29 Es real
¿Cómo algo tan pequeño puede hacerte sentir tan grande?
brUNO
Dejé que África caminase delante de mí, pero me aseguré de que sintiese que estaba allí, con ella. Cuando llamó con los nudillos sobre la puerta entreabierta de la consulta, un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
Su melena rubia se movió y acompañó el giro de su cabeza. No pude evitar fijarme en su gesto nervioso y en cómo se mordía el labio inferior.
—¿Eres supersticioso?
Negué con un gesto, y ella asintió.
Me había hecho la misma pregunta sobre ella al escuchar el número de la consulta un momento antes, por lo que no me extrañó su duda.
Una voz nos dio paso desde dentro, y respiré hondo.
—Buenas tardes —nos saludó una mujer de avanzada edad. Su pelo era canoso y su expresión, algo severa—. ¿África de la Vega?
—Sí, soy yo.
—Buenas tardes —dije en un susurro.
Me demoré unos segundos más en cerrar la puerta y cogí aire profundamente antes de volverme hacia ellas y tomar asiento junto a África.
No había estado más nervioso en toda mi vida, ni siquiera me sentí así cuando me desnudé delante de ella en aquel cobertizo siendo un adolescente.
Por supuesto, no había podido pegar ojo la noche anterior y apenas probé bocado en el almuerzo, cosa que agradecí, pues sentí que podría haber vomitado allí mismo de tener algo en el estómago.
—¿Qué tal? —inquirió la médica, rompiendo el silencio con una voz firme—. Se trata de una consulta prenatal, ¿verdad?
África asintió, y yo la imité.
La mujer sostuvo la mirada de África unos segundos y luego se volvió hacia la pantalla del ordenador a la vez que le preguntaba unos cuantos datos personales.
Mientras tomaba notas la escruté.
Llevaba las uñas cortas y cuidadas pintadas en un tono claro. Su bata era de un blanco impecable y tenía el pelo recogido en un moño tirante del que no escapaba ningún pelo suelto.
No supe por qué me había fijado en algo así, solo me concentré en sus movimientos lentos, pero fuertes, al presionar cada tecla y en el sonido que provocaba en la habitación.
—De acuerdo. —Me miró fijamente y contuve la respiración hasta que desvió la vista a mi izquierda—. ¿Cuál fue el primer día de tu última regla?
No me sentía capaz de moverme ni de girar la cabeza en dirección a África, por lo que esperé casi sin respirar el tiempo que ella se mantuvo callada.
—El veinticinco de julio —contestó por fin.
La médica retomó el movimiento sobre el teclado e, ignorando mi incomodidad, le hizo algunas preguntas más sobre sus ciclos menstruales, el uso de anticonceptivos, enfermedades, embarazos o abortos previos y cosas sobre su salud en general.
Conocer cosas tan íntimas de África, cuando aún no sabía muchos más detalles de ella y de sus gustos más simples, me perturbó.
Sin embargo, me sirvió para enterarme de otras que difícilmente habrían salido en una conversación normal, como que era intolerante a la lactosa, que la regla solo le duraba tres días y no solía dolerle —dato que para alguien que había convivido durante años con una chica que padecía como si se estuviese muriendo durante seis agónicos días al mes era toda una sorpresa—, y que no sabía mucho sobre los antecedentes familiares por parte de su padre, ya que jamás había estado presente en su vida.
—Está bien, es suficiente por ahora. En un momento te mediré y te pesaré, y en cuanto veamos si todo va bien os explicaré algunas cosas y os diré la fecha probable de part…
—Sabemos el día exacto en el que… —la interrumpió África, que recibió de regalo una mirada severa. Noté el leve titubeo de su voz y sentí su vista puesta en mí, pidiéndome apoyo.
La médica se mantuvo en un silencio expectante, y apreté los dedos en torno a mis rodillas.
—Sabemos el día en el que se hizo la mudanza —«muy sutil, Bruno. Muy sutil». Lamenté haber abierto la boca—. Quiero decir…
—Os he entendido —añadió la médica, y juraría que las líneas alrededor de su boca se relajaron como si estuviera a punto de echarse a reír.
No era para menos. Joder, qué puta vergüenza estaba pasando, y todo por pensar con la cabeza equivocada.
No iba a sacarla de los pantalones nunca más excepto para mear—.
Ese día no es demasiado relevante porque ahora con la ecografía lo ajustaremos según el tamaño que tenga vuestro hijo.
Es la manera más exacta, ya que, por norma general, los embriones durante el primer trimestre tienen el mismo tamaño.
Por ejemplo, si mide treinta y un milímetros, correspondería a diez semanas de gestación. ¿Lo entendéis?
Asentí sin estar seguro de haber procesado la información, pues mi mente se había quedado anclada a las palabras «vuestro hijo».
Reconecté con la situación unos minutos después, cuando vi que África se levantaba y se dirigía a unas cortinas parecidas a un probador.
Giré la cabeza hacia la médica, y ella me dedicó una ligera sonrisa condescendiente.
—Puedes ir a esperarla dentro. Estaré con vosotros en un momento.
Sus palabras, aunque dichas en un tono tranquilo y controlado, demostraban que estaba acostumbrada a que todos siguieran sus indicaciones sin cuestionarlas. Me señaló hacia un lateral, donde una puerta de cristal opaco permanecía cerrada, y me levanté dispuesto a obedecerla.
Mientras me dirigía hacia allí, noté su mirada fija en mi espalda. Suspiré tranquilo cuando, una vez a solas en aquel cubículo, escuché la puerta de la consulta y deduje que se había marchado.
Permanecí quieto durante unos segundos antes de que me pudiese la curiosidad.
Caminé unos pasos hasta pararme frente a una máquina de color gris, llena de botones y ruedas al más puro estilo de un centro de mandos de la NASA.
En los laterales había orificios parecidos a posavasos y de uno de ellos sobresalía una especie de palo largo que me recordó a una espada láser que tuve de pequeño.
Este estaba coronado con lo que supuse sería una zona de infrarrojos en la punta.
—¡No toques eso! —Escuché la voz rotunda de África, y retiré la mano con rapidez, llevándomela a la espalda. La disculpa que tenía en la punta de la lengua murió cuando me giré y mi vista se clavó en los pequeños parches que cubrían sus pezones.
—Coño —se me escapó.
Ella chasqueó los dedos frente a mi cara y parpadeé un par de veces.
—Mis ojos están aquí arriba, no en mis tetas.
—¿Qué haces así?
—Ah, ¿que no era aquí la fiesta nudista? —preguntó en tono irónico—. ¿Qué crees que hago así, capullito?
Señaló con la cabeza la extraña camilla a mi lado y fue entonces cuando me fijé en que sus manos estaban ocupadas agarrando un trozo de tela azul que había colocado alrededor de sus caderas.
—¿Estás desnuda? —pregunté con la garganta seca.
África puso los ojos en blanco y resopló.
—Por Dios…
Pasó por mi lado y se subió al asiento con toda la dignidad de una reina.
Al colocarse, mantuvo el pequeño trozo de tela ocultando su entrepierna, y cuando fijó de nuevo los ojos en mí y me pilló recreándome en el movimiento de sus tetas, soltó un nuevo bufido.
—¡Bruno! ¡Joder! ¿Quieres dejar de pensar con la maldita parte de tu cuerpo que nos ha traído hasta aquí, y ponerte ahí detrás? No necesito un espectador de primera fila cuando abra las piernas.
—Vale, vale. Perdón —me excusé con las manos en alto y me moví hasta colocarme en la parte trasera de la máquina.
La nueva posición me regaló otro ángulo de su escote que me hizo cerrar los ojos y tragar con dificultad.
«Esto deben de ser los nervios —me dije—. Céntrate, Bruno, que vas a acabar con un dolor de huevos de la hostia y lo que has venido a hacer es muy serio».
—Tápate las tetas, por lo que más quieras —le rogué, y ella giró el cuello hacia atrás.
—¿En serio? —renegó al tiempo que se escuchó el sonido de la puerta.
—Podrías haberte puesto un sujetador —le susurré.
—Y tú podrías haber mantenido el pito dentro de los pantalones, pero aquí estamos.
La puerta se abrió de repente, y ambos nos sobresaltamos. África se ajustó el paño para taparse la parte superior del cuerpo, aunque no me pasó desapercibida la mirada reprobatoria que dirigió la médica a su pecho antes de que su dueña lo cubriese.
—Bueno, vamos allá.
Tragué saliva y moví el cuello de un lado al otro, estirándolo a la vez que me concentraba en lo que estaba a punto de ocurrir. La doctora me dijo exactamente dónde debía ubicarme para poder ver la pantalla, y seguí sus indicaciones con un nudo en el estómago.
—¿Estás bien? —le pregunté África en son de paz, que había cerrado los ojos y respiraba de forma superficial.
Ella asintió por toda respuesta, pero no movió los párpados.
La mujer comenzó a trastear con la máquina, pulsando botones y girando las ruedecitas con mayor soltura que la que había demostrado frente al ordenador.
Fruncí el ceño cuando la vi colocar un preservativo sobre la espada láser que estuve a punto de tocar unos minutos antes y, sin mayor ceremonia, echó un chorreón de gel transparente en la punta que resbaló hacia abajo con lentitud.
Hasta que no la vi extraer el aparato de la base, agarrarlo como la que está sosteniendo un paraguas y volverse hacia África, no até cabos.
Era así como iba a realizarle la ecografía…
Apreté la mandíbula y me pasé una mano por la nuca a la vez que inspiraba hondo.
—Bien, África. Sube las piernas y deja el trasero al borde del asiento. —Me sentía fuera de lugar, por lo que giré la cabeza hacia el lado contrario. ¿Quedaría demasiado mal si salía corriendo de la consulta?—. Más hacia fuera… Así. Bien. Lo vas a sentir frío, pero relájate y déjame entrar.
Uní los labios con fuerza intentando contener la risa histérica que quería salir de mi boca, pues sabía que, si la dejaba escapar, alguna de las dos me cortaría las pelotas y con razón.
«Joder, debía haberle preguntado a mi madre por esto y no por el remedio para las malditas náuseas matutinas. Así, al menos, no me sentiría tan idiota».
—Bruno… —murmuró África con voz trémula.
Tardé un par de segundos en reaccionar y salir de mi conversación mental. La médica se adelantó, y mi corazón se saltó dos latidos cuando habló:
—No te pierdas este momento, papá. Ahí está vuestro bebé.