36 Nosotros #2
—Nosotras podemos quedárnoslos una tarde.
Nos los llevamos al parque y luego a merendar, e incluso podemos hacer una fiesta de pijamas.
—Mis amigas se giraron hacia mí y no supe si fue porque eran las primeras palabras que pronunciaba desde que nos sentamos o por lo que dije, pero sus caras me parecieron dos poemas—. ¿Qué? ¿Por qué me miráis así?
—¿Tienes fiebre?
—¿El cerebro se te ha atrofiado por los besos que te da mi hermano y no te rige bien?
—Sois gilipollas —me quejé—. Solo intentaba ser una buena amiga. Ya os pueden ir dando por culo.
Ambas se echaron a reír.
—¿Y vosotros? ¿Habéis hablado ya de eso? —me preguntó Alba como si temiese sacar el tema.
«Eso» era el alien, claro, y mucho habían tardado en mencionarlo. Moví la cabeza de un lado a otro y me llevé una patata a la boca.
—¿Queréis otro refresco? Ay, joder. Me acabo de achicharrar el paladar —protesté tras tragar con dificultad.
Mis amigas, que de tontas no tenían un pelo, lo dejaron estar, aun así, no se cortaron en acribillarme a preguntas sobre nosotros.
En un momento dado Alana me miró dubitativa.
—¿Queda demasiado raro si te pregunto si os habéis vuelto a acostar?
—No te preocupes, ya se lo pregunto yo —la tranquilizó Alba y volcó su atención en mí—. ¿Habéis hecho de nuevo el amor?
Solté una carcajada.
—Albita, cariño, «hacer el amor» os lo dejo a los que estáis enamorados. Yo prefiero que Bruno me parta en dos como Moisés al mar.
—Qué bestia…
—¿Y qué tal se os da? —indagó Alana. Al darse cuenta de su propia pregunta, arrugó la nariz y rectificó—. ¡No! ¡Olvídalo! Mejor no entres en detalles.
—Puedes taparte los oídos si quieres.
—Siempre nos lo ha contado todo con pelos y señales, Alana —me apoyó Alba, la modosita.
Sabía que muchas de las cosas que les había detallado en el pasado las había puesto en práctica con Soto, y más de una vez bromeé con que al final me pondrían una estatua en el pueblo, cual hermana Teresa de Calcuta, pero en versión fornicadora.
—En realidad no me importa —reflexionó Alana—. Él siempre ha sido abierto conmigo con esos temas. Solo intenta no ser demasiado bruta, por favor.
Me encogí de hombros, y ella soltó un suspiro lastimero, Alba palmeó entusiasmada a la vez que se recolocaba en la silla, y durante la siguiente hora acaparé la conversación.
Pese a todo, y para asombro de mí misma, no me vi capaz de contarles ciertas cosas que preferí guardarlas para nosotros.
Sí que les di algún detalle. En realidad me recreé contándoles cosas como la vez que me envió a casa un pedido de comida china a domicilio porque se me ocurrió contarle que llevaba varios días con ganas de comer pollo agridulce.
O, mi preferida, la de la tarde que estábamos los dos en el salón viendo una película con mi madre.
Él se ofreció a ir a la cocina a hacer palomitas, y al momento me llamó diciéndome que no encontraba la sal; cuando llegué, no tardó ni un segundo en encerrarme en la despensa y comerme la boca porque, según él, le mataban las ganas por besarme.
—¡Qué tierno!
—Alba, te aseguro que si hubieras visto lo que terminamos haciendo allí dentro no pensarías en ternura precisamente.
—¿Te voy llamando ya «cuñada»? —se burló la otra.
Le dediqué un insulto muy elaborado, y pedimos la cuenta tras acordar que Alana y yo iríamos a hacerle una visita a Bruno a su trabajo.
Sí, le tuve que insistir, ya que ella no quería molestarlo, sin embargo, yo me moría de ganas por verlo en acción, y ¿por qué no reconocerlo? También quería recrearme la vista con sus compañeros.
Mientras esperábamos para pagar observé mi teléfono. Me desinflé al no tener ningún mensaje de él y maldije al ver otra llamada perdida de un número oculto. Ya era la tercera vez que me molestaban esa semana y, por suerte, no pude contestar ninguna.
Alba nos habló tapándose la boca.
—¿Conocéis a aquel tipo de la barra? Lleva un buen rato mirando hacia aquí.
Me giré de forma disimulada, entrecerré los ojos para enfocar bien y observé al hombre que había acodado en ella.
Tenía una apariencia intimidante. Era alto, de espalda ancha y pelo corto salpicado de algunas canas. Mantenía una pose dominante y sus enormes brazos parecían a punto de romper las costuras del polo negro que llevaba.
A simple vista no me sonó, pero era del estilo de los tipos por los que me obsesioné una temporada, así que intenté fijarme mejor en su cara.
La tenía cubierta por una espesa y oscura barba donde destacaban sus ojos, grandes, negros y penetrantes, y que no se despegaron de mí en ningún momento durante mi escrutinio.
Elevé las cejas en una pregunta muda, pero él ni se inmutó, por lo que fruncí el ceño y dejé de prestarle atención.
—Creo que no.
—Qué va, no me suena ni del gimnasio. Afri, qué lástima que en tu libreta solo pusieras pollitas a modo de puntuación y no guardases fotos —contestó Alana con sorna—. Así podríamos contrastar datos.
—En esa lista solo coleccionaba cosas importantes. Si hubiese añadido fotos no serían precisamente de las caras de los tíos.
Rompieron a reír a la vez que llegó el camarero, al que pagamos y le dimos una buena propina por haber sido tan atento y agradable con nosotras.
Al salir nos despedimos de Alba. Eché a andar en la otra dirección, con Alana a mi lado, y supliqué mentalmente para que el destino no nos jugara una mala pasada y evitara que nos diesen con la puerta de la estación de bomberos en las narices.
Lo que no podía llegar a imaginar era lo que vendría después, un cúmulo de situaciones que lo cambiarían todo y que me llevarían a tomar una de las decisiones más importantes de mi vida.