Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 36 Nosotros
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A falta de amor, buenas son amigas

ÁFRICA

—¿A qué hora viene Bruno a recogerte? —preguntó mi madre asomada a la puerta de mi dormitorio un viernes a mediodía.

Detuve el movimiento de la mano sobre mis labios y la miré con una sonrisa.

—Hoy salgo con las chicas —le aclaré.

—Ah.

Su voz sonó algo desilusionada y no pude evitar sonreír y hacer un leve movimiento de negación con la cabeza.

Bruno llevaba apareciendo por casa o por la pescadería las últimas tres semanas.

Al principio solo estaba por allí el tiempo justo para recogerme y, mientras me esperaba, se mostraba algo incómodo, aunque encantador, con mi madre.

Poco a poco esa rutina fue cambiando y a aquellas alturas ya hasta dudaba de sus intenciones, pues a veces parecía que lo pasaba mejor con ella que conmigo.

—¿Quieres que le diga que venga a hacerte compañía? —le pregunté divertida, retomando el movimiento del labial sobre mi boca—. Él seguro que está encantado.

—No, hija. Tendrá cosas mejores que hacer que venir a entretenerme. Creo que aprovecharé para empezar a ver esa serie de escoceses de la que me hablaste, ya que no me dejas pintar el salón.

— Outlander —le recordé—. Y por supuesto que no puedes ponerte a pintar. Por muy bien que vaya la rehabilitación no estás recuperada del todo.

—Ya —contestó resignada.

Sonreí y me sacudí la melena, inclinando la cabeza a un lado.

—¿Cómo estoy?

—Preciosa —contestó sincera—. Como siempre, mi vida.

Llegué hasta ella, y me dio un sonoro beso al abrazarla.

—Que lo pases bien con Jamie Fraser. Con un poco de suerte te gustará más que Bruno y no tendré que competir contigo por sus atenciones.

—No digas bobadas, ese chico está loco por ti.

—Ah, no. No me eches a mí la culpa, la locura ya le venía de serie —le resté importancia a su comentario, más para aplacar el cosquilleo de mi estómago ante su frase que para excusarme con ella.

Mi madre soltó una carcajada y me palmeó el trasero al pasar por su lado.

—Ten cuidado y no hagas locuras, ¿vale?

—Sí. Te prometo que no beberé ni una gota de alcohol —añadí, muy a mi pesar, como si tuviese otra opción.

«Ese chico está loco por ti».

«Ese chico está loco por ti».

«Ese chico está loco por ti».

La voz de mi madre resonó en mi mente mientras bajaba las escaleras.

Llevaba días tratando de comprender la magnitud de lo que estaba pasando entre Bruno y yo.

Había algo en él que me atraía de forma irresistible, algo que iba más allá de lo físico —terreno en el que habíamos comprobado varias veces desde nuestro acuerdo que éramos bastante compatibles— y de lo racional.

La complicidad entre nosotros era innegable y, cuando estaba con él, el tiempo se me pasaba volando.

Me encantaba su sinceridad, su capacidad de hacerme reír incluso en los momentos de bajón, su forma de entenderme y de estar ahí cuando lo necesitaba y, aunque a veces su humor tenía un punto infantil, eso no le restaba encanto.

En el fondo sabía que sentía algo por él, pero me aterraba pensar que aquello pudiese ir a más y, al final, todo se terminase yendo a la mierda. Además, estaba el tema del alien, que lo sentía como una especie de nube oscura suspendida sobre la cabeza, lista para estallar en cualquier momento.

Ninguno de los dos habíamos sido capaces de abordarlo y, si no lo hacía él en breve, tendría que hacerlo yo, pues no podíamos dejar pasar mucho más tiempo.

Al tener todos esos miedos en mi mente, en un pobre intento por protegerme, me mantenía emocionalmente distante.

Y él no era tonto y lo notaba, pero no desistía conmigo.

Y eso a su vez me atraía más hacia él.

Y aquello era como la jodida pescadilla que se muerde la cola.

No me di cuenta de que fruncía el ceño mientras cogía las llaves y el bolso y, con la misma expresión, salí a la calle.

Justo en el momento en el que escuché el conocido sonido del claxon de un coche y elevé la cabeza, mi gesto se suavizó. Mi corazón dio un vuelco al ver a Bruno allí, esperándome con una amplia sonrisa en el rostro que imité sin esfuerzo.

—¿Ha pedido usted una carroza? —me preguntó desde dentro del vehículo. Caminé hacia él y me apoyé en la ventanilla abierta del copiloto—. Bella y Bestia a su servicio.

El irresistible aroma de su colonia llegó hasta mi nariz y me fijé en que llevaba puesto parte del uniforme de trabajo: camiseta azul de manga corta con el logo del cuerpo de bomberos en la manga.

—Aunque en ese momento la tenía remangada para que el escudo no lo delatase, ya que no lo había dicho en su casa aún—. Y pantalones largos del mismo color.

Me mordí el labio con renovado interés.

—¿Qué haces aquí?

—Mi hermana me ha pedido que me pase a buscaros a ti y a Alba antes de ir a trabajar. Por cierto, se lo dije ayer, solo a ella.

Me alegré por él, sabía que le pesaba mantenerlo oculto.

—No es que me queje ni mucho menos, pero ¿no quedamos en que ella vendría a por nosotras? —le pregunté confundida.

—Por lo que decía Hans por detrás, parece que se les ha ido de las manos la sesión de yoga matinal y la han empalmado con la del mediodía, ya me entiendes… Aunque ella lo ha negado, claro.

Solté una carcajada a la vez que abría la puerta. Al sentarme, me estiré hacia él y le di un beso en los labios a modo de saludo. Un ladrido reclamó mi atención y me fijé en que Bella estaba sentada en el asiento de atrás como si fuese una persona, con arnés de seguridad incluido y todo.

Sonreí y me entretuve en acariciarle el cuello y la cabeza.

—Me alegro de que hayáis venido.

—Y nosotros. —Cuando me abroché el cinturón, arrancó el vehículo y anunció impostando una voz mecánica—: Próxima parada, hogar de los Hernández Palacios. Por cierto, estás preciosa. Ese vestido te queda muy bien.

Sentí el repaso que le hizo a mi cuerpo y lo confirmé al girar la cabeza en su dirección. Ambos nos miramos con intensidad.

—Gracias —susurré con voz íntima.

—No hay que darlas. —Imitó mi tono—. Lástima que no vaya a verlo en movimiento.

—Me lo pondré otro día solo para ti —le prometí.

Él inspiró hondo, hizo un gesto de interés con la cabeza y emprendió la marcha.

Su mano derecha no se despegó de mi muslo en ningún momento, ni siquiera cuando Alba se montó en el coche. Al dejarnos en la puerta del lugar en el que almorzaríamos, echó el freno de mano y se giró hacia mí.

—Esperaré fuera —se excusó mi amiga dejándonos solos.

Al escuchar la puerta cerrarse, me acerqué a él. La mano de Bruno se apoyó en mi cuello y me acarició el mentón con el pulgar.

—Gracias por traernos —le dije.

—Si necesitas que te recoja, cuando acabe el turno puedo…

Su ofrecimiento me derritió por dentro.

—No hace falta, capullito.

Él sonrió, resignado y casi acostumbrado a que lo llamase así. Paseó la vista por mis ojos y luego por mi boca.

—Pásalo bien.

—Lo intentaré.

Sus dedos hicieron presión en mi nuca y me atrajo hasta su boca. Nos besamos durante un par de minutos y, cuando nos separamos, ambos respirábamos con dificultad.

El golpe de unos nudillos en mi ventana me hizo girar la cabeza. Alana nos saludó con una sonrisa y un gesto de disculpa.

—¡Perdón, pero perderemos la reserva! —chilló al otro lado del cristal—. ¡Hola, Bella!

Le dediqué una sonrisa falsa y una peineta justo antes de volverme de nuevo hacia Bruno y darle un par de besos más.

—Nos vemos mañana por la tarde. Tortitas y playa… —canturreó repasando la parte inferior de mi labio con el dedo, donde deduje que habría algún resto de carmín.

—Te has acordado —dije ilusionada y salivando.

—Por supuesto.

Lo besé una última vez y me despedí de él.

Cuando salí del coche sentí su mirada en mi culo y no pude evitar girar la cabeza.

Él bajó la ventanilla.

—¿Te gusta también el vestido por la parte de atrás?

—Mucho —contestó con la voz enronquecida.

—¿Tanto como para pasar de la versión de prueba a la prémium?

Soltó una carcajada. Le guiñé un ojo y moví el trasero de forma sutil.

Su sonrisa y el gesto que hizo con los dientes sobre el labio inferior fue lo último que vi antes de que su coche se perdiese calle abajo.

—Qué monos sois —dijo mi amiga, la impuntual.

—Cállate, yogui [7] porno e inoportuna.

—¿Qué dices? —exclamó fingiendo horrorizarse—. Además, en todo caso sería yoguini . Aunque aún no esté aceptado por la RAE, en términos coloquiales «yogui» solo se suele usar para referirse a los hombr… ¡Eh!

Yo había puesto los ojos en blanco y me había echado a andar, dejándola atrás. Tras quejarse por mi desplante, y Alba soltar una risita, no tardaron en ponerse a mi lado y, juntas, entramos en el restaurante.

Un chico nos dio la bienvenida con una amplia sonrisa y nos condujo a una mesa para tres.

Mientras lo seguíamos me fijé en que todas estaban vestidas en un tono gris claro y que cada una tenía un par de velitas encendidas en el centro, lo que, junto con la música de ambiente y la iluminación del local, le daba un aire muy acogedor.

El camarero se marchó un par de minutos después con la comanda de bebidas y, mientras esperábamos a que nos sirvieran, empezamos a ponernos al día con nuestras vidas.

Alana comenzó contando lo que había hecho en el último viaje con Hans y, al mirarla, no pude evitar recordar la conversación que habíamos tenido hacía unos días sobre mi pasado con Bruno.

Tenía que reconocer que, aunque al principio me molestó saber que él le había contado detalles sobre lo ocurrido años atrás, pronto me di cuenta de que era natural que lo hiciera. Después de todo, eran hermanos.

Hablar de ello nos permitió aclarar cualquier malentendido y, en el fondo, fortaleció nuestra amistad de toda la vida.

Cuando llegó su turno, Alba nos narró con pelos y señales la última pelea que había tenido con Soto. Para ser sincera, el motivo me parecía una soberana tontería, pero ella se lo estaba tomando tan en serio que evité hacer ningún comentario absurdo.

—Habla con él y dile cómo te sientes —le aconsejó Alana.

—¿Cuándo? —se quejó—. Si nos pasamos el día rodeados de niños y, en el momento en el que se duermen, caigo en coma.