beso, por supuesto.

—Es cosa tuya —rebatió y soltó una risa contagiosa cuando le mordí el hombro en respuesta.

Nuestros labios volvieron a encontrarse y nos dejamos llevar, convirtiendo aquel momento tan tierno en uno mucho más intenso conforme nuestras manos exploraban la piel del otro y se perdían en los lugares idóneos.

A pesar del momento, procuramos mantenernos en silencio. Suponíamos que mi madre era consciente de lo que estábamos haciendo allí arriba, pero no necesitábamos confirmarlo con nuestros sonidos.

Cuando llegamos al final, nuestras miradas se encontraron y compartimos un gemido ahogado en la boca del otro.

Nos concentramos en recuperar la respiración sin prisas, y él dedicó ese tiempo a acariciar mi costado con las yemas de un par de dedos, provocando escalofríos placenteros en mi piel. Creo que incluso me quedé dormida durante unos minutos, aunque no los suficientes como para que se diera cuenta.

—¿Lo has oído? —preguntó con voz divertida.

—¿Qué?

Abrí los ojos, confundida. No sabía a qué se refería, lo único que podía escuchar era el retumbar de su corazón justo bajo mi oreja.

—Mi estómago. Follar me da hambre.

Una risa escapó de mi garganta y negué con la cabeza, acurrucándome en su hombro de nuevo.

—Eres todo un poeta.

—Y tú, una bruja —rebatió justo antes de pellizcarme el culo.

—¿Esas cosas tan bonitas también se las decías a la Chernóbil?

—¿A quién?

Elevé la cabeza y aguanté una sonrisa al ver su expresión confundida.

—A tu ex, la tóxica.

A él se le escapó una carcajada, aunque la cortó al momento.

—En realidad, no quiero hablar de Laura.

—Ni yo, solo era una broma.

—Vale. No me gustan ese tipo de bromas —reconoció en un tono cordial—. ¿Vetamos el tema de los ex?

—Mientras no vetemos a los suegros… Bueno, al mío, porque el tuyo está bajo tierra desde hace años y muy bien que está pudriéndose por ahí.

Un breve mutismo se instaló entre nosotros y, cuando Bruno rompió el silencio, lo hizo con voz suave:

—¿Quieres hablar de él?

Me encogí de hombros.

—No hay mucho que contar. —Comencé a juguetear con los dedos en la zona cercana a su ombligo y sonreí al darme cuenta de que mis caricias tenían el poder de revivirlo. Bendito novio veinteañero.

—Olvídala. Ella va por libre.

Reí sin poder evitarlo y le di un suave apretón que lo hizo estremecer. Sin embargo, en cuanto comencé a hablar, entendió que aquello me afectaba y me agarró la mano para acariciarme los dedos.

—Mi madre estudió en un colegio de monjas.

Mis abuelos eran muy estrictos y religiosos —comencé a decir—.

Ella y unas amigas ayudaban en la iglesia del pueblo, solían ir siempre juntas, pero una tarde se encontró allí sola.

Cuando llegó y se dio cuenta de que ninguna más iría, quiso marcharse.

Pensó que sus padres se enfadarían si se enteraban de que había estado allí como única compañía del nuevo cura, pero el hombre tenía otros planes.

Prácticamente la forzó, aunque por supuesto él se lo vendió como que esa misma mañana había tenido una revelación del Padre Todopoderoso y se la folló a pelo con la Gracia Divina a su favor, porque ponerse un condón era pecado, claro.

—África…

Su voz era una mezcla de asombro, comprensión y preocupación. No parecía estar seguro de cómo reaccionar ante mi historia, sin embargo, estaba convencida de que quería compartirlo todo con él, por lo que ignoré su petición y continué, decidida a soltar el resto.

—Cuando se lo contó a mi abuela, buscando apoyo en ella, prácticamente le echó la culpa por ir enseñando las rodillas con la falda del uniforme.

Le prohibieron contarle nada a nadie y la encerraron en casa en cuanto supieron que estaba embarazada.

Nueve meses después ocurrió el milagro, solo que a mí no me concibió una paloma, sino un violador con sotana.

—El cuerpo de Bruno estaba tenso. Besé su pecho unas cuantas veces con la única intención de calmarlo—.

Mi madre me lo contó cuando se dio cuenta de que pronto empezaría a acostarme con chicos.

No quería que me ocurriese lo mismo que a ella.

Estuve haciendo averiguaciones y, aunque podía contar con los dedos de una mano las veces que había pisado la iglesia desde que mis abuelos murieron, me enteré de que el cura, es decir, mi padre, hacía años que se había marchado.

Afortunadamente, di con él en uno de los pueblos vecinos y se puede decir que me tomé la justicia por mi mano.

Los dedos de Bruno se apoyaron en mi barbilla y me instó a levantar la cabeza.

Me miró a los ojos, con duda y con algo parecido al miedo en su mirada, como si temiera que lo que fuese a decir a continuación pudiera afectar de alguna manera a lo nuestro.

—Dime que no fuiste tú la que te lo cargaste.

Solté una carcajada que no lo tranquilizó en absoluto.

—Tu hermana me preguntó lo mismo cuando le conté lo que había hecho —le dije, y él no dejó de observarme.

Negué con la cabeza y besé sus labios de forma escueta—.

No. No me lo cargué. O lo mismo sí, pero del susto.

Compré espray de color rojo y, una noche, descargué mi rabia contra su coche.

Le escribí unas cuantas lindezas y, con el enfado, fui tan torpe de dejarle una nota en el parabrisas con mis datos, delatándome y sugiriéndole que, si tenía algo de humanidad, compensara de alguna manera a mi madre por todo lo que le había hecho pasar.

Mira, no lo había pensado hasta ahora, pero ¿quién sabe?

En realidad podría tener más hermanos que tú y no lo sabremos nunca.

—¿Fue a tu casa? —murmuró muy pendiente de mi relato.

—Por supuesto que no, pero la policía sí que me hizo una visita a la mañana siguiente y, gracias a eso, tengo una bonita mancha de color rojo en mi expediente.

Se supone que debería servirme de escarmiento, pero en realidad me recuerda lo que soy capaz de hacer si les hacen daño a las personas que quiero.

Bruno negó con la cabeza, aún incrédulo ante mi historia.

—Eres una caja de sorpresas. Lo tendré en cuenta e intentaré no enfadarte demasiado en el futuro. —Sonreí y me encogí de hombros como respuesta—. ¿Y tu madre? ¿Qué dijo cuando se enteró?

—Me echó una buena bronca y, cuando le aseguré que había aprendido la lección, me dio las gracias.

Soltó una risa que me sonó a música celestial.

—Adoro a tu madre.

—No más que yo a tu padre —le dije para picarlo a la vez que succioné uno de sus pezones.

—Hablando de eso —respondió con la voz enronquecida—. Ayer se enteraron de lo de mi trabajo y me estaban esperando para hablar cuando llegué a casa por la noche.

Oh, oh.

Supe por su tono que no había ido demasiado bien.

—¿Cómo se lo tomaron?

—En realidad no creo que se lo tomaran mal, aunque mi madre se cabreó porque le dolió que no confiase en ellos —admitió—. Pero me parece que tienen problemas.

Moví la cabeza de nuevo y lo miré.

—¿A qué te refieres?

—A ellos, como pareja. Creo que están pasando por una crisis o algo. Se pusieron a discutir delante de mí, cosa que jamás habían hecho antes, y la historia ya no parecía tener nada que ver conmigo.

Me senté en la cama como un resorte y me aguanté una sonrisa de anticipación.

—¡Mierda!

Sentí la presencia de Bruno a mi lado un segundo después.

—¿Qué pasa? ¿Es el bebé? ¿Te duele algo? —preguntó con urgencia.

—No… —Fingí un lloriqueo—. Es que es la primera vez que tengo posibilidades con tu padre y, en vez de su amante, me he convertido en su nuera.

Escuché el bufido de Bruno y sentí el movimiento del colchón al levantarse. Antes de que pudiera separarse demasiado, lo agarré por la cintura y tiré de él con fuerza, atrayéndolo de nuevo hacia la cama.

Me tumbé encima de él, asegurándome de que no se escapara, y solté una carcajada ante su gesto enfurruñado.

—No me hace gracia, África.

—Era broma, capullito. Me encanta picarte —reconocí sin poder contener más la sonrisa—. Y aún me guardo la de poneros a uno al lado del otro y decir eso de «lo que pedí vs lo que recibí».

—Me las vas a pagar…

Su advertencia vino acompañada de un cambio de posiciones repentino y, en un instante, mi risa murió en su boca. Recibí gustosa mi castigo ofreciéndole el cobijo de mi cuerpo como ofrenda de paz.