35 Fuera
Varias negativas y quedarse con las ganas como modo de vida
brUNO
Tras la pillada de mi hermano, y con el ambiente un poco más frío, África no quiso que la acercase a su casa y, después de insistirle dos veces, me di por vencido.
—No te envidio por la que te espera —me dijo a la vez que señalaba la casa con la cabeza.
Bufé mientras negaba resignado.
—¿No quieres entrar un rato?
Ella soltó una carcajada.
—No, gracias. Ese marrón te lo comes tú solito.
—Estás empezando a caerme mal —bromeé.
—Seguro. —Me besó los labios de forma escueta una vez más y me palmeó el trasero—. Suerte, capullito.
—Deja de llamarme así —la amonesté, y me guiñó un ojo justo antes de perderse por el jardín.
Suspiré, coloqué la mano en el pomo de la puerta y cerré un segundo los párpados. Intentaba armarme de valor cuando sentí que de nuevo unos brazos me rodeaban desde la espalda.
Un cosquilleo en mi nuca me hizo encoger los hombros.
—Vale. Ya. Me voy.
—¿Acabas de volver para olerme?
—Solo soy un producto de tu imaginación —se excusó imitando una voz fantasmal, y me eché a reír con ganas.
Acto seguido se marchó de nuevo, esta vez casi a la carrera, y yo me aseguré de que no tenía pensado regresar antes de entrar en la casa. Cuando lo hice, la sonrisa de gilipollas enamorado me ocupaba toda la cara y fui incapaz de hacer nada al respecto.
—Se te va a desencajar la mandíbula —me advirtió con una mirada cómplice mi hermana Emma, que fue la primera que encontré al entrar por la terraza.
—La próxima vez móntatelo en otro sitio con tu novia, por favor. He tenido que dejar de estudiar porque no me dejabais concentrarme con tanto gemidito —añadió Carolina en tono cabreado desde la barra de la cocina.
—¿Se escuchaba desde el apartamento? —se interesó Guille, y puse los ojos en blanco.
—Mamá, por favor —la llamé, y ella se giró. Mientras estaba de espaldas, concentrada en lo que había en el fregadero, no pude ver su cara, pero cuando lo hizo me di cuenta de que se aguantaba una risita—. ¿Tú también?
Ella levantó los brazos en son de paz y se dirigió al salón en silencio.
—Tío, te tengo mucha envidia. Es una diosa, bro .
—Guille, por favor. Qué puto asco, tío. Cállate —me defendió mi hermana Diana.
Al pasar por su lado esta me palmeó la espalda y me dio la enhorabuena.
—¿Podemos dejar el tema? —les pedí cuando me acerqué a la zona del sofá, donde estaban sentados mis padres junto a mis hermanas Fabiola y Zahara.
La primera se mantuvo en silencio, algo habitual en ella. Eso sí, al levantar la vista del teléfono y dirigirla hacia mí, me dejó claro su apoyo sin necesidad de palabras. Y, Zahara, la benjamina de la familia y que solo tenía diez años, elevó ambas cejas y miró a mis padres con interés.
—¿Ya podemos decir que son novios o ellos siguen sin saberlo?
Mi madre sonrió, y mi padre soltó una risotada a la vez que revolvía su pelo.
—Es hora de ducharse, terremoto. ¡Y tú también, Guille! —les dijo. Ella resopló, aunque obedeció. Lo de mi hermano no resultó tan fácil—. Siéntate, Bruno.
Intenté utilizar los segundos que tardó mi hermano en quejarse por la injusticia que estaban cometiendo, comparándolo con una niña de diez años cuando él ya tenía la friolera de catorce, para escaquearme de su invitación envenenada, pero con una mirada me dejó claro que no iba a dejarlo pasar.
—Esto no me lo pierdo —se frotó las manos Diana con gesto malicioso sentándose a mi lado.
—¿Ya no tienes tanta prisa por cenar? —le dijo su gemela con diversión y se ubicó en el brazo del sofá.
—¿Me marcho? —le preguntó Fabiola a mi madre.
—No hace falta —contesté yo por ella. Mientras más testigos hubiese, menos probabilidades de cometer un crimen tendrían mis padres—. Fabiola… Pato… —la llamé cuando, tras un cruce de miradas con mi madre, mi hermana se levantó y comenzó a alejarse.
Ya solo quedábamos seis en el salón.
—En cuanto a las demás, siempre tenemos que estar insistiendo para que dejéis los ordenadores, los apuntes o los móviles, y vengáis a poner la mesa o a ayudar en la cocina. ¿De verdad estáis diciéndome que hoy no tenéis nada que hacer?
—Justo, papi —contestó Emma con descaro.
—Llegar a los veinte tiene que tener algo bueno, ¿no? —rebatió Diana.
—Me han interrumpido el estudio montándoselo en la mesa de la terraza, es lo mínimo que me merezco después de haber vivido esa pesadilla —se justificó Carolina.
Mi padre negó con la cabeza y elevó la vista al techo. Mi madre le puso una mano en la rodilla en un gesto conciliador.
—¿Ha ido todo bien, Bruno? —me preguntó esta con una mirada dulce.
—Sí —me limité a contestar y, dirigiéndome a la mayor de mis hermanas, que solo era diecisiete meses más pequeña que yo, me excusé—. Y solo nos estábamos besando. Sería incapaz de hacer algo así en esta casa y a la vista de todo el mundo, ¿no te parece?
—Venga, hombre —murmuró Diana, y Emma le dio un codazo.
—Pues vale —contestó Carolina con cara de no haberse creído ni una sola de mis palabras.
No la culpé, porque había mentido como un bellaco.
—¿Podéis dejarnos hablar a vuestra madre y a mí?
—Las tres asintieron y permanecieron en silencio.
Él se lo agradeció con gesto cansado y se llevó los dedos a los párpados cerrados, presionando sobre ellos—.
Bruno, no te estamos pidiendo explicaciones, pero ¿crees que debes contarnos algo sobre lo de esta tarde?
—No, papá —rebatí rotundo.
Ellos me miraron sin pronunciar palabra, esperando que añadiese algo más. Sin embargo, mis hermanas no me dieron opción.
—Entonces, ¿está todo bien?
—¿Al final era tuyo?
—Me parece mentira que, a tu edad y teniendo una hermana que está estudiando medicina, aún no sepas para qué sirve un preservativo.
Habían sido Emma, Diana y Carolina, en ese orden exacto.
—Fuera. —La voz rotunda de mi madre las calló de golpe. No se movieron—. He dicho fuera. ¡Ya!
Terminaron levantándose entre quejas, alegando entre murmullos lo borde que había sido nuestra madre. No era para menos, cuando se lo proponían mis hermanas podían ser asfixiantes.
Una vez a solas, los tres cogimos aire.
—Todo está bien con África y ya hemos aclarado lo del embarazo, pero todavía no hemos decidido nada y no quiero que nos sintamos presionados si…
—No te preocupes —me interrumpió mi padre, y mi madre, con una mano apoyada en su hombro, asintió—. Solo queríamos saber si estás bien o necesitas algo.
—De momento no, gracias.
Me levanté, y ellos me imitaron.
—Y perdona también… ¡a esas tres entrometidas! —añadió mi madre, más para ellas que para mí, pues las tres nos miraban desde la cocina con diferentes expresiones, aunque todas en silencio, eso sí.
Sonreí.
—No pasa nada.
—¿Ves? —Escuché que decía Diana.
Dejé de prestarles atención cuando subí las escaleras y me encerré en el dormitorio de Alana, que llevaba ocupando algunas semanas y que aún no había adaptado para mí.
Me tiré en la cama e inspiré hondo con la vista fija en el techo.
Unos minutos después, saqué el teléfono del bolsillo de mis pantalones y desbloqueé la pantalla.
Bruno:
¿Has llegado ya a casa?
Ella se puso en línea un par de minutos después.
África:
Sí, estoy haciendo la cena. ¿Cómo ha ido la Santa Inquisición?
Bruno:
Bien, no ha sido para tanto.
África:
¿En serio?
Bruno:
No, en realidad ha sido un horror.
África:
No me preguntes por qué, pero ya me lo imaginaba.
Sonreí y me recoloqué el pantalón, que me apretaba en la zona delantera debido a cierta reacción de mi cuerpo al recordar lo que había ocurrido un rato antes.
Bruno:
Puede que me mandes a la mierda, pero quiero decirte que la mesa de la terraza y yo echamos mucho de menos tu culo.
El largo minuto que pasó desde que leyó el mensaje hasta que la aplicación me avisó de que estaba escribiendo me resultó una tortura.
África:
No sería a la mierda, te mandaría a otro sitio más húmedo, pero no te tengo delante, así que no puedo.
Bruno:
Voy para tu casa.
África:
Jajaja. No, no puedes venir. Mi madre está aquí y además no estoy depilada.
Bruno:
¿Y?
África:
Buenas noches, Bruno.
Bruno:
¿Dices en serio lo de los pelos?
Bruno:
A mí eso me da igual, ¿eh?
Bruno:
¿De verdad me vas a dejar así?
Bruno:
Arpía…
Bloqueé el teléfono cuando entendí que no iba a responder de nuevo y suspiré resignado.
Llevé la mano a mi pantalón, levanté la cinturilla y observé el bulto que se apreciaba en mis calzoncillos.
—Te toca esperar, amiga.