14 Cari
Ni una sola palabra ni gestos ni miradas apasionadas…
brUNO
Llevábamos horas en el piso luchando contra la montaña de cajas en aquel Tetris viviente, y sentía que necesitaba salir urgentemente. El aire se había vuelto más espeso de lo normal, el sudor me caía por las sienes y mi cabeza amenazaba con inmolarse si no cambiaba de escenario.
Estar encerrado tanto tiempo entre aquellas cuatro paredes me debía de estar pasando factura o yo ya no entendía nada. ¿Por qué, si no, me había encontrado a mí mismo observando a África con cara de subnormal profundo en varias ocasiones?
«La odias. La odias. La odias. La odias».
Nada. El entorno enrarecido de aquel agujero bajo tierra sin ventilación me estaba causando estragos en el cerebro y este se debía de estar convirtiendo en una pasa por la falta de oxígeno, porque no terminaba de captar el mensaje.
Tenía que salir de allí antes de que fuese demasiado tarde.
Estiré la espalda y me dejé caer hacia atrás con un movimiento dramático, impactando contra el sofá, que me recibió con un quejido lastimero. Tuve suerte de que no se hiciese pedazos.
—Paremos por hoy y salgamos a cenar. Me muero de hambre.
—¿Cenar? —me preguntó África con sorna—. ¿Me estás proponiendo una cita, capullito?
Giré la cabeza y le devolví la mirada imitando su gesto al elevar una ceja. No me quedó tan convincente como el suyo, por supuesto, por lo que ella sonrió victoriosa.
—No seas cabrona —exigí, aunque soné más como un perrito abandonado.
Soltó una carcajada, se acercó hasta el sofá y se limpió las manos en la camiseta que me había quitado hacía rato y que estaba tirada en el respaldo, pues el ruidoso ventilador de techo no servía de nada y el calor era asfixiante.
—Necesitamos una ducha.
A pesar de que mi estómago dio un vuelco, decidí hacerme el tonto.
—¿Huelo mal? —bromeé, y ella me tiró la prenda sucia a la cara. No pude esquivarla, por lo que solo escuché su risa sarcástica mientras se alejaba.
—Apestas. Y, para tu información, ¡la puerta tiene pestillo! —me informó antes de cerrarla tras de sí.
Me mordí el labio inferior con fuerza tratando de contener una sonrisa tonta. ¡Joder! ¿Qué cojones estaba haciendo? Se suponía que la iba a ignorar durante el tiempo que estuviéramos ahí, y no solo estaba fallando en eso, sino que también le estaba proponiendo salir juntos.
¿Qué iba a ser lo próximo? ¿Comerle la boca?
Odiarla había sido mucho más fácil durante los años en los que no nos cruzábamos y el rencor alimentaba cada uno de mis recuerdos.
Cerré los ojos, frustrado, al escuchar el agua correr y, para cuando los abrí de nuevo, me encontré con la impresionante imagen de África frente a mí.
¿Estaba soñando?
Mi cerebro pareció sufrir un cortocircuito al fijarme bien en ella.
Ya no quedaba ni rastro del nido de golondrinas que había lucido en su cabeza durante todo el día.
El pelo rubio platino le caía suelto, envolviéndole la cara perfectamente maquillada, donde sus ojos captaban toda la atención.
Los había pintado con colores oscuros y ese contraste la hacía parecer casi sobrenatural.
Su melena continuaba hacia abajo, descendiendo y acariciándole los hombros desnudos. Y más abajo, hasta la puta abertura de su camiseta, que no dejaba nada a la imaginación.
Menudo par de tetas.
Mi mente se quedó en blanco y, por un instante, los sentimientos de rencor y odio se esfumaron, dejando que mis instintos más básicos tomasen el control.
No podía negar que estaba buena. Muy buena, de hecho. Sus piernas parecían interminables, ya fuera por el ángulo en el que estábamos o porque realmente lo eran. No pude evitar imaginarme metido entre ellas, desabrochando esos pantaloncitos vaqueros ajustados y enterrando mi cara entre sus muslos.
Joder.
Los labios se le curvaron en una sonrisa maliciosa, como si supiera perfectamente el efecto que estaba causando en mí. Me odié a mí mismo y traté de recomponerme, recordándome que era la persona que más me había jodido en el pasado.
Su mirada astuta y profunda me estudió mientras inclinaba la cabeza. Me sentí expuesto de una forma ridícula y supe que, si no hacía algo rápido, las cosas podían complicarse más de lo que imaginaba.
—Tienes un poco de baba aquí. —Se tocó la barbilla con el dedo índice.
Esperaba que se refiriera a un hecho literal y no a la cara de gilipollas que seguramente estaba poniendo.
—Me he quedado dormido —me excusé, y ella asintió una sola vez, aguantando una sonrisa—. Me ducho y nos largamos.
Me levanté de un salto, busqué mi ropa en la mochila y me encerré en el baño sin perder ni un segundo. Sentí el peso de la mirada de África fija en mí durante todo ese proceso.
Me aseguré de cerrar la puerta y apoyé ambas manos en el lavabo encorvando la espalda. Cogí aire, lo expulsé con lentitud y miré hacia abajo. El bulto en mis pantalones no dejaba lugar a dudas: mi cuerpo pasaba olímpicamente de todo.
—Traidor —murmuré entre dientes y cerré los ojos.
—¿Dices algo?
—¡No! —me erguí y solté el aire con rapidez.
La ducha fue fría, por supuesto.
Caminamos por Barcelona uno al lado del otro, aunque manteniendo una distancia prudencial entre nosotros.
Paramos a comprar algo para llevar y nos lo comimos sin detenernos.
Creo que ninguno de los dos estaba preparado para sentarse y compartir más intimidad de la necesaria; yo al menos no lo estaba después del patético numerito de adolescente salido en el sofá.
Negué con la cabeza y redirigí mis pensamientos, concentrándome en algo menos perturbador.
Me obligué a fijarme en la ciudad a medida que avanzábamos.
Esta parecía haberse transformado con la llegada de la noche, ya que el bullicio que había sentido esa misma mañana cuando salí al supermercado se había suavizado y ahora era más bien un murmullo relajado de conversaciones y risas dispersas.
Andábamos en silencio, dejándonos llevar. Un momento antes de girar una calle un delicioso olor a comida llegó hasta nosotros y, al adentrarnos en ella, vimos cómo un buen número de personas se agrupaban en terrazas y bares disfrutando de la noche.
En contra de toda lógica, no sentí envidia de ellos, sino que me sentí afortunado de estar allí, incluso en compañía de África.
Al pensar en ella, giré la cabeza en su dirección y la observé durante unos segundos. No fueron muchos, ya que ella pareció notarlo e imitó mi gesto, devolviéndome la mirada.
Durante un par de pasos tan solo caminamos observándonos. Ella me sonrió, y la imité sin poder evitarlo. Su expresión me pareció relajada, sin embargo, tan pronto como llegó, se fue.
—¿África? —preguntó una voz masculina.
No despegué los ojos de ella y fui plenamente consciente de cómo se le tensaba el cuerpo y la espalda se le enderezó, haciendo más evidentes sus orgullosas y bien puestas tetas.
Bajó los párpados durante una milésima de segundo antes de mover el cuello y observar al tipo que teníamos frente a nosotros, e hice lo mismo.
Era joven. Alto. Bien arreglado… Y parecía salido de una boda o algo así.
—Marc.
Aquel nombre no me dijo nada, pero por la manera de pronunciarlo supe que a ella le había costado un mundo juntar sus letras.
—Mi padre me dijo que te habías marchado de la ciudad y no conseguía localizarte —comentó, le miró el canalillo como el que elige el género en la carnicería, y yo fruncí el ceño—.
¿Sabe que estás por aquí? Porque estoy seguro de que le gustaría apreciar cómo de gratificante es la recompensa de un trabajo bien hecho.
Volvió a mirarle las tetas.
—No —respondió África de manera tajante—. Y no tiene por qué saberlo.
—Ah, ¿no?
Ante el tono de menosprecio de aquel tipo me descubrí acercándome a ella un paso más, pese a que mi arpía particular no se amilanó ni un poco.
—Soy Bruno. —Le tendí la mano sin tener ni idea de lo que estaba haciendo.
Él me observó con condescendencia y me estrechó la mano sin mucha ceremonia.
—Marc III.
Menudo gilipollas.
Antes de terminar de darnos el apretón sentí una leve presión en la espalda. Fruncí el ceño y miré a África, que me correspondió con una sonrisa forzada.
—Solo estamos de visita fugaz, ¿verdad, cari?
Venga, hombre…
No pude evitar rodar los ojos ante el apelativo cariñoso que la muy hija de su madre había utilizado.
Ella volvió a pellizcarme la espalda, y la miré haciéndole entender que había captado sus intenciones.
Me centré en Marc «tercero» y estiré los labios mientras apretaba las mandíbulas.
—Sí. —Me escuché contestar. El tipo nos observó atento—. Fugaz… fugaz.
«Eso es, lumbreras».
Noté un nuevo apretón en el costado y me esforcé por no soltar un quejido ante la intensa presión. Me estaba haciendo daño, la muy bruta.
—Tenemos prisa —añadió ella en tono tajante—. Venga, adiós.
Su mano se enredó con la mía y echó a andar sin darle tiempo a contestar. Me encogí de hombros al pasar a su lado, con el brazo estirado al ser arrastrado por África.
Aquello fue surrealista.
Una vez fuera de la vista de aquel tipo me llevé la mano libre a la espalda y me quejé al tocar la zona dolorida.
Estaba a punto de decirle algo, de echarle la bronca por lo bestia que había sido, de pedirle explicaciones y de mandarla a la mierda por lo de «cari», pero todo quedó en el olvido cuando ella se deshizo del agarre y empezó a soltar lindezas por esa boquita.
—¡Qué puta suerte tengo! —murmuró cabreada—. Más de un jodido millón y medio de personas viviendo en esta maldita ciudad y me lo tengo que encontrar justo a él. Aunque, bueno, mejor él que el picha corta de su padre, claro.
Me detuve, y ella siguió caminando olvidándose de mí.
—África, eh… —la llamé.
—«Estoy seguro de que le gustaría apreciar cómo de gratificante es la recompensa de un trabajo bien hecho» —repitió imitando un tono de voz grave.
Seguí caminando a su lado, ya que me vi obligado a seguirla una vez más—.
Como si no hubiese admirado su obra, y tocado a conciencia, mientras estábamos juntos.
Pero, claro, ¿quién iba a imaginar que la subnormal de turno lo mandaría a tomar por culo?
Eso es algo que sus enormes egos no pueden soportar, ¿verdad? Pues, ¡sorpresa, capullos!
Mi mente intentaba conectar toda aquella información —sí, lo sé, no era demasiado rápido en eso—, algo no me cuadraba. El tal Marc parecía tener más o menos la misma edad que ella, lo que me descolocaba, porque ambos habían mencionado a su padre.
—¿Salías con ese tipo?
—¡No, por Dios! —contestó sin pensar.
Capté el momento exacto en el que recordó que yo estaba allí, en el que entendió que me había enterado de todo y que, probablemente, tendría muchas preguntas.
Se giró, levanté ambas cejas con interés, y apuntó hacia mí con el dedo índice. Capté la advertencia a la perfección y elevé los brazos ante su mirada amenazante.
—Sí, lo sé. Ni una palabra —recité como un papagayo.
Esperé una réplica por su parte, un «buen chico» o cualquier otra lindeza de las suyas, sin embargo, tan solo tragó con fuerza, inspiró hondo y reanudó el paso.
¿Acababa de ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas o era solo efecto de la poca iluminación de la calle?
No me quedó más remedio que ir tras ella de nuevo.