Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 26 Cállate
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Antes de llover, chispea

ÁFRICA

—Hola.

Su voz resonó en el aire, desafiando el sonido del mar y, de forma automática, mi espalda se envaró. Con dedos temblorosos, intenté secar las lágrimas que me mojaban las mejillas y tragué saliva mientras luchaba por recomponerme.

«Maldita sea. ¿Cómo demonios me ha encontrado?», me pregunté sintiéndome embotada de tanto llorar.

—Vete —le espeté intentando protegerme detrás de mis palabras.

Como era de esperar, pasó olímpicamente de mí y se sentó a mi lado con cuidado.

—Es peligroso estar aquí de noche —comentó como si su preocupación por mí fuese real.

Giré la cabeza en su dirección y arqueé una ceja, con la incredulidad pintada en la cara. Al darme cuenta de lo cerca que estaba, me recoloqué en mi postura sobre la roca e intenté imponer un poco de distancia entre nosotros.

Ya habíamos estado allí en una situación similar, cuando Bella me encontró, y Bruno y yo acordamos aquella tregua temporal, pero el hecho de que en ese momento fuera de noche le otorgaba un punto de intimidad al encuentro que me hizo cerrar los ojos, un tanto trastornada; el recuerdo de la última vez que habíamos estado a oscuras, y su minúscula, aunque poderosa consecuencia, me quemaba en el vientre.

Percibí cómo soltaba el aire por la boca, y le lancé una mirada de reojo.

Bruno permanecía sentado, con las piernas dobladas y los brazos apoyados en las rodillas. Acababa de echar la cabeza hacia atrás y su perfil se dibujaba en la oscuridad de la noche, delineado gracias al reflejo de la luna.

El ambiente estaba cargado de tensión y de preguntas sin respuestas.

En lo referente a mí sentía una mezcla de miedo y anhelo que no sabía gestionar, y también de enfado por las últimas palabras que me había dirigido, a pesar de que en el fondo esperaba una reacción así por su parte.

Se aclaró la garganta y me preparé para escuchar sus palabras, sabiendo que lo podrían cambiar todo.

—Llevo años odiándote, África.

Aquella frase me impactó, no por el mensaje en sí, ya que era consciente de su enemistad hacia mí, pese a no haber sabido que esta se remontaba a tanto tiempo atrás, sino porque su tono rendido me perturbó.

Antes de ser consciente de lo que hacía mi cuerpo se giró hacia el suyo, y él, al captar mi movimiento y sentirse observado, me devolvió la mirada.

Permanecimos en silencio, con la vista clavada en los ojos del otro, unos cuantos y largos segundos.

De alguna forma, el sonido del mar quedó en un segundo plano y le cedió el lugar al retumbar de los latidos de mi corazón, que golpeteaban mi pecho, desbocados por la furia y el nerviosismo que experimentaba.

—¿Por qué? —Él, algo desconcertado, frunció el ceño ante mi pregunta—. ¿Por qué me odias, Bruno?

Siendo honesta, el problema que teníamos entre manos era mucho más importante que conocer aquella respuesta, aun así, de verdad necesitaba saberlo y entenderlo, y no iba a desaprovechar la oportunidad.

—¿Recuerdas la noche de la fiesta de mis abuelos?

Un sonido parecido a un gemido salió de forma inesperada por mi garganta. ¿Cómo no iba a acordarme de aquel día?

—Sí.

—Aquella noche fue… —Sonrió a la vez que negaba con la cabeza—. Llevaba colgado de ti desde hacía mucho tiempo y cuando lo hicimos me costó lo mío convencerme de que estaba pasando de verdad y no era otra de mis fantasías recurrentes.

Sonreí ante su gesto.

¿Esa era la clave con él? ¿Mostrarme dócil y serena para que se abriese a mí? Quizá, si lo hubiese sabido antes, yo… No, ¿a quién quería engañar? No habría actuado así ni aunque lo supiera. En el fondo disfrutaba mucho de nuestros encuentros y de aquel tira y afloja que nos traíamos entre manos.

—Fue real —le confirmé.

Sus labios dibujaron una sonrisa tensa, asintió y desvió la vista al frente.

—Mientras estábamos dentro de aquel cobertizo pensaba que jamás podría olvidar aquella noche, no solo porque era mi primera vez, sino porque estaba cumpliendo eso con lo que tantas veces había soñado.

—Hizo una breve pausa, y fui incapaz de interrumpir el momento de confesión.

Permití que los recuerdos de nosotros dos juntos en aquel lugar regresaran a mi mente, sacándolos del recóndito hueco en el que los había encerrado tanto tiempo atrás.

Un nudo de emociones se instaló en mi garganta justo cuando su tono cambió a uno más áspero—.

Los días de después repasé tantas veces lo que hicimos que las imágenes se me quedaron grabadas a fuego en el cerebro.

Y tú no tardaste demasiado en joderlas todas y volverlas una maldita pesadilla, hasta tal punto que he sido incapaz de mirar aquel lugar de la casa de mi tía Alicia desde entonces, y mucho menos entrar en él.

Abrí ligeramente la boca al sentir la vehemencia de sus palabras, y el peso de su mirada junto con la culpa hicieron mella en mis hombros.

—¿Yo? —Él tan solo asintió, y contesté a la defensiva—. ¿Y de qué se me acusa? Si puede saberse.

Vi cómo abría la boca un par de veces con la clara intención de comenzar a hablar, aunque ninguna palabra salió de ella. Agradecí que no soltase lo primero que le viniese a la mente. Parecía molesto, y yo no tenía ninguna intención de ponerme a discutir; no me quedaban fuerzas.

—Dijiste que yo te insistí para que te acostases conmigo.

Mis cejas se juntaron en un gesto confuso.

—¿Acaso no es verdad?

Bruno soltó una risa cansada y dejó caer la cabeza hacia delante.

Sus manos volaron hasta su nuca y se mesó el nacimiento del pelo durante unos segundos. Yo me mantuve callada, esperando su siguiente movimiento, pues me tenía desconcertada con tanto cambio de actitud.

Tuve que reprenderme, ya que el deseo de sustituir sus dedos por los míos me hizo mover la mano unos centímetros en su dirección. Al darme cuenta de lo que hacía, la retiré rápidamente justo en el momento en el que volvió a hablar:

—«Es solo un niñato ridículo que lleva toda su vida detrás de mí y que se pasó toda la noche rogándome para que lo desvirgase. Sí, es patético, pero aún no había hecho mi buena acción de este año y al menos él se llevó unos cuantos orgasmos esa noche».

Solté un gemido ahogado al ser consciente de lo que decía. Bruno acababa de recitar mis palabras exactas sin titubear y, justo al acabar, clavó sus ojos claros en los míos.

Tenía la mandíbula apretada y la espalda envarada.

Y por supuesto que reconocía aquel discurso. Como para no hacerlo, cuando la culpa me estuvo matando durante días después de aquello. Se lo había dicho a uno de los chicos del grupo después de que me acusara de haberme visto con el hermano pequeño de mi amiga en el cobertizo.

Supe desde el momento en que las pronuncié que mis palabras estaban mal y eran injustas, aun así, no pensé en las consecuencias que tendría para ambos, tan solo temí que la verdad sobre lo que había hecho, y, mucho peor, sentido, saliera a la luz.

No podía colgarme de Bruno y tan solo actué en consecuencia.

—¿Cómo…?

—Te espié —me interrumpió—. Lo estropeaste todo, África.

Hiciste polvo la autoestima de un adolescente que ya estaba tocada y encima después te largaste del pueblo y me impediste hacerte la vida imposible.

No fue una coincidencia que las pocas veces que volviste a Costa Serena yo no estuviera por aquí. Te odiaba con todas mis fuerzas.

Aquella confesión me dejó sin habla y me hizo sentir como la mayor mierda de la historia.

Jamás hubiese imaginado el alcance y la magnitud de unas palabras soltadas con el único fin de excusarme e intentar desviar la atención de lo que de verdad había comenzado a nacer en mí después de acostarme con él.

Sin embargo, no me pasó desapercibido el tiempo verbal que había utilizado: «te odiaba».

—¿Lo sigues sintiendo? —murmuré y mi voz sonó más vulnerable de lo que me hubiese gustado.

Él encogió un hombro.

—Sí, pero no del mismo modo.

Me llevó un instante reunir el coraje necesario para enfrentarme a mis propios demonios e intentar arreglar de alguna manera lo que había estropeado años atrás.

Me tenía bien merecido el apodo de arpía con el que me había bautizado, sin lugar a dudas.

—Lo siento —susurré, y él me miró desconcertado.

—¿Qué?

—Siento lo que dije y haberte hecho sentir así de mal.

Aquel tipo nos vio entrar juntos allí y me dio miedo pensar en lo que pasaría si todo salía a la luz —expliqué omitiendo que lo que en realidad me asustaba era reconocerme a mí misma lo que en realidad sentí estando con él—.

Si te sirve de algo, yo también disfruté, a pesar de tu supuesta inexperiencia.

Fuiste un alumno muy aplicado. —Él negó con el amago de una sonrisa.

»Es obvio que la niñata estúpida fui yo, no tú.

Y sé que no puedo cambiar el pasado, pero estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para intentar compensarte.

—Las palabras me salieron de la boca con una sinceridad abrumadora.

Era consciente de que no podía borrar lo ocurrido, aun así, esperaba que mi disculpa pudiera servir como un primer paso hacia la reconciliación.

Bruno permaneció en silencio y me sentí más frágil que nunca.

»¿Me perdonas? —le dije bajito.

Me contempló fijamente y pude sentir la tensión en el aire mientras esperaba su respuesta. La sensación de nervios se aflojó en mi estómago cuando vi cómo su rostro se suavizaba y sus labios dibujaban una pequeña sonrisa, lo que me hizo soltar el aire que había estado reteniendo.

—Sí, África. Te perdono.

Una sensación de alivio se apoderó de mí y choqué mi hombro con el suyo en un gesto de complicidad.

—Gracias. —Me separé y me aclaré la garganta—. Y, ya que estamos así de intensos, ¿de verdad piensas que estoy intentando endosarte el problema de otro?

Se volvió a hacer el silencio.

Pude ver cómo Bruno luchaba internamente con todo aquello y, aunque no sabía cómo iba a terminar esa conversación, de lo que sí estaba segura era de que no pensaba permitir que me juzgase de esa manera nunca más.

A pesar de que podía haber cometido muchos errores, jamás se me pasó por la cabeza hacer algo tan despreciable.

—No lo sé, apenas te conozco, en realidad. Y tampoco sé si puedo con esto ahora —reconoció.

Supe cómo se sentía, pues era justo como lo hacía yo, con esa sensación de vértigo acojonante al encontrarse mirando hacia abajo en aquel jodido precipicio.

Le agarré la barbilla para hacer que me mirase, y él no retrocedió ante mi contacto.

Me lo tomé como una buena señal.

—No hay nadie más, Bruno. No he estado con nadie en cuatro meses, aparte de contigo —revelé.

—Júramelo.

Había terror en su mirada, y me mordí el labio inferior intentando contener las jodidas lágrimas que no me abandonaban.

—Te lo juro. Estoy diciéndote la verdad y, aunque te empeñases en seguir creyendo lo peor de mí, esto va a seguir siendo tuyo.

Él bajó la vista y la enfocó en mi barriga. Mi cuerpo se movió con una sacudida cuando intenté contener un sollozo.

Joder, estaba aterrada.

Estábamos aterrados.

—¿Estás segura de que estás embarazada? Puede que el test haya dado un falso positivo o algo así.

—Estoy embarazada. No se trata solo del test, llevo varios días con náuseas y más cansada de la cuenta. Además de que no paro de llorar y tengo las tetas sensibles e hinchadas.

Le vi tragar saliva con dificultad.

—Acabo de cumplir veintitrés años —argumentó como si fuese un dato que yo desconociese.

—A tu edad, tu padre…

—No hables de mi padre ahora, por lo que más quieras —me cortó.

—Solo iba a decir que a tu edad ellos ya tenían a Alana y quedaría poco para que te trajesen a ti al mundo.

Apoyó los codos de nuevo en sus rodillas, agachó la cabeza y la agarró con ambas manos, a la vez que suspiraba. No sé qué clase de instinto me nació en aquel momento, pero verlo así de afectado me conmovió.

—Mis padres no son normales.

—No —reconocí con el amago de una sonrisa—. Tu padre, sobre todo.

Giró el cuello en mi dirección y me amonestó con la mirada.

—¿En serio?

Levanté los brazos en señal de inocencia y le sonreí.

—Perdón.

—¿Qué vamos a hacer, África? —me preguntó con la espalda encorvada—. Joder, ¿cómo ha podido pasar esto?

Me contuve de contestarle. Era obvio que sabía cómo había ocurrido. Ambos habíamos tentado a la suerte, por muy breve que hubiese sido el tiempo que jugamos sin protección.

—No es por meter a tu padre de nuevo en la conversación, pero me temo que los Remo Delgado sois demasiado eficaces en temas de fertilidad.

Una carcajada nerviosa salió de su garganta.

—Cállate.

Sonreí sin poder evitarlo.