15 Te odio
Después de superar algunos infiernos, no cualquier demonio te quema
ÁFRICA
Intenté hacer como si nada de lo ocurrido con el hijo de mi ex me hubiese afectado, pero sabía que no lo estaba consiguiendo del todo.
Bruno no paraba de lanzarme miradas que yo esquivaba y había intentado iniciar una conversación hasta en dos ocasiones.
Era capaz de ver todas las preguntas que no me hacía y que se moría por dejar salir, pero se había comportado, debía reconocerlo.
Quizá el mérito no era suyo, sino de su subconsciente, que parecía disperso desde que lo había pillado dormido en el sofá.
No era tonta. Me había dado cuenta de la forma en la que me comió con la mirada y cómo, al percatarse de lo que estaba haciendo, le invadió una prisa enorme por alejarse.
Sentí un calor en la mano y miré hacia abajo. Fruncí el ceño al ver sus dedos envolviendo los míos. Solo entonces fui consciente de tener los puños apretados y de la fuerza que estaba utilizando para ello.
Me obligué a relajarme.
Cuando levanté los ojos hacia él, elevó las cejas un par de veces y empezó a mover los hombros al ritmo de una música que no había escuchado antes.
Me di cuenta de que una chica cantaba a unos pocos pasos de nosotros mientras un hombre tocaba la guitarra.
Regresé mi atención a Bruno, que no había dejado de fijar la vista en mí a la vez que contoneaba sus caderas.
Negué, un poco alucinada, cuando alzó el brazo con el que me sostenía y me instó a girar sobre mis pies. Al completar la vuelta, nos miramos y su sonrisa me hizo soltar una carcajada.
—Estás loco.
Ignoró mi comentario y siguió bailando sin un ápice de vergüenza ni preocupaciones, invitándome a imitarlo, a dejarme llevar.
Debo admitir que me sorprendió y, aunque nunca me había preocupado demasiado lo que pensasen de mí los demás, su presencia hizo que olvidara a la gente que nos observaba sonriente.
Así que bailé. Bailamos juntos.
En algún momento nos reímos cuando perdimos el ritmo y nos descoordinamos; en otro, nos miramos en silencio sin dejar de sonreír. Y entendí que, en aquel instante, nada de todo lo demás importaba.
Nada.
Hacía mucho tiempo que no me divertía tanto, que no conseguía olvidar lo que pesaba sobre mis hombros y tan solo me dejaba llevar.
Yo era así. Fui así durante muchos años y por alguna razón había olvidado lo bien que me sentía al cometer locuras.
Locuras como la de ponerme a bailar en medio de una calle o como la que repetí tantas veces en el pasado, paseándome arriba y abajo cantando en un autobús repleto de gente, mientras mis amigas reían muertas de la vergüenza.
Giré.
Giré con sus manos agarrando y soltando mi cintura en cada vuelta.
Levanté los brazos al cielo sin dejar de girar.
Escuché su risa masculina a la vez que yo dejaba ir la mía.
Sin embargo, igual que había surgido de improviso, también acabó sin esperarlo.
Oí los aplausos antes de ser consciente de que la canción había terminado.
Me detuve y me entristeció que aquel momento hubiese llegado a su fin.
La chica nos sonrió, y le devolví el gesto con la respiración agitada.
Volteé la cabeza hacia la derecha. Bruno no desvió la mirada de mí y se humedeció los labios.
Tenía el pelo revuelto y la cara estaba algo enrojecida por el movimiento.
Y tuve ganas de besarlo.
—¿Mejor, arpía?
Asentí agradeciéndole con una sonrisa el haberme permitido volar entre sus brazos, sin necesidad de nada más que nosotros y la música.
—Mucho mejor, capullito.
No perdimos el contacto visual y por un momento, cuando centró los ojos en mis labios, creí que íbamos a hacerlo. Que íbamos a besarnos.
—Hacen una pareja estupenda —dijo una mujer mayor pasando por nuestro lado—. Tendrán unos hijos preciosos.
Aquella aterradora suposición rompió toda la magia del momento.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y abrí los ojos a la vez que negaba a la mujer, pero Bruno se me adelantó:
—Somos primos —soltó y se quedó tan campante, como si no acabara de mentirle a la señora. Como si comerse a alguien con la mirada fuese una actitud del todo aceptable para unos simples «primos». Porque eso es lo que había hecho, devorarme con los ojos, por mucho que él quisiera negarlo.
—Oh —contestó ella algo azorada—. Perdón.
Tras la disculpa se marchó, y me recoloqué el bolso que cruzaba mi hombro.
Mi buen humor se había esfumado. No supe si por la mención a una supuesta descendencia que jamás tendría, y mucho menos con él, o por su terrible excusa, pero así fue.
—Vámonos —le apremié comenzando a caminar.
Tardó un momento en seguirme, ya que se acercó a los músicos, les dijo algo y depositó unas monedas en la funda abierta de la guitarra sobre el suelo. Cuando llegó a mi altura lo hizo en silencio y un rato después, al entrar en el apartamento, agradecí que no hubiese dicho nada durante el trayecto.
Era más listo de lo que aparentaba, después de todo.
Aunque, obviamente, mi racha de buena suerte acabó ahí, ya que, nada más cerrar la puerta y girarme, Bruno estaba plantado frente a mí, observándome e impidiéndome el paso.
Intenté ignorarlo, solté las cosas en el mueble de la entrada y, al ver que no se movía, alcé una ceja en su dirección.
—¿Te quitas?
—No —dijo rotundo—. ¿Qué cojones te pasa? ¿Eres bipolar o algo así?
—¿Y a ti qué más te da?
Soltó el aire con un aspaviento incrédulo.
—Estás loca, tía —dijo e hizo el amago de girarse para, por fin, permitirme entrar, al parecer lo pensó mejor y me encaró de nuevo—. Olvida lo de esta noche, ¿vale? Volvamos a odiarnos, que sabemos hacerlo mejor.
—Yo no te odio —le dije aparentando indiferencia.
—Pero ¡yo sí! —chilló.
Apreté los dientes ante su ceño fruncido y tuve que tragar saliva hasta en dos ocasiones. No pensaba echarme a llorar. Yo no lloraba así porque sí, pero, entonces, ¿por qué demonios sentía ese escozor en los ojos?
—Pues ódiame —le respondí indolente y sin levantar la voz—. No entiendo qué narices te he hecho si llevamos sin vernos una eternidad. Si pagar conmigo tus frustraciones te hace feliz, adelante. No vas a ser el primero y tampoco es que me importe demasiado lo que hagas.
—¿En serio?
—Bruno, déjame pasar —exigí al límite.
Él no se movió.
—Eres alucinante. —Por supuesto, no fue un cumplido.
—Gracias. —Ante mi sonrisa, soltó un gruñido exasperado—. Quítate, Brunito.
Giró la cabeza como si le hubiese dado un revés con toda la mano abierta y me fulminó con los ojos echando chispas antes de hablar en un siseo feroz:
—Te odio.
No iba a demostrarle cómo me dolían sus palabras, así que compuse mi sonrisa más indiferente y el tono más cínico de mi repertorio.
—Repítelo veinte veces, luego cámbiate el pañal y, hale, a la camita a dormir.
Estaba decidida a empujarlo si era necesario para poder salir de allí, necesitaba escapar de aquella situación y encerrarme en el baño durante unos minutos, pero él no lo permitió.
Antes de que me diese tiempo a procesar la situación, su cuerpo invadió el poco espacio que había a mi alrededor, me agarró por los hombros e hizo chocar mi espalda contra la puerta. Utilizó la fuerza justa para no hacerme daño, aunque sí para dejarme clara la forma en la que lo había cabreado.
Era consciente de que lo había llevado al límite.
—Te odio, África de la Vega —masculló un segundo antes de impactar su boca contra la mía.