22 Descubrimientos
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida… ¡Ay, Dios!
ÁFRICA
Descubrí varias cosas durante aquella semana, cosas como el misterioso lugar al que Bruno y Bella acudían puntualmente cada día desde las tres de la tarde, la inminente vuelta de Alana y Hans ese primer sábado de septiembre después de haber estado de retiro en Villena y que no podía seguir negando ciertas cosas, al menos a mí misma.
La primera revelación la obtuve gracias a mi talento innato para la investigación encubierta.
Me convertí en una espía que ríete tú de los rusos, aunque sin la típica gabardina que caracteriza a los agentes secretos.
Después de todo estábamos a finales de agosto y no quería desmayarme por un golpe de calor.
La segunda la confirmé con tres fuentes diferentes, todas ellas pertenecientes a la familia Remo Delgado, ya que mi amiga tan solo se había dignado a mandarme un escueto mensaje un par de días atrás, confirmándome que seguía con vida.
Sin embargo, la tercera fue la que me impactó de manera inquietante.
La vida, esa jodida y caprichosa vida que parecía tener un sentido del humor retorcido y macabro, ayudada por mis acciones, que solo habían contribuido a no poder ignorar por más tiempo aquella verdad incómoda, me hicieron enfrentarme a una realidad incuestionable: sentía algo por Bruno, algo más allá de un simple deseo físico.
Lo peor era que esos sentimientos no me resultaban del todo desconocidos, pues ya me los había despertado en el pasado.
La diferencia principal radicaba en que, la primera vez que ocurrió, él no era más que un niño, y yo no estaba por la labor de darle alas a aquello, así que, cuando se me presentó la oportunidad de poner distancia, tan solo lo hice y no miré atrás.
Las mariposas las abandoné de manera intencionada en Costa Serena cuando aún no se habían hecho adultas, actuando como la dueña irresponsable que deja a su mascota en la cuneta y no me preocupé ni una sola vez de hacia dónde habían echado a volar.
No obstante, en ese momento era diferente. Muy diferente. Porque veía a lo lejos cómo un enjambre de bichos alados planeaba en mi dirección y sentía que no podía hacer nada para evitar el impacto.
Y estaba acojonada.
Tenía la firme convicción de que alguien, quienquiera que estuviese al mando de aquella locura que era mi vida, había colocado mi foto a todo color en un tablero de corcho y se dedicaba a lanzar dardos en mi dirección, dejando agujeros por doquier como si fuese un colador.
Mi mente llena de dudas hacía días abrió la puerta a una extraña inquietud que se hizo fuerte en mí conforme pasaban las horas. Era como si un fantasma acechara mis pensamientos, susurrándome la posibilidad de un futuro que no estaba preparada para afrontar.
Me aterraba la idea de que mi vida pudiera complicarse aún más y, cuando tuve la certeza de que así sería, fui incapaz de controlar mis emociones y estuve a punto de sufrir un ataque de pánico.
Me repuse lo justo para asistir al regreso de Alana y Hans al pueblo, hecho que llevó asociada una fiesta a la que yo también estuve invitada.
Los Remo Delgado se reunían con cualquier excusa y, pese a que desde siempre me había fascinado lo unidos que estaban, ese día me sentí más parte de aquel clan que nunca y a la vez una absoluta extraña entre ellos.
El motivo, una vez más, estaba asociado a Bruno.
Así que allí nos encontramos todos: sus padres, sus cinco hermanas y dos hermanos, sus tíos, primos y abuelos… y, por supuesto, también nosotras: sus amigas.
Alana se emocionó al reencontrase con su gente, y tuve que desviar la vista de ella en un par de ocasiones, pues, aunque jamás había sido tan sentimental, las lágrimas acudían a mis ojos sin poder evitarlo.
Cuando llegó mi turno de saludarla, la noté algo tensa. La interrogué con la mirada, y ella tan solo negó con una sonrisa forzada en la cara. Me dije que intentaría hablar con ella en algún momento de la noche y decidí moverme por el jardín, observando a unos y a otros.
Como atraída por un imán, llegué hasta la zona de la barbacoa, donde Fede y Bruno se ocupaban de la carne. Desplegué, sin ser consciente del todo, mis recién perfeccionadas dotes de espionaje, y los escuché hablar.
—No escurras más el bulto, Bruno —le dijo el padre—. Sé que te fuiste a casa de tu hermana para evitarme y no escuchar lo que sabías que te iba a decir, pero tienes que hacer algo.
—Papá, no empieces —rogó resoplando.
—Tienes veintitrés años y…
—Y a mi edad tú ya tenías una hija, dos trabajos y estudiabas por las noches —lo interrumpió Bruno con hastío—. Lo sé, papá. No hace falta que me lo repitas.
Me fijé en cómo mi adonis padre se mantenía en silencio, tan solo observándolo durante unos segundos.
—No pretendo que seas como yo, ni tampoco que te sientas presionado.
Tu madre y yo vamos a seguir apoyándote en lo que decidas, hijo.
Lo hemos hecho siempre sin pedirte explicaciones, pero necesitamos ver que por tu parte hay algún interés en cambiar la situación.
Desde que has roto con Laura te vemos muy desmotivado.
—Ella no tiene nada que ver en esto —le respondió, y me tensé al sentir que salía en su defensa.
—No pretendía darte a entender que…
—Encontraré un trabajo, no te preocupes —volvió a interrumpirlo con un tono tajante, pero algo más conciliador.
Fruncí el ceño ante aquello, sin entender por qué escondía una valiosa información que podría haber utilizado para justificarse. Una información que yo sí conocía, pues, si no estaba equivocada, Bruno ya tenía un trabajo; uno que empezaba exactamente a las tres de la tarde.
¿Por qué no se lo decía? ¿Por qué no le explicaba lo que hacía cada día en la estación de bomberos? Así, de paso, también me enteraría yo, que me moría de curiosidad por saber qué demonios era lo que hacían durante las horas que se pasaban allí encerrados.
Mi mente tenía un par de teorías, ya que, como era de esperar, no había podido evitar fantasear con las posibles actividades que realizaban allí dentro.
La mayoría incluían a tíos musculados, con uniforme o sin camiseta, sudorosos y salvándome de cualquier peligro.
Una combinación explosiva que, sin embargo y contra todo pronóstico, no conseguía hacer que me evadiese completamente, ya que, aunque mi útero parecía conspirar contra mí jugando con mis emociones y mis fantasías, no sabía cómo conseguir esquivar lo que se me venía encima con un hombre que, a todas luces, no me soportaba.
En el tiempo que estuve sumida en mis pensamientos, la conversación entre Bruno y su padre derivó a otros temas, utilizando ambos un tono más calmado, así que decidí alejarme de la zona y dejarlos atrás, ignorante por completo de lo que estaba por venir.
Un rato después, mientras algunos permanecíamos sentados a la mesa y otros charlaban de pie, se desató la tormenta. Óliver, el hijo mayor de Alba y Soto, llegó hasta su madre con algo entre sus diminutas manos, y a mí se me descompuso el cuerpo cuando me di cuenta de lo que era.
Un poco antes, intentando mantener al niño ocupado, le abrí mi bolso en el suelo, y él se dedicó a sacar las cosas y curiosear.
En ese momento no pensé en nada más que en mantenerlo ocupado mientras yo hablaba con su madre, y en ese momento fui consciente de que me iba a salir caro haber olvidado el objeto que había en uno de los bolsillos laterales y que él, como buen niño curioso, encontró.
Mi amiga se lo quitó de las manos con brío y dejó ir una exclamación.
Sus ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas y un silencio sepulcral se adueñó de aquel jardín.
Agaché la cabeza y me recoloqué el pelo, nerviosa.
—Es positivo —dijo Alba y, aunque era consciente de que las dos puñeteras rayitas significaban exactamente eso, escucharlo de otros labios me impactó igual o más que la primera vez que las vi esa misma mañana.
Tragué saliva y agradecí que la iluminación no fuese demasiado intensa, pues seguro que alguien se habría fijado en mi palidez extrema y habría atado cabos.
—¿Por qué me miráis a mí? —dijo Estrella, la madre de todos aquellos vástagos, con tono horrorizado—. ¡No es mío!
—Ni mío —se excusó Alicia, hermana de Estrella, con las manos en alto.
—¿Cariño? —preguntó Soto con voz temblorosa a una estupefacta Alba, que aún sostenía el trozo de plástico entre sus dedos.
—¡No! —Negó rotunda con la cabeza—. ¡Claro que no es mío!
Estaba perdida. Como me preguntasen directamente no iba a poder disimular, no al menos con mis amigas, que me conocían tan bien.
Al pensar en ellas, mi vista se dirigió a Alana y mi respiración se detuvo al darme cuenta de que me estaba mirando fijamente.
Lo sabía.
Alana sabía que aquel test de embarazo era mío.
Me mordí el labio inferior y, con los ojos, le imploré que me ayudase. Ella abrió los suyos con asombro y negó de manera casi imperceptible. Acto seguido echó un vistazo a su hermano, que no parecía estar pendiente de nuestro cruce de miradas, y volvió la vista hacia mí.
«Por favor», gesticulé con los labios.
El círculo se cerraba, solo era cuestión de tiempo que las sospechas llegasen hasta mí y ella lo sabía al igual que yo, así que apretando la mandíbula inclinó la cabeza hacia su lado derecho y le dijo algo al oído de Hans.
Este me miró un segundo, asintió con la cabeza, y su novia volvió a enderezarse.
Dios, si me ayudaban a salir de aquello les debería una muy muy grande.
—¿Alana? —preguntó Fede a su primogénita y la mirada esperanzada que le dirigió me conmovió al punto de tener que apartar la vista y tragar saliva.
Aquel hombre estaba deseando ser abuelo y de lo que no era consciente era de que técnicamente podría serlo en ocho meses, pero no del hijo que él pensaba.
Hans acarició el muslo de su pareja, y ella lo miró seria.
—En esta familia no se pueden tener secretos, ¿eh? —dijo él con su habitual ademán despreocupado, y las reacciones del resto no se hicieron esperar, estallando en vítores, aplausos y silbidos.
Permanecí sentada, incapaz de levantarme ni de dejar de mirar a mi amiga, por lo que no me pasó desapercibido el reproche que me dedicaron sus ojos cuando su hermano, padre del pequeño alienígena que crecía en mi interior, para más señas, la abrazó.
Aquello fue más de lo que pude soportar.
Me levanté sin perder un segundo y hui de allí sin pararme a pensar en lo rara que podría verse mi reacción. Tan solo caminé sin detenerme y me interné en la casa, con la sensación de asfixia que me había acompañado durante el día haciéndose dueña de todo.
Me encerré en el baño justo un instante antes de romper a llorar.