13 Culo
Necesito nuevos enemigos, los que tengo me están empezando a caer bien
ÁFRICA
Cuando me desperté tuve la sensación de que solo habían pasado un par de minutos desde que nos acostamos. Caí fulminada y ni siquiera me dio tiempo a pensar en el hecho de estar compartiendo mi cama con un gilipollas integral que se había separado de mí como si tuviera la peste.
Recordé haberme dormido de espaldas a él y con una sonrisa en los labios mientras pensaba que, de tanto alejarse de mi cuerpo, iba a terminar todo arañado por el acabado exagerado y a modo de pinchos de la pared.
Nunca había llevado a nadie allí. Las razones eran obvias. Y justo se tenía que romper esa norma con él.
Me removí en mi postura de lado, solté un suspiro de satisfacción y tardé un par de microsegundos en asimilar la situación. Cuando fui consciente de cómo nos encontrábamos, abrí los ojos de golpe y sentí el corazón latirme con fuerza en el pecho, aunque también sentí otras cosas.
Una mano caliente y grande agarrando una de mis tetas, que se salía de la camiseta de tirantes con la que había dormido.
El cuerpo de Bruno pegado a mi espalda.
Y lo que a todas luces parecía una polla bien dura clavándoseme en el culo.
Me debatí entre pegarle un puntapié, refregarme como una gata en celo o llevar la mano hacia atrás y hacer huevos estrellados para desayunar.
Sin embargo, no hice nada de eso, puesto que él se me adelantó. Cambió de postura sin despertarse y se puso boca arriba, llevando un brazo a su cabeza.
Tardé unos minutos más en moverme, intentando entender los absurdos motivos por los que mi cuerpo había lamentado la pérdida de su contacto. Cuando me giré y lo encaré, me quedé observándolo.
Ahí estaba él. Ni rastro de la camiseta con la que se había metido en la cama la noche anterior, con la boca entreabierta dejando salir su respiración pausada y con unos ridículos calzoncillos decorados con puños de Hulk como única indumentaria.
Me levanté cuando sentí que no iba a poder contener la risa y lo dejé allí acostado. Él ni se inmutó pese al ruido que hice cuando entré en el baño ni tampoco al que hizo la cafetera.
Mejor, así no tendría que andar con cuidado.
Me apoyé en la encimera y me tomé el café con mala cara, pues no quedaba azúcar y tampoco me fiaba de la leche que había en el frigorífico, ya que llevaba abierta desde que me había marchado a Costa Serena para «poco tiempo».
«Poco tiempo», ya.
¿Quién me iba a decir a mí que un par de semanas más tarde iba a estar allí, recogiendo mis cosas y haciendo una mudanza exprés, siendo una pescadera venida a menos?
A quien se lo dijese ni se lo creería.
Yo todavía no me lo creía, de hecho.
Aun así, sabía que estaba haciendo lo correcto o al menos era lo que quería creer. Primero, porque mi madre me necesitaba y, segundo, porque poner distancia con Marc era lo mejor que podía hacer para no terminar cediendo y abriéndome de piernas para él o, peor aún, para su hijo.
Decidí que no esperaría a Bruno para empezar a recoger mis cosas, de hecho, hasta prefería que aún siguiese dormido. Tampoco es que me hiciese especial ilusión que se pusiera a toquetear mis pertenencias o a comentar lo que le parecían.
Agarré las llaves y lo dejé allí, inconsciente y encerrado durante unos minutos.
Me acerqué al coche a recoger las cajas, a la vez que aprovechaba para llamar a mi madre y preguntarle cómo había pasado la noche.
Al regresar, me concentré en comenzar con la faena.
Cuando Bruno se despertó me encontró en medio del salón, sentada en el suelo y con todo a mi alrededor hecho un caos.
—Buenos días.
Su voz sonó como un gruñido grave y adormilado. No me giré a mirarlo, me negaba a ver de nuevo esos calzoncillos y mucho menos en movimiento.
—Por fin despierta el bello durmiente…
Ignoró mi contestación y entró en el baño. Arrugué la nariz cuando escuché el sonido inequívoco de su cuerpo expulsando el contenido de su vejiga, que parecía tener el tamaño de la de un elefante, a tenor del tiempo que le llevó la tarea.
—Qué barbaridad —dije alucinada cuando, por fin, sonó la cisterna.
Intentaba hacerme creer que no estaba pendiente de cada uno de sus movimientos, hasta que fui consciente del momento exacto en el que accionó el monomando de la ducha.
Cerré los ojos.
—¡Tienes toallas en el segundo cajón del lavabo!
Bruno gruñó una respuesta y, en un acto reflejo, giré la cara en su dirección.
Fue lo peor que pudo habérseme ocurrido.
Creo que lo hice porque aquel sonido que emitió me había parecido demasiado cercano como para haberse producido desde allí dentro o puede que solo fuese una coincidencia, pero lo que sí sé es que vi parte de su anatomía. Su culo, para ser más concreta.
Un culo glorioso, si se me permitía opinar.
Y, si en aquel momento Bruno hubiese salido del baño, me habría encontrado con los ojos abiertos como un búho, intentando digerir lo que acababa de ver.
¿Por qué demonios no había cerrado la puerta?
—¿Por qué demonios no has cerrado la puerta? —lo acusé en voz alta.
¿Y por qué demonios no había dejado yo de mirar a través de los veinte centímetros abiertos?
Maldije a la Virgen del Trasero Prieto cuando la visión de su cuerpo desnudo al pasar hacia la ducha se me grabó en la retina. Por fortuna, no pude ver lo que se había clavado en mi trasero esa misma mañana, aunque la imagen de tanta piel en movimiento iba a tardar siglos en borrarse de mi cabeza.
Me recoloqué el moño desgreñado y, llamándome a la calma, volví a concentrarme en mi tarea: separar las cosas que quería trasladar de las que quería desechar. Ese segundo montón no paraba de crecer y crecer, y me di cuenta de la cantidad de mierda que había ido acumulando sin ser consciente.
—¿Me acercas mi cepillo de dientes? —Me llegó de nuevo su voz.
—No —contesté rotunda.
Ni loca entraba ahí. Un centímetro de piel más y tendría que ir a hacerme una lobotomía.
—¿Puedo usar el que hay en la ducha entonces?
Arrugué la nariz imaginando tal asquerosidad y decidí mentir un poco para disuadirlo.
—Tú verás, pero he limpiado el moho de los azulejos con él.
Escuché su carcajada imponiéndose al sonido del agua y no pude evitar sonreír como una imbécil.
¿Qué demonios me pasaba? Después de lo gilipollas que era siempre conmigo, lo que menos se merecía era que le riera las gracias.
Carraspeé y me obligué a continuar. Llevaba tiempo sumida en mi tarea cuando me di cuenta de que ya no se escuchaba el sonido del agua correr. De hecho, caí en que hacía rato de ello.
Me giré con cautela y cierta aprensión, y di un respingo al encontrarlo a tres pasos de mí, vestido y observándome desde las alturas.
—¡Joder! —exclamé con la mano en el pecho—. ¿Qué haces ahí, tarado?
—Llevo aquí cinco minutos mirándote y ni te has coscado.
—Puto psicópata. —Me volteé de nuevo y cerré la caja llena. Él no se movió del sitio y sentí sus ojos fijos en mí cuando estiré la espalda y el cuello, y también cuando me levanté y sacudí la tela del pantalón corto que me había puesto.
»¿Qué? —le pregunté al encararlo. Jamás le reconocería que su mirada me tenía un poco cohibida—. ¿Te diviertes?
—La verdad es que sí. Ver trabajar a los demás siempre es gratificante.
—Además de psicópata, vago. ¡Qué gran partido! No me extraña que tu novia te haya mandado a pastar al monte.
Se mantuvo en silencio cuando yo esperaba una réplica mordaz y deduje que quizá me había pasado. Si a mí me hubiesen hablado así tras mi ruptura con Marc, seguramente le habría sacado los ojos a esa persona.
Iba a hablar de nuevo para intentar suavizar la situación cuando cruzó ante mí en dirección a la cocina.
—¿Hay algo para desayunar? —preguntó con voz distante.
Suspiré y me mordí el labio inferior. Quizá iba a meter más la pata si intentaba arreglarlo, así que lo dejé correr.
—Mira a ver en los armarios, algo debe de haber que aún esté comestible.
Lo escuché trastear, abrir cajones para después cerrarlos y, unos minutos después, el sonido inequívoco de alguien masticando.
Me volví en su dirección y lo vi apoyado en la encimera de ladrillo, observándome. Le mantuve la mirada sin decir nada y juro que fueron los minutos más incómodos de toda mi vida.
—¿Qué te hago? —me preguntó cuando se limpió la boca en una servilleta.
Yo contuve a mi ceja derecha, que se moría por levantarse rebelde.
No quise empeorar la situación, ya que, por mucho que me pesase, aún nos quedaba bastante faena por hacer antes de poder perderlo de vista.
Teníamos que acabar cuanto antes y poner rumbo de nuevo a Costa Serena, y se me ocurrió un plan que, aunque escueto, podría funcionar para intentar calmar los ánimos entre nosotros.
—¿Por qué no bajas al súper de la esquina y compras provisiones?
Para mi completo asombro, asintió dócil, cogió las llaves de la entrada y agarró el pomo de la puerta.
—¿Alguna petición especial?
Negué, encogiéndome de hombros.
—Sorpréndeme, Brunito.
Él dejó ir un sonido peculiar, una risa que no encontró su camino habitual hacia la salida. No hubo estallido sonoro ni vibraciones en el aire. En cambio, curvó los labios en una sonrisa y el eco contenido salió en forma de un sutil suspiro nasal que me erizó la piel.
Sus ojos me observaron con complicidad, revelando una cara de él que se había mantenido oculta a los míos.
Fue algo fugaz, pero intenso, unos segundos en silencio que cargaron el aire de una electricidad que se esfumó cuando abrió la puerta y salió, dejando una estela tras su marcha.
—¿Qué demonios ha sido eso? —murmuré con la sorpresa pintada en la cara.
Permanecí parada unos minutos, tratando de descifrar toda aquella situación, y no tardé en caer en la cuenta de que debía aprovechar ese momento a solas para empaquetar el contenido del cajón de mi mesilla.
Si Bruno veía los juguetes que guardaba allí no iba a tardar ni dos segundos en utilizarlo para meterse conmigo y, si eso ocurría, yo terminaría cometiendo un homicidio.
¿Cómo demonios le iba a explicar a su familia que su hijo había encontrado la muerte, asfixiado por un consolador de mi arsenal?
Me eché a reír como una idiota ante aquel pensamiento.