18 Te quiero
Cuando puedas te pasas por mi cabeza y te llevas tus cosas
brUNO
El sol ya estaba casi oculto en el horizonte cuando vi a lo lejos la inconfundible entrada a Costa Serena: un pequeño túnel excavado en la roca de la montaña.
Un suspiro de alivio escapó de mis labios, ya que había estado soñando con ese momento desde que me había montado en el coche, nueve horas atrás.
La realidad era que África y yo no habíamos cruzado ni una palabra en casi todo el trayecto y necesitaba poner distancia física cuanto antes, ya que, aunque durante las últimas veinticuatro horas habíamos estado más unidos que nunca —en el sentido más literal de la palabra—, jamás habíamos estado más distanciados como durante aquel viaje de regreso.
Ni siquiera durante los años que estuvimos sin vernos.
¿Era absurdo que, habiéndole pedido que nos ignoráramos y olvidásemos lo ocurrido, me jodiera tanto que a ella le resultase tan fácil hacerlo?
Sí, lo era, pero no podía evitar sentirme así. Mi vida parecía un puto circo y me sentía como el trapecista a punto de caer de la cuerda.
Disminuí la velocidad al entrar al pueblo.
—Ve directo a casa de tus padres —me dijo en la que, probablemente, fue la frase más larga que me había dirigido desde esa mañana en la cocina de su apartamento.
Desde esa mañana.
En la cocina de su apartamento.
Con los dedos manchados de mí, mirándolos con extrañeza y asombro.
Con los míos aún húmedos por su interior.
Satisfecho, resentido, sorprendido y cabreado a partes iguales.
Inhalé con lentitud y giré la cabeza hacia ella durante un segundo, pero África ignoró mi mirada. Negué intentando desechar aquellos pensamientos y terminé encogiéndome de hombros ante su petición.
Obedecí y me dirigí hasta la urbanización donde vivíamos. Me concentré en pensar que, una vez llegáramos a la casa, ella dejaría de ser mi problema; no debía preocuparme por cómo se las arreglaría para volver a casa de su madre, después de todo.
Detuve el motor frente a la valla de la propiedad y salí del vehículo, ignorando por completo a mi acompañante. Escuché risas y voces en la parte trasera, así que rodeé la casa por el jardín, sintiendo a África seguirme muy de cerca.
Cuando doblé la esquina que conectaba con la terraza, no pude evitar sonreír. Mis padres y mis hermanos estaban cenando allí.
Bella fue la primera que se dio cuenta de mi llegada y alertó al resto. Trotó hasta mi posición ladrando y moviendo la cola, y mi sonrisa se ensanchó cuando comenzó a moverse en círculos delante de mí. Me agaché hasta quedar a su altura y la saludé acariciándola, dejando caer la mochila a mis pies.
—Hola, preciosa. Yo también te he echado de menos. —Reí cuando me lamió la cara y buscó mis caricias.
—¡Hola! —saludó Alana acercándose a nosotros.
No me extrañó que pasase de largo, aunque tampoco pude evitar volver la cabeza hacia el lugar donde se dirigía. Fue lo peor que pude haber hecho, pues me di cuenta de que África me observaba fijamente.
—Hola, hijo. —Escuché la voz de mi padre cerca de mí y rompí el contacto visual con ella—. ¿Todo bien?
Asentí enderezándome sin dejar de acariciar la cabeza de Bella. Él me dio una palmada en el hombro.
—Sentaos, acabamos de empezar a cenar —dijo mi madre cuando besé su mejilla.
—Gracias, Estrella. —Escuché la voz algo tensa de África—. En realidad solo he venido para daros las gracias por haberme prestado la furgoneta y la ayuda. Me marcho ya a casa, es tarde y quiero ver a mi madre antes de que se duerma.
Mi progenitora le sonrió, agarrándola del brazo en un gesto cariñoso.
—Vale, pero siéntate un segundo mientras te aparto un poco de comida. Así te la llevas y no tienes que ponerte a cocinar, que se te ve cansada, cariño.
Al oír su tono maternal decidí que era el momento idóneo para entrar en casa con la excusa de ir al baño. Me negaba a que me volviesen a liar para llevarla a su casa, así que me disculpé y me perdí de vista.
Sabía que alguien se encargaría de acercarla y supe que no me había equivocado cuando, al salir diez minutos después, vi que mi padre no se encontraba por allí.
—Ya estoy —les dije acercándome a la mesa y sentándome en una de las pocas sillas libres.
—¿Qué tal el viajecito? —indagó mi hermana Diana, una de las gemelas, observándome con gesto malicioso—. Tienes la misma cara que pone Guille cuando hace de las suyas. ¿Qué has hecho, hermanito?
«Lo que he hecho es que me he follado a África, hemos discutido y me he pasado todo el viaje pensando en que la muy tarada iba a saltar del coche en marcha y hacer que me despeñase por el camino».
Traté de mantener la calma y controlar mis pensamientos mientras toda la mesa esperaba mi respuesta.
—Nada interesante. Ha sido aburrido y agotador.
—¿Aburrido? —cuestionó Alana mirándome suspicaz—. ¿Con África?
Me encogí de hombros e intenté componer la cara más neutra de mi repertorio, a la vez que rezaba porque África no le hubiese contado nada, pues sabía que habían estado enviándose mensajes mientras yo conducía.
—Ya os advertí que no era buena idea que fuese con ella —añadió Guille—. Pero no me escucháis.
—Será porque solo dices chorradas —murmuró Zahara, la más pequeña, sacándole la lengua.
—¡Mamá…! —se quejó el aludido.
—Por favor. No empecéis. —Suspiró mi madre.
Agradecí dejar de ser el centro de atención y me relajé cuando se enzarzaron en una de sus habituales disputas.
Me serví agua y me dispuse a beber cuando Alana volvió a la carga.
Estaba sentada a la cabecera de la mesa, a un par de sillas de distancia, y no había levantado la voz al llamarme, por lo que el resto no fue consciente del cruce de miradas que nos dirigimos.
—¿Todo bien? —murmuró, y le guiñé un ojo.
—Luego hablamos.
Ella asintió algo más seria y, a los pocos minutos, volvió mi padre y nos pusimos a cenar.
Cuando, un buen rato después, salí de la ducha y entré en la habitación que ocupaba desde que había regresado a la casa de mis padres, me encontré con su antigua dueña sentada en mi —su— colchón.
Alana me sonrió.
—Se te ve cansado.
—Estoy cansado —corroboré a la vez que me acercaba a ella.
Me dejé caer en la cama con un suspiro, y mi hermana se unió a mí. Ambos nos mantuvimos en silencio durante unos segundos con las miradas fijas en el techo.
—¿Qué ha ocurrido?
Maldije para mis adentros. Mi hermana nos conocía muy bien a los dos y, por supuesto, no le pasó desapercibida la seriedad y la tensión que había entre nosotros.
—África es insoportable —me limité a decir.
—Es intensa.
—E insoportable.
Alana soltó el aire en una especie de risa. Llevó la mano a mi cara y me obligó a girar la cabeza en su dirección. Nos quedamos observándonos en silencio y me debatí entre contarle lo que había ocurrido o dejarlo correr.
Si me decantaba por lo primero, tendría que dar demasiadas explicaciones y remontarme a un pasado que no quería revivir.
Si era sincero, no pretendía darle más importancia al tema, ya que tenía la firme intención de distanciarme de África de una vez por todas y hacer como si nada hubiese ocurrido entre nosotros.
Eso sí, aún me quedaba una dura tarea con mi cerebro, porque el muy imbécil no dejaba de recordar una y otra vez lo jodidamente bien que me sentí estando enterrado en ella.
Desvié mis pensamientos a otra dirección, pues no quería empalmarme con mi hermana mayor tumbada a mi lado.
—¿Qué pasa, Bruno? —susurró—. Sabes que puedes contarme lo que sea, siempre lo has hecho.
—No siempre.
—Bueno —rectificó—, antes de irte a vivir con Laura sí lo hacías.
Asentí con una sonrisa triste.
—Lo sé.
—¿Recuerdas cuando llegaste un día al apartamento y me contaste que tus amigos te habían echado viagra en la bebida? —me preguntó divertida—. Reconozco que me asusté un poco, aunque en el fondo fue divertido.
Solté una breve carcajada al hacer memoria.
—Para ti lo sería, pero yo no le deseo lo que pasé ni a mi peor enemigo. Y menos en la noche en la que pretendía perder la virginidad. —Negué mordiéndome el labio inferior con diversión—. Fue ridículo. Lo que no sé es cómo Laura quiso seguir conmigo después de aquello.
Mi hermana se echó a reír y me abrazó, acercándose a mi cuerpo y apoyando la cabeza en mi hombro desnudo.
Le rodeé el cuello con el brazo.
—¿De verdad que no me tengo que preocupar por lo que ha ocurrido en Barcelona? —insistió.
Si notó cómo los latidos de mi corazón se aceleraron ante su pregunta, no lo demostró.
—De verdad —me limité a contestar, esperando que fuese suficiente y lo dejase estar.
Asintió, y recordé por qué siempre la había buscado para desahogarme y contarle mis cosas siendo más pequeño. Alana nunca me presionaba más de lo necesario, sabía escuchar y, además, daba buenos consejos.
Me alegré de que eso no hubiese cambiado con el tiempo y a la vez me sentí triste por haberme distanciado de ella con el paso de los años. Bueno, no solo lo había hecho con ella, sino de toda mi familia, pero ahora que me había dado cuenta de cuáles eran mis prioridades no pensaba repetirlo.
Después de unos minutos en silencio, hablé de nuevo en voz baja.
—¿Alana?
—Dime.
—Gracias.
Ella me besó el hombro y me abrazó más fuerte.
—Me alegro de que estés de vuelta, enano.
Sonreí ante su término cariñoso.
Hacía tiempo que superaba su estatura y su complexión, aun así, parecía que para ella yo solo seguía siendo su hermano seis años menor.
El mismo que la molestaba cuando estaba con sus amigas, aquel que le llevaba los animales rescatados al apartamento para evitar que nuestros padres le echasen la bronca y al que aún tenía que cuidar.
Sabía que ella y Hans no tenían intención de tener hijos, pero no pude evitar pensar que sería una madre increíble si los tuvieran.
—Te quiero —le dije sin poder ni querer contenerme.
—Y yo a ti. Mucho.
Sentí un nudo en la garganta al tragar saliva con dificultad.
Cerré los ojos y las palabras se sucedieron solas en mi mente: «Gracias, Laura, por haber hecho que recuperase a mi familia».