33 Solo tú
Las mejores cosas de la vida no son cosas
ÁFRICA
—África, durante seis años he recreado en mi mente una y otra vez la venganza que tenía pensada para ti.
Lo tenía muy claro y me parecía muy fácil hacerte pagar por lo que me hiciste, pero fue verte de nuevo e irse todo al carajo.
Desde que volviste en lo único en lo que puedo pensar es en ti a todas horas.
Me da igual si es debajo o encima de mí, gritando mi nombre en medio de una pelea o de un orgasmo.
—Apoyó la frente sobre la mía y suspiró con los ojos cerrados—.
¿Sabes qué es lo peor? Que si fuera tan solo deseo sería sencillo.
Te follaría encima de esta mesa, tal y como has pensado hace un momento al mirarla, y solucionado.
La putada es que no lo es. Lo triste de toda esta historia es que no puedo estar alejado de ti.
Y eso es una mierda, porque ya ocurrió en el pasado y no salió bien.
—Ya te he dicho que lo siento, Bru…
No me dejó continuar.
—Sé que si dejo que te adueñes de todo otra vez puedes volver a destrozarme. Y, aunque sea consciente de ello, no puedo evitarlo. No sé qué es lo que tienes que no soy capaz de dejar de pensar en ti y en la necesidad que tengo de verte a todas horas.
El corazón me dio un vuelco al escuchar sus palabras y, con ellas, un nuevo miedo se desbloqueó en mi mente.
—No sabes lo que dices. En grandes dosis soy un coñazo.
—Demuéstramelo —me retó.
Lo miré en silencio, intentando entender lo que me estaba pidiendo. No había muchas interpretaciones a su petición y sentí que necesitaba tomar distancia, por lo que me separé de su cuerpo y cogí aire antes de hablar.
—¿Qué se supone que estás queriendo decirme, Bruno?
—Pensaba que había quedado claro: me gustas —expuso sin dobleces—.
Me vuelves loco, África. Tómatelo en el amplio sentido de esa expresión.
Y quizá sea un error, puede que nos terminemos matando, pero no puedo evitarlo.
Estar cerca de ti me descoloca, me hace cuestionar todo lo que he sentido antes, porque esto que me arde por dentro solo lo provocas tú.
Lo hiciste entonces y lo has vuelto a hacer ahora.
Y, a pesar de ello, me gustaría poder conocerte y que me dieras una oportunidad.
Lo miré en silencio, intentando procesar sus palabras.
Que él me confesase algo así era lo último que podría haberme imaginado cuando decidí ir allí a hablar con él aquella noche.
Lo último de lo último. Porque lo que yo creía que nos había unido tan solo medía cinco milímetros, y seguiría creciendo en mi interior si no tomábamos ninguna decisión al respecto.
Sentí que necesitaba recordar en qué situación nos encontrábamos antes de atacar ningún otro frente.
—¿Y con esto qué hacemos? —le pregunté señalándome la barriga con un nudo en la garganta—. Porque no sé si lo has olvidado, pero tenemos un problema gordo que solucionar por aquí.
—Lo sé.
—¿Lo que me estás pidiendo me incluye solo a mí o te refieres al pack completo?
—No lo sé —reconoció sin amilanarse.
—Bruno, yo no quiero ser madre. Creo que no estoy preparada para todo esto, pero a la vez tengo miedo de tomar la decisión equivocada.
Se me acercó y acarició mi mejilla con ternura. Sus ojos me transmitieron tal comprensión antes de hablar que me tembló la barbilla en un ridículo puchero.
—¿Crees que yo sí estoy preparado para ser padre?
¿Que no tengo miedo o dudas? Estoy cagado, África.
Acojonado de verdad. Además, aquí tú no eres la única que se siente un puñetero desastre.
Por si no lo sabes, siempre me he sentido un fracasado.
«Bruno, el idiota que solo sabe traer animales heridos a casa y que no sirve para nada más que para cagarla».
—Tú no… —Sus dedos se enredaron en mi nuca y me besó.
Fue un beso corto y rudo. Al terminar, apoyó de nuevo la frente en la mía.
—Yo sí, África. Siempre me he sentido menos que mis hermanas.
Toda mi vida he estado por debajo de sus éxitos y virtudes, de sus perfectos planes de futuro.
—Soltó una risa cansada y se separó lo justo para mirarme a los ojos.
Los suyos estaban brillantes—. ¿Sabes por qué no les he dicho a mis padres todavía lo de mi nuevo trabajo?
Porque tengo miedo a cagarla y decepcionarlos otra vez.
Tengo miedo a que me miren con pena y piensen en lo fracasado que soy.
Y sé que lo que te voy a decir es otra puta locura.
No paro de pensar en que quizá esto nos ha ocurrido para obligarnos a hacer las cosas bien de una jodida vez.
Mi espalda se envaró.
—¿Qué?
—Sé que puede parecer que no tiene sentido, pero…
—No. No lo tiene —lo interrumpí vehemente y, a partir de ahí, no pude parar de hablar, de dejar salir todo—.
¿Pretendes tomarte esto como un experimento para ver si así dejas de sentirte inferior?
Venga ya. Es igual de absurdo que si yo te digo que quiero tener al alien para hacer que mi madre se sienta mejor por no haberme dado una familia convencional y numerosa como la tuya.
¡Por el amor de Dios, Bruno! ¡Ni siquiera somos pareja!
Lo único que sabemos hacer bien juntos es follar y no soy una experta en sentimientos, pero sé que eso no es suficiente.
¿De verdad estás planteándote ser padre sin saber si nos vamos a llevar bien?
Además, ¿qué propones? ¿De dónde sacamos el dinero para alimentarlo y criarlo?
¿Dónde se supone que va a vivir la criatura?
¿En la habitación de invitados de la casa de mi madre durante quince días, y los otros quince en el cuarto de tu hermana Alana?
—Negué con la cabeza, aunque mis siguientes palabras me salieron de la boca con algo menos de determinación—.
Es una locura. Estamos hablando de traer al mundo a un ser humano, no de empollar el huevo de un canario.
Además, ni siquiera sabemos si nos caemos bien, solo conocemos la peor versión del otro.
Lo vi tomar una bocanada de aire y mirarme directamente a los ojos.
—Precisamente eso es lo que quiero intentar. No te estoy diciendo que sigamos adelante como dos inconscientes, solo que no nos precipitemos.
En el fondo ambos sabíamos que éramos dos inconscientes.
—Bruno, por favor… —El ruego en mi tono no sirvió para que dejase de insistir.
—Aún tenemos un poco más de tiempo para decidirnos. —Fui a rebatir, y él me puso un dedo en los labios—. Démonos ese margen para conocernos, África. Para intentar llevarnos bien. Siete semanas y media como mucho.
Mi cabeza se separó de él con rapidez.
—¿Qué? —Hizo un gesto de duda al fijarse en mi expresión—.
¿Es que acaso has olvidado lo que dijo la médica de que mientras más esperemos más complicado puede ser?
No pienso esperar tanto tiempo. El alien va a seguir creciendo, Bruno, y nos será más difícil decidirnos a medida que pasen los días.
Esto no es un grano que puedas explotar y «adiós, muy buenas».
—Ya lo sé.
Nos quedamos mirándonos en silencio.
Sopesé lo que me estaba pidiendo y no pude frenar el pensamiento egoísta que cruzó por mi mente y que me recordó que, si aceptaba, el trato incluiría más días de vómitos y de cansancio acumulado.
Eso sin contar con que, con cada nuevo síntoma, mi cuerpo estaría recordándome constantemente la vida que crecía en mi interior, y estaba segura de que no podría ni dormir por las noches del cargo de conciencia si luego decidíamos deshacernos de él.
La situación me parecía ilógica, y no me refería a llevarnos bien; sabía que si nos lo proponíamos podríamos llegar a entendernos, pero ¿incluir un posible hijo en la ecuación? ¿Un ser humano al que había que cuidar, criar y mantener vivo?
Si se me morían hasta los cactus, por el amor de Dios.
No se me daría bien, y ese niño lamentaría que le hubiese tocado semejante mala madre. Eso contando con que lograse mantenerlo a salvo y con vida hasta que alcanzara la edad suficiente como para poder entender su mala suerte.
No. No podía hacerlo.
Era obvio que mi primer pensamiento fue darle una negativa.
Sin embargo, cuando lo miré a los ojos, decidida a zanjar aquello de una vez por todas, la pequeña arpía sabelotodo que habitaba en mi cabeza y que había conseguido amordazar horas antes me miró furibunda y, cruzada de brazos, decidió hacerse escuchar.