27 Pillados
Ojalá en nuestra memoria existiera un botón de «borrar historial»
brUNO
Caminamos de regreso hasta su casa en un silencio bastante cómodo, apenas interrumpido por los sonidos de Costa Serena.
Eran pasadas las dos de la madrugada y nuestros pasos resonaban en la calle, mientras cada uno trataba de asimilar todo lo que habíamos compartido y lo que vendría a partir de ese momento.
Y es que antes de abandonar las rocas acordamos no tomar ninguna decisión sobre el bebé, no al menos hasta que consultáramos al médico el siguiente lunes.
Algunos podrían interpretarlo como una excusa o una manera fácil de posponer lo inevitable, sin embargo, ambos sentíamos que era lo mejor. Necesitábamos ese pequeño margen de tiempo para procesar lo que habíamos hablado y la especie de tregua perpetua que eso nos concedía.
Además, en mi mente aún resonaban las palabras de África; la forma en la que había terminado pidiéndome perdón por lo que había ocurrido en el pasado y cómo aquello pareció romper una especie de cadena en mi pecho que me permitió respirar con mayor libertad.
Me sentía capaz de dejar el pasado atrás y abrirme a la posibilidad de construir un futuro juntos, aunque fuera de una forma completamente distinta a lo que pude haber imaginado en mis sueños adolescentes.
Algo distraído, me detuve al llegar a la puerta de su casa y le sonreí cuando se giró hacia mí. Sus ojos vidriosos reflejaban toda la emoción y la incertidumbre que ambos compartíamos en aquel momento.
—Te recojo el lunes a las cinco —murmuré sin querer levantar demasiado la voz.
—Vale —respondió asintiendo con suavidad.
Nos quedamos en silencio, y desvié la mirada a la fachada de la vivienda por miedo a hacer algo que estropease el momento.
—¿Tu madre ya lo sabe?
—No, aún no, pero como esto se alargue demasiado es cuestión de tiempo que lo deduzca. La semana que viene ya vendrá conmigo a la pescadería y no voy a poder esconderle las náuseas.
—Deberías decírselo.
—Lo sé. —Suspiró ella, con una mezcla de aprensión y determinación en su voz.
Tomé aire y me encogí de hombros, incapaz de poner en palabras lo que sentía en ese momento.
—Bueno, pues… me voy.
—Vale —respondió sin moverse de su lugar.
Nos quedamos mirándonos en silencio una vez más, con el amago de una sonrisa en nuestros labios. A pesar de que sabía que tenía que marcharme, en el fondo necesitaba prolongar aquel momento todo lo que fuera posible.
—Entra —le pedí.
—Márchate —me contradijo, y pude apreciar una chispa de travesura en sus ojos.
—Está bien… Me voy.
—Vale —repitió una vez más en un susurro cargado de complicidad.
Di un paso atrás, sin poder evitar que una sonrisa se deslizara por mi rostro.
No sabía cómo despedirme de ella en un momento tan extraño para nosotros, así que, sin pensarlo demasiado, extendí la mano en un gesto ridículo y demasiado formal.
África la observó durante unos segundos, sin embargo, en lugar de estrecharla, alzó los ojos hasta encontrarse con los míos. Su ceja ligeramente arqueada y el amago de una carcajada en su boca me hicieron resoplar.
Antes de poder rectificar mi absurda reacción, salvó la distancia que nos separaba y rozó la comisura de mis labios con los suyos en un gesto fugaz, pero cargado de significado.
El contacto eléctrico me dejó aturdido.
—Buenas noches —murmuró acariciándome el oído con sus palabras.
Y, aunque tendría que haberme recreado en ese beso, solo pude pensar en el calor que me transmitió la piel de su vientre cuando la rocé y en la vida que crecía dentro de ella.
Cuando quise darme cuenta, me encontraba solo en la puerta de la casa, sin saber cuánto tiempo había pasado desde que África se había marchado.
—Joder.
Moví la cabeza intentando despejar la mente de aquel embotamiento en el que estaba sumido.
Me costó un par de respiraciones profundas ser capaz de pensar con claridad y emprender el camino de vuelta a casa.
Y, cuando pensé en la cantidad de preguntas que me harían mis padres e imaginé las explicaciones que tendría que dar, mis pasos vacilaron.
Ni de coña estaba preparado para aquello, así que decidí cambiar de rumbo y pedir asilo temporal en casa de mi hermana. Con un poco de suerte, Alana se apiadaría de mí y no me bombardearía con demasiadas preguntas.
Me encaminé hacia allí y, una vez frente a la puerta, palpé mis bolsillos y maldije al darme cuenta de que mi ropa seguía húmeda y allí no había ni rastro de las llaves. Lo único que llevaba conmigo era el teléfono móvil.
—Joder —maldije al sacarlo y desbloquear la pantalla.
Una notificación me indicaba que se había detectado humedad y que debía asegurarme de secarlo completamente antes de enchufarlo a cargar. ¿De verdad? Como si no lo supiera…
Suspiré aliviado al ver que, en principio, todo funcionaba con normalidad.
Bendita tecnología resistente al agua.
Lo guardé de nuevo en el bolsillo y di unos golpecitos con los nudillos sobre la puerta. No quise utilizar el timbre por evitar despertar a medio vecindario.
Repetí la operación varias veces sin obtener respuesta y deduje que quizá aún no habían regresado.
Me negaba a volver a casa de mis padres, por lo que caminé por el lateral de la pequeña casa pintada de azul claro, con la firme intención de dejarme caer en una de las tumbonas del jardín.
Por suerte, la temperatura de ese primer fin de semana de septiembre era bastante cálida y, gracias a estar tan cerca de la playa, no me importaba quedarme dormido allí fuera con la banda sonora del mar de fondo.
Justo antes de doblar la última esquina creí escuchar un leve y rítmico golpeteo, y algo parecido a un sollozo.
Mis oídos se agudizaron un momento, pero mi cerebro aún tardó un par de segundos más en procesar la imagen que se presentó ante mí al llegar a la terraza, los justos para que ellos se dieran cuenta de mi presencia.
—¡Mierda! —Me di la vuelta y cerré los ojos, muerto de vergüenza y estupefacción. Joder con la parejita—. ¡Perdón!
—¡Bruno! —chilló Alana.
—¡Lo siento! —repetí escuchando la risa de su novio.
—Bájame —susurró mi hermana y, un segundo después, dio un gritito, sorprendida—. Hans, ¡para!
No pude evitar poner una mueca de repulsión al imaginar la escena.
La imagen de mi hermana con las piernas colgando a cada lado de las caderas de su novio, mientras él se la follaba allí de pie, en brazos y utilizando la pared de apoyo, no se borraría tan fácilmente de mi cabeza.
—Me voy, me voy —me excusé una vez más—. Vosotros seguid con lo vuestro.
Mi hermana resopló y me pidió que esperase. Hice tiempo y, cuando supe que era seguro, volví ligeramente la cabeza y vi de reojo cómo se recomponían.
Me giré del todo al comprobar cómo Hans abría la puerta de la terraza y le daba un beso en los labios que terminó con un empujón divertido de mi hermana y una mirada cómplice entre ellos.
Carraspeó antes de darse la vuelta y dirigirse a mí.
—¿Qué demonios haces aquí a estas horas, Bruno?
—Pedir asilo temporal. No quería interrumpir. Estáis en plena forma, ¿eh?
Cerró los ojos y negó abochornada.
—Olvida lo que has visto, ¿quieres?
—Créeme, no hay nada que quiera más ahora mismo. —Mi hermana dejó escapar una risa nerviosa, y no pude evitar imitarla—. Perdóname por joderte el polvo.
—Por Dios, Bruno. Cierra la boca —se quejó sin dejar de sonreír—. ¿Qué ha pasado? ¿Has podido encontrarla?
Suspiré y me pasé la mano por el flequillo a la vez que me sentaba en una de las sillas de metal de la terraza. Ella se acomodó a mi lado.
Continué mirando al frente, perdido en mis pensamientos unos segundos más.
—Sí, pero no quiero hablar de ello.
Su mano se posó en mi rodilla y me dio un leve apretón. Dirigí mis ojos hacia los suyos y me sonrió con cariño, respetando mi deseo de no hablar del tema.
—Solo dime si ha ido bien.
—Iremos juntos el lunes al médico —respondí rezando porque fuese suficiente para tranquilizarla.
Ella debió de dar por válida la respuesta porque no insistió y, durante unos minutos, nos quedamos allí escuchando los sonidos del mar.
—Es tarde. ¿Vamos dentro?
—Ahora voy.
Alana se levantó de la silla, me dio un beso en la cabeza, y le devolví la sonrisa.
—Te quiero, enano.
—Y yo a ti —respondí con cariño.
—Le diré a Hans que te deje algo de ropa para dormir.
Asentí agradecido y la miré mientras se daba la vuelta. Justo antes de que se perdiera en la vivienda la llamé, y ella se giró.
—¿Con diez minutos os apañáis? —le pregunté con una sonrisa pícara.
Solté una carcajada al escuchar el insulto que me dirigió antes de entrar.
Al final me quedé allí mucho más que diez minutos.
Mi mente no paraba de dar vueltas una y otra vez a lo que había hablado con África, a lo que habíamos compartido en el último mes y medio y a todos los recuerdos del pasado que volvían a resurgir.
Tenía mucho que procesar.
Justo antes de levantarme saqué mi teléfono móvil de nuevo. Obvié las notificaciones de redes sociales y le escribí a mi madre con la esperanza de que aún estuviese despierta.
Al ver que se ponía en línea la informé de que me quedaría en casa de Alana y Hans a dormir, pues no quería preocuparlos, y aproveché para preguntarle lo que de verdad me tenía intranquilo.
Si le extrañó mi consulta, no me lo dijo.
Se limitó a darme la información que necesitaba y me despedí de ella.
Cogí aire, pulsé un número que jamás había utilizado e inicié una nueva conversación.
Bruno:
Buenas noches, África…