19 Mierda
A veces olvido los errores, ¿cómo te llamabas?
ÁFRICA
Me froté los brazos con brío, pero no conseguí quitarme del todo la pintura que me salpicaba la piel. Resoplé con fastidio y moví el cuello de un lado al otro, agotada.
La pescadería permanecía cerrada por vacaciones durante esa semana.
Cuando mi madre me había recordado que siempre aprovechaba el festivo de mediados de agosto para descansar unos días, casi me puse a dar saltos de alegría.
Sin embargo, terminé trabajando más que de costumbre y, para mayor tormento, la faena me la busqué yo.
Aprovechando que todas mis cosas estaban conmigo, dediqué el tiempo libre que tenía a retomar una de las actividades que más me llenaba en los últimos tiempos y que, a la vez, me proporcionaba algunos ingresos inestables: fabricar joyas artesanales.
Aquello que había comenzado como un pasatiempo años atrás, con la única finalidad de intentar minimizar mis gastos en accesorios y entretenerme, se había convertido en algo más.
De hecho, al poco de estar juntos, Marc me regaló un curso de diseño de joyas y esa fue la primera vez que disfruté mientras estudiaba.
Un día, en una fiesta que organizaba su clínica y a la que asistí en calidad de empleada, ya que su mujer estaba allí colgada de su brazo como un koala, una de las invitadas se fijó en mis pendientes.
Me habían costado muchas horas de ensayo y error, un par de ampollas en los dedos y alguna que otra lágrima, pero el resultado fue tan exquisito que la mujer no pudo evitar preguntarme de qué firma eran.
Y así, de forma inesperada y gracias a aquellos pendientes que guardaba como oro en paño —aunque en realidad no eran de oro y apenas tenían valor—, me vi vendiendo mis piezas para una boutique de moda en Barcelona y también a través de una página de artesanía por internet.
Lo que me había dejado exhausta no fue solo quedarme hasta altas horas de la madrugada enfrascada en las joyas, sino también en la pintura.
Y no, no es que me hubiese dado la pájara de ponerme a pintar en un lienzo y delante de una ventana por la que se podía ver un paisaje bucólico e inspirador, no.
Me refería a hacerlo con una brocha, un rodillo y un pañuelo poco favorecedor en la cabeza.
Y es que mi madre siempre utilizaba aquella semana libre para pintar su casa. Porque, claro, dedicar las escasas vacaciones que se permitía al año para descansar era impensable, por supuesto.
Me rendí cuando tan solo me quedaba el salón y la entrada por pintar.
Al ser consciente de que los lunares blancos de mis brazos pensaban quedarse conmigo una temporada más, lo dejé por imposible y terminé de ducharme con más lentitud de la habitual.
Tenía una cita con mis amigas esa tarde y, pese a que no era el día más indicado para quedar, porque solo quería acostarme y no despertar hasta el día siguiente, no quería retrasarme.
Desde que había vuelto de Barcelona hacía doce días Alana había insistido una y otra vez.
Quería que fuese a conocer su nidito de amor con Hans, y yo le ponía una excusa tras otra porque no tenía ningún interés en recordar lo que había ocurrido en mi apartamento con el idiota de su hermano pequeño.
No obstante, a aquellas alturas de la película, a mí se me acababa la imaginación, y a ella, la paciencia, por lo que solo me quedaba rezar para que hubiese olvidado el tema.
Una vez preparada me despedí de mi madre, que se encontraba en el sofá con la vecina haciendo los ejercicios de rehabilitación que el fisioterapeuta le había mandado, y me marché.
Caminé hasta la adorable casita con valla blanca de Alba y Soto acompañada por un coro de bostezos que no pude contener.
El pequeño jardín delantero estaba lleno de cacharros infantiles, como un columpio azul y un tobogán multicolor.
Tropecé al intentar esquivar un muñeco en mi avance hasta el porche y, al llamar, no pude evitar sonreír cuando escuché risas infantiles dentro.
Aquello era todo lo que se podía llamar «hogar».
Me abrió el marido de mi amiga, con su hijo mediano, de año y medio, en brazos. Su enorme figura ocupó la mayor parte del hueco de la puerta.
—¡Hombre! ¡Hola, tita África! —me saludó sonriendo y haciéndose a un lado—. Pasa, Alba se está terminando de vestir.
—Hola, papá oso. —Lo besé en la mejilla al entrar y saqué la lengua al niño que me miraba receloso.
—¡ Ita !
El mayor de los retoños corrió entonces hacia mí, y su padre lo detuvo a tiempo de evitar que me decorase mi larga y vaporosa falda blanca con el estampado de sus manos llenas de chocolate.
Sacó —vete tú a saber de dónde— una toallita húmeda que utilizó para limpiar esos deditos diminutos, y el crío resopló impaciente. Cuando le dio el visto bueno, se abalanzó sobre mí, y me agaché para recibirlo y cogerlo en brazos.
—Hola, pequeño humanoide. —Le besé la mejilla, y él se echó a reír cuando, al soltarlo en el suelo, le di un par de toquecitos en la cabeza con la palma de la mano a modo de despedida.
Tan pronto como llegó, se fue, y su padre le advirtió que tuviese cuidado al correr.
—Estás hecho todo un padrazo, aunque debo decirte que estáis como cabras.
¿Tienes pensamiento de plantar la semillita de nuevo en mi amiga o vais a esperar a que por lo menos el mayor cumpla los tres años?
—le dije a mi amigo utilizando la pared como apoyo al echar mi peso en ella.
Él se encogió de hombros guiñándome un ojo.
—Ya veremos… Y tú sabes que los niños no sueltan pulgas ni hay que llevarlos con correa ni nada de eso, ¿no? —Se carcajeó cuando compuse un exagerado gesto de duda y terminamos riendo—. ¿Quieres algo de beber? Tienes pinta de necesitar un Red Bull.
—O una cama, ya puestos.
—¡Hola! —Escuchamos la voz de Alba en las escaleras—. Perdón, perdón. Ya estoy. He dormido a la niña y luego he tenido que sacarme leche, pero me he manchado la blusa, por lo que me ha tocado cambiarme.
—Demasiada información.
Ambos rieron por mi comentario y, una vez que llegó a nuestra altura, besó a su marido en la boca, a su hijo mediano en la mejilla y dio un par de directrices que Soto recibió con los ojos en blanco.
—Venga, vete ya, que la estríper está a punto de aparecer —bromeó, y Alba negó divertida.
—Dale un beso a tu madre de mi parte cuando llegue —le contestó ella.
—Te queremos, mami. Pásalo bien.
—Yo también os quiero.
—Te la devolveré borracha y desmelenada —le dije justo antes de salir por la puerta.
Una vez en la calle, caminamos hasta la parada de autobús, y Alba desplegó sus dotes de madre conmigo preocupándose por mis ojeras y por mi aspecto de cansada.
Le resté importancia, y pareció aceptarlo, pues, diez minutos después, nos bajábamos frente a la casa de Alana y Hans, enfrascadas en un monólogo por su parte sobre las bondades de la maternidad y los logros de sus retoños.
En cuanto nuestra amiga abrió la puerta, me metí dentro de la vivienda.
—Ayuda —me limité a decir.
—¡Eh! —se quejó Alba, a la que había dejado con la palabra en la boca.
Alana se echó a reír a la vez que nosotras soltábamos los bolsos en la percha de la entrada, que no era ni más ni menos que una tabla de surf con ganchos.
—Curiosa decoración.
Supe que mi tono no fue demasiado halagador, aunque en realidad no me desagradaba el ambiente de la casa, tan solo no me lo esperaba.
Eché un vistazo a mi alrededor y reconocí que, realmente, a la Alana actual le pegaba ese estilo bohemio y despreocupado, ya que mi amiga llevaba varios años en proceso de metamorfosis.
Y, por absurdo que pudiera parecer, no fue hasta ese momento en el que no caí en que mis dos amigas estaban más que asentadas y felices, con vivienda y familia propia, y yo todo lo que tenía era pintura plástica en los brazos en forma de lunares, un buen arsenal de chatarra a modo de joyas y un futuro incierto por delante.
Al entrar en el salón me di cuenta de que no estábamos solas, al escuchar al novio de mi amiga hablando en la terraza con alguien.
—Ahora se marchan —nos aclaró Alana—. Están montando la barbacoa nueva.
Antes de poder procesar sus palabras, dos figuras masculinas se adentraron por la puerta de la terraza charlando animados, y se me contrajo el gesto.
—Lo que me faltaba —susurré.
Alba, que fue la única que me escuchó, me miró con el ceño fruncido.
—¡Hola, chicas! Estáis muy guapas.
—Gracias —contestó esta a Hans.
Enfoqué mi mirada en él, ignorando deliberadamente al energúmeno que tenía al lado.
—¿Es el agua? —le pregunté cuando se acercó hasta nosotras y nos dio dos besos. Él me miró interrogante—. Dime la verdad. Tu suegro te ha pasado su secreto para estar más bueno cada año que pasa.
—Afri, ¡tía! —se quejó Alana sonriendo, y Bruno resopló.
Los ignoré.
Hans se echó a reír, y le guiñé un ojo, divertida. Me encantaba picar a mi amiga, y ella no parecía aprender, pese al paso de los años.
—Yo me marcho —dijo Bruno, al que no pensaba mirar de manera intencionada—. ¿Te vienes, Müller?
—¿Me esperas diez minutos a que me dé una ducha?
La respuesta tardó unos segundos en salir de sus labios, los justos para provocarme curiosidad y hacer que me girase a observar qué ocurría. Él, de manera oportuna, se movió también en mi dirección, y no pudimos evitar enlazar nuestras miradas.
—Esperaré fuera —respondió sin dejar de observarme y, por el rabillo del ojo, me di cuenta de que Hans subía las escaleras con energía.
—No molestas aquí dentro —aclaró su hermana.
—No estés tan segura.
El silencio se instaló a nuestro alrededor, y me negué a ser yo la que rompiese el contacto visual con aquel niñato, pese a saber que aquello debía de estar viéndose demasiado raro desde la perspectiva de mis amigas.
Sonreí victoriosa cuando él perdió aquella pequeña batalla, desligando sus ojos claros de los míos, aunque en el fondo la sensación de triunfo quedó empañada por un sentimiento de pérdida absurdo e inoportuno.
Me di media vuelta y me dejé caer en el sofá, que resultó mullido y bastante cómodo.
Suspiré en silencio, agradecida de escuchar cómo los tres iniciaban una conversación en la que no tenía ningún interés en participar y, pese a que no estaba del todo cómoda con la presencia de Bruno en la misma estancia que yo, me permití cerrar los ojos un instante, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá.
Un segundo después sentí movimiento a mi alrededor, parpadeé y moví la cabeza, extrañada. Mis dos amigas se encontraban sentadas a mi lado y me observaban con gesto preocupado.
—Has roncado —me dijo Alba.
—¿Estás bien? —añadió Alana.
Negué confundida.
¿De qué demonios hablaban? ¿Es que acaso me había dormido? ¿Roncado? Pero ¿cuánto tiempo llevaba allí sentada?
Mierda.
Me enderecé y giré el cuello, buscando por el salón con mirada horrorizada.
—Se han ido —aclaró la dueña de la vivienda, y respiré un poco más tranquila. La calma me duró poco, solo hasta que ella elevó una ceja en mi dirección y supe lo que vendría a continuación—. Ya estamos solas.
—¡Estupendo! Voy al baño.
Intenté levantarme del sofá y escapar de aquel examen al que iban a someterme, sin embargo, la mano de Alana se cerró en torno a mi brazo y volvió a impulsarme hacia abajo para que me sentase de nuevo.
—No, amiga. No te vas a mover de aquí hasta que no me cuentes qué demonios ocurre con mi hermano. Empieza a hablar.
Mierda y mil veces mierda.