Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 37 Cómo
81%

37 Cómo

Cuando el miedo actúa como detonante solo hay dos caminos: enfrentar lo que esté por venir o dejar que te paralice y te domine

ÁFRICA

Llamé a Bruno por teléfono un par de veces mientras íbamos en camino, aunque en el fondo sabía que era inútil.

El día que firmó el contrato tras el mes de prueba me había dado el número de la estación por si tenía alguna emergencia, ya que su móvil permanecía en la taquilla durante todo su turno.

Lamentablemente, el simple hecho de que se me hubiese metido entre ceja y ceja ir a visitarlo y hubiera reclutado a su hermana para ser un frente más unido, no podía considerarse una emergencia en sí.

Al llegar me costó mantener la compostura, pues el tipo que nos abrió, uniformado, sudadito y con marcas negras en la cara y el cuello, dejó sin habla hasta a mi amiga, que, pese a estar enamorada hasta los huesos de su chico, podía presumir de tener en muy buen funcionamiento los ojos y las glándulas salivales.

Nadie podría culparla.

Cuando nos presentamos y preguntamos por Bruno, el bombero, con toda su imponencia, se disculpó por su aspecto. Al parecer lo habíamos pillado reparando uno de los camiones. Tras la explicación nos pidió que esperásemos un momento y nos dejó de nuevo a solas.

Me aclaré la garganta de manera sonora, y Alana se giró hacia mí.

—Qué espectáculo de hombre, ¿no? —murmuró con los ojos muy abiertos.

Bruno nos encontró muertas de la risa un momento después.

Sí, tuvimos suerte y logramos verlo unos cuantos minutos. No pudieron ser muchos, ya que su jefe lo reclamó un poco más tarde, y él, responsable y comprometido como el que más, no quiso hacerlo esperar.

Me despedí de Alana y mientras caminaba de vuelta a casa no pude evitar recordar la sensación que me invadió cuando los ojos de Bruno se encontraron con los míos.

Aquellos minutos, fugaces, pero intensos, avivaron la llama que ardía entre nosotros y me dejaron con un anhelo que iba más allá de lo físico.

Una vez más me quedó claro que la conexión que compartíamos era especial y, de algún modo, supe que aún me quedaba mucho más por descubrir en nuestra historia.

Decidí desviarme un poco y tomar el paseo marítimo. Sabía que no era la ruta más rápida, aun así, no tenía ninguna prisa y me apetecía pasear de vuelta a casa. La playa comenzaba a vaciarse de familias y tan solo quedaban los más rezagados que no querían perderse la puesta de sol.

Me concentré en mi respiración y en la sensación de calma que me invadía siempre que estaba cerca del mar, hasta que, de repente, tuve la impresión de que alguien me observaba.

Con inquietud, busqué a mi alrededor.

Al principio no di con nada que justificase mi miedo, sin embargo, por el rabillo del ojo capté una figura que me trajo a la memoria a aquel tipo del bar.

Giré mi cuerpo justo cuando una familia salía de la playa. Durante un par de segundos entorpecieron mi visión y, una vez pasaron, el lugar que antes había ocupado esa presencia se encontraba inquietantemente vacío.

Se me formó un nudo en la garganta y me abracé al sentir un escalofrío. La brisa marina que antes me había relajado se me antojaba demasiado fría y cortante, y mi corazón empezó a bombear más rápido.

Intenté convencerme de que todo aquello era producto de mi imaginación. Aún había gente desperdigada por la zona y lo cierto era que, a excepción de esa fugaz visión, en realidad no lograba identificar ninguna amenaza real. Además, no era como si estuviese paseando en plena noche cerrada.

Poco a poco la luz del atardecer dio paso a una penumbra inquietante y lamenté haber elegido el camino más largo.

El miedo me empezó a nublar la mente y cada sombra se me antojó estremecedora.

Aceleré el paso, tratando de mantener la calma y no mirar atrás.

Cuando la adrenalina comenzó a recorrer mi cuerpo eché a correr y tomé un atajo.

Giré cada esquina con el temor de encontrarme con alguien acechándome, algo que justificara aquella sensación de ser observada y, cuando al fin llegué a casa, cerré la puerta con un suspiro de alivio, apoyé las manos en el abdomen y me concentré en recuperar el ritmo normal de la respiración.

Mi madre me encontró un momento después.

—¿Estás bien, hija? —preguntó preocupada al darse cuenta de mi estado.

Cogí aire una vez más, abrí los ojos y le sonreí tratando de disimular.

Inventé una excusa y decidí no darle más vueltas al asunto, sin embargo, aquella desagradable sensación no me abandonó durante toda la cena.

Me sentía vulnerable y asustada, aunque también un poco absurda, pues en realidad no tenía pruebas de que alguien me hubiera seguido y tal vez solo había sido mi imaginación jugándome una mala pasada.

Y, justo cuando pensé que la noche volvía a la normalidad, mi teléfono móvil sonó y todos mis miedos se materializaron.

«Número desconocido».

Mi pecho retumbó con fuerza mientras me preguntaba quién podría estar llamándome a esas horas de la noche.

Me excusé con mi madre y subí las escaleras casi a la carrera, con los latidos resonándome en los oídos. Al llegar a mi habitación me quedé observando la pantalla del aparato iluminada durante unos segundos, tratando de decidir si debía contestar o, simplemente, ignorar la llamada.

Inspiré hondo, conteniendo el aire en mis pulmones, y descolgué manteniéndome en silencio.

—Hola, África. —Una voz masculina resonó al otro lado de la línea. No la reconocí de inmediato, pese a que su tono me resultó familiar—. Por fin contestas. Ya era hora.

Un escalofrío me recorrió la columna.

—¿Marc? —pregunté con cierta incertidumbre.

—Hijo —apuntilló.

Su tono era duro y estaba lleno de desdén, y un nudo se me formó en el estómago al escuchar cómo pronunciaba esa palabra.

—¿Qué quieres?

Soltó una carcajada que me erizó la piel.

—Menuda manera de tratar a tu exhijastro. ¿Dónde te has dejado esos modales tan refinados que utilizabas tan bien para engatusar a mi padre?

—¿Qué quieres, Marc? —repetí apretando la mandíbula.

—¿De verdad no lo sabes? —me soltó con desprecio, y permanecí en silencio—. Quiero que dejes de jodernos la vida y que te deshagas de ese niño.

Mis ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Cómo…?

Detuve mi pregunta cuando la respuesta llegó a mi mente y solté una maldición. ¡La maldita tarjeta sanitaria! ¿Cómo no pensé en ello?

—¿De verdad creías que no me daría cuenta? Vamos, África, te hacía más lista, aunque reconozco que aún no sé si lo de ir a una de nuestras clínicas es una locura o una genialidad. El caso es que te has delatado tú solita.

—¿Delatado? —pregunté confundida.

—¡No me tomes por tonto! —respondió con desprecio—.

No me ha hecho falta pensar mucho para saber cuáles son tus intenciones.

Eras consciente de que me llegaría la información y lo has conseguido, he recibido el mensaje alto y claro.

Pero ¿sabes una cosa? No voy a permitir que te aproveches más de mi padre ni de que ese hijo ilegítimo que llevas dentro se quede con lo que es mío por derecho.

—¿Qué te hace pensar que es suyo? —Fruncí el ceño e intenté mantener la calma.

—A las putas como tú tanto les da de quién sea con tal de conseguir una buena porción del pastel.

—¿Quién mierda te crees que eres para hablarme así? —le grité.

—Escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez —dijo con voz gélida—. La próxima vez no me voy a conformar con enviar a alguien a que vigile tus pasos.

El terror se apoderó de mí al ser consciente de que lo que había sentido esa noche no había sido fruto de mi imaginación, y no quise pensar en qué tipo de consecuencias estaba dando a entender. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar?

Tragué saliva con dificultad y miré hacia abajo, hacia el lugar que llevaba evitando tocar desde hacía días y que en aquel momento sentí que tenía que proteger a toda costa.

Me acaricié la barriga plana y cerré los ojos con fuerza.

Marc estaba equivocado, pero su ira y sus amenazas habían surtido efecto.

—No te atrevas a amenazarme o a hacerle daño al bebé, Marc. —Intenté disimular el miedo que me recorría, aunque mi voz tembló ligeramente.

—No es una amenaza, es un hecho —sentenció—. Si no acabas con todo esto de inmediato te aseguro que vas a lamentarlo. Si hoy has sentido miedo no será nada en comparación con lo que te haré si sigues adelante con tu plan, así que luego no me digas que no te avisé.

Colgó el teléfono, y yo me quedé paralizada. Sentí que me faltaba el aire y me dejé caer con la espalda apoyada en la puerta.

No. No podía permitir que Marc controlara mi vida o mis decisiones. Debía encontrar una manera de protegernos y de asegurarme de que no cumpliera con sus amenazas.

Pero ¿cómo?