Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 23 Tú
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23 Tú

Eres libre de tus actos, pero no de las consecuencias…

brUNO

Abracé a mi hermana con fuerza mientras seguía asimilando la noticia. Alana y Hans siempre nos habían dejado clara su negativa a tener hijos, por lo que, cuando Óliver apareció con aquel test de embarazo en las manos, y se descubrió el pastel, la noticia nos pilló totalmente desprevenidos.

Por la rectitud de su espalda, y la tensión en su rostro, entendí que ella aún debía de estar procesándolo y tratando de asimilar el impacto que tendría en sus vidas.

Hans, por su parte, no le soltaba la cintura.

La sostenía con firmeza mientras recibía las felicitaciones con una sonrisa tensa.

Sus ojos permanecían fijos en ella, demostrándole su apoyo incondicional en medio de todo aquel caos.

Me alegré de que él fuese el padre de mi futuro sobrino.

Ante aquel pensamiento, me alejé un poco de la escena y sonreí emocionado.

¡Iba a ser tío!

De forma inconsciente, mis ojos escanearon el lugar y, al no dar con lo que iban buscando, mi ceño se frunció.

¿Dónde estaba África?

Me había pasado toda la tarde y parte de la noche evitando cruzarme con ella, aunque en más de una ocasión me había tenido que reprender a mí mismo al ser consciente de que mis ojos se quedaban pegados a su cara o a su cuerpo más tiempo del necesario.

África estaba preciosa. El vestido que llevaba se ajustaba tan bien a sus curvas que se me había secado la boca nada más verla.

Su cara parecía brillar de una forma increíble esa noche, resaltando cada uno de sus atractivos rasgos y esa piel suave que había tenido el privilegio de besar en más de una ocasión. Ni siquiera la sombra de cansancio que lucía bajo los ojos conseguía restarle belleza.

El pelo le caía en suaves ondas sobre uno de los hombros y los ojos le brillaban con más intensidad de lo habitual, pero había más en su mirada, algo profundo y enigmático que me inquietaba.

Era consciente de que su presencia siempre había tenido el poder de desarmarme y hacer que me cuestionara todas mis convicciones, sin embargo, mientras la observaba desde la lejanía aquella noche, me di cuenta de que poseía algo que sobrepasaba a una simple atracción física.

Era su esencia, su manera de ser y de enfrentar al mundo lo que me volvía loco.

Intentaba no pensar demasiado en ello. Después de todo se suponía que la odiaba, aun así, no podía negar que me afectaba más de lo que debería y lo peor era que eso sucedía demasiado a menudo.

Era como si ese sentimiento se agitara dentro de mí y cobrara vida, y no lo quería reconocer por temor a complicar mi realidad y también para ahorrarme una nueva hostia de proporciones bíblicas.

Además, no podía evitar sentir que, en ciertos momentos, ella parecía abrirse a mí de una forma completamente diferente, y eso, sumado al hecho de haberme dado cuenta de cómo me había seguido en varias ocasiones durante esa semana cuando iba de camino a la estación, me desconcertaba por completo.

Era como si África guardara algún tipo de interés oculto hacia mí, y no sabía cómo interpretarlo ni qué hacer al respecto.

Así que continuaba evitando cruzarme con ella, pese a que en secreto disfrutaba de esos fugaces encuentros y, una vez a solas, los analizaba al detalle, buscando pistas de lo que podía significar todo aquello.

Era patético, lo admitía.

Con una mezcla de emociones encontradas, decidí alejarme del ruido del jardín y adentrarme en la tranquilidad de la casa. El silencio reinaba en su interior y el olor a empanadas recién horneadas aún llenaba el ambiente.

Agarré una patata de una de las bolsas abiertas sobre la isla de la cocina y, justo cuando me la llevé a la boca y comencé a masticarla, me detuve en seco.

¿Eso que había escuchado era un gemido?

Mis cejas se juntaron y mis ojos recorrieron cada rincón de la planta baja, en busca del origen de aquel sonido. Al terminar el barrido, mi mirada se detuvo en la puerta del baño.

Me acerqué a ella con sigilo, tratando de masticar y digerir los restos de la patata sin hacer demasiado ruido. El sonido se repitió y, al acercarme aún más, mis sospechas se desvanecieron para dar paso a un sentimiento más amargo.

Alguien estaba llorando allí dentro.

¿Sería ella?

Con preocupación, toqué con los nudillos sobre la madera y el sonido cesó de inmediato.

—¿África? —la llamé.

Hubo unos cuantos segundos de silencio antes de escuchar su débil respuesta.

—Vete, por favor.

—África, abre.

—No.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza en la puerta, tratando de encontrar las palabras adecuadas.

—No me hagas llamar a alguno de mis compañeros —bromeé tratando de aliviar la tensión.

—No sé de qué me hablas.

Dejé escapar una risa suave y continué:

—Claro que lo sabes. Ábreme, por favor.

No supe si fue por mi tono pacífico, por mi insistencia o por el hecho de desvelar que sabía que me espiaba, pero escuché ruidos al otro lado de la puerta y, después, el sonido al descorrer el cerrojo.

No abrió por completo, así que lo hice yo con suavidad, y se me encogió el corazón al verla tan rota.

—¿Qué ocurre? —le pregunté preocupado cerrando tras de mí.

—Me ha podido la emoción del momento —mintió sin mirarme.

—Ya.

Me acerqué hasta su cuerpo y, cuando sintió mi cercanía, retrocedió, elevó la cabeza y, por fin, me miró.

Detuve mi avance cuando su espalda chocó contra la pared de azulejos.

¿Estaba huyendo de mí?

—Bruno, vete, por favor.

—No me voy a ir —negué observando cómo ella limpiaba dos nuevas lágrimas que le descendían por las mejillas—. ¿Por qué estás llorando?

—Ya te lo he dicho. La emoción de la noticia. —Resoplé y la miré negando con la cabeza—. ¿Qué? ¿Qué es lo que quieres?

—Que me digas la verdad.

Ella soltó una carcajada seca y se enderezó.

—Deberías volver con tu familia.

—Estoy donde quiero estar —rebatí serio.

—No digas tonterías, anda.

Aquella sonrisa insolente, dibujada en sus carnosos labios, me quemó las entrañas.

Estaba diciendo la verdad. Estaba siendo totalmente sincero por una jodida vez, poniendo en voz alta una verdad que me había negado a mí mismo hasta entonces, y ella la despachaba como si no tuviese ningún valor.

Acorté la distancia que nos separaba y, al verse acorralada por mi cuerpo y el lavabo, frunció el ceño.

—¿Qué demonios haces?

—Dime qué te pasa.

—No quieres saberlo.

Me acerqué un poco más y llevé la mano hasta el lateral de su cara. La acuné con mi palma sin dejar de observarla, y ella me devolvió el gesto con la boca entreabierta.

—Sí quiero —susurré—. Dímelo.

La vi tragar saliva y pasear su mirada de uno de mis ojos al otro y luego a mi boca. Limpié una nueva lágrima a la vez que su respiración alterada le movía el pecho arriba y abajo.

Por un momento deseé que parte de esa intranquilidad tuviese que ver conmigo. Deseé que ella sintiese aquella necesidad urgente y acojonante de besarme; de dejarse ir en mí y aliviar lo que la angustiaba. De abrazarme y de permitir que yo cargase con parte de lo que la tenía en ese estado.

Y cuando procesé todo aquello, todos mis sentimientos, fui consciente de la realidad.

Llevaba enamorado de África desde que tenía catorce años y, por mucho que había intentado olvidarme de ella, odiarla y borrarla de mi memoria, había fracasado estrepitosamente.

—No es tu hermana la que está embarazada, soy yo.

Y mi corazón se rompió en mil pedazos, otra vez.