40 Galletita
Cuando el amor llama a tu puerta, hasta los psicópatas tienen que hacer fila
brUNO
Estudié la pantalla buscando el vuelo en el que se suponía que regresaba África y solté un suspiro frustrado cuando vi que aún me quedaban veinte minutos de espera.
Todavía no me creía que se hubiese ido de buenas a primeras.
Además, la explicación que me dio su madre cuando fui a recogerla para el plan de tortitas y playa no me terminaba de convencer del todo.
¿De verdad era tan urgente visitar la boutique a la que le hacía diseños de joyas?
¿Tanto como para no poder avisarme ni por un mensaje?
Frustrado y algo preocupado, busqué un lugar donde sentarme, pero no aguanté en la misma posición ni cinco minutos, los nervios me impedían estar tranquilo.
Justo cuando estaba a punto de levantarme, choqué con el cuerpo de una mujer embarazadísima. Me disculpé rápidamente, y ella me sonrió restándole importancia.
Mis ojos no se despegaron de su abultada barriga hasta que no tomó asiento. La curiosidad y los nervios me llevaron a hacerle una pregunta sin pensar en lo que hacía en realidad.
—Perdone, ¿sabe si es seguro volar… en su… estado?
Su gesto se suavizó al notar el titubeo de mi voz.
—La semana pasada volvimos de Sudáfrica y acabo de entrar en la semana treinta y dos —me tranquilizó con voz amigable justo cuando una niña pequeña llegaba correteando hacia ella—. Eso sí, no es demasiado cómodo, la verdad.
¿Por qué la gente se empeña en medir los embarazos en semanas?
¿A quién se le ocurrió semejante idiotez?
Le sonreí en señal de agradecimiento, aunque en el fondo me devané los sesos para hacer la conversión a meses.
Lo di por imposible al ser consciente de que, con los nervios, no sería capaz de sumar dos más dos, aunque me consolé pensando en que lo importante era saber que a ella no le ocurriría nada, pues estaba de menos de catorce —cifra que no se me olvidaría nunca—.
Me despedí cuando su pareja, un hombre con gafas, llegó hasta nosotros y le tendió una botella de agua.
Paseé arriba y abajo frente a la puerta de llegadas, con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Cada vez que alguien salía, mis ojos buscaban como un loco un pelo platino entre las figuras que había detrás de la puerta.
Y, cuando al fin la vi, una oleada de alivio me recorrió el cuerpo.
Ella, ajena a mi presencia, salió con el bolso colgado al hombro y la mirada enfocada en el movimiento de sus dedos sobre el teléfono justo antes de llevárselo a la oreja.
Caminé hasta ubicarme en la trayectoria de sus pasos, mi móvil comenzó a sonar con la canción que ella misma me había puesto días antes y, al escucharlo, elevó la mirada y posó los ojos en mí.
Su rostro se contrajo en una mueca indescifrable y mi corazón dio un vuelco cuando echó a correr para terminar abalanzándose sobre mí.
—Bruno —dijo contra mi pecho, emocionada.
No utilizó su habitual «capullito» y eso fue lo primero que me extrañó.
La abracé con fuerza a la vez que besaba su cabeza. Su olor familiar hizo que todo encajara de nuevo en su lugar, pero, cuando nos separamos después de un momento, fruncí el ceño al ver el cansancio que reflejaba su cara y un destello de algo más que me pareció captar en su mirada.
—¿Estás bien?
—Tenemos que hablar —dijo en tono serio sin responder a mi pregunta.
Miedo me dio escuchar esas palabras. Porque sí, era cierto que yo quería hablar con ella y explicarle lo que había descubierto en tan poco tiempo, pero no saber qué era lo que quería decirme, y, además, sentirla tan lejos teniéndola tan cerca, me acojonó.
¿Querría acabar con lo nuestro?
—Vale.
—¿Me llevas a casa? —preguntó dubitativa—. Necesito ponerme cómoda.
Asentí y caminamos en silencio hasta el lugar donde tenía aparcado el coche.
El ambiente entre nosotros se podía cortar con un cuchillo, y ambos nos mantuvimos callados durante todo el trayecto.
Cuando al fin llegamos a su casa, ella me invitó a entrar, y la seguí diligente. Me quedé en un segundo plano mientras cruzaba algunas frases con su madre y, tras eso, subimos las escaleras y entramos en su habitación.
África cerró la puerta a su espalda y me miró fijamente, con una expresión que no supe descifrar.
Me temí lo peor cuando se apoyó en la pared, imponiendo una distancia entre nosotros que me pareció un abismo.
Sin embargo, nada de lo que me había podido imaginar fue comparable a lo que sentí cuando me relató todo lo ocurrido, desde las llamadas extrañas de la pasada semana, hasta su visita ese mismo día al despacho de su ex.
Se mordió el labio inferior.
—¿No vas a decir nada?
—África, esto es muy serio —contesté levantándome de la cama y caminando hacia el escritorio.
—Lo sé, pero ya ha acabado.
Me giré hacia ella.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque lo sé —repitió.
Me dejé caer en la mesa buscando un punto de apoyo y mi estómago se retorció cuando recreé la conversación que tuvo con aquellos dos.
—Podrías habérmelo dicho. Haberme avisado al menos de lo que ibas a hacer.
—¿Por qué? —preguntó confundida—. ¿Es que acaso tú lo podrías haber solucionado mejor?
—No, pero no hubieses pasado ese miedo tú sola —le contesté rotundo—. No quiero ser solo el tío que te follas, África.
—¿Y eso a qué viene? —inquirió a la defensiva.
Moví la cabeza hacia mi derecha y desvié la mirada hacia la estrecha estantería que quedó a mi vista.
—No estás sola. Y estar juntos significa compartir las cosas buenas y apoyarnos en las malas.
Suspiró.
Pude notar la tensión en su postura, pero mi intuición también me decía que había algo más que no me estaba contando.
—No necesito que me protejas, Bruno. Puedo cuidar de mí misma.
Me tomé unos segundos para calmarme y dejé salir el aire por la boca. No quería discutir con ella.
—Y ¿quién habla de protegerte? Sé perfectamente todo lo que puedes hacer y no te estoy cuestionando.
Tampoco he dicho que no tendrías que haber ido o algo así.
—Me impulsé con las manos sobre la madera y me acerqué a ella—.
No es una cuestión de protección, África.
Se trata de estar ahí el uno para el otro.
De ser un equipo. No quiero ser un espectador en tu vida, ¿no lo entiendes?
Quiero ser parte de ella y construir un futuro juntos.
Ella se dio cuenta de hacia dónde se dirigían mis ojos y un silencio tenso cayó entre nosotros. Ya no estábamos hablando solo de su ex, y ambos lo sabíamos.
Me fijé en que sus dedos rozaban la parte inferior de su ombligo, aunque retiró la mano al ser consciente de lo que hacía.
—¿Esa es tu decisión? —me preguntó y su voz sonó como si se hubiese deshecho de todos sus sentimientos—. ¿Al final quieres seguir adelante?
La miré directamente a los ojos al responder.
—Sí.
—Me refiero al bebé. ¿Quieres que lo tengamos? —volvió a preguntar como queriendo confirmarlo.
Sonreí interiormente.
Lo había llamado «bebé» y no «alien».
Me contuve, no quería hacerme ilusiones antes de tiempo, pero me esforcé por dejarle clara mi postura y no dar pie a ninguna duda en el futuro. Quería que entendiese que yo ya había tomado una decisión y me moría por saber si la de ella coincidía con la mía.
—Me encantaría seguir adelante con el embarazo y tener un hijo contigo, África. Así que sí. Mi respuesta es un rotundo y acojonante sí.
Ella me observó durante unos segundos en silencio.
Me pareció que buscaba la sinceridad de mis palabras en mis ojos. Me concentré en transmitirle todo lo que sentía por ella en aquel contacto visual, y ella debió de sentirlo, pues su expresión se suavizó poco a poco hasta dar paso a una expresión de alivio que inundó toda su cara.
—Es una locura.
Apreté un labio contra el otro. Necesitaba gritar.
—Lo sé.
—Es una gran locura, Bruno.
¿Era demasiado pronto para una broma?
—Prefiero que me llames «capullito». O «papá capullito» si lo prefieres —me arriesgué.
Ella puso los ojos en blanco, pero terminó sonriendo cuando agarré su cintura.
—¿De verdad estás seguro? —Inspiró hondo a la vez que me echaba los brazos alrededor del cuello. Solo entonces me di cuenta de lo pálida que estaba—. ¿Estás completamente seguro? Mira que luego no podremos dar marcha atrás.
Sonreí.
—¿Y tú? ¿Qué quieres tú? —susurré con ganas de besarla.
Desvió la mirada y negó con la cabeza de forma sutil, como si no creyese completamente lo que iba a decir.
—En el fondo tengo que darle las gracias al psicópata del hijo de Marc, porque él ha hecho que me dé cuenta de que estoy dispuesta a todo por protegerlo. Al alien, me refiero.
—Bebé —la corregí con dulzura.
Ella sonrió y sus ojos brillaron con una mezcla de emociones. Unos segundos después, su gesto cambió a una mueca de asco justo antes de soltarse de mi agarre y abalanzarse hacia la papelera con la mano en la boca.
Me giré hacia ella, le puse una mano en la cintura en señal de apoyo y cerré los ojos. No pude hacer mucho más, pues estaba intentando controlar mi propia respiración para no acabar vomitando yo también.
—¿Puedo cambiar de opinión? —dijo al erguirse. Me esforcé por sonreír con los ojos aún cerrados—. Aún no ha nacido y ya está dando por culo.
—Uhm… —fue lo único que pude responder.
—Bruno.
Cogí aire con lentitud.
—¿Qué?
—Me temo que vas a tener que irte acostumbrando a esta y a otras lindezas que me regala cada día la madre naturaleza.
—Abrí los ojos y enfoqué la vista en su cara, a la que ya le había vuelto el color.
Su preciosa sonrisa me recibió—. Bienvenido al maravilloso mundo de la paternidad. ¿Unas galletitas saladas?
Rompió a reír cuando fruncí la nariz en respuesta.