Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 38 Revelaciones
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No te compares. No te menosprecies. No eres ni mejor ni peor que otros. Simplemente eres tú y eso nadie lo puede superar

brUNO

La visita inesperada me alegró la tarde, pese a tener que soportar las miradas guasonas y los comentarios subidos de tono de dos de mis compañeros, que habían corrido como si fueran unas viejas cotillas a la puerta en cuanto otro de ellos me avisó de que había dos chicas preguntando por mí.

—Qué bien te lo montas, Remo. —Silbó el primero en cuanto me despedí de mi hermana y de África, y cerré la puerta—. ¿Te enrollas con las dos a la vez? Dime que sí, sería mi sueño hecho realidad…

—Unos tanto y otros tan poco —se quejó el segundo caminando tras de mí.

—Joder, no habléis así. Qué puto asco. Que una de ellas es mi hermana —me quejé.

Sabía que sus palabras tan solo eran provocaciones, ya los iba conociendo. No obstante, sentí la necesidad de defenderlas mientras ellos reían disfrutando de mi incomodidad.

—¿Cuál de las dos?

—¡Dejad al chico en paz! —graznó mi jefe desde la puerta del despacho.

Le sonreí en señal de agradecimiento, y él me invitó a entrar. Pasé a su lado y, una vez dentro, vi cómo les echaba una mirada intimidante justo antes de cerrar.

—No sabía que vendrían —me excusé creyendo que me llevaría una reprimenda por la distracción de las chicas.

Él sonrió mostrándose comprensivo e hizo un gesto con la mano restándole importancia. Se sentó en su silla giratoria tras el escritorio y me invitó a hacer lo mismo frente a él.

—Hace varios días que no hablamos. Cuéntame, ¿qué tal va todo?

—Bien —respondí con la espalda recta—. Muy bien, señor.

—¿Estás cómodo aquí? ¿Con los compañeros? ¿Qué tal ves a Bella?

—Sí, señor. —Asentí para reforzar mis palabras—. Todo perfecto, y Bella se está adaptando muy bien.

—Estupendo. Entonces, ¿ya estás más convencido de que esto puede ser «lo tuyo»?

Hizo un gesto de comillas en el aire, y sonreí recordando el momento exacto al que hacía referencia, varias semanas atrás.

Aquella tarde me había ido a pasear con Bella por la playa.

Ella jugaba a encontrar su nudo, que previamente le había escondido entre las rocas, mientras yo le daba vueltas a lo que había ocurrido en Barcelona.

África y yo aún no nos habíamos vuelto a ver desde entonces y el recuerdo de lo que habíamos hecho no se me iba de la cabeza.

En esas estaba cuando una voz a mi espalda me sobresaltó.

Era él. Me había estado observando durante todo aquel rato y no le pasó desapercibido cómo Bella y yo nos compenetrábamos.

El animal ladraba cuando encontraba su juguete y se sentaba diligente hasta que yo lo rescataba.

Después de eso, jugué un rato con ella, tirando cada uno de un extremo, y vuelta a empezar.

—Bueno, en ese momento no estaba seguro, pero ahora puedo decirle que sí, señor. Me gusta el trabajo, el equipo y la sensación de estar contribuyendo a la comunidad.

Mi jefe asintió, satisfecho con mi respuesta.

—Me alegra escuchar eso, Remo. Desde que os vi supe que ambos teníais mucho potencial y el hecho de que tengas la certificación de adiestrador es un plus.

—Agradecí sus palabras con un ademán de cabeza.

Me sentí valorado y apreciado como pocas veces en mi vida laboral—.

Es importante que uno se sienta bien y comprometido con lo que hace, y eso se nota en tu dedicación y en tu rápido aprendizaje, así que estoy seguro de que te gustará saber que la próxima semana comenzaremos con los entrenamientos en condiciones reales.

Intenté disimular mi felicidad, aunque mi rostro se iluminó. Quería saltar de la emoción. Aquel anuncio significaba que se acababa la formación básica. Suponía un nuevo escalón, otro paso más para conseguirlo.

—Estoy deseándolo.

Su ceño fruncido se estrelló contra mi optimismo y dejé de sonreír de inmediato.

—¿Te puedo hacer una pregunta, hijo?

—Claro. —Hubo un leve titubeo en mi voz.

Él se levantó y caminó un par de pasos. Sorteó el escritorio y apoyó su enorme cuerpo en él. Yo miré hacia arriba y quise pensar que el hecho de que se hubiese acercado tenía que significar algo, ¿no? Algo bueno, quería decir.

—Me he encontrado con tu padre esta mañana. —Desvié la mirada conteniendo la palabrota que me quemaba en la lengua—. Me sorprendió que él no tuviese conocimiento de todo esto. ¿No le habías mencionado nada?

Mi corazón se aceleró mientras intentaba dar con la respuesta adecuada.

—Las cosas han estado un poco movidas últimamente en casa y no he encontrado el momento adecuado para contárselo —mentí en parte.

Mi jefe me miró con seriedad, evaluando mis palabras. Yo no rompí el contacto visual, acojonado y rezando para que lo dejase estar. Bastante tenía ya con pensar en lo que me esperaría al llegar a casa como para creer que mi trabajo podía peligrar.

—Entiendo. A veces las relaciones familiares pueden ser complicadas.

—Asentí y su semblante se suavizó—. Si te sirve de consuelo, una vez que se le pasó la sorpresa inicial, pareció tomarse bastante bien la noticia.

De hecho, hasta se mostró orgulloso cuando le dije lo contento que estaba con tu fichaje y lo responsable que eres.

Hice un gesto con la cabeza en señal de agradecimiento.

—Gracias, señor. Hablaré con él esta misma noche.

—Puedes dejar de llamarme señor. Al menos mientras tratemos temas personales.

—Me sonrió, y yo lo imité—. Cada uno tiene sus motivos para hacer las cosas, pero si me permites un consejo: la honestidad es importante en nuestro trabajo y también en nuestras relaciones, Bruno.

Las personas que te quieren merecen saber que estás bien y que has encontrado algo que te hace feliz.

—Ya. No he hecho las cosas demasiado bien últimamente —admití.

—Eres joven. Estás a tiempo de enmendarlo todo. Y, si necesitas cualquier cosa o te surge algún problema, no dudes en decírmelo. —Me guiñó un ojo, y yo respiré un poco menos tenso.

—Gracias, señor… Quiero decir: gracias, Sancho —me corregí rápidamente—. Gracias por tus consejos.

Mi jefe hizo un gesto con la cabeza en señal de aprobación.

—Bien, una vez aclarado esto, vayamos a lo que nos compete. Respecto a García y Sánchez no te preocupes demasiado por ellos. Son así con todos, les gusta sacar de quicio a la gente y sobre todo a los nuevos.

—No pasa nada.

—Como dato y sin que sirva de precedente te diré que tenemos superávit de espuma de afeitar en el almacén —soltó mientras se sentaba de nuevo en su escritorio y desbloqueaba la pantalla del ordenador—.

No nos vendría mal deshacernos de un poco de ella, y tú pareces un chico creativo. A ver qué se te ocurre…

Me guiñó un ojo, y solté una carcajada sin poder evitarlo.

Salí del despacho un momento después e intenté no darle demasiadas vueltas a la cabeza lo que quedó de turno. Sin embargo, cuando salí y me planté frente a la puerta de casa, sentí un nudo ahogándome en la garganta.

Por suerte, la única que estaba por allí, aparte de mis padres, era Carolina.

Dejé mis cosas en la entrada, sin necesidad de esconderlas ya en el hueco de la depuradora, y respiré hondo antes de dirigirme hacia la cocina.

Mi hermana agarró un plátano del frutero, me hizo un gesto a modo de saludo y despedida y se marchó justo cuando llegué hasta ellos.

La observé mientras caminaba hacia la puerta que conectaba con el apartamento ubicado en el garaje.

Deseé su independencia y lamenté no haberlo reclamado como mío al cumplir la mayoría de edad.

Así al menos tendría un lugar donde esconder la cabeza cual avestruz.

—Bonito uniforme —dijo mi madre en tono frío.

—Mamá…

—Estoy enfadada, Bruno —me explicó, por si no me había quedado claro con su tono—. Y dolida. Y molesta. Y triste, ya puestos.

—Lo sé, mamá —respondí con sinceridad, sintiendo el peso de sus palabras. Esperaba una reprimenda por parte de mi padre, pero no de ella—. Sé que cometí un error al no contároslo antes.

Mi padre, que hasta ese momento permanecía en silencio a un lado de ella, me miró e intervino.

—Bruno, entendemos que eres adulto y quieres tomar tus propias decisiones, somos tu familia y siempre nos vas a tener aquí para apoyarte, pero comprende que nos duela ver que no confías en nosotros.

—Papá, no…

—No te atrevas a decir que no es eso —me cortó mi madre seria, señalándome con un dedo. Pocas veces la había visto así—. Ni se te ocurra decirlo porque sabes que no es verdad.

—Cálmate, cielo —murmuró él intentando mediar.

Ella se giró y lo miró con el ceño fruncido.

Creo que jamás me había parecido más a mi padre, pues los dos compusimos la misma mueca confundida.

—¿Es que no tengo derecho a enfadarme? —le dijo ella encarándolo. Abrí los ojos con sorpresa. Mis padres nunca discutían delante de nosotros y aquello era toda una novedad—. ¿Es eso, Federico?

«Federico».

Oh, oh…

Él levantó las manos en son de paz.

—No he dicho eso.

—¿Hace falta que te recuerde lo que pasó con Alana cuando conoció a Hans? ¿Que te recuerde cómo te pusiste tú cuando tu niña se marchó de la noche a la mañana?

—Me acuerdo, pero…

—Ni «pero» ni «pera» —lo interrumpió levantando la voz—. Tengo todo el derecho del mundo a molestarme porque mi hijo prefiera ser un desconocido en vez de confiar en su familia, y no tienes por qué decirme que me calme, porque no quiero calmarme. Quiero enfadarme.

Lo vi apretar la mandíbula.

—Pues hazlo, Estrella —rebatió él en el mismo tono—. Hazlo.

¿Qué demonios estaba pasando? Parecían dos niños pequeños en medio de una rabieta.

No me hizo falta mucho más para darme cuenta de que aquello ya no tenía tanto que ver conmigo y me sentí mal por haber provocado una discusión entre ellos. La había vuelto a cagar y no soporté la idea de haber abierto una brecha entre mis padres.

La tensión mientras se miraban era palpable y, cuando vi que mi madre abría la boca con la intención de contestarle, decidí intervenir.

—¡Tenía miedo! ¿Vale? —confesé. Ellos giraron la cabeza en mi dirección—. No es que no confíe en vosotros, es solo que… —titubeé sintiéndome observado y frágil— tenía miedo de defraudaros de nuevo. Sé que no soy como mis hermanas, lo sé, por eso no quería contároslo y que luego no saliese bien.

Observé sus gestos y cómo la expresión de mi madre se suavizó de forma considerable. Se observaron durante unos segundos, y mi padre asintió en una conversación muda que no capté.

Mi madre se acercó a mí y me abrazó. Tragué saliva con dificultad y mantuve la espalda erguida durante unos segundos, sintiéndome incómodo. Cuando le devolví el abrazo, y me dejé llevar, unas ganas absurdas de llorar me invadieron, y la mano de mi padre en mi hombro fue el detonante.

Las lágrimas brotaron de mis ojos y sollocé como un niño pequeño mientras me aferraba a ellos.

Durante los minutos en los que me permití ser vulnerable, y me vacié de preocupaciones y miedos, mis padres me acompañaron en silencio.

Aquel apoyo, desinteresado e instintivo, fue lo que me hizo darme cuenta de que, de verdad, estaban ahí para mí.

No solo para mis hermanas, como siempre había creído.

No importaba si la cagaba o lograba la mayor hazaña.

No importaba si lloraba como un niño pequeño o daba saltos de felicidad.

Ni tampoco que les confesara mis sentimientos de inferioridad y mis miedos a no estar a la altura o que me creyese el jodido rey del mundo.

Ellos estarían allí siempre.

Un nuevo sollozo me estremeció cuando me di cuenta de lo fácil que me estaba resultando dejar atrás tantos años de comparaciones en las que yo siempre salía perdiendo y aceptar que estaba equivocado.

—No nos has defraudado, cariño —me dijo mi madre con voz suave, acariciando mi espalda en un gesto tranquilizador—. No tienes que demostrarle nada a nadie. Eres nuestro hijo, y te queremos tal y como eres.

—No necesitas ser como tus hermanas ni como nadie más —añadió mi padre—. No te tienes que comparar con nadie porque te queremos por ser tú. Único e imperfecto. Y tú debes quererte igual.

Sabía que lo decían de verdad y asentí intentando calmarme.

—Lo siento —susurré inspirando hondo a la vez que ella me secaba las lágrimas con una sonrisa temblorosa.

—Bruno, lo importante es que entiendas que, pase lo que pase, nos tienes aquí. Si quieres hablar de tu ruptura con Laura, de lo del embarazo de África, del trabajo o de cualquier cosa que para ti sea importante. Nos tienes aquí.

Mi padre asintió, apoyando sus palabras.

Y yo fui plenamente consciente de lo injusto que había sido conmigo mismo durante muchos años, no solo por sentirme inferior, sino por no luchar de verdad por lo que quería con uñas y dientes.

Con Laura.

Con África.

Con todo.

Puede que escuchar su nombre en otros labios hubiese dado pie a aquella revelación, pero mi mente decidió que aquel instante era el momento perfecto para hacer que me diese cuenta de lo que de verdad quería.

Y lo que quería era trabajar en la unidad de rescate canino del cuerpo de bomberos de Costa Serena

Y a África.

Y también a ese bebé que crecía en su interior y que había llegado para cambiarnos la vida a los dos.

Porque no, no quería deshacerme de él. No quería que abortase, pese a tener muchos elementos en contra, y ponerle voz mientras se lo contaba a mis padres me resultó toda una catarsis. Los quería a los dos, conmigo, siendo felices como sabía que podríamos ser y formando nuestra propia familia.

Ahora solo me quedaba saber qué quería África y rezar para que mis sueños no se fuesen a la mierda antes siquiera de poder tocarlos con la punta de los dedos.