25 Agua
Hazlo y, si te da miedo, hazlo con miedo
brUNO
«Tú eres el padre».
Emergí del fondo de la piscina con furia y un gruñido de frustración, con la ira latiendo en cada célula de mi cuerpo y las palabras de África aún resonando en mi mente, desgarrándome por dentro.
Me llevé la mano a la cara para despejarme el agua de los ojos y la busqué a mi alrededor sin éxito, siendo consciente de que toda mi familia se había movido y se encontraba en el borde de la piscina.
Sus murmullos, alimentados por el desconcierto y las conjeturas, se entremezclaban entre sí, aunque ninguna palabra llegó nítida a mi cerebro embotado.
África estaba embarazada.
Embarazada…
Joder.
Sentí una mezcla abrumadora de emociones: ira, incredulidad, miedo y anhelo.
La idea de que aquel bebé fuese de otro me había desgarrado por dentro como si se tratase de un cuchillo bien afilado, pero procesar el hecho de que fuese mío me provocaba un pánico descomunal.
Aún no me creía que aquella noche que habíamos pasado juntos y que yo recordaba como una de las mejores de mi vida hubiese tenido unas consecuencias que nos unirían de por vida.
A África y a mí.
Juntos por un vínculo eterno…
La figura de mi padre se volvió nítida ante mí cuando me acerqué al borde de la piscina y su gesto, serio y preocupado, me puso en alerta. Sus ojos, tan parecidos a los míos, me estudiaron y su ceño fruncido me dejó clara su intranquilidad.
Apoyé ambas palmas en la losa y me impulsé hacia fuera con los brazos. Los murmullos cesaron durante unos segundos cuando quedé frente a él.
Sentí sus ojos clavados en mí, al mismo tiempo que notaba cómo el agua me resbalaba por el cuerpo y la ropa empapada se me pegaba a la piel. Era consciente de que todos me estaban juzgando y esperaban una explicación que yo mismo no tenía, sin embargo, fue él quien habló:
—Bruno, ¿qué demonios ha sido eso? —Su voz fue autoritaria, aunque con un deje de nerviosismo.
Me concentré en mí, en intentar entender lo que pasaba por mi mente, que en aquel momento era un completo caos. Luché por coger aire y terminar de procesar la revelación de África, obviando las miradas inquisitivas del resto de mi familia.
Me sentí expuesto, juzgado y vulnerable como nunca antes, como si cada uno de sus pensamientos se posaran sobre mis hombros, notando la pesada carga sobre ellos.
El regusto amargo de aquella sensación no me fue realmente desconocido, pues no era la primera vez que sentía que se me comparaba con mis hermanas y, por desgracia para mí, yo siempre salía perdiendo.
Y aquella vez no fue una excepción, por supuesto.
Mientras trataba de normalizar mi respiración les lancé una mirada desafiante a todos, y ellos, aún sorprendidos por la escena, se alejaron unos metros de nosotros, concediéndonos algo de privacidad.
Giré la cabeza de nuevo al frente y me topé con los ojos compasivos de mi madre, que se aferraba a uno de los brazos de mi padre sin dejar de observarme.
—Cariño… —dijo con una expresión dulce y tierna, tratando de brindarme apoyo en medio de aquel caos.
Tragué saliva intentando encontrar alguna palabra que pudiera explicar todo aquello, que pudiera justificarme, y tan solo conseguí que mi barbilla temblara ligeramente.
¿Por qué no podía dejar de cagarla?
Me sentí incapaz de hablar sin echarme a llorar como un niño pequeño, por lo que, negando con la cabeza, di varios pasos hacia atrás hasta alejarme unos metros de su posición.
Ellos no dejaron de observarme durante mi retirada, y agradecí que no insistieran. Cuando me creía a salvo, mi hermana mayor, correcta y atenta como siempre, se interpuso en mi camino.
—Bruno, espera. —Me detuvo con esa voz firme que utilizaba para reñirnos cuando éramos pequeños.
—Alana, no.
—No puedes huir siempre.
La miré apretando la mandíbula. No quería pagar con ella mi enfado.
—Tú no puedes entender lo que…
—Créeme, lo hago —me interrumpió—. Sé que esto es difícil para ti después de lo que os pasó, pero te has acostado con ella, Bruno. Y ha habido consecuencias que…
—¿Consecuencias? —chillé deteniendo de forma abrupta sus palabras—. No, Alana. No son solo «consecuencias». Es una puta locura que tú no puedes llegar ni a entender. ¡Está embarazada, joder! Un bebé. Y ¿sabes qué significa eso? Que si de verdad es mío…, que si yo soy el padre de ese niño, va a…
Se me quebró la voz.
—Va a venir a una familia que lo va a querer como ninguna otra —terminó ella por mí a la vez que Hans, su pareja, llegó hasta nosotros y le rodeó la cintura con un brazo.
Ella lo miró y agradeció su apoyo con una sonrisa justo antes de observarme de nuevo—.
Bruno, si es tuyo, y no creo que África sea capaz de mentirnos en algo así, no puedes dejar que el miedo te controle.
Sea cual sea la decisión que toméis, la tenéis que asumir juntos.
Fruncí el ceño ante sus palabras. Hasta ese momento no había cruzado por mi mente el hecho de que tuviésemos opciones más allá de afrontarlo y, a pesar de que tendría que sentirme aliviado ante las posibilidades, tan solo noté un regusto amargo en el fondo de la garganta al pensar en una realidad diferente a la que mi mente había comenzado a dibujar.
—No soporto pensar que ese bebé no sea mío, pero tampoco puedo procesar que sí lo sea —me sinceré y mi voz salió más débil de lo que hubiera deseado, casi como en un susurro.
—Habla con ella.
—Si no tengo ni puta idea de cómo manejar mi vida, ¿cómo cojones voy a poder hacer esto? ¿Cómo voy a ir a hablar con ella si no sé ni qué demonios decirle?
Mi hermana debió de notar que estaba a punto de romperme en mil pedazos, porque se soltó del agarre de su pareja, vino hacia mí y me abrazó con fuerza.
Antes de poder reaccionar, murmuró:
—Eres capaz de afrontar esto. Eres la persona más buena y capaz que conozco, Bruno, pese a que ni tú pienses así de ti mismo —dijo en mi oído—.
Búscala y habla con ella. Dile cómo te sientes.
Pídele perdón por cómo la has tratado y explícale cómo te sentiste en el pasado. Aclaradlo todo, pero no salgas huyendo.
Cerré los ojos y suspiré con desesperación.
—Estamos hablando de África, joder —susurré, más para mí que para ella.
Mi hermana se separó de mi cuerpo y me miró con cariño.
—Sí. La misma África que te tenía loco cuando eras pequeño y que no eres capaz de odiar, aunque te empeñes en hacerlo.
Conociéndola, estoy segura de que está igual o más aterrada que tú.
—Me sonrió y se encogió de hombros apretándome el brazo con complicidad—.
Tenéis que afrontar las consecuencias de lo que habéis hecho como dos adultos.
Ella merece la oportunidad de poder explicarse, y tú también necesitas respuestas.
—No va a querer hablar conmigo.
—Encuentra una manera de llegar hasta ella y resolverlo —resumió, como si fuese tan sencillo.
Cuando se trataba de África nada lo era.
—Decir la verdad siempre ayuda —añadió Hans.
Miré a uno y a otro en silencio.
Sabía que en el fondo llevaban razón, que no podía huir indefinidamente y que debía hacerles frente a mis miedos y a una verdad que me daba terror procesar, pero no sabía por dónde cojones empezar.
Como si me hubiese leído el pensamiento, la voz de mi madre a mi espalda llegó hasta mí.
—Búscala, cariño.
Cuando me giré, fui consciente de que mi padre y ella se encontraban a unos pasos de nosotros.
Cerré un segundo los ojos y mi pecho subió y bajó cuando cogí aire profundamente. El calor de una mano en mi hombro me hizo enfocar la vista de nuevo.
—Tu hermana y Müller, al margen de habernos hecho creer que eran ellos los que esperaban un bebé y dejarnos hacer el ridículo a todos, llevan razón —añadió mi padre a pocos centímetros de mí, sin romper el contacto—.
Con un poco de suerte, para cuando la encuentres, las aguas se habrán calmado y no peligrará tu vida.
Sonreí ante la referencia al incidente de la piscina, y él me devolvió el gesto.
—No estés tan seguro.
Mi padre me dio una palmada en el hombro y, aquel simple gesto junto con su sonrisa, me ayudó a relajarme algo más y a recordar que, si bien mi vida era una jodida locura, siempre podría contar con ellos.
Tragué saliva sintiendo un nudo en la garganta y asentí.
—Bruno, te queremos y estamos aquí para apoyarte, pase lo que pase —añadió mi madre con voz suave.
Aquella frase fue el último empujón que necesité para decidir ir en busca de África y enfrentarme a las consecuencias de lo que habíamos hecho.
Asentí un par de veces.
—Yo también os quiero —murmuré a la vez que me daba la vuelta y comenzaba a caminar con decisión.
—Pero… ¿no te cambias? —Escuché que decía mi padre. No me giré ni le contesté, tan solo seguí andando—. ¡Estás chorreando, hijo!
—No parece que le importe, papá.
—Así se le refrescan las ideas.
—¿Quién sabe? Lo mismo implanta una nueva moda.
—Alguien va a tener sueños húmedos esta noche…
—Mamá, creo que no ha entendido lo que siempre nos dices sobre la importancia de mantenerse hidratado.
Sonreí y negué con la cabeza. Mis hermanos siempre parecían dispuestos a añadir un toque de humor a cualquier situación, por más seria o rocambolesca que esta pudiera ser. Sin embargo, en aquel momento mis pensamientos debían centrarse en África y en averiguar dónde podría encontrarla.
Me concentré en mis pasos, en sentir que con cada zancada aumentaba un poco más la velocidad y obvié el eco de la conversación que mantenían.
No supe si había caminado minutos u horas, pero sí sé lo que sentí cuando, acojonado como nunca antes en mi vida y con el corazón latiendo desbocado en mi pecho, la encontré.