Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 32 Lo siento
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32 Lo siento

Entonces, en el infierno se hizo el silencio

ÁFRICA

Cuando sentí la caricia en mis brazos, la cual terminó con sus manos envolviendo las mías, mi cuerpo sufrió una sacudida y se me escapó un sollozo que quedó amortiguado en su espalda.

Bruno, que pareció no poder resistirse por más tiempo a mantener aquella postura, se giró y, a la vez que me sostenía por la cintura, me separó de él los centímetros justos para poder verme.

—Eh —susurró tratando de calmarme—. ¿Qué sucede?

Mis ojos estaban llenos de lágrimas y, con toda probabilidad, con el rastro oscuro del maquillaje corrido alrededor. Todo eso me daba igual en aquel momento, tan solo conecté con los suyos y, sin dejar de mirarlo, me acerqué y uní las manos en su nuca.

Él no rompió el contacto con mi cuerpo, y yo continué avanzando, concediéndole el margen suficiente para poder escapar de lo que ambos sabíamos que iba a ocurrir.

No lo hizo. No se apartó y nuestros labios se encontraron a medio camino.

Y nos besamos.

Llevaba queriendo hacerlo desde que lo había visto en la puerta de casa de mi madre esa tarde, y no pude resistirme por más tiempo.

Aquel beso fue un roce cargado de disculpas, de perdón y de miedos compartidos. También de ternura y algo que en aquel momento no supe catalogar, pero que me abrasó las entrañas.

Cuando el contacto se volvió más intenso y carnal, Bruno apretó los dedos en mis caderas y me separó de él sin dejar de observarme.

Mi respiración agitada era un fiel reflejo de la suya.

—Lo siento. —No supe el motivo por el cual mi cerebro actuó por su cuenta y sentí la necesidad de decirlo justo en aquel momento.

—¿Por qué? —murmuró frunciendo el ceño. Al no contestarle de inmediato, insistió—: ¿Qué es lo que sientes, África?

«Todo», quise contestarle.

Respiré hondo. Mis pensamientos eran un torbellino de dudas y miedos que me acechaban sin descanso y, por instantes, sentía que me faltaba el aire.

No quería ser madre. Nunca había querido cederle a ningún ser inocente los genes defectuosos que mi padre me había pasado a mí, y en aquel entonces seguía opinando igual y más si teníamos en cuenta el momento de mi vida en el que estaba.

Además, la idea de enfrentarme a la maternidad y a los cambios que conllevaba me aterraba.

Lo había visto de primera mano en mi amiga Alba.

Aun así, también sabía que aquella decisión no era tan solo mía. Desde el momento en el que había involucrado a Bruno, dejó de serlo.

Tenía que reconocer que en un primer instante pensé en no hacerlo.

Me planteé mantenerlo en secreto y deshacerme del problema por mi cuenta sin dar explicaciones a nadie.

La realidad era otra bien distinta; no solo porque el test de embarazo había salido a la luz, sino porque en el fondo sabía que no era justo decidir unilateralmente con respecto a algo tan importante.

Vale. También porque sabía que el peso de la culpa me habría terminado volviendo loca y no tenía ganas de acabar encerrada en un manicomio.

Poniéndome en su situación, Bruno merecía saberlo todo. Merecía ser parte de esa decisión y, a pesar de que me asustaba la idea de romper esa especie de «alto el fuego [6] » que nos habíamos concedido, tenía que dejar salir lo que sentía y hacer que me entendiese.

Porque no éramos pareja.

Apenas nos conocíamos en realidad.

Aun con todo, había algo en él que me atraía y que me hacía tener miedo de que pudiera salir corriendo para no volver jamás.

Su media sonrisa me ayudó y comencé a hablar:

—Lo siento porque no sé qué hacer —confesé y lo vi tragar saliva—.

Lo siento porque, aunque te dijera que esto es culpa tuya, yo también lo provoqué aquella noche en Barcelona.

Lo siento porque te hice daño hace muchos años y porque cuando nos volvimos a encontrar deseé que tu novia te hiciera sufrir, solo por envidia. Lo si…

—¿De Laura? —me interrumpió—. ¿Sentías envidia de Laura?

Su pregunta me confundió, no por la duda en sí misma, sino por cómo la había expresado. Por la incredulidad que transmitía y esa pizca de esperanza que había en su voz.

«Joder, Bruno. Deja de removerme por dentro, por lo que más quieras».

—No de ella —le aclaré—. Pero sí de lo que compartíais.

Llevabais saliendo toda la vida, y veros juntos me hizo sentir celos de lo vuestro.

La relación más larga que yo he tenido ha durado ocho meses y acabé tan jodida emocionalmente que hice lo único que dije que jamás haría: volver a Costa Serena. Así que imagina.

—Lo nuestro estaba roto.

—Pues, de cara a la galería, no era lo que parecía cuando le metías la lengua hasta la campanilla al lado de la piscina de tus padres.

Bruno frunció el ceño y luego sonrió, y lamenté haber tenido ese absurdo arrebato.

—Estás celosa.

—No te vengas tan arriba, capullito.

Supe que mi evasiva no había colado porque su sonrisa se ensanchó. Lo reprendí con la mirada, y él soltó un rebufo nasal antes de volver a hablar.

—Si crees que las cosas estaban bien entre nosotros es porque en realidad no nos conoces.

De haberlo hecho, te habrías dado cuenta de lo incómoda que estaba ella allí y de lo hasta los cojones que estaba yo de aquella situación.

—Mi ceño fruncido le dejó clara mi confusión—. Laura no soporta a mi familia.

Me sorprendió escuchar eso y mi cara debió de reflejarlo, ya que él asintió, confirmando sus palabras.

Durante aquellos años de exilio había sabido de ellos por lo poco que me contaba Alana, y ella jamás habló mal de la chica, sino más bien todo lo contrario, así que realmente no me esperaba algo así.

De hecho, mi amiga los tenía idealizados como la pareja perfecta y el ejemplo de una relación duradera, al nivel de Alba y Soto o, incluso, sus propios padres.

Y de repente me enteraba de que todo era una mentira.

—Y ¿por qué estabas con ella?

Bruno suspiró y se pasó una mano por la nuca.

—No lo sé, supongo que porque creía que todavía la quería y era lo que debía hacer. Laura era lo único que tenía. —Protesté, y él me miró con las cejas alzadas—. ¿Qué?

—¿Has olvidado que eres un Remo Delgado? Te recuerdo que tu familia está formada por el ciento y la madre. ¿Cómo iba a ser esa tía lo único que tenías, Bruno?

—Y ¿por qué estamos hablando de Laura? —se quejó incómodo—. Ella no tiene nada que ver en todo esto.

—Porque la traqueotomía lingual que le estabas realizando fue lo primero que vi de ti en la fiesta después de seis años sin cruzarnos.

Además, ya sabes que mi afición preferida es molestarte y cada vez que hablamos de ella se te hincha la vena del cuello de una forma deliciosa —resumí, y él aguantó una sonrisa—.

Y, retomando mi discurso, esa es otra de las cosas por las que lo siento. Sé que a veces me paso contigo.

—¡Ah! ¿Que aún no han acabado las disculpas? —preguntó y dejó ir la sonrisa que había estado conteniendo—. Que no es una queja, ¿eh? Por mí puedes continuar toda la noche si quieres. No seré yo el que te lo prohíba.

Me mordí el labio inferior a la vez que intentaba contener las ganas de masacrarlo a besos.

—Eres un capullo.

—No eres nada original, ¿lo sabes?

—Tendré que vivir con ello —le seguí el rollo.

El ambiente había cambiado de repente y mi piel se erizó con expectación—.

Lo sumaré a la carga de haber confirmado que soy un completo desastre que siempre mete la pata y que se pone un mono para ir a una consulta médica, y luego tiene que quedarse en pelotas delante de una tipa rancia y retrógrada para que la ensarte con su vara de poder.

—Espada láser —me corrigió.

Fruncí el ceño y me eché a reír.

—Estás mal de la cabeza.

—Lo estoy —me dio la razón y utilizó el agarre a mis caderas para acercarme un poco más a él.

Mi pecho rozó su camiseta y me estremecí—.

Y es algo que también he confirmado hoy.

Pero ¿sabes qué? Que tú vuelves a ser la culpable, porque la impresión de haberte visto las tetas esta tarde no ha ayudado a hacerme entrar en razón.

—Ya las habías visto antes.

—He hecho mucho más que verlas.

—Bruno…

Incliné la cabeza y lo miré con intensidad. Él dirigió la vista a mi escote y realizó un gesto, arrastrando los dientes sobre el labio inferior que me volvió literalmente loca.

—Es la verdad —se justificó—. Las he tocado. Las he besado y lamido. Incluso he descubierto que mi lugar favorito en el mundo es con mi cara hundida entre ellas.

El tono ronco de su voz viajó directamente a mi entrepierna, que se contrajo de anticipación.

Nos imaginé montándonoslo en la mesa de la terraza y me puse cardiaca.

Intenté que no se me notase demasiado la taquicardia que estaba sufriendo mi vagina, que no entendía de problemas y lo único que quería era que sepultase esa misma cara bonita entre mis piernas y utilizase su habilidosa lengua para hacerme olvidar la cantidad de problemas que teníamos encima, hasta hacer que me quedase sin voz de tanto gritar su nombre.

Carraspeé con la respiración agitada.

«Céntrate, salida», me reñí.

—Céntrate, Bruno —terminé diciendo.

Él se me quedó mirando unos segundos y, cuando volvió a hablar, su voz sonó más solemne y sensata que antes.

Más que nunca, de hecho.