17 Olvídalo
A los que juegan a perderte déjalos ganar
ÁFRICA
Una vez más fui la primera en despertar.
En aquella ocasión no me pilló desprevenida que su mano reposara en mi teta o sentir su cuerpo pegado al mío por mi espalda.
Aquella parecía ser su postura preferida mientras dormía y mi sonrisa se agrió un poco cuando caí en que llevaría años amaneciendo así con Laura.
Quizá hasta creyese en sueños que yo era ella. Por mucho que mi delantera fuese algo más artificial que la de su ex, ya se sabe que de noche todos los gatos son pardos.
Me fastidió que me molestase la dirección que habían tomado mis pensamientos y, sin demasiada ceremonia, me desembaracé de su abrazo y fui hasta el baño mientras él se recolocaba y continuaba dormido.
Pese a que me moría por un café, me tomé mi tiempo en la ducha, sin embargo, no fui capaz de secarme el pelo. El baño se había convertido en una sauna y necesitaba aire fresco.
No supe cuánto tiempo había pasado, pero sí que fue el suficiente para calmarme, y también para que Bruno se despertara, pues cuando fijé mi mirada en la cama no lo encontré allí.
Hice un barrido ocular por el escueto apartamento y no tardé en dar con él en la cocina, de espaldas a mí y con unos calzoncillos negros como única vestimenta.
Sonreí.
«Bien, Brunito. Bien. Mucho mejor que los de ayer», pensé al recordar la otra prenda.
Debió de ser consciente de mi presencia, pese a que no se volvió ni dejó de hacer lo que estuviese haciendo con las manos en la encimera.
No pude evitar acercarme y, actuando sin pensar, le rodeé la cintura desnuda con los brazos y apoyé las manos en su abdomen. Lo sentí contraerse cuando le besé el hombro.
—Buenos días —le dije con voz sugerente—. Me has chafado la sorpresa que tenía pensada para despertarte.
Mientras hablaba, fui moviendo los dedos por su torso.
Bruno no habló, tampoco me detuvo, y sus manos continuaron apoyadas en tensión sobre la encimera. A decir verdad, todo su cuerpo estaba así.
Me propuse aliviar toda aquella rigidez concentrando mis atenciones en la parte más interesante de su anatomía y también la más dura. Cuando colé la mano por el elástico de los calzoncillos, y establecí contacto con la piel caliente y estirada de su erección, su respiración se volvió más errática.
Sonreí.
Lo acogí en mi puño y lo moví arriba y abajo con parsimonia, dándole los buenos días a ella también. Al menos esta sí demostraba estar contenta de recibir mis atenciones, pues su dueño no me había dirigido la palabra aún.
Las caderas de Bruno actuaron por libre y comenzaron a salir al encuentro de mis movimientos, los cuales se aceleraban poco a poco.
No pensaba permitir que se corriese sin habernos mirado siquiera a los ojos, así que con la otra mano tiré del pelo de su nuca hacia atrás y lo obligué a inclinar la cabeza.
Él siseó, y yo le mordí la oreja.
—Sé que tus padres no te han educado así. ¿Es que no piensas darme los buenos días, capullito?
Mis palabras surtieron efecto, ya que por fin reaccionó y se giró, encarándome. Con los ojos encendidos no dejó pasar un segundo antes de hundir los dedos entre los mechones húmedos de mi pelo y mover mi cabeza a su antojo.
Jamás lo reconocería, pero me gustaba esa vena primitiva que le salía cuando perdía la paciencia y yo le hacía creer que podía controlarme.
Me resultaba muy divertido jugar a ese juego de poder con él.
Ambos nos mantuvimos la mirada por un instante, y fue él quien rompió esa conexión cuando saqueó mi boca con la suya. El cabrón sabía besar muy bien. Otra cosa que jamás reconocería en voz alta, ya que no pensaba inflarle el ego con mis halagos.
Imitándome, separó unos centímetros nuestros labios tirándome del pelo hacia atrás, y le dirigí una mirada de advertencia.
Ya me había dado cuenta de que era un tipo temerario, al parecer.
—Buenos días —dijo, por fin, con voz ronca.
—Para ti lo parecen, sí.
Me dirigió una sonrisa tensa y, con determinación, llevó una de las manos hasta mi muslo sin romper el contacto visual. Me acarició la pierna en sentido ascendente y le di tiempo mientras arrastraba el bajo de mi vestido.
No me hizo falta esperar demasiado para ver cómo su gesto se transformaba en uno de fascinación al descubrir que no llevaba nada debajo. Nada de nada.
Lo ayudé y me deshice de la prenda, quedándome desnuda ante él. Porque no, no mentí cuando le dije que había trazado un plan para despertarlo, sin embargo, tampoco me iba a quejar por el curso que estaban tomando los acontecimientos.
Lo vi coger aire profundamente y volví a llevar las manos hasta su cintura.
Aferré su calzoncillo con decisión. Su polla se liberó con una sacudida al bajar la tela, y la recompensé con una caricia.
Bruno me imitó y trazó un círculo sobre mi clítoris.
Ambos nos estremecimos a la vez. Nos miramos, retándonos a hacer el siguiente movimiento y, como en una sincronización perfecta, comenzamos a masturbarnos el uno al otro comiéndonos con los ojos.
No era como si fuese nuestra primera vez. No hubo besos, tampoco palabras bonitas ni promesas absurdas, tan solo dos personas con una misma necesidad física y ganas de saciarla con el otro.
A los pocos minutos su boca se entreabrió buscando aire. La mía lo imitó y gemimos cuando aceleramos la velocidad con la que nos tocábamos, dispuestos a hacer perder la cabeza al otro.
Y la perdimos…
Nos corrimos entre gemidos, descuidando un poco el compás de nuestros movimientos, que se volvieron algo erráticos cuando sentí las rodillas a punto de doblarse del gusto. Bruno agarró con fuerza mi cintura a la vez que sentí cómo algo caliente descendía por mi abdomen.
Un pensamiento conectó mi mente con la realidad, pues, pese a haber hecho eso cientos de veces en mi vida, tan solo una vez había sentido aquella intimidad cargada de tensión que parecía haberse instalado entre nosotros.
Quizá porque no solía pararme a observar tanto las reacciones de la otra persona como hacía con Bruno y puede que por eso, por estar tan pendiente de él y de sus gestos, también fui consciente de cómo su mueca se endureció al recobrar la respiración.
No quise darle importancia y me separé de él.
—Vale. ¿Un tío bueno medio en pelotas en mi cocina, preparándome el desayuno y un buen orgasmo para empezar el día?
—bromeé rompiendo el contacto visual por fin y mirando hacia abajo—.
Me sirve. Aunque me hayas puesto perdida y tenga que darme otra ducha.
¿No podías haber apuntado hacia otro lado al correrte?
—África…
Su voz sonó tensa.
—Tendré que darles las gracias a tus padres después de todo. Parece que traerte conmigo sí que ha servido para algo.
—África —repitió más serio, y volví a ignorarlo.
Me llevé el dedo índice hasta el ombligo y lo mojé de sus fluidos, observándolos como si fuera lo más extraño y fascinante que hubiese visto en mi vida. Era semen, por el amor de Dios. ¿Qué demonios me pasaba?
—¿Crees que se tomarán bien lo que hemos hecho o nos obligarán a casarnos y a aguantarnos eternamente?
Bruno no debió de captar la broma, pues se puso muy serio y me encaró, subiéndose el calzoncillo y escondiendo su ya domada erección.
—¿Estás loca? —me espetó—. Ni de coña le vas a decir nada a nadie de lo que ha pasado aquí. ¿Me oyes? A nadie, África.
Lo miré con el ceño fruncido.
—¿De qué vas? —rebatí poniéndome a la defensiva—. Estaba de coña, tarado.
Negó con la cabeza y se separó un par de pasos de mí.
—No, ¿de qué vas tú? Lo de anoche no tuvo ningún sentido y esto menos todavía. ¿No podías dejarlo pasar?
—¿El qué?
—Esto. —Nos señaló en un gesto que demostró obviedad—. Venir y tocarme.
Solté una carcajada incrédula.
—Lo dices como si te hubiese violado. ¿Te recuerdo dónde tenías enterrados tus dedos hace un momento?
Bruno llevó esa misma mano a la encimera y agarró algo que lanzó con desprecio a una de las cajas que teníamos cerca.
—No quiero que mi nombre aparezca ahí, ¿entiendes?
Lo observé frunciendo el ceño con una mezcla de incredulidad y diversión. Y pensar que la noche anterior tuvo las santas narices de llamarme bipolar a mí.
—¿Es eso? ¿Estás celoso porque has encontrado mi libreta?
—¿Celoso? —Rio despectivo—. Ni de puta coña, ¿entiendes? Me parece patético que anotes cada tío con el que te has acostado. ¿Cuántos años tienes? ¿Doce?
—Qué va, perdí la virginidad con trece —le aclaré.
Él apretó la mandíbula, me lanzó una mirada reprobatoria y me costó bastante mantener la compostura ante la acusación que se escondía en sus ojos.
—¿Saben ellos que les pones hasta nota?
Hacía tiempo que había dejado de hacerlo, aunque no sentí la necesidad de aclarárselo.
Sí, aquella libreta comenzó siendo un pasatiempo adolescente donde apuntaba los chicos con los que me acostaba, con sus respectivos teléfonos y con dibujitos de penes sonrientes marcando la puntuación que les daba. Desde hacía muchos años no tenía uso, pero la guardaba con mucho cariño.
—No me lo digas, ¿te has puesto así porque te da miedo que te ponga una sola pollita y tengas que ir a recuperación?
—No lo dejé responder, él se había encargado de cabrearme y ahora tendría que lidiar con las consecuencias—.
No te preocupes, tan solo has sido un clavo que saca otro clavo y no has sido tan memorable como para que te incluya en ella.
Él soltó el aire en una risa incrédula.
—¿Cuál era la palabra? —indagó, y lo miré expectante, sin saber con qué me iba a salir—. ¡Ah, sí! Ya caigo… Patético, ¿no?
—¿De qué hablas?
Él se giró y se colocó una camiseta arrugada que sacó de su mochila. Me fijé en su espalda cuando permaneció quieto unos segundos.
—Mejor hagamos como si no hubiese pasado nada entre nosotros y volvamos a Costa Serena a seguir cada uno con su vida. Estoy seguro de que no será la primera vez que tengas que buscar a alguien mucho más memorable y menos patético, después de todo.
No se giró para hablarme por lo que no pudo ver cómo negaba incrédula con la cabeza.
«Gilipollas».
No iba a oponerme a su proposición, por mí como si se la picaba un pez o se lo tragaba la marea.
Caminé desnuda hasta el baño y, justo antes de cerrar la puerta, me giré con la única intención de tener la última palabra. Lo pillé mirándome y, con algo de dificultad, compuse mi mejor y más insolente sonrisa.
—Tus deseos son órdenes, capullito. Y «de nada» por la paja.