34 Intentarlo
No sé lo que somos, pero no quiero que dejemos de serlo nunca
brUNO
—Esto es de locos —se quejó en voz baja, más para ella que para mí.
—Lo sé.
—No, no lo sabes —me aseguró y dejó ir una risa recelosa—. Quieres que nos demos una oportunidad, pero estando embarazada no vas a conocer a la mejor versión de mí misma ni de broma.
La observé intentando captar la realidad. Sabía que había mucho más detrás de aquella excusa, aunque por más que lo intenté fui incapaz de saber qué pasaba por su mente en aquel momento. La mía era un hervidero de contradicciones a punto de rebosar y en todas había un punto en común: ella.
Durante mucho tiempo alimenté mi rencor hacia ella.
Durante mucho tiempo enterré y resté importancia a mis sentimientos adolescentes por ella.
Durante mucho tiempo me excusé con todo el mundo para esquivar su presencia.
Ese tiempo había acabado y, si me concedía esos días, lucharía con todas mis fuerzas por un futuro con ella, porque los sentimientos que tuve hacia África en el pasado habían renacido con la fuerza de un jodido ave fénix, y aquella necesidad me estaba volviendo literalmente loco.
Lo que no tenía tan claro era lo del bebé, a pesar de ello, estaba dispuesto a averiguarlo. Y es que, ¿quién en su sano juicio podía tomar una decisión tan importante y sin titubear teniendo en cuenta mi edad?
Bueno, al margen de mis padres, claro, que eran aún más jóvenes cuando trajeron al mundo a mi hermana Alana y asumieron las consecuencias de sus actos con la cabeza bien alta, enfrentándose a mis abuelos y a quien hiciera falta.
La principal diferencia era que ellos ya llevaban un tiempo juntos cuando los sorprendió la noticia, pero eso solo era un pequeño detalle al que tenía intención de ponerle remedio si África no me lo ponía demasiado difícil.
Obligué a mi mente a dejar de darle vueltas a todo aquello y me centré en la preciosa chica que tenía frente a mí esperando mi respuesta. Con delicadeza, le rodeé la cintura con las manos y la atraje hacia mí.
Ella elevó la cabeza y me miró en silencio desde los centímetros que nos separaban.
—África, me colgué de ti cuando te enrollabas con unos y con otros y yo tenía la misma importancia para ti que un mosquito.
Créeme, no hay una peor versión de alguien que esa, y ya entonces me gustabas —le dije, y ella frunció el ceño—.
Ya sé que da miedo todo esto, solo es que…
no quiero hacer nada sin estar seguro, y no lo estoy.
—Yo tampoco —reconoció con sinceridad.
Desvié la vista hacia abajo, hacia el punto exacto en el que nuestros cuerpos se rozaban, y me separé de ella unos centímetros.
Me quedé mirando su vientre plano, ese en el que aún no se notaba nada raro, pero que yo ya me había imaginado, en algún momento de los últimos días, redondeado y lleno de vida.
Me había sentido justo como cuando fantaseaba siendo adolescente con nosotros dos desnudos y se terminó haciendo realidad en aquel cobertizo.
Vale, aquella vez no salió bien, aun así, no quise cebarme con eso.
Tampoco me paré a pensar demasiado en lo que hacía y, cuando África dedujo mis intenciones, inclinó la cabeza en señal de advertencia. Me limité a alzar las cejas y a sonreír con mi cara más inocente, la que le ponía a mi madre cuando era pequeño y quería salirme con la mía.
Recé para que con ella también funcionase.
—¿Qué…? —inquirió justo antes de que posase mi mano en la parte inferior de su abdomen.
Sentí el calor que desprendía su piel desnuda y también la pequeña sacudida que hizo temblar su cuerpo ante el contacto.
Cuando intenté conectar de nuevo con sus ojos, rehuyó mi mirada e intuí que intentaba mantener la compostura y la guardia en alto.
—África…
Dio un paso atrás, y mi mano quedó en el aire durante unos segundos.
Mierda, la había cagado otra vez. Joder.
—Al menos ahora ya no voy a estar cometiendo un delito.
Fruncí el ceño, confundido.
¿Se estaba refiriendo a lo que creía que se estaba refiriendo?
—¿Eso es un «sí»? —pregunté sin querer darle alas a mi esperanza.
—Espero que valga la pena —respondió en una especie de amenaza que, en realidad, me hizo sonreír.
—Lo hará.
—¿Cómo estás tan seguro?
No pude evitar mis siguientes palabras. En mi defensa diré que estaba nervioso.
—¿A ti te gusta el agua?
Su cara de extrañeza me hizo contener una carcajada.
—¿Qué dices? —me espetó.
—Que si te gusta el agua —repetí. Hizo un gesto parecido a una afirmación que di por válido—. Pues ya te gusta un sesenta por ciento de mí. Así que ya tengo la mitad del trabajo hecho.
Negó con la cabeza y se mordió el labio con incredulidad.
—¿Estás seguro de que no tienes quince años aún? Mira que tu hermano Guille apunta maneras, y yo no estoy para perder mucho el tiempo —rebatió, y le pellizqué en el costado.
Cuando dejó de reír, me aclaré la garganta, estiré la espalda y tendí una mano en su dirección.
—¿Empezamos de nuevo?
Ella puso los ojos en blanco.
—Llevo algo muy tuyo en mi interior después de «la mudanza» que te empeñaste en hacer conmigo —me recordó con un tono mucho más despreocupado, algo que tomé como buena señal—. Lo de empezar de cero me parece que no es factible en nuestro caso.
Mis labios se estiraron en una sonrisa y me mordí el labio inferior al comprender el brillo de su mirada. Aquello tenía que salir bien por cojones. Tenía que dejarme la piel en conseguirlo, porque yo ya estaba loco por ella y no le había hecho falta hacer nada al respecto.
No pude evitar agarrarla del brazo y atraerla hacia mí, esta vez con algo más de ímpetu. Me fijé en que intentaba no sonreír un segundo antes de adueñarme de su boca.
Y, aunque eran los mismos labios, la misma lengua y el mismo sabor que ya había probado antes, fue totalmente diferente a los besos que nos habíamos dado hasta el momento.
Porque con aquel yo sabía lo que quería: a ella, y porque no sentí rencores en él y sí la promesa de hacerlo bien.
Todo un mundo de posibilidades más allá de nuestras diferencias y miedos, y un caos que estaba totalmente dispuesto a explorar.
Nos separamos un poco. Sus ojos brillaban con una mezcla de vulnerabilidad y deseo, y quise agarrarme a esto último porque sentía una necesidad insatisfecha que me quemaba por dentro.
Eso fue lo que me hizo llevar las manos a su trasero y levantarla haciendo que me envolviera las caderas con las piernas.
Volvimos a unir nuestros labios y no rompimos el contacto hasta que, con las manos enredadas en mi nuca, la senté en la mesa que antes había mirado con lujuria y me ubiqué entre sus piernas abiertas.
Su lengua se movía alrededor de la mía como si fuese la dueña del lugar, embotando mi mente con su sabor. Gruñí y apreté su cuerpo contra el mío cuando me mordió el labio inferior, y su gemido terminó de descontrolarme.
Dejé de lado todo lo demás, los pensamientos y expectativas, incluso el miedo de saber que estábamos en la terraza de mis padres y que estos podían salir en cualquier momento y pillarnos, y me concentré en ese momento y en el hambre que tenía de ella.
Llevé la mano hasta su cabeza y la incliné para tener un mejor ángulo de su boca. La saqueé sin reservas, y ella se dejó hacer durante unos segundos que me supieron a gloria. Sabía que no tardaría demasiado en reclamar su poder, y no pasó mucho antes de confirmar mi teoría.
Sentí sus manos moverse en mis costados y, con facilidad, se introdujeron en la parte trasera de mi pantalón. Sorteó mi ropa interior y se aferró a mi culo, clavándome las uñas en la piel.
Siseé, y ella sonrió en mi boca.
—Esto forma parte del proceso de conocernos —se excusó.
—Ah, ¿sí?
Asintió y repasó mi labio superior con la lengua.
—Ajá.
Las aletas de la nariz se me ensancharon al notar que volvía a pellizcarme el culo, pero, cuando movió la mano y tomó el camino hasta la parte delantera, la queja murió en mi boca siendo sustituida por un gruñido ronco.
—Joder —murmuré al notar el contacto de sus dedos envolviendo mi erección.
—Hola. Soy África, encantada de conocerte.
Un sonido mezcla de carcajada y gemido escapó de mi boca al sentir el movimiento de su mano sobre mi polla, imitando un saludo formal.
—Deja de jugar con ella.
—¿No querías conocerme? —me retó—. Esta soy yo también, así que vete acostumbrando. Además, no parece que «ella» esté muy disgustada con mis atenciones.
Llevé una mano a su pecho y volví a saquearle la boca. Nos enrollamos y, cuando al cabo de un par de minutos nos separamos, ambos jadeábamos con el corazón desbocado.
Nos miramos a los ojos y, antes de poder decir nada, una voz nos interrumpió:
—¿Por qué no me habéis invitado a la fiesta?
Giré el cuerpo para intentar ocultar el pezón de África, que se asomaba orgulloso y duro tras recibir la atención de mis dedos, y maldije cuando sentí los suyos separarse de mi erección.
—¡Fuera, Guillermo! —le grité.
África rompió a reír.