Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 12 Agujero
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Al mal tiempo, buena cama…

brUNO

África conducía de puta madre. Por supuesto, era un dato que no pensaba decir en voz alta, pero debía reconocer que la seguridad que desprendía con aquel volante entre sus manos era acojonante.

Giré la cabeza hacia la ventanilla cuando subió el volumen de la radio y se puso a tararear una canción.

Aún no entendía qué demonios hacía allí con ella en dirección a su exclusivo apartamento en Barcelona.

Le quise echar las culpas a lo que había ocurrido el día anterior: después de lo de Laura, y como no quería tener que dar explicaciones a mis padres, decidí pedir asilo temporal a mi hermana Carolina.

Ella vivía en el apartamento que estaba ubicado en el garaje familiar y que, en sus orígenes, era de mi tía Alicia.

Cuando esta se marchó con mi tío Adriel a vivir a una calle de distancia, Alana lo heredó, aunque también lo dejó libre cuando se instaló con Hans en una casita cerca del camping donde se habían conocido años atrás.

Por herencia, me tendría que haber pertenecido a mí, pero Laura, que no quería vivir con sus padres y tampoco a una pared de distancia de los míos, me convenció para irnos a un piso de alquiler.

Qué idiota fui…

Esa certeza, junto con la sensación de fracaso que sentía en general con mi vida, fue lo que me hizo esconderme allí.

Sabía que Carolina no me haría preguntas y que, si permanecía callado mientras ella estudiaba, no le supondría ningún problema. Sin embargo, me había aburrido tanto durante las horas que pasé allí, en las que incluso dormité, que no dudé en salir tras ella a la hora de la cena.

Y el resto de los acontecimientos fueron la consecuencia de esa decisión.

Así que allí estábamos, subidos en el coche de nueve plazas de mis padres desde hacía varias horas, después de que ellos nos hubiesen hecho una encerrona de las gordas la noche anterior, y rumbo a tierras catalanas.

Para mayor castigo, la velada finalizó con el sermón de mi hermana Alana, que antes de marcharse a su casa me explicó lo mal que lo estaba pasando África con la situación de su madre y la poca falta que le hacía que yo se lo pusiera difícil en aquel viaje.

Una maravilla, vamos.

Le había prometido que me portaría bien siempre que ella también lo hiciese, cosa que, por supuesto, sabía que no ocurriría. África era experta en tocarme las narices a dos manos y solo era cuestión de tiempo que algo nos hiciese estallar a uno de los dos.

Con un poco de suerte, llegaríamos tan cansados tras casi diez horas de viaje que no tendríamos fuerzas ni para discutir.

Cuando aparcamos el coche, y me fijé en el destartalado edificio al que nos dirigíamos, no pude evitar fruncir el ceño y apretar los labios, conteniendo las palabras que se daban de leches por salir de mi boca.

¿Qué demonios era aquello?

La seguí diligente y en silencio, y entramos en el edificio que olía un poco a rancio. Bajamos una escalera eterna como si fuésemos en dirección al sótano y, justo antes de abrir una puerta de color marrón llena de marcas, África se giró hacia mí.

—Ni una palabra —me advirtió muy seria.

Elevé las manos en señal de inocencia y una sonrisa tensa se dibujó en mis labios.

La vi coger aire y girar la llave.

Mis ojos se abrieron de la impresión al ser consciente de que el «exclusivo apartamento» del que nos había hablado la noche anterior no era más que un agujero en la tierra.

Era posible, de hecho, que si excavaba un poco en algunas de sus paredes encontrase circonio.

Además, aquello era tan pequeño que si dabas un par de pasos enérgicos te estampabas contra la pared del frente, y supe que moverse allí iba a parecerse mucho a una partida de Twister en versión extrema.

África parecía tensa cuando soltó las llaves y el bolso en un pequeño mueble atestado de cosas que había junto a la entrada, y no pude evitar fijarme en cómo el suelo crujía a cada paso que daba.

Me quedé en la entrada bloqueando la puerta, con verdadero miedo a que, si la cerraba, muriésemos por la falta de aire. Una sensación de angustia amenazó con utilizarme de cena.

—¿Qué es esto? —no pude evitar preguntarle.

—¿Quieres pasar de una vez? —me espetó dándose la vuelta.

Me tomé mi tiempo en encerrarnos allí dentro y, cuando me interné en lo que a todas luces parecía el salón, me fijé en el par de muebles y en el diminuto sofá desvencijado que lo decoraban.

Fijo que eran más viejos que el edificio en sí.

Elevé las cejas en su dirección.

—Qué acogedor…

África suspiró, se removió la melena de un lado al otro de la cabeza y puso los ojos en blanco, todo a la vez.

—Mira, vamos a dejar clara la situación —comenzó con tono hostil—.

Ninguno de los dos tiene ganas de estar aquí en compañía del otro.

Ninguno de los dos va a comentar nada al respecto del apartamento.

Y ninguno de los dos va a joder al otro durante el tiempo que estemos aquí.

Propongo que nos ignoremos y así esto se hará más llevadero.

Vi complicado eso de ignorarnos, dado lo estrecho del lugar, pero podía intentarlo.

—Me parece bien.

—Bien.

—De puta madre.

—Sí, eso. —Asintió.

Moví la cabeza de arriba abajo, y ambos nos mantuvimos la mirada unos segundos más. Su expresión era tensa y no sé por qué me dio por sonreír. Ante mi mueca, África elevó una ceja en un arco imposible.

Me flipaba cómo podía transmitir tanto sus emociones con un solo gesto.

—¿Hay baño? —pregunté tras carraspear.

—Sí. Esa puerta.

«La única puerta», querría decir.

Me contuve de hacer ningún comentario al respecto y me dirigí allí. Al cerrar tras de mí, y darme la vuelta, casi choqué con el lavabo. Este no tenía ni un solo centímetro libre de botes y cachivaches femeninos, al igual que la estantería que había a mi derecha.

Sin duda alguna, el lugar estaba pensado para desafiar tus habilidades de contorsionista y hacerte llorar de angustia al mismo tiempo.

Y que conste que yo no era especialmente delicado, el piso en el que había vivido con Laura tenía una decoración al más puro estilo setentero, pero aquello era inhumano.

¿Cómo cojones podía vivir África allí?

La ventilación brillaba por su ausencia, las luces vivían en un cortocircuito constante, los muebles parecían sacados de una película de época de bajo presupuesto y la sensación de angustia, con todas las cosas de ella ocupando cada centímetro libre, era asfixiante.

Era como entrar en el diminuto mundo de un cuento escrito con muy mal rollo y una buena dosis de claustrofobia.

Aunque al menos estaba limpio.

Me moví con cuidado allí dentro, como un ninja bien entrenado. Al acabar y salir, África estaba terminando de hacer la cama.

«La cama».

Singular.

Una única cama.

Cerré los ojos y expulsé poco a poco el aire. En algún lugar del universo alguien debía de estar descojonándose de mí.

—Este es mi lado —anunció sin mirarme—. Te toca intentar no desollarte la frente con el gotelé.

—¿No hay otra cama?

La vi enderezarse y girar el cuerpo hacia mí con las aletas de la nariz más abiertas de lo normal.

—Claro. En el ala oeste te he preparado la kingsize [4] . Ahora viene Geoffrey a instalarte, está deshaciendo tus maletas para que no se te arruguen los trajes y camisas de Armani.

Negué intentando contener los labios para que no se curvasen. La tía tenía ingenio, eso había que reconocérselo.

—¿No podrías haber dicho algo de esto ayer cuando mis padres insistieron en que te acompañara?

—¿Y fastidiarte la sorpresa? —Negó con una sonrisa falsa—. Te recuerdo que dije que no hacía falta que vinieras.

—Te recuerdo que yo estaba de acuerdo con eso.

Puso los brazos en jarras apoyando las manos en las caderas, dispuesta a iniciar una guerra verbal.

—Y, entonces, ¿qué demonios haces aquí, capullito?

Resoplé agotado. No solo no quería discutir por habérselo prometido a Alana, es que de verdad no podía con mi alma. Necesitaba dormir.

—¿Podemos dejarlo para mañana? Estoy muerto.

—No tendré esa suerte —murmuró, y yo la fulminé—. Entonces, ¿qué? ¿Dónde va a dormir el señorito? ¿Cama, sofá o felpudo? ¿Te preparo un cuenco con agua por si te da sed?

—Vete a la mierda.