20 Aquella noche
Un clavo no sirve para sacar otro clavo, sino para colgar su recuerdo
brUNO
Agarré la correa de Bella y me despedí de mi familia, tratando de escapar del ruido de mi cabeza.
Me había pasado toda la cena más callado que de costumbre.
El breve encuentro con África me había afectado más de lo que me hubiese gustado admitir.
Verla allí, por primera vez desde lo de Barcelona, con aquella ropa blanca que resaltaba su piel morena y con la pose de una guerrera dispuesta a combatir con todo el que se le pusiera por delante, me alteró más de lo previsto.
Me arrepentía de haberme acostado con ella, y no porque no lo hubiese disfrutado; era obvio que lo había hecho, pero me resultaba imposible quitármela de la cabeza y sabía que solo sería cuestión de tiempo que toda aquella mierda terminase estallando por algún lado.
¿Y si me alejaba temporalmente de Costa Serena? Tal vez esa era la solución, como lo fue en el pasado.
No tardé en desechar la idea. No tenía un miserable euro en el bolsillo y, aunque pudiera pedir consejo a mi cuñado Hans, experto en viajar con poco presupuesto, dudaba que funcionara en mi situación.
Otra cosa más que añadir a la lista: un nuevo empleo. Tanto para poder tener independencia económica, y así ir y venir a mi antojo, como para quitarme de una vez esa sensación que no paraba de crecer al sentirme un inútil sin oficio ni beneficio.
Di un largo paseo con la perra y, al regresar, evité entrar en la casa.
A través de una de las ventanas vi a mis padres charlando con Hans en el salón.
Aquello significaba que mi hermana y sus amigas aún no habían terminado la velada, así que agaché la cabeza y caminé con sigilo hasta la terraza trasera, donde me recosté en una de las tumbonas, tratando de alejar de mi mente toda la mierda que me consumía.
Bella se acostó a mi lado y agradecí su compañía. Dejé caer mi mano y me concentré en acariciar su denso pelo durante un buen rato.
Ella lo sintió unos segundos antes que yo, pues elevó la cabeza y enderezó las orejas, atenta a lo que, un momento después, deduje que era el sonido de unas ruedas sobre el asfalto.
Alana acababa de llegar.
Intenté retener a Bella, pero esta salió corriendo hacia la parte delantera de la casa para, al cabo de unos minutos, llegar trotando con mi hermana a pocos pasos.
—Buena chica —le dijo ella con cariño y, una vez estableció contacto visual conmigo, avanzó sin dejar de mirarme.
Pese a sacarle más de una cabeza, sentí mi cuerpo encogerse sobre la tumbona y mi mente retroceder a un pasado lejano en el que su estatus de hermana mayor tenía verdadero peso entre nosotros.
—Hola, ¿cómo ha ido la cena? —la saludé intentando aparentar una despreocupación que no sentía.
Ella hizo un gesto con la cabeza y colocó uno de los brazos en jarras cuando llegó a mi lado. Supe que algo no andaba bien, mi hermana era una mujer pacífica y no solía enfadarse con facilidad, por lo que me temí lo peor.
—¿Qué has hecho, Bruno?
Elevé la cabeza hacia el cielo y suspiré con cansancio.
¿Cómo empezaba el padrenuestro?
—Estoy cansado, Alana. ¿Podemos dejar la conversación para otro momento?
—¡Y una mierda! —Me encaró, y la miré con el ceño fruncido. Mi hermana no decía palabrotas—. ¿Te has follado a África?
Joder. No iba a escapar de aquello ni con un milagro de la mismísima Virgen y, de verdad, era lo último que necesitaba aquel día.
—No hace falta que hables así.
—¿Y cómo quieres que hable? —Abrió los brazos con brío, exasperada—. Me dijiste que no tenía que preocuparme por lo que había pasado en Barcelona. ¿Estabas de broma? ¿De verdad pensabas que no iba a enterarme?
—No sabía que te tenía que dar explicaciones de a quién me tiro —le rebatí a la defensiva, intentando hacer memoria, pues no recordaba la última vez que había discutido con mi hermana.
—No me hables así —me advirtió señalándome con un dedo—. Te dije que no estaba pasando por un buen momento, y no solo por lo de su madre. Le han ocurrido algunas cosas muy fuertes y no necesitaba complicarse la existencia con tus tonterías.
Solté una carcajada seca y me puse en pie, encarándola.
—¿Con mis tonterías? —pregunté incrédulo con una sonrisa fría—. ¿Qué es lo que te ha contado? ¿Te piensas que lo ha hecho en contra de su voluntad o algo así?
—No, sé que no.
—Entonces, ¿por qué te pones de su parte y no de la mía?
—Porque cuando te pregunté por lo que había ocurrido, ya que sabía que pasaba algo raro entre vosotros, tú no me contaste nada.
Negué y me pincé el puente de la nariz, dándole por un segundo la espalda.
—¿Y qué querías que te dijese, Alana? No hay que darle más importancia.
—Hace casi un mes que ha vuelto y cada vez os lleváis peor, Bruno —añadió con más calma—. Ella es mi mejor amiga, y tú eres mi hermano. Claro que tiene importancia. Para mí la tiene.
En realidad hacía veintisiete días desde que había vuelto. Y sí, los había contado.
—Alana, mira, África se ha tirado a medio pueblo y parte de Barcelona, no hay que darle más importancia. Sí, hemos follado, pero ya está. Ella por su parte, yo por la mía, y todos contentos.
Mi hermana se quedó unos segundos observándome en silencio, y le sostuve la mirada, deseando que lo dejase estar.
—La odias —se limitó a decir.
—¿Y?
—Es que no lo entiendo. —Se sentó en la misma tumbona que yo había ocupado y me miró con el ceño fruncido.
Su tono se suavizó un poco—. No entiendo por qué la odias y, ya puestos, te diría que ella tampoco.
Me ha hecho prometerle que no iba a decirte nada, pero no voy a consentir que mi hermano y mejor amiga se traten así. No, si puedo evitarlo.
—No puedes evitarlo.
Ella negó y palmeó el asiento a su lado.
—Habla conmigo, Bruno —me pidió bajando el tono de voz cuando la obedecí y me senté—. Cuéntame qué pasa, por favor.
Supe que no iba a parar.
Podía esquivar el tema una vez más, buscar alguna excusa o explicación aceptable y desviar la atención de mi hermana, sin embargo, sabía que tarde o temprano tendría que afrontar esa conversación, me gustase o no.
Quizá debía haberlo hecho mucho tiempo atrás, por lo que dejé caer la cabeza hacia delante y cerré los ojos.
—Esto es una mierda —me quejé.
Sentí la mano de Alana apoyarse en mi espalda. Tan solo la posó allí; no me acarició ni me consoló, pero sí me demostró que estaba allí. Que no estaba solo.
—Te escucho —murmuró.
Sentí que no podía escapar de aquello, al igual que no podía hacerlo de África.
Y no porque mi hermana me estuviese pidiendo explicaciones.
Era lo suficientemente adulto como para no sentirme obligado a contarle nada que no quisiera, pero es que en el fondo quería hacerlo.
Necesitaba compartir la carga que llevaba sobre mis hombros desde hacía tanto tiempo, desahogarme con alguien que me dijese que no estaba equivocado, que todo lo que había sentido, que aquel odio, tenía un motivo de peso detrás.
—¿Tienes prisa? —le pregunté sin mirarla.
—No.
Cogí aire y giré el cuello en su dirección.
—Alana, ni una palabra de esto a África. —Ella asintió—. Es en serio. Lo que te voy a contar es algo mío, y no quiero que suponga un problema entre vosotras, si no vas a poder dejarlo estar…
—No le diré nada, Bruno —me interrumpió—. Te lo juro. Solo te escucharé y dejaré que vosotros arregléis vuestras diferencias. Confía en mí.
Sus ojos, tan parecidos a los míos, me observaron con expectación, y yo, tan necesitado de compartirlo y en un acto un poco egoísta, solo me dejé llevar.
—África y yo ya nos habíamos acostado antes.
—¿Cómo? —me preguntó con los ojos abiertos.
—Mi primera vez fue con ella —aclaré, y la boca de mi hermana se abrió unos centímetros.
No habló, por lo que me vi en la necesidad de aclararlo un poco más—.
El día de la fiesta que dieron los abuelos hace algunos años, cuando Hans y tú os reconciliasteis, lo hicimos en la casita de las herramientas de tía Alicia.
Alana negó un par de veces con el ceño fruncido y su mente pareció conectar la información con sus recuerdos, pues asintió.
—Me acuerdo —dijo—. Viniste en medio de la noche al apartamento, me despertaste y me contaste que habías perdido la virginidad. Recuerdo que estabas eufórico y a la vez muy raro.
Me mordí con fuerza el labio superior.
—Sí.
Escuché su respiración y me concentré en ralentizar la mía, que se había alterado un poco al rememorar todo aquello; toda la embriaguez que me tuvo en una nube las primeras horas y la caída desde lo más alto con lo que vino después.
—No sé qué decir —admitió—. Por un lado estoy horrorizada, porque ella tenía, ¿cuántos? ¿Veinte años?
—Veintiuno —la corregí.
—Eras un niño.
—Alana, venga, por Dios. Tenía dieciséis —me quejé—. Además, eso es lo de menos.
—¿Lo de menos? Bruno, tú estabas con Laura y eras un niño. Está claro que no lo digo por la diferencia de edad. Mírame, estoy con Hans y tiene trece años más que yo, solo que tú eras un menor. ¿Cómo se le ocurrió hacerte eso? ¿Qué clase de amiga tengo? Por Dios…
Emitió un sonido confundido, y me quedé callado unos segundos, procesando el motivo por el que me estaba molestando que le echase las culpas a África de lo que había sucedido entre nosotros. ¿Por qué sentía la necesidad de defenderla?
Aquellos recuerdos del pasado se agolpaban en mi mente mientras Alana esperaba una respuesta.
Sí, podía dejar que África cargase con esa penitencia, podría señalarla con el dedo y mostrarle a mi hermana todos sus defectos, algunos de los cuales seguro que ya sabía, pero algo en mi mente me dijo que eso no era lo que debía hacer.
Quizá era una cuestión de orgullo herido, de no querer admitir que tuve sentimientos hacia África en algún momento de mi vida.
Y es que, a pesar de ello, sentía una extraña conexión con ella; algo que no podía explicar y que, desde su regreso, sentía que estaba presente en cada mirada o gesto que nos dirigíamos.
Acostarme con ella en Barcelona, muy a mi pesar, solo aumentaba esa sensación.
Y sí, me sentí un poco más idiota que de costumbre al admitirlo para mí mismo y al desaprovechar aquella situación para vengarme de ella, pero simplemente no lo vi justo.
Inspiré hondo antes de responder a mi hermana.
—África solo hizo lo que yo le pedí —aclaré y me dispuse a soltar lo demás, el resto de nuestra breve historia desde mi punto de vista y mis recuerdos—.
Cuando Laura se marchó de casa de tía Alicia el día de la fiesta, me pasé más de una hora convenciendo a África para que me ayudase.
—Escuché cómo mi hermana suspiraba y apoyé la espalda en la tumbona, llevando la vista al cielo al empezar a hablar de nuevo.
»Después de la bromita de mis amigos con la viagra me daba un miedo horrible cagarla de nuevo con Laura.
Sabía que tarde o temprano ocurriría, ella quería y, joder, yo también, pero me daba pánico pensar en no ser capaz de hacerlo.
—Volví mi mirada hacia mi hermana, que me observaba sin perder detalle—.
Yo ya hacía un par de años que estaba colgado de África, era algo así como mi amor platónico.
Sabía que lo nuestro era imposible, por supuesto, aun así, no podía dejar de pensar en ella e imaginarme a mí en el lugar de aquellos tíos con los que la veía besarse a veces.
—Me encogí de hombros y suspiré—. Os espiaba y la escuchaba hablar de lo que hacía, de lo que le gustaba y de lo que no, de su lista…
Y, bueno, yo era un adolescente, así que ya te puedes hacer una idea del resto de cosas que hacía pensando en ella.
Mi hermana encogió la nariz y asintió.
—Sí, no hace falta que entres en esos detalles.
No pude evitar sonreír.
—Laura me gustaba mucho. No quería cagarla y, aunque sabía que África era inalcanzable para mí, creí que podría ayudarme e incluso matar dos pájaros de un tiro.
—Perder el miedo a hacerlo y a la vez tener tu momento con ella —dijo dándole forma.
Asentí y cerré los ojos un segundo, trayendo a mi mente algunas imágenes.
—Fue… —Negué con la cabeza—. Fue impresionante, Alana.
Nos pasamos más de dos horas encerrados en esa caseta y cuando salí de allí lo hice sabiendo que lo mío con Laura no iba a poder ser jamás.
Tu amiga se encargó de arruinar lo que pudiera sentir por cualquier otra chica, y yo creí haberme enamorado de ella.
—Bruno…
Su tono de compasión me hizo apretar la mandíbula.
—Estaba dispuesto a cortar con Laura e intentar que África sintiese lo mismo por mí. Para mi yo adolescente tenía sentido después de haber conseguido tener sexo con ella cuando antes me parecía un imposible, pero África se encargó de mandar a la mierda todo eso, todo lo que hicimos.
Alana agarró mi mano, consciente de que su amiga era capaz de algo así e intuyendo, por mi tono, que aquello no estaba resultando fácil para mí.
—Continúa —me pidió cuando permanecí callado.
—Estaba con un tío en la playa. Fuisteis una noche con vuestros amigos para despedirte antes de marcharte con Hans, y yo os seguí.
—Dejé ir una sonrisa hastiada—. Ellos se apartaron del grupo y se empezaron a besar.
No era la primera vez que la veía haciendo algo así, pero sí desde que nos habíamos acostado.
—Y te dolió.
—Sí.
—Y por eso la odias —dedujo de forma errónea, y negué con la cabeza.
—No fue por eso. No la odié por arruinar mis primeras veces con Laura después de aquello.
No la odié por haber aceptado tener sexo conmigo y desvirgarme ni por estar olvidándose de mí, echándose a los brazos de aquel tipo, como si lo nuestro no hubiese significado nada para ella cuando para mí lo había sido todo.
—¿Entonces? —susurró Alana al ver que me había detenido.
—Aquel imbécil la vio entrar conmigo en el cobertizo y, cuando se lo dijo, ella no dudó en soltar una carcajada y menospreciarme —mascullé con los puños apretados y la vista clavada en mi hermana—. Ese día, el día en el que África se burló de mí y de lo que hicimos juntos, murió para mí.
—¿Qué dijo?
No me hizo falta pensar mucho para que las palabras volviesen a mi memoria. Las había repetido una y otra vez hasta quedar grabadas a fuego en mi cerebro.
Sacudí la cabeza a ambos lados, incapaz de reproducirlas. Me negaba a que mi hermana se involucrase más entre nosotros, porque sabía que ponerlas en voz alta le haría mucho daño.
Sin embargo, aquello no pudo evitar que se sucedieran en mi mente:
«Es solo un niñato ridículo que lleva toda su vida detrás de mí y que se pasó toda la noche rogándome para que lo desvirgase. Sí, es patético, pero aún no había hecho mi buena acción de este año y al menos él se llevó unos cuantos orgasmos esa noche».