24 Gilipollas
No todos los tíos son iguales, algunos tienen una forma especial de cagarla
ÁFRICA
No pensaba decírselo aquella noche; no mientras yo todavía no lo había procesado, pero verlo allí dentro, preocupado por mí e intentando averiguar qué me ocurría, fue superior a mí y tan solo lo solté.
Desde que esa mañana me había encerrado en el baño de casa de mi madre y, con manos temblorosas, descubrí la sorpresa, no había parado de imaginarme posibles escenarios.
Vale que en ninguno de ellos Bruno sonreía y se emocionaba al saberlo; no era tonta y sabía que eso era imposible.
Aunque tampoco se me pasó por la mente algo como lo que ocurrió.
Su mano, que un segundo antes había estado acunando mi cara y haciéndome sentir especial, se retiró como si le hubiese dado un chispazo y, junto con ella, todo su cuerpo tomó distancia.
Sentí como si, con mis palabras, hubiera trazado una línea invisible entre nosotros y mi revelación hubiese desatado una reacción irreversible en él.
—¿Qué has dicho? —preguntó con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
Ver su mirada llena de confusión y rechazo me hizo sentir vulnerable.
Desde que Bruno y yo nos habíamos reencontrado su actitud seguía un patrón que casi había llegado a predecir, sin embargo, en ese momento era como si me encontrara en un terreno desconocido, sin saber cómo reaccionaría a partir de entonces.
Me invadió una oleada de inseguridad y no pude evitar analizar su cara, buscando una señal de lo que se le estuviera cruzando por la mente. Tan solo me pareció tenso y expectante.
Lo que no sabía era que Bruno esperaba mi respuesta como si, con ella, pudiese desentrañar las incógnitas del universo; del suyo, al menos.
Sus ojos clavados en los míos buscaban alguna señal, alguna pista de lo que iba a decir a continuación; una manera de calmar aquella inquietud que le había nacido con mi revelación. Yo misma estaba perdida, confusa y llena de incertidumbre. ¿Cómo iba a calmarlo a él?
Cogí aire sin romper el contacto visual. Ya casi había perdido la esperanza de encontrar algún rastro de aceptación o comprensión por su parte. Y materialicé en voz alta aquellas dos simples, pero poderosas palabras.
—Estoy embarazada.
El silencio se apoderó de aquella habitación, dejando solo el eco de mis palabras flotando en el aire. Sentí cómo el corazón me latía desbocado en el pecho a la vez que esperaba su reacción.
Pude ver cómo se mezclaban las emociones en su cara, desde el asombro hasta la incredulidad. Dirigió los ojos hacia mi vientre y una enorme confusión, similar a la mía, se instaló en ellos.
Me fijé en cómo su boca se abrió ligeramente, aunque ninguna palabra salió de ella. Un segundo después, retomó el contacto visual conmigo y su mirada se volvió dura y fría.
Sentí cómo me juzgaba sin necesidad de palabras.
Sin darme tiempo a reaccionar se dio media vuelta y caminó dándome la espalda los pocos pasos que lo separaban de la puerta.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y el pánico me invadió cuando comenzó a salir del baño.
Sus pasos, rápidos y decididos, no mostraron señal de detenerse, pese a estarlo llamando y, cuando me quise dar cuenta, corría detrás de él para alcanzarlo.
—Bruno. Bruno, ¡joder! ¡Para!
Casi lo alcancé a medio camino de la terraza
—No me toques —espetó zafándose de mi agarre en su brazo.
Una ira descomunal me invadió y no pensé en nada más. Me dio igual estar en el jardín, rodeados del resto de su familia o del pueblo entero, y dejé que mi boca actuara por libre.
—¡Es tuyo! ¡Tú eres el padre! —chillé, y todas las voces cesaron.
Bruno se quedó de pie, dándome la espalda y con la iluminación de la piscina recortando su figura. No podía fijarme en su expresión, pero sí pude ver cómo negaba con la cabeza.
—Ya está bien —murmuró girando su cuerpo para encararme. Sus ojos no me transmitieron nada, ni bueno ni malo—. Te estás pasando. ¿Qué clase de broma es esta, África?
—No es ninguna broma. Estoy hablando en serio. Esto… —Me señalé el vientre plano—. Esto no se ha hecho solo. Es cosa tuya también.
Él abrió los brazos a cada lado de su cuerpo con brío. Nunca lo había visto tan enfadado y no entendía por qué actuaba así, casi hubiera preferido que le diese por hiperventilar como hice yo.
Todo estaba saliendo mal. Todo, joder.
—¿De verdad piensas que soy tan imbécil?
Fruncí el ceño ante sus palabras.
—Hombre, un poco gilipollas sí que eres, ¿para qué negarlo?
—Chicos… —Escuché la voz de Alana a poca distancia.
Bruno la interrumpió y captó toda mi atención con lo que dijo:
—No tanto como para comerme el problema de otro. —Me señaló, y abrí los ojos sin poder creerme que estuviese diciendo eso, que me llamase puta delante de toda su familia sin amilanarse ni un poquito—. ¿Ya lo sabías cuando fuimos a Barcelona y por eso me provocaste hasta que nos acostamos?
Me quedé noqueada unos segundos. ¿De verdad me creía capaz de hacerle algo así? Además, ¿que yo lo había provocado? Si fue él el que me comió la boca a la vez que me decía que me odiaba, dando pie a todo lo demás.
La África de hacía unas semanas se habría lanzado a su yugular y lo habría despedazado allí mismo.
Lo habría enfrentado sin mostrar un atisbo de debilidad, sacando fuerzas de cualquier parte y le habría dado igual que todos los Remo Delgado estuviesen atentos a su respuesta, aunque luego se hubiese hartado de llorar en la soledad de su habitación.
Pero lo que en aquel momento me nació fue empujarlo con todas mis fuerzas y escapar de allí mientras las lágrimas me ardían en los ojos y sentía el peso de muchas miradas sobre mí.
Bruno no esperaba mi movimiento, por lo que la sorpresa le hizo perder el equilibrio y caer hacia atrás.
El sonido de su cuerpo impactando contra el agua fue lo último que pude registrar antes de salir corriendo de aquella casa que tanto cariño y odio me había regalado, rota como nunca antes.