31 No lo esperaba
«Ohana» significa familia, y tu familia nunca te abandona ni te olvida
brUNO
Salí de la consulta con una mezcla de emociones bastante acojonantes.
Sabía que la idea de tener un hijo con África era una completa locura. Ni siquiera podíamos decir que nos conociésemos de verdad, y nuestra situación laboral era de todo menos estable.
Había un sinfín de detalles a tener en cuenta y mis pensamientos se movían en un mar de dudas que por momentos me ahogaba.
A pesar de ello, ver aquella diminuta mancha en la pantalla y escuchar lo que la doctora había explicado, hizo que mi balanza se inclinara hacia el: «¿Y si…?».
¿Y si podíamos hacerlo funcionar?
Era un pensamiento peligroso. Lo sabía. No podíamos tomar una decisión tan importante por un impulso. Teníamos que estar seguros —realmente seguros— antes de dar un paso adelante en aquello. Porque si nos equivocábamos, si las cosas salían mal entre nosotros, no solo nos afectaría a ella y a mí.
Ya no bastaría con odiarla desde la distancia o evitar encontrarme con ella. Habría mucho más en juego.
Así que, después de salir de la consulta y subir al coche, me preparé para explicarle a África lo que pasaba por mi mente y plantearle mis dudas. Sin embargo, su voz a punto de derrumbarse me detuvo en seco.
—¿Podemos irnos de aquí?
Decidí que aquello podía esperar.
Ni siquiera le contesté, ya que temí cagarla una vez más, así que agarré el volante y comencé a conducir.
Durante el trayecto de vuelta abrí la boca con la intención de abordar el tema hasta en tres ocasiones, pero no fui capaz. Ella tampoco me dio la oportunidad de hablar cuando llegamos a su calle, ya que abrió la puerta del copiloto unos segundos antes de que detuviese del todo la marcha.
Su gesto me sorprendió y frené en seco. Ella se bajó del coche sin perder ni un segundo.
—África —la llamé, y no se detuvo. Salí y apoyé las manos en el techo, observando cómo se alejaba de mí—. ¡África!
Fue inútil.
No se giró y, un momento después, la puerta de la casa se cerró dejándome solo en la calle.
Tardé unos segundos en entrar de nuevo al coche y, cuando lo hice, mi mirada se posó en la carpeta que reposaba en el asiento. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el respaldo justo cuando el sonido de un mensaje entró en mi teléfono, rompiendo el silencio que me rodeaba.
África:
Lo siento. Necesito estar sola.
Moví los dedos sobre la pantalla.
Bruno:
Ok.
África:
« Ok », pero te enfadas…
Bruno:
África, de verdad, no quiero hablar por aquí. Cuando estés lista, ya sabes dónde encontrarme.
Suspiré frustrado al darme cuenta de que volvía a repetirse el patrón.
Durante años tuve que esperar a que Laura quisiera hablar para solucionar las cosas entre nosotros y, aunque África no era mi ex, no podía evitar sentirme así. Además, me jodía estar cagado de miedo y lleno de dudas, y no poder compartirlo con ella, que era la otra parte implicada.
Bloqueé el teléfono después de dejar la pelota en su tejado, lo lancé al asiento del copiloto y quité el freno de mano.
Estaba harto de esperar y dejar que las cosas se solucionaran por sí solas. Tal vez era hora de tomar las riendas de mi vida, terminar de madurar y actuar en consecuencia, afrontando los problemas de frente.
Conduje con el humor bastante torcido y pisé el acelerador más de lo debido. Cuando llegué a casa, mi hermana Zahara estaba haciendo la tarea que el colegio le había mandado durante el verano y que había ido retrasando hasta el último momento; se encontraba en el salón, y mi madre la ayudaba.
Esta última, al mirarme, debió de notar mi estado porque no dijo nada, pese a saber de dónde venía; imaginaba que tendría mil preguntas, así que agradecí que no insistiese.
Utilicé la excusa de pasear a Bella para volver a irme y salí al jardín sin perder un segundo, sin embargo, al poner un pie en la terraza me encontré con mi hermana Emma sentada a la sombra.
Su gemela y una de sus amigas se bañaban en la piscina entre risas y cuchicheos mientras ella tocaba la guitarra. Bella, que estaba tumbada a su lado, tan solo levantó las orejas al escuchar mis pasos.
Le hice un gesto con la cabeza a Emma, que me devolvió el saludo con una sonrisa a la vez que tarareaba una conocida letra en inglés con su voz dulce.
Respiré hondo al sentir cómo los acordes de la guitarra llenaban el aire y creaban una atmósfera relajante y, sin pensar demasiado en lo que hacía, me senté en el césped junto a ella.
Emma era la más tranquila de todos nosotros y siempre encontraba consuelo en la música, algo que quise en aquel momento para mí.
Bella se me acercó y apoyó su cabeza peluda en uno de mis muslos. La acaricié y dejé caer la espalda en una de las tumbonas. Cerré los ojos y me concentré en la música, permitiendo que me envolviera y, cuando la canción terminó, permanecí sin moverme unos segundos más.
Los dedos de mi hermana no tardaron en comenzar una nueva melodía, algo más triste y lenta esa vez.
—¿Cómo estás? —me preguntó en un tono suave sin perder el ritmo de los dedos sobre las cuerdas de la guitarra.
La miré y le devolví la sonrisa, agradecido por su delicadeza al tratar el tema.
—Abrumado. Confuso. Muerto de miedo.
—Si necesitas hablar y desahogarte, aquí me tienes —dijo con dulzura, y sus palabras resonaron en mi interior.
Pese a tener solo veinte años me transmitió una sensación de seguridad parecida a la que me provocaba mi madre.
—Gracias —fue toda mi respuesta.
Ella, que había demostrado innumerables veces ser mucho más madura que algunos de nosotros en cuanto a gestionar sus emociones, asintió comprensiva y continuó tocando, dejando que la música hablara.
Su garganta comenzó a tararear una nueva canción en un suave murmullo, sin llegar a abrir la boca, e inspiré hondo con la intención de disfrutar un poco más de aquella calma.
Moví el cuello para relajarme, pero mi mirada se quedó anclada en la piscina, incapaz de apartarse de lo que estaba ocurriendo allí.
La sorpresa hizo que parpadeara varias veces y tratase de procesar lo que veía.
Después de unos segundos, desvié la vista y me encontré con los ojos de Emma, quien me observaba con una sonrisa enigmática. Hice un gesto cargado de confusión, y ella tan solo me guiñó un ojo, sin dejar de tocar la guitarra.
Sonreí de manera involuntaria y negué confundido al prestar atención de nuevo a la escena. ¿Cuántas cosas me había perdido de mi familia durante los años que estuve con Laura y me alejé de ellos?
En ese preciso instante mi hermana Diana rompió el ardiente beso que se estaba dando con su amiga, y pude sentir la tensión no resuelta que llenaba el aire entre ellas. Me fijé en cómo sus miradas se encontraban y en cómo sus manos se perdían bajo el agua de la piscina.
Bien. Había visto suficiente.
Me puse en pie y me palmeé el pantalón, decidido a largarme. Bella se irguió a mi lado y también sacudió su cuerpo, lista para seguirme.
—Me marcho —le dije a mi hermana pequeña.
—Vale —respondió ella terminando de afinar una de las cuerdas del instrumento.
—Gracias por el rato.
—Mi guitarra y yo estamos a tu disposición para cuando lo necesites —añadió con una sonrisa.
Asentí mientras le devolvía el gesto y me dirigí al armario de la terraza para coger la correa de Bella.
Cuando pasé por la zona izquierda de la piscina Diana me llamó. Al acercarme, me salpicó de manera intencionada, lo que provocó las risas de las dos.
—¿Me vas a hacer tía? —me preguntó sin ningún miramiento.
Cogí aire y puse los ojos en blanco, pero el gesto se quedó a la mitad, pues ella volvió a lanzar agua en mi dirección, y solté una maldición que las hizo reír aún más.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté a la chica de pelo moreno y ojos felinos.
—Sofía.
Me dirigió una sonrisa mientras se apoyaba en el borde de la piscina con gracia. Mis ojos actuaron por instinto y repasaron su torneado cuerpo. Tenía que reconocerlo, mi hermana tenía buen gusto porque la chica era una verdadera preciosidad.
—Encantado, Sofía. Soy Bruno, el hermano mayor. —Me puse en cuclillas y le tendí la mano. Ella la estrechó con mirada curiosa—. ¿Crees que podrías hacer algo por mí?
—Depende.
Observé a Diana, ya que, si a mí no me había pasado desapercibido su tono pícaro, supuse que a ella tampoco, sin embargo, tan solo nos observó atenta con una sonrisa de medio lado.
—No te preocupes, no creo que te cueste demasiado —la tranquilicé.
—A ver…
—Haz que se calle de nuevo un ratito —dije a la vez que hundía la cabeza de mi hermana en el agua.
Me levanté dispuesto a huir, y Diana no tardó ni un segundo en salir a la superficie entre palabrotas y risas. Aproveché la distracción momentánea y escapé de allí con Bella trotando contenta a mi lado, aun así, no me libré de ser blanco de algunas gotas en mi espalda.
Reduje la velocidad al girar la esquina de la casa y solté una suave carcajada.
Era consciente de que no podría haber ido a parar a un lugar mejor para despejarme y alejar todas las tensiones que allí, con mi familia.
Me sentí afortunado de tenerlos en mi vida, pese a que a veces me volvían loco.
A todos, sin excepción, porque cada uno a su manera me demostraba su apoyo incondicional, y esa certeza, junto con todas las emociones vividas aquel día, me provocó un nudo en la garganta.
Por eso el paseo duró mucho más de lo habitual, tanto que cuando regresé a casa ya estaban encendidas las luces del interior.
Por suerte, el rato en soledad me había servido, me sentía bastante más calmado.
Al entrar en el jardín solté a Bella, que se fue corriendo y feliz a disfrutar de su pequeño rincón junto a la barbacoa. Justo cuando iba a guardar sus cosas en el armario, unos brazos cálidos envolvieron mi cintura desde atrás.
El roce de su cuerpo junto al mío me hizo estremecer y reconocí al instante su aroma.
Intenté girarme, y su voz me detuvo en seco.
—Quédate así un segundo más, por favor.
Intrigado y extrañado, decidí seguir su petición.
Aquella mujer siempre tenía la capacidad de sorprenderme, para bien o para mal, y en aquella ocasión me había pillado totalmente desprevenido. Lo último que esperaba encontrarme al llegar a casa de mis padres era a ella acechándome entre las sombras.