Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 28 Nervios
62%

28 Nervios

Porque todo lo bueno empieza con un poco de miedo

ÁFRICA

Me encontraba frente a mi armario y no podía evitar sentir una mezcla de nerviosismo y ansiedad por lo que estaba a punto de suceder. Llevaba más de veinte minutos rebuscando entre mi ropa sin éxito, ya que no conseguía encontrar algo que me pareciera sensual y a la vez apropiado para el momento.

«¿Qué demonios se pone una para que le hurguen en los bajos y a la vez llamar la atención de un veinteañero?», pensé con frustración.

Quería sentirme segura y atractiva, y también cómoda.

Sí, sabía que en aquella ocasión lo importante no era mi aspecto exterior, sino lo que se cocía dentro de mí.

Además, era consciente de que mi preocupación por la ropa era absurda, Bruno y yo ya nos habíamos visto de todas las formas posibles, pero prefería concentrar mis nervios en algo tangible que no en lo que estaba por venir… Porque ese día sería diferente.

Era «el día».

El momento exacto en el que confirmaría lo que en realidad ya sabía, y buscaríamos la solución más rápida y eficaz para atajar el problema.

Mi teléfono sonó en algún lugar sobre la cama y rebusqué entre las prendas esparcidas sobre ella. Cuando di con él, y lo desbloqueé, mis labios se curvaron por voluntad propia y me sentí un poco idiota.

Bruno:

Hola. Estoy saliendo de casa.

Le contesté con un escueto « ok », y releí —por millonésima vez— el primer y último mensaje que me había enviado antes de ese, la madrugada del sábado, para ser más exacta:

Bruno:

Buenas noches, África.

Soy Bruno. Sé que te lo he dicho antes, pero siento haberme comportado como un imbécil en la barbacoa. Me tenía más que merecido el chapuzón en la piscina.

Ah, por cierto, prueba a comer algo cada vez que te levantes por la noche para ir al baño. Dicen que las galletas saladas o el pan tostado suelen ir bien para evitar las náuseas.

Nos vemos el lunes a las cinco (ya, no creo que lo olvides).

Que descanses…

Sonreí sin poder evitarlo y sacudí la cabeza al ser consciente de que llegaría en unos pocos minutos, y yo seguía en ropa interior.

Terminé decidiéndome por un mono negro, sencillo, pero a la vez sugerente, sin pararme a pensar en que quizá no era la elección más acertada, lo cual no tardaría en descubrir.

Acababa de terminar de guardar el resto de prendas y de cerrar con decisión el armario cuando sonó el timbre.

Con un cosquilleo en el estómago metí el teléfono en el bolso, me lo crucé sobre el hombro y eché un vistazo fugaz a la imagen que reflejaba el espejo. Me demoré en presionar ligeramente mis labios pintados, unificando el labial rojo sobre ellos, y asentí en un intento de transmitirme confianza.

—Vamos allá.

Mis oídos captaron fragmentos de la conversación entre mi madre y Bruno mientras bajaba las escaleras. Él se estaba interesando por su lesión y por la recuperación, y no parecía nervioso o al menos su voz no lo demostraba.

Me pregunté cómo se sentiría en realidad ante lo que estábamos a punto de hacer y, al considerar varias posibilidades, me asaltaron las inseguridades.

¿Y si había cambiado de opinión sobre nosotros y sobre nuestra tregua?

¿Y si seguía creyendo que el alien que crecía dentro de mí no era suyo y me dejaba sola frente al problema?

¿Y si se lo decía a mi madre y le creaba falsas ilusiones?

¿Y si…?

—Aquí está —dijo ella.

La voz en mi mente murió en cuanto levanté la vista, que tenía enfocada en los últimos escalones, y la fijé en la figura que había parada junto a la puerta.

Mi corazón, ya desbocado de por sí, se saltó un latido cuando él me devolvió la mirada.

—Hola —dijo dedicándome una lenta sonrisa.

Traté de tragar saliva, pero mi boca se había secado de repente.

Bruno, el mismo chico que seguía peleándose con sus hermanos y al que sus padres aún regañaban, lucía imponente y radiante bajo la luz que se filtraba por la puerta tras él, casi como si fuera una aparición Mariana o un primo lejano de Edward Cullen.

¿Sería ese el secreto de aquella familia? Reí para mis adentros por lo absurdo de mis pensamientos.

Vestía unos pantalones largos y ligeros en color tierra, con un par de vueltas en los bajos, y unas bambas blancas e impolutas.

Su camisa, también blanca y de tela fresca, tenía los puños remangados hasta los codos, lo que resaltaba su bronceado y a la vez dejaba adivinar los músculos que había debajo de una manera deliciosa.

Para rematar, se había puesto un reloj grande y de esfera negra en la muñeca izquierda, lo que le añadía estilo y sofisticación al conjunto.

Era evidente que se había esforzado en vestir bien para la ocasión, estaba guapo como pocas veces. Llevaba sin verlo desde el sábado y al tenerlo delante después de varios días no podía dejar de mirarlo.

Me sentí absurda por haberlo echado tanto de menos en tan poco tiempo. ¿Qué me estaba pasando? Si hasta hacía muy poco habíamos estado años sin vernos…

Observé cómo se mordía el labio inferior y tomaba una profunda bocanada de aire. Esos gestos me aclararon mis dudas y me confirmaron lo nervioso que estaba, y cuando llegué hasta él fui consciente de que algo había cambiado.

Existía una conexión diferente y mucho más intensa entre nosotros.

—Hola —respondí devolviéndole la sonrisa y tratando de ignorar el golpeteo que sentía en los oídos—. Estoy lista.

Mi madre, ajena a lo que íbamos a hacer, preguntó curiosa:

—¿A dónde vais a ir?

Bruno y yo intercambiamos una mirada cargada de significado y al final fue él quien habló con una seguridad pasmosa. Estaba claro que tenía más talento que yo para ocultar sus emociones.

—Vamos a ir a conocer a alguien que tenemos en común —lo dijo sin dejar de observarme, y tuve que tragar saliva cuando sentí los ojos arder por las lágrimas contenidas.

Malditas hormonas y maldito él.

Doña Pepa, que no pareció quedarse satisfecha con la respuesta de Bruno, nos miró con sospecha. Quizá se olía que allí había gato encerrado. Mi madre siempre fue una mujer muy lista y solía pillarme las mentiras antes incluso de decirlas, motivo por el cual había dejado que Bruno contestase por mí.

—Vaya. Y ¿lo conozco? —indagó queriendo sonsacar más detalles.

Él permaneció estoico ante el interrogatorio, pero, al ver que pasaban los segundos y no contestaba, supe que debía intervenir.

—No, qué va. Es bastante reservado y prefiere estar encerrado en su propio mundo.

Diría que solo se ha aventurado a hacer cambios una vez en su vida, cuando decidió mudarse.

Fue un visto y no visto en un día lluvioso de hace apenas un mes y le está costando adaptarse.

Además, el pobre aún no se lleva demasiado bien con su nueva casera y prefiere no salir porque apenas conoce a nadie por aquí.

Los ojos de Bruno estaban más abiertos de la cuenta, y mi madre, aunque algo desconcertada por aquella historia, no tuvo más remedio que aceptar mi respuesta.

—Vaya, entiendo. Es reservado, ¿no?

—Algo así.

—Bueno, si me permitís un consejo, dejad que las cosas fluyan. A las personas así es mejor darles tiempo para que se sientan cómodas y no forzar la situación.

Asentí a la vez que daba unos cuantos pasos más hasta llegar a Bruno.

—Gracias, mamá. Lo tendremos en cuenta. —Lo agarré de la mano y tiré de él en dirección a la salida. Al sentir que oponía resistencia, le susurré—: Camina.

—Tened cuidado…

—No te preocupes, mamá. ¡Hasta luego! ¡Te quiero!

Conseguí que nos alejásemos de la casa y, al montar en el coche, él soltó una palabrota que me hizo sonreír. Observé cómo se pasaba la mano por la cara con expresión angustiada y luego apoyó ambas manos en el volante respirando con dificultad.

—¿Estás bien?

—No —contestó rotundo.

Su voz sonó ronca y me dio la impresión de que estaba a punto de vomitar.

—Oye, ¿quieres que conduzca yo? —me ofrecí, y él negó con la cabeza.

—Solo dame un momento.

—Tranquilo —añadí preocupada—. Tómate el tiempo que necesites.

Realizó varias respiraciones, y llevé la mano hasta su nuca para acariciarlo. Al sentir el contacto, cerró los ojos y suspiró de forma sonora.

—¿De verdad le acabas de explicar a tu madre cómo concebimos a su nieto, incluyendo el momento de «la mudanza»?

Sofoqué una risa mordiéndome el labio superior, pero, al darme cuenta de cómo había llamado a nuestro desliz, mi gesto mutó a uno de terror.

«Su nieto», lo hacía mucho más real y permanente.

—Cuando estoy nerviosa no puedo controlar las palabras —me excusé.

—Joder, África…

—¿Qué? —Me encogí de hombros—. Tú podrías haberte inventado otra excusa para nuestra salida. «Vamos a ir a conocer a alguien que tenemos en común», tampoco da para mucho más.

Negó con la cabeza, y detuve el avance de su mano hasta el contacto aferrando su antebrazo.

—Vamos a llegar tarde —me advirtió.

—¿Te encuentras bien para conducir?

—Sí.

—¿Seguro? Hace un momento parecías estar a punto de echar hasta la primera papilla.

—Estoy bien —confirmó, y lo di por válido.

El ruido del motor invadió el coche y me recoloqué en el asiento con un zumbido atronador en el estómago.

Era inminente.

Estaba a punto de enfrentarme a algo inevitable: en menos de media hora estaríamos en la consulta del médico, donde mis peores temores podrían confirmarse.

«Maldita sea, si yo nunca he querido ser madre. ¿Qué tipo de ser retorcido se cachondea de mí de esta manera desde ahí arriba?».

Cuando Bruno inició la marcha, un pitido anunció que no me había abrochado el cinturón de seguridad. Al asegurarlo, y sentir la presión de la banda sobre la parte inferior de mi vientre, una inesperada y desagradable preocupación se apoderó de mí.

¿Era seguro utilizarlo o podría dañar al alien en caso de tener un accidente?

Fruncí el ceño al darme cuenta de mis propios pensamientos.

No entendía por qué demonios mi mente se ponía a divagar sobre cosas como esa cuando para mí estaba bastante claro el desenlace.

Pensándolo mejor, quizá sería un alivio si el cinturón llegara a…

Mis palabras salieron de mi boca solas, en un intento por acallar las voces de mi cerebro.

—Ten cuidado, que no quiero morir antes de cumplir los treinta. No llevo más de diez años recopilando datos para la orgía que pienso montar, para nada. —Bruno giró la cabeza en mi dirección un momento y me observó receloso—. Ya sabes, la libreta.

Su gesto mutó a uno mucho más serio cuando volvió a fijar la vista en la carretera. Lamenté mis palabras en el acto, aunque no había podido controlarlas.

—No me lo puedo creer —murmuró en un tono tan bajo que, si no hubiese estado mirándolo fijamente, no lo habría entendido.

—Estaba bromeando —le aclaré—. Tan solo quería que se te pasara el ataque de nervios.

«O a mí, el de gilipollez momentánea», completé en mi mente.

Él pisó el acelerador como toda respuesta.

El trayecto hasta la clínica lo pasamos en silencio y aquello solo provocó que mis nervios por lo que estaba a punto de suceder creciesen hasta sentir que me asfixiaba.

Tenía miedo de volver a decir algo que pudiese estropear del todo nuestra tregua, así que con la mano sobre la boca bajé la ventanilla y cerré los ojos intentando respirar con calma.

Un momento después, la presión de unos dedos sobre mi rodilla me hizo dar un respingo.

—Para, por favor.

Lo miré contrariada.

—¿Qué?

—No dejas de mover la pierna y me estás poniendo de los nervios.

Detuve el balanceo instintivo de mi pie sobre el suelo del vehículo, y él retiró la palma caliente de mi muslo.

—Me estoy haciendo pis —murmuré histérica.

—Deberías haberlo hecho antes de salir de casa —me sermoneó como si fuera mi padre.

—Ya lo hice —le espeté—. La culpa es de los nervios y del alien.

Escuché cómo resoplaba con disimulo.

—Vale.

—Vale —lo imité.

Afortunadamente, llegamos unos minutos después y pude respirar hondo cuando bajamos del coche.

Bruno rodeó el vehículo y, al pasar por mi lado, me tomó de la mano.

—Estás muy guapa —me halagó, y yo lo observé con una ceja alzada.

—A ti no hay quien te entienda, capullito.

Me fulminó con la mirada, pero a la vez me dedicó una sonrisa.

—Pues anda que a ti, arpía.

Entramos en la clínica sin soltarnos, y anuncié mi nombre en recepción. Recé mientras facilitaba la tarjeta que aún no había devuelto a Marc. Esperaba que aún no la hubiese cancelado. Me hicieron firmar un par de documentos y respiré algo más tranquila cuando nos invitaron a la sala de espera.

—¿Dónde está el baño? —preguntó un amable Bruno a la chica de recepción.

Ella le sonrió coqueta, salió de detrás de su puesto y, acercándose a él, le señaló la dirección que debía tomar para llegar al lugar.

Levanté una ceja y solté un sonido con la nariz, una mezcla de risa y de incredulidad. La chica se lo estaba comiendo con los ojos, aunque en defensa de Bruno debía reconocer que él no le había prestado demasiada atención.

—Gracias —le dije a la recepcionista con una sonrisa cínica, mientras sentía cómo él envolvía de nuevo mi mano con la suya y echaba a andar.

Ella me devolvió el gesto de forma forzada y la perdí de vista cuando giramos en uno de los pasillos.

—Qué amable y eficiente es el personal, ¿verdad? —comenté con sarcasmo.

—Dame el bolso —me pidió con la mano extendida.

—¿Qué?

—¿No tenías que ir al baño? —preguntó, al borde de perder la paciencia, como si yo tuviera la culpa de todo—. Dámelo y entra antes de que nos llamen.

—Tranquilito, ¿eh?

—Por favor, África —añadió en son de paz.

Rebusqué en el bolso hasta dar con un paquete de pañuelos, se lo entregué sin decir nada más y entré en el cubículo. El olor a lejía me tranquilizó, ya que no me gustaba demasiado utilizar baños públicos.

Después de lidiar con el mono que llevaba puesto y hacer malabares para evitar que tocara el suelo, terminé y me lavé las manos con una mueca de disgusto. Salí del baño concentrada en secarlas con un papel y, al levantar la vista, me encontré con una preciosa sonrisa de Bruno.

Él esperaba apoyado en la pared frente al baño, sosteniendo mi bolso en su hombro.

No sé por qué había imaginado que regresaría a admisión con cierta empleada profesional y abnegada, por lo que verlo allí me ilusionó. Y eso, junto con su postura despreocupada y su gesto espontáneo, hicieron que mis pasos se volvieran titubeantes mientras me acercaba a él.

—¿Mejor? —me preguntó amable.

—Sí. Gracias —le dije algo turbada al recuperar mi bandolera.

«África de la Vega Sánchez, consulta trece», se escuchó por megafonía.

Busqué su mirada, y él hizo lo propio.

—¿Lista?

Me encogí de hombros con la respiración contenida y me fijé en cómo su nuez subía y bajaba al tragar saliva.

—Supongo. ¿Y tú?