39 Mentiras
Cuando me convierta en un ser de luz voy a electrocutar a varios que conozco
ÁFRICA
Observé la puerta que tantas veces había cruzado e inspiré hondo antes de apoyar mi mano en ella para empujarla y atravesarla. El olor característico de la clínica me recibió y aproveché que una pareja distraía a la recepcionista para avanzar y enfilar las escaleras.
Ella debió de verme y reconocerme desde su puesto, pues me llamó por mi nombre en una advertencia que ignoré.
Aceleré mis pasos, que resonaron en el pasillo mientras me adentraba en el corazón del edificio. El mío latía con fuerza y, con la respiración agitada, abrí el despacho que tan bien conocía.
Su dueño se encontraba hablando por teléfono. Su expresión pasó de la molestia a la sorpresa al reconocerme.
Cortó la llamada al momento.
—¿Rubia? —Me sonrió confundido—. ¿Qué haces aquí?
Di un paso atrás cuando se levantó y comenzó a caminar en mi dirección.
Mi mente estaba en ebullición y las palabras que había estado ensayando durante todo el vuelo parecieron evaporarse.
—Hola, Marc —lo saludé un segundo antes de que la puerta se estampase contra la pared a mi espalda.
Por poco no me llevó por delante.
Mi mirada se desvió hacia la entrada del despacho, donde una versión más joven del primero se mantenía en pie. Retrocedí por instinto, lo que me acercó más al otro.
—¡Tú! —me gritó furioso el recién llegado, señalándome con un dedo.
Mi corazón comenzó a latir más fuerte cuando atisbé el odio en su mirada y cómo desvió la vista hacia mi barriga.
—Hijo, ¿no estabas en una reunión? —preguntó su padre posando una mano en mi hombro.
Me deshice del contacto con una mueca de aversión, y ambos se giraron hacia mí cuando vieron mi reacción. La tensión en la habitación era palpable.
—Parece que no captaste lo que te dije el otro día —comenzó a decir el Marc más joven con una voz cargada de desafío—. ¿Tan poco valoras el hecho de que te haya advertido antes de actuar?
Sentía las piernas a punto de fallar, pero ya no podía dar marcha atrás. Había atravesado medio país y llegado a aquella habitación con un propósito, y no pensaba irme de allí sin conseguirlo.
—¿Advertido? —le espeté con una sonrisa cínica y una mezcla de rabia y frustración en mi cuerpo—. Aquello fue una amenaza en toda regla.
—Discrepo —respondió él.
—¡Qué sorpresa! —bufé y me envalentoné, en parte porque no estábamos solos. Me acerqué a él un par de pasos señalándolo con el dedo—. ¿Quién demonios te crees que eres, Marc? ¿Piensas que por ser el hijito de papá puedes ir por ahí avasallando a la gente como si fueras un matón de película?
—¿Qué? —preguntó el mayor observándonos alternativamente a su hijo y a mí.
El más joven ignoró la pregunta de su padre.
—Estás loca.
—¡Oh, por favor! —exclamé con sarcasmo—. ¿Yo estoy loca? Después de lo que hiciste, ¿soy yo la loca? ¿De verdad creíste que podrías intimidarme con tus amenazas o enviando a un tipo a que me metiese miedo? Te has equivocado de mujer, ¿sabes? No vas a salirte con la tuya, imbécil.
—No puedes demostrar que…
—¡Claro que puedo! —lo interrumpí.
—¡¿Se puede saber qué demonios pasa?! —chilló mi ex con un tono que me silenció de inmediato. Su hijo enderezó la espalda y me miró con una expresión dura en el rostro. Ninguno de los dos abrimos la boca—. Sentaos ahora mismo.
Esperé a que ellos lo hicieran antes de retirar la silla que quedaba libre y ubicarme lo más separada posible del psicópata que tenía por hijo.
—Está embarazada —soltó de pronto este.
Mi ex desvió la mirada hacia mí y me observó con una pregunta muda. Asentí a la vez que levantaba una ceja.
—Enhorabuena —me dijo en tono conciliador.
—Gracias.
—¿Enhorabuena? —vociferó el otro—. ¿Te has vuelto loco tú también? ¿No te das cuenta de lo que pretende?
—¡Que dejes de montarte películas, zumbado! —le chillé al borde de perder los nervios.
Inspiré hondo y miré a mi ex en busca de algo de comprensión. Él me observó durante un segundo y me pareció atisbar un destello de tristeza en su mirada, pero, cuando su hijo volvió a hablar, esta desapareció.
—Papá, las mujeres como ella…
—Cuidado —le advertí sintiendo cómo se dilataban las aletas de mi nariz—. No subestimes la mala leche de una mujer que se pasa el día con náuseas.
—Las mujeres como ella —repitió mirándome con desprecio— solo buscan aprovecharse de situaciones como esta para quedarse con todo lo que los demás construyen con esfuerzo y sacrificio.
Mi ex frunció el ceño, aunque se mantuvo en silencio.
—Y dale —me quejé sin poder evitarlo.
—Fue a una de nuestras clínicas —expuso como si ese simple hecho lo justificara todo.
—Y no sabes cómo me arrepiento —rebatí y, acto seguido, miré a Marc padre—. El personal que tienes allí deja mucho que desear, por cierto.
—No te dejes engañar, papá. No puedes caer en su juego o en cuanto nazca te intentará robar hasta el aire.
—Pero ¿qué juego? ¿Tú te escuchas? —le pregunté enfadada.
—¿Crees que no sé cómo son las cosas? —Se puso en pie y me señaló desde su altura—. No eres más que una oportunista tratando de quedarse con algo que no le pertenece.
Me puse en pie yo también y lo miré con verdadero odio.
Vale, podía reconocer que en el pasado había utilizado a algunos tíos con los que estuve y me beneficié de ellos mientras estábamos juntos, sin embargo, de ahí a lo que él estaba insinuando iba todo un mundo.
—Estás para que te encierren. Te recuerdo que no he sido yo la que ha buscado a nadie ni tengo esa clase de pensamientos psicóticos —expuse acercándome a él hasta quedar muy cerca de su rostro—.
Fui a la clínica porque aún conservaba la tarjeta, no lo hice con ninguna doble intención.
Si se me puede acusar de algo es de haberme aprovechado de la revisión gratis, pero de nada más.
—No te creo.
—Ese es tu problema, no el mío.
—¡Basta ya! —Me sobresalté y me fijé en que mi ex se había puesto de pie y nos observaba serio—. África, no voy a permitir que vengas a mi casa y sigas faltando al respeto a mi hijo de esa manera.
—¿Qué? —Lo miré alucinada.
—Y tú. —Se giró hacia el aludido y negó con la cabeza—. ¿Crees que estaría tan tranquilo si dudase de que hay una mínima posibilidad de que ese niño fuera mío? ¿Tan ingenuo te piensas que soy?
—¿Cómo? —preguntó su hijo visiblemente aturdido.
—Hace años que tengo hecha la vasectomía, sé guardarme las espaldas.
El silencio que invadió el despacho fue tan pesado que pareció llenar cada rincón del lugar.
Mi mirada se alternaba entre los dos hombres, tratando de captar sus reacciones.
El rostro de Marc hijo se relajó y me fijé en que sus ojos perdieron el brillo de rabia de antes para dar paso a la incredulidad más absoluta.
—¿Qué? —repitió una vez más en un susurro casi inaudible, como si estuviera intentando asimilar lo que acababa de escuchar.
—Lo que has oído —confirmó su padre cruzando los brazos—. Tomé la decisión por mi cuenta hace años, así que no hace falta que te diga que es algo que no necesita saber tu madre.
El joven lo miró por un momento y soltó una risa recelosa, como si su mente no pudiera procesar la información de manera coherente. Sus ojos se clavaron en los de su padre, buscando algún rastro de engaño o ironía en sus palabras.
—Esta no es la primera, ¿verdad? —le preguntó refiriéndose a mí.
—Sal del despacho —le pidió severo sin contestar a su pregunta—. Y a ver si aprendes de una vez a llamar antes de entrar.
El otro pareció considerar sus opciones por un momento, como si estuviera sopesando si merecía la pena seguir discutiendo algo que, a todas luces, ya no tenía más vuelta de hoja o retirarse.
Al cabo de unos segundos asintió en silencio y caminó hacia la puerta, no sin antes dirigirme una mirada triunfante.
Puse los ojos en blanco cuando cerró tras de sí.
Escuché el suspiro de Marc cuando su hijo nos dejó a solas.
—No es mío, ¿verdad?
Me giré hacia él con un movimiento brusco de cabeza.
—¿Qué?
—Hace mucho que no nos acostamos. No puede ser mío —recapacitó, más para él que para mí.
Lo miré confundida.
—Pero ¿no acabas de decirle que…?
—Conozco a mi hijo —me interrumpió—. Sabía que no iba a dejarte en paz si creía que había una mínima posibilidad de que su teoría se confirmase. No la hay, ¿no?
No relajé la expresión cuando él me devolvió la mirada con una mezcla de cansancio y tristeza en los ojos.
Negué con la cabeza.
—No, Marc. No es tuyo —respondí, decidida a ponerle fin al tema—. No hay ninguna posibilidad de que este niño sea tuyo.
—¿Ya sabes que es un niño? —Me mordí el labio y moví la cabeza de nuevo en señal de negación. Él se pasó una mano por el pelo y suspiró—. Te veo bien.
—Estoy bien.
Asintió con solemnidad y anduvo hasta ponerse de frente a la ventana. Observé su espalda y cómo la chaqueta enmarcaba aquel cuerpo que yo misma había venerado, sin embargo, no sentí absolutamente nada.
—Siempre he pensado que eres la mujer más increíble y valiente que he conocido nunca, ¿sabes? —me dijo, y lo observé alucinada, sin saber cómo responder a ese comentario—. Sé que te hice daño y me arrepiento cada día por la manera en que actué cuando él nos encontró.
—Marc, no hace falta nada de todo esto. En serio. He venido aquí porque no sabía cómo frenar a tu hijo y fue lo único que se me ocurrió. No significa nada más. Solo quiero vivir mi vida en paz.
Sus hombros se movieron como si hubiese respirado profundamente.
—Espero no tener que arrepentirme por haberle mentido.
—No lo harás, puedes estar tranquilo. No quiero nada tuyo.
Agarré mi bolso, y él se giró hacia mí.
—No supimos hacerlo bien, ¿verdad? —me preguntó y su mirada me incomodó porque me transmitía algo que no quería despertar en él. Él entendió mi silencio y sonrió—. Imagino que ya da igual.
Asentí, y nos observamos durante un momento. Me costó tragar saliva cuando su mirada se posó en mi vientre, como si buscara respuestas en él.
—¿Lo sabe el padre? —preguntó de repente.
Llevé las manos hacia mi abdomen, pero las detuve antes de tomar contacto con mi piel.
—Sí.
—¿Lo quieres como me quisiste a mí? —Su pregunta me pilló por sorpresa y, a pesar de lo incómodo de la situación y de saber que no tenía que darle explicaciones, sentí que lo mínimo que se merecía después de haberme salvado de la locura del psicótico de su hijo era que fuese sincera y que zanjase de una vez por todas lo nuestro.
—Lo que siento por él me ha servido para darme cuenta de que lo que sentía por ti no era amor, Marc.
Tardó unos segundos en contestar.
—Entiendo.
Lo miré una última vez y asentí en una despedida silenciosa justo antes de girarme y salir del despacho.
Aquella fue la última palabra que escucharía de sus labios.
Cuando cerré la puerta tras de mí supe que, con aquello, dejaba atrás todo lo que alguna vez fui y no sería nunca más.
Ya era hora de volver a mi verdadero hogar y construir mi futuro.