Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 16 Busca
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Quien esté libre de pecado, que vaya a pecar, que aún hay tiempo

brUNO

Mi cuerpo sufrió una sacudida cuando África dejó escapar un gemido.

Besarla no entraba en mis planes, sin embargo, algo me hizo actuar así, y en aquel momento no estaba en condiciones de pararme a analizarlo, pues una de sus manos presionó mi nuca y, por unos segundos, permití que tomase el control de la situación.

Dejé que se confiara, que creyese que podía dominarme y sus defensas cayesen ante mí. Me iba a encargar de demostrarle lo que era capaz de hacer; de hacerle.

Recé para poder ser un poco más fuerte que el instinto animal que me poseía, porque estar cerca de ella me estaba volviendo loco…

Su olor había desenterrado fragmentos olvidados de mis recuerdos, y necesitaba utilizar la lógica y sacar provecho de la situación, revertiendo los papeles que teníamos desde hacía años.

Aunque, ¿a quién quería engañar? Lo único que me movía era la necesidad que sentía de ella.

Gruñí y apresé su labio inferior entre los dientes. Ella siseó y separó la cabeza de la mía tirándome del pelo. Nos quedamos durante unos segundos así, mirándonos con la respiración agitada y los ojos vidriosos.

Antes de poder pensar en nada, volvimos a abalanzarnos el uno sobre el otro en una sincronización perfecta.

África agarró el borde de mi camiseta y lo subió por mi torso sin perder un segundo. Me desprendí de la prenda y la dejé caer sin preocuparme de nada más que de volver a enredarme con su lengua.

Metí la mano bajo su camiseta y no encontré ninguna barrera antes de llegar a sus gloriosas tetas. Cuando agarré una en mi mano y pellizqué el pezón entre los dedos, ella gimió, y la polla se me tensó en los pantalones.

Y ese fue el momento exacto en el que todo empezó a desmadrarse.

Parecimos estar de acuerdo en algo cuando ambos comenzamos a desnudarnos ante el otro. Tan solo nos separábamos los segundos justos para desprendernos de la ropa antes de lanzarnos de nuevo hacia el contrario, como si tuviésemos un imán que nos provocase esa unión.

La lengua de África saqueaba mi boca sin compasión en el momento en el que comencé a movernos, sin despegarnos, desplazándonos por el apartamento.

Chocamos con cajas y muebles en nuestro avance, reímos cuando uno u otro se quejó por el golpe y no nos detuvimos hasta llegar a la cama. Una vez allí, totalmente desnudos, la empujé hacia atrás, y ella se dejó caer con una elegancia felina sin dejar de observarme durante el proceso.

Se deslizó sobre la espalda y apoyó la cabeza en la almohada a la vez que su mirada recorría mi cuerpo con lascivia. La vi relamerse los labios al posar los ojos en mi más que dispuesta erección y su ceja se alzó con descaro al mirarme de nuevo a la cara.

—Qué bien que ya hayas dado el estirón.

La ignoré y entonces fue mi turno para recrearme la vista porque, aunque me moría de ganas por lanzarme sobre su cuerpo y enterrarme en ella, quería demostrarle que ya no era el ridículo niño que ella había conocido.

Me tomé mi tiempo en observarla a placer, en prestar atención a cada curva, a cada detalle. A esas tetas que se alzaban desafiando a la gravedad, llenas y orgullosas, tan diferentes a las que recordaba de años atrás.

África tenía un cuerpo que haría enloquecer a cualquiera y, por supuesto, era consciente de ello.

Vi cómo llevaba las manos hasta su vientre y, con la yema de los dedos, comenzaba a acariciarse la zona con lentitud, subiendo hasta la piel de su escote, para acabar bordeándolas.

—¿Te gustan, Brunito?

Tan solo fui capaz de dedicarle una media sonrisa.

A ella no pareció disgustarle mi respuesta, pues comenzó a acariciarlas mientras movía sus largas piernas sobre el colchón.

Sentí la garganta seca y, sin querer prestar atención al nerviosismo que empezaba a nacer en mi nuca, me eché hacia delante y apoyé las manos y las rodillas sobre el colchón, reptando hacia ella.

No rompimos el contacto visual en ningún momento, ni siquiera cuando le abrí las piernas, y ella llevó una de las manos hasta la unión entre sus muslos, muy cerca de mi cara.

La sentí estremecerse a la vez que se acariciaba con los dedos. El olor de su cuerpo me hizo salivar y llevé la vista hasta allí.

Me recreé en lo que hacía; me quedé observando cómo se masturbaba ante mí y, cuando sus gemidos ganaron intensidad, sentí que iba a volverme loco si no tomaba partido.

Salvé los centímetros que me separaban de su clítoris y me lo llevé a la boca como si llevase un mes sin comer, y su sabor me noqueó.

El ruido que dejó salir por la garganta me impulsó a continuar y, agarrándole las manos con fuerza a ambos lados de su cuerpo, me di un festín entre sus piernas.

África movía las caderas, gemía cada vez más fuerte y clavó las uñas en mis muñecas cuando, al borde del orgasmo, me detuve de forma intencionada.

—Bruno… —me advirtió.

—¿Sí, arpía? —le pregunté observándola con una sonrisa.

Las aletas de la nariz se le ensancharon y luchó por soltarse del agarre de mis manos. Las contuve durante unos segundos más y, cuando las liberé, me dio un tirón en el pelo para hundirme la cara entre sus piernas.

Solté una carcajada antes de retomar el movimiento de la lengua y los labios sobre ella y, solo entonces, disminuyó la fuerza con la que pretendía dejarme calvo.

—Como pares esta vez, te corto los huevos.

Reí.

No lo hice. No me detuve, aunque no fue por su amenaza, sino porque quería sentirla romperse bajo mi boca.

Cuando ocurrió, y sus gemidos disminuyeron de intensidad, aferré su clítoris entre mis labios y succioné una última vez, haciendo que, al echarme hacia atrás y despegarme de ella, el sonido de succión resonase en el apartamento.

Sus ojos estaban cerrados y el pecho le subía y bajaba con esfuerzo.

Me entretuve en besarle la cara interna de los muslos mientras se recuperaba y, cuando buscó mi mirada, vi sorpresa y satisfacción en ella.

—Cállate. No lo estropees —le advertí al ver que pretendía hablar.

Su habitual ceja se alzó con asombro y me erguí, poniéndome de rodillas en el colchón. Un amago de sonrisa asomó en su preciosa boca, manchada por el pintalabios rojo que se había emborronado por nuestros besos, cuando vio lo que estaba haciendo.

Se incorporó sobre los codos, mirándome mientras me tocaba la polla ante ella.

Me podría haber corrido allí mismo en un par de sacudidas, como si el alivio que había buscado en su ducha antes de salir a cenar no hubiese tenido lugar.

Así de desesperado estaba.

—¿Necesitas ayuda? —me preguntó sacando la lengua y acariciándose con la punta la comisura de los labios.

Tragué saliva cuando los testículos se me contrajeron de anticipación y señalé con la cabeza mi entrepierna.

—¿Sabes hacer algo con ella? —la piqué a duras penas.

Por supuesto que sabía.

África soltó una risa de suficiencia.

—Algo se me ocurrirá.

Se incorporó sobre el colchón y se quedó frente a mí, imitando mi postura de rodillas. Aferró el lóbulo de mi oreja derecha con los dientes, y gruñí cuando tiró de él con cierta fuerza.

Me observó, retándome a que dijese algo, a que me quejase. Pero no, no pensaba entrar en su juego de poder, pues la única neurona que me quedaba medianamente atenta a la situación estaba concentrada en evitar que me corriese allí mismo y hacer con ello el mayor ridículo de la historia.

Ante mi silencio, sonrió satisfecha. Comenzó a besar y a lamer mi cuello y mi torso y, poniéndome una mano sobre el pecho, me empujó hacia atrás hasta que quedé tumbado sobre la espalda.

Su pelo me hizo cosquillas cuando se deslizó sobre mí, y mi erección sufrió un espasmo cuando sentí su aliento un segundo antes de que la enterrase en su boca.

—Joder —mascullé con la respiración acelerada. Aquella boca era tal y como la había recreado en mi mente más veces de las que pensaba admitir. Ella me acogió una y otra vez, hasta el fondo—. Joder —repetí.

Cerré los ojos con fuerza e intenté traer a mi cerebro imágenes poco agradables con el único fin de contener mi orgasmo, pero, cuando, unas cuantas succiones después, su dedo decidió hacer una incursión y jugueteó con la entrada a mi trasero, supe que, si no detenía aquello, acabaría en un segundo.

—¡Eh, eh, eh! —me riñó como si fuera un niño al intentar separarla de mí—. Quieto, jovencito.

Su tono fue en cierto modo burlón. Retrocedí en el tiempo sin poder evitarlo y una sensación de vergüenza que ya conocía se apoderó de mí.

No me di cuenta de lo que hacía, pues aquella emoción provocó que mis extremidades se movieran en modo automático, con el único fin de tomar el control de la situación.

África no esperaba mi reacción, por lo que, cuando le agarré los brazos sobre su cabeza y la miré encima de ella, sus ojos transmitían desconcierto.

Saqueé su boca con la mía, con una mezcla de rabia, venganza e impotencia para nada sana.

Ella no se mostró dócil, por supuesto, y comenzó a revolverse como una culebra bajo mi cuerpo.

Su contoneo tan solo provocó que mis caderas se sacudiesen y mi erección recuperase la rigidez que por un segundo había perdido.

Ambos intentábamos imponernos sobre el otro, tanto con nuestras lenguas como con el movimiento de nuestros cuerpos.

Cuando abrió las piernas, y las subió enredando mi cintura con ellas e intentando cambiar nuestras posturas, mi polla encontró el camino húmedo hasta su entrada, y esa fue mi perdición.

Ella también lo sintió y su contoneo se transformó en uno mucho más sensual.

Reuní la cordura justa para detenerme un segundo antes de penetrarla y separarme de su boca. Protestó y me tiró del cuello con las manos, moviendo las caderas y empujando con los pies mi trasero, lo que hizo que la punta de mi erección se colase en ella sin poder evitarlo.

—No tengo condones —solté consternado, al borde de perder la cordura.

Y era verdad, porque, ¿quién cojones habría pensado que acabaríamos en aquella situación? Yo no, por supuesto.

África resopló y echó la mano hacia un lado, abriendo el cajón de la mesilla que chirrió ante el brusco ademán.

—Busca.

Obvié su tono dominante, parecido al que habría utilizado con un perro. Me incorporé unos centímetros, unos escasos centímetros que fueron los que su cuerpo me permitió, ya que no me soltó ni aflojó su agarre y rebusqué con mis dedos entre diferentes objetos al tiempo que volvíamos a besarnos.

Un nuevo movimiento de su cuerpo provocó que mi polla entrase en ella un poco más que la vez anterior y, antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, ambos gemíamos al unísono tras varios empellones de nuestras caderas.

—Espera, espera —rogué justo cuando mis dedos obraron el milagro y se toparon con algo que me pareció un envoltorio del tamaño y la forma que necesitaba.

Al sacarlo, giró la cabeza hacia allí y asintió una sola vez, aflojando el agarre de sus piernas y permitiendo que me separase lo justo para colocármelo.

Al terminar, no dejó pasar un solo segundo antes de atraerme hasta ella de nuevo y agarrarme el cuello. Esquivé su presa y bajé la cabeza hasta sus tetas, donde me recreé con mi boca y mi lengua durante un par de minutos.

Vi cómo África intentaba cambiar una vez más nuestras posiciones, con la clara intención de ponerse encima de mí. No se lo permití, por mucho que recrear la imagen de su cuerpo botando encima del mío me atrajese.

Levanté la cabeza tras morderle el pezón izquierdo, y me fulminó con la mirada.

—¿Desesperada?

—Muévete, capullito —intentó picarme, y sonreí—. Enséñame qué sabes hacer con eso que tienes entre las piernas.

Vale, sí. Consiguió provocarme.

Me incorporé, agarré mi erección desde la base y jugueteé con su entrada sin llegar a introducirme en ella.

Quería llevarla al límite, conseguir que se rindiese ante mí y que rogase porque la follara, aunque debía tener cuidado y no tensar demasiado la cuerda porque, conociéndola, también podía mandarme a la mierda y quedarme compuesto y sin polvo.

No me contuve por más tiempo. De un certero movimiento me enterré en ella y, si había visto el cielo en aquel breve contacto antes de encontrar el preservativo, cuando pude introducirme hasta el fondo sin ningún temor, sentí que me moría del gusto.

Me quedé allí dentro un momento, saboreando la sensación de tener mi cuerpo enterrado en el suyo, y comencé a moverme intentando ignorar a mi subconsciente, que repetía sin cesar que aquello era lo correcto.

Llevé la mano hasta su clítoris para atormentarlo haciendo círculos con la punta de los dedos, un poco más rápido cada vez, y África gimió entregada.

No dejé de hundirme en ella, con rudeza y precisión; con una necesidad de poseer cada centímetro de su cuerpo que me asustó. Antes de poder pensar qué demonios suponía esa sensación, noté cómo las paredes que me acogían se contraían en un nuevo orgasmo y redoblé el ritmo.

África gimió mi nombre.

Y me dejé ir con un gruñido animal.