Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 21 Batalla
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21 Batalla

Todo cuanto ves se mantiene unido en un delicado equilibrio… Agazápate entre la hierba

ÁFRICA

Estábamos a jueves. Tan solo hacía unos días desde mi vuelta a la pescadería tras esas efímeras vacaciones y ya me sentía exhausta, pues había dedicado el resto del fin de semana y un buen rato antes de acostarme esas noches a terminar algunas de las piezas de joyería que ya tenía empezadas.

La dueña de la tienda en Barcelona esperaba su encargo.

Ya lo había retrasado hasta en dos ocasiones por lo de mi madre, y la mujer se mostraba comprensiva, aunque tajante.

Además, al margen de eso, también tenía intención de llevar una pequeña muestra a un par de establecimientos del pueblo para proponer algún tipo de colaboración, ya que esperaba poder aumentar la producción en breve.

El día anterior mi madre y yo habíamos ido a la revisión del primer mes tras el accidente.

El médico le había indicado que podía empezar a retomar poco a poco su rutina, y ella, que a cabezota no la gana nadie, insistió en venir a la pescadería hasta conseguir que le prometiese que a la semana siguiente la llevaría conmigo.

Se le iluminó la cara como si se tratase de un niño en sus primeras Navidades, y yo de verdad no entendía aquella felicidad, cuando para mí sacar adelante aquel negocio era el peor de los castigos.

Eso sí, debía reconocer que tenerla allí me iba a suponer un gran alivio y seguro que también evitaría situaciones como la que se acababa de producir a escasos cinco minutos del cierre.

Negué con la cabeza sin creer del todo mi maldita suerte, al tiempo que esperaba que la cancela se terminara de cerrar.

Una vez la aseguré con la llave, agarré mi teléfono mientras me encaminaba a la oficina de Correos y abrí el grupo de las chicas.

África:

En serio, los tíos tienen que venir de otro planeta o yo no me lo explico.

Alba:

He parido dos de ellos y mi vagina puede dar fe de que son de nuestra misma especie.

África:

De verdad, espero que los tuyos cuando se hagan adultos no vayan a comprar lenguados y, a la vez que le proponen una cita a la pescadera, le pidan que se corte el pelo y se lo ponga para llevar.

Alba:

¿Qué?

África:

Lo que lees… Le gustaba comer sardinas y melenas ajenas. Tendrá complejo de gato.

Alba:

¡Qué asco! Por Dios… Pero ¿a qué clase de tíos atraes?

África:

Yo qué sé. Me tocan todos los raritos.

Alba:

Soto dice que ahí hay negocio y que te puede sacar una buena mata del husillo de mi ducha… Tía, en serio, me voy a quedar calva, no veas cómo se me cae.

África:

Has enlazado tres embarazos seguidos en tres años, a ver qué esperas. Escucha a tu cuerpo, estoy segura de que tu chichi también pide clemencia.

Alba:

Uf, esa es otra… Cada vez que toso o me río me hago pis encima, tengo que pedir cita para que me traten el suelo pélvico.

Compuse una mueca de asco, le envié un emoticono vomitando y me despedí antes de bloquear el teléfono y guardármelo en el bolsillo.

Cuando salí de entregar el paquete, al cabo de unos veinte minutos, lo miré de nuevo y corroboré mi teoría. Alana seguía sin contestar. De hecho, llevaba días sin dar señales de vida y tampoco atendía mis llamadas.

¿Qué demonios le pasaba? No entendía nada, la última vez que nos habíamos visto, la noche que fuimos Alba y yo a su casa, fue bien…

Hice un nuevo intento de llamada y me saltó directamente el contestador, así que, dispuesta a solucionarlo, llamé a mi madre y, después de confirmar que todo andaba bien por su parte, me encaminé hasta la casa de mi amiga.

El calor era sofocante y me estaba abanicando con un folleto de publicidad que había cogido en el autobús un momento antes cuando una música llegó hasta mí. Parecía provenir de la parte trasera de la casa de Alana y Hans. Fruncí el ceño.

¿Se estaban montando una fiesta a aquellas horas?

Ni lo dudé. Abrí la cancela y bordeé con curiosidad la vivienda hasta llegar al origen del sonido. Y lo que vi me secó la boca.

No. No se trataba de una fiesta.

Ni tampoco de ninguna escena tórrida entre mi amiga y su novio en plena terraza.

Era Bruno.

Bruno. Sin camiseta. Sudado. Con los músculos de la espalda y de los brazos en tensión, haciendo flexiones.

Lo de aquella familia con el deporte no era ni medio normal. Seguro que esa obsesión se heredaba porque, a la vista estaba, Bruno era un digno sucesor de su padre.

Vale, quizá estaba exagerando; el hijo no tenía tantos músculos ni ese aire de maduro follable de su padre, pero no estaba nada mal, ¿para qué íbamos a engañarnos?

Repasé con la mirada cada trozo de piel expuesto y no pude evitar visualizarme debajo de él, aferrándome a aquel culo en tensión que había podido palpar a placer mientras se hundía en mí hacía tan solo diecinueve días.

Me mordí el labio, afectada por los recuerdos, sin embargo, antes de terminar de calentarme, capté movimiento por el rabillo del ojo.

Giré la cabeza justo a tiempo de ver cómo Bella corría hacia mí con un ímpetu que me acojonó un poco, ladrando como si le fuese la vida en ello.

Me agarré a la esquina de la vivienda esperando el impacto, pero ella, para sorpresa de nadie, pues ya me había hecho eso mismo aquel día en las rocas, se quedó a unos centímetros de mi cuerpo.

Le lancé una mirada recriminatoria mientras ella movía todo el tren inferior junto con el rabo.

La muy maldita no dejaba de ladrar e, inevitablemente, la música cesó.

Antes de poder dar media vuelta, y regresar por donde había venido, Bruno se acercó a mí con una expresión seria y la cara enrojecida por el esfuerzo. Hasta así estaba guapo el condenado.

—¿Qué haces aquí?

Su tono fue seco y lo acompañó de una postura distante al aproximarse. No pude evitar mantener mi actitud sarcástica y responderle con una pizca de insolencia:

—Creo que prefiero el recibimiento de tu perra, al menos ella me mueve la colita. Además, yo podría preguntarte lo mismo. ¿Qué haces aquí, capullito?

Me esforcé en mantener las apariencias, ya que en mi interior se libraba una lucha desde hacía días que me tenía exhausta.

La batalla había empezado justo después de volver a acostarnos, pues, por un lado, me sentía atraída hacia él de una manera absurda y al mismo tiempo me repetía constantemente que Bruno era un completo imbécil y que alguien debía bajarle los humos.

Él me miró con fijeza, como si intentase leer mis pensamientos y descifrar mis verdaderas intenciones.

—¿Qué quieres, África?

«África».

No «bruja» ni «arpía». Tan solo «África», a secas.

Su tono tuvo un matiz diferente, uno que dejó entrever una pequeña abertura en su armadura que, lejos de hacerme sentir victoriosa, me despertó una mezcla de ternura y desconcierto que me dificultó mantener la actitud.

Sin poder remediarlo también bajé un poco las defensas.

—Vengo a ver a tu hermana.

Me mantuvo un segundo la mirada, y fui consciente de que, a pesar de todo, una parte de mí quería que las cosas funcionaran entre nosotros. Y es que en el fondo no entendía por qué nos llevábamos así, por qué siempre tenía la escopeta cargada conmigo y a mí me salían solas las réplicas hirientes.

El silencio se hizo presente, generando una tensión incómoda palpable en el aire.

Bruno me miraba como si tratara de descifrar el enigma que representaba para él o tal vez intentaba fulminarme con los ojos. No lo podía saber.

El caso es que quise pensar que él también debía de sentir algo, ya que, a pesar de su fachada de indiferencia mal conseguida, algo más parecía estar ocurriendo en su interior.

No obstante, ninguno de los dos parecíamos dispuestos a mover ficha, así como tampoco a terminar con ese extraño juego que nos traíamos entre manos.

—Alana no está. Se marchó con Hans el fin de semana pasado, y yo me estoy quedando aquí mientras tanto.

Toda aquella explicación, más amplia de lo que esperaba, me pilló desprevenida.

—¿Y por qué no me coge el teléfono? —solté sin pensar.

Bruno se encogió de hombros y se giró, andando un par de pasos hasta la pequeña mesita bajo la ventana. De allí agarró una toalla, se secó el sudor de la frente y del cuello, y bebió un trago de agua de una botella.

Sentí algo húmedo en un lugar equivocado de mi cuerpo. Al mirar hacia abajo, descubrí a Bella olisqueándome con curiosidad.

Sonreí cuando me lamió el muslo.

—¿Huelo a pescado? —le dije con cariño, centrando toda mi atención en ella a la vez que acariciaba su cabeza.

El animal pareció entenderme y respondió con un ladrido que me hizo soltar una carcajada—.

¿Sí? ¿Te gusta? Bueno, el próximo día te traeré un regalito solo para ti, pero nada de correr hacia mí y asustarme de nuevo, ¿entendido?

En ese momento escuché mi nombre y giré la cabeza en dirección al sonido. Bruno, aún sin camiseta, nos observaba atento a pocos pasos de distancia, y no pude evitar lanzarle una mirada cargada de intenciones mientras continuaba la pequeña charla con Bella.

—No sé cómo soportas a tu dueño —le susurré a la perra, y la comisura derecha de los labios masculinos se elevó ligeramente—. Parece el resultado de un polvo entre el pitufo gruñón y la Reina de Corazones [5] .

Intenté contener mi sonrisa mientras él negaba con la cabeza y apartaba la mirada. Era obvio que estaba disfrutando de aquel encuentro, por mucho que le pesase.

—Tengo que irme. ¿Quieres algo más? —preguntó rompiendo finalmente el silencio.

Incliné la cabeza hacia un lado y le dirigí una mirada suspicaz.

—¿Me estás proponiendo algo?

—No.

—Vaya. Me rompes el corazón…

Hubo un momento de pausa.

—Tengo que ducharme.

No pude contener la respuesta que me quemaba en la punta de la lengua.

—Valiosa información para no estar proponiéndome nada. ¿Quieres que te frote la espalda? ¿Es eso?

Su reacción no se hizo esperar. Me lanzó la toalla sucia a la cara, y rompí a reír. Al agarrarla al vuelo pude atisbar su propia sonrisa mientras entraba en la casa y cerraba la puerta de la terraza en mis narices.

—Maldito niñato calientabragas —murmuré sin poder borrar la sonrisa de mi rostro.

A pesar de ese continuo tira y afloja entre nosotros, y de que él mantuviese esa fachada de rivalidad, sabía que en el fondo podíamos llevarnos bien. En el pasado había sido así, por lo que no podía ser tan complicado, ¿no?

Bella llamó mi atención y me dediqué a jugar con ella un poco más en el jardín.

Su alegría era contagiosa y por un momento olvidé todo lo demás, sin embargo, la diversión se acabó poco después, cuando ambas escuchamos un silbido, y ella corrió a la llamada de su dueño, olvidándose por completo de mí.

Qué triste. Me abandonaban hasta los perros.

¿Sería muy patético admitir que, en el fondo, envidiaba un poco a aquel chucho?

Presté atención y no tardé en escuchar movimiento en la parte delantera de la casa. La curiosidad actuó por mí y, para aumentar un poco más el nivel de absurdez que me asaltaba últimamente, caminé cual ninja pegada a la fachada, procurando no hacer ruido.

Al llegar a la otra esquina, asomé la cabeza y observé en silencio cómo Bruno, recién duchado, cerraba la puerta.

Debía de dar por hecho que me había ido hacía rato.

Eso, o le importaba una mierda que yo aún estuviese en la terraza.

La realidad era que yo seguía allí, observando cómo las llaves desaparecían en el bolsillo trasero de sus pantalones y, sin mirar atrás, comenzaba a caminar con Bella trotando alegre a su lado.

Una parte de mí sabía que era una locura seguirles, pero otra parte, más rebelde e impulsiva, me gritaba que lo hiciese. Así que cuando se alejó lo suficiente me dejé llevar y, con la adrenalina corriendo por mis venas, comencé a caminar tras ellos manteniendo una distancia prudencial.

Quizá así pudiera descubrir algo más sobre Bruno, algo que fuera más allá de nuestras constantes discusiones y piques.

O tal vez solo sería un capítulo más de nuestra absurda historia.