Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 11 Encerrona
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Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer. Él me odiará como siempre, cuando amanezca otra vez…

ÁFRICA

Cuando llegué a casa de los Remo Delgado recé para no tener que cruzarme con el imbécil de Bruno y, aunque era de todo menos creyente, tuve que dar gracias al cielo por haberme concedido una tregua, ya que media hora después él aún no había hecho acto de presencia.

Alana, que fue a casa de mi madre esa misma tarde, ajena al encontronazo que había tenido con su hermano en la pescadería, no dejó de insistir una y otra vez para que acudiese a la casa familiar, y no paró hasta que acepté la invitación.

Al parecer, sus padres estaban muy preocupados por mí y por cómo estaba sobrellevando la situación con mi madre, además de toda la movida de tener que encargarme sola del negocio familiar, por lo que querían que me despejase un rato.

Así de perfecta era esa familia, como para no querer formar parte de ella…

Además, en mi actual estado, yo tampoco supe decir que no a una dosis extra de cariño.

—Emma, Diana, poned la mesa —les dijo Estrella a sus hijas de veinte años, que estaban tiradas en el sofá cada una con la vista fija en su móvil y cuchicheando entre sí.

—Fabi, te toca. —Pasó Emma el testigo a la siguiente hermana en la línea de sucesión, tres años menor que ellas.

—Guille… —Jugueteando con la trenza de su pelo, la aludida llamó al adolescente de catorce años que pululaba a mi alrededor, como un mosquito atraído por la luz.

—Ni de puta coña —murmuró y no tardó en recibir una mirada admonitoria de su padre a la vez que su madre le reñía.

—Esa boca, Guillermo.

El muchacho frunció los labios y buscó con la mirada a Zahara, pero la pequeña de diez años demostró ser mucho más avispada que él, ya que le sacó la lengua y entró en el aseo cerrando tras de sí.

—Pues parece que sí que te ha tocado —le dijo Alana con diversión.

—¡Mamá! ¡Eso no es justo! —se quejó como el niño que aún era, por mucho que él quisiera aparentar más edad—. Les toca a las gemelas.

—Es el ciclo sin fin… —canturreó una de ellas.

—Que lo envuelve todo… —coreó la otra imitando su tono.

—Y, aunque estemos todos, tendrás que pringar… —añadió la primera y se echaron a reír, contagiando al resto.

—¿Cuándo creceréis? —dijo el padre de familia sin ocultar su diversión.

A pesar de sus palabras, el brillo en los ojos dejaba claro el amor que sentía por su familia y la sonrisa que se le escapó me hizo mirarlo embobada.

¿Por qué el mundo estaba tan mal repartido?

Yo sin padre, y ellos con semejante monumento como figura paterna.

—Afri… —No quise prestar atención a la queja de mi amiga. Era obvio que se había percatado de la dirección de mi mirada e incluso era posible que mi baba estuviese esparcida sobre la isla de la cocina, mojándole los codos.

Me fijé en cómo el dueño de mis sueños más húmedos desde tiempos inmemoriales señalaba a su hijo pequeño e intentaba ponerse serio.

—La mesa.

Guille puso los ojos en blanco y, finalmente, terminó obedeciendo.

—Sí, papá.

—¿Cuándo vendrás a casa? —me preguntó el novio de mi amiga abrazándola por la espalda.

—«A casa» —murmuró su suegro—. Si casi vivís aquí.

—Papá… —se quejó su primogénita con diversión y se giró a observarme—. Hans lleva razón, Afri. Cuando vuelvas de Barcelona tienes que venir.

—¿Barcelona? —preguntó Estrella poniendo frente a nosotras una jarra de sangría.

—Tú sí que sabes agasajar a tus invitados, mamá Remo.

La matriarca me sonrió y se apoyó en la encimera, esperando mi respuesta. Me salvé por el sonido que hicieron varias cerraduras al abrirse, las de la puerta que conectaba el apartamento que había ubicado en el garaje y que ocupaba Carolina desde que cumplió la mayoría de edad hacía cuatro años.

—Necesito glucosa —fue todo lo que dijo cuando se unió a nosotros.

Aunque no fue eso lo que captó mi atención, sino el cuerpo que caminaba tras ella.

Esos vaqueros desgastados y cortos, la camiseta blanca y su indómita cabeza rubia, acompañaban a un Bruno algo cabizbajo.

—Mierda —murmuré, y pude sentir cómo Alana me dirigió una mirada, y yo me concentré en exterminar las diminutas gotas de transpiración que había en mi vaso.

—La familia al completo —anunció el novio de mi amiga a la vez que yo cogía aire.

Se me acabó la racha de suerte.

—Entonces, ¿está mejor tu madre? —retomó el tema Estrella dirigiéndose a mí.

—Bueno, no mucho. —Ella frunció el ceño, y me vi obligada a ampliar la información—. Sigue dolorida y, a pesar de que no puede hacer casi nada sola, es una cabezota y se empeña en intentarlo todos los días.

Un sonido, mezcla de aspiración de aire y de risa, me hizo fulminar a Bruno con la mirada.

—¿Vas a irte a Barcelona? —insistió la madre de mi amiga, confundida.

Tardé un par de segundos en retomar el contacto visual con ella, ya que intentaba asesinar a su hijo mayor, utilizando toda la fuerza de mis iris, sin demasiado éxito.

—Va a ir a recoger sus cosas este fin de semana —aclaró Alana echándome una mano en aquella especie de interrogatorio al que estaba siendo sometida.

—El exclusivo apartamento donde vivo está muy cotizado y lo voy a dejar libre, no me parece justo que mi casera lo tenga cerrado y que otras personas no puedan disfrutarlo —respondí adornando un poco la verdad.

Solo un poco.

—¿Vas a ir tú sola? —preguntó Fede con el ceño fruncido.

Asentí y me encogí de hombros componiendo una mueca angelical.

—Sí. A menos que tú, como la figura más parecida a un padre que he conocido nunca, quieras acompañarme. La verdad es que me vendría genial que alguien me echase una manita. O dos.

Hans soltó una carcajada. Sin duda había captado la doble intención de mis palabras y parecía asombrado por mi descaro.

No lo culpé, todavía no me conocía demasiado.

—África, por lo que más quieras —se quejó Alana.

—¿Qué?

—¡Yo voy!

—Tú no vas —sentenció Estrella tras la oferta de su hijo Guille y después fijó de nuevo sus ojos en mí—. ¿Cómo irás?

—En coche. Alquilaré uno grande o una furgoneta mañana en el aeropuerto, la de mi madre no está para tantos kilómetros.

Observé con curiosidad cómo el matrimonio se dirigió una mirada, y no me pasó desapercibida la conversación silenciosa que parecieron mantener.

Debían de haberse vuelto expertos en aquel extraño arte gracias a todos los años de práctica y a tener ocho hijos, porque unos segundos después ambos sonrieron al tiempo que a mí se me erizó el vello de los brazos.

—Tenemos una idea mejor.

—¿Cuál? —pregunté con cautela. Por algún motivo que desconocía, la situación no me estaba gustando ni un pelo.

Y, a pesar de que la casa estaba llena de gente, algo intrínseco en una familia tan grande, de repente me di cuenta de que la mayoría de los hijos se habían dispersado por la planta baja.

Deduje que debía de haberle prestado más atención a mis instintos más básicos de supervivencia, pues, si los cachorros huían con el único fin de pasar desapercibidos, yo tendría que haberlos imitado.

Por desgracia, no fui lo suficientemente rápida.

—Bruno irá contigo.

El sonido inequívoco de una tos por atragantamiento llegó hasta nosotros y me fijé en la cara desencajada que se asomaba por la puerta abierta del frigorífico.

Aquella expresión horrorizada debía de ser un fiel reflejo de la mía.

—¡¿Qué?! —graznó Bruno secándose la barbilla con el dorso de la mano. Por extraño que pudiera parecer, se había mantenido callado hasta entonces—. Yo no.

—Él no —secundé.

—¿Por qué no? Es perfecto. —Fede me sonrió como el que ha encontrado la solución infalible al problema del hambre en el tercer mundo—. Tú misma has dicho que te vendría bien la ayuda, y él no tiene nada mejor que hacer.

—¡Papá!

—Además —añadió Estrella apoyando el discurso de su marido e ignorando vilmente la queja de su hijo—. Así no tendrás que hacer tantos kilómetros tú sola, os iréis turnando.

—Incluso podéis llevaros nuestra furgoneta. —Miró a su mujer y frunció el ceño—. ¿Tenemos algo este fin de semana?

—Nada que implique coger el coche.

—Nada que implique coger el coche —repitió dirigiéndose a nosotros con una sonrisa.

Cualquiera que no los conociera podría pensar que, con tanta insistencia, querían quitarse de en medio a su hijo. ¿Es que estaban hasta las narices de él y por eso me lo endosaban a mí? ¿Era eso?

Qué suerte la mía…

—También pueden coger nuestra cámper, ¿verdad, mädchen ? —añadió Hans desde el salón.

—Claro. —Nos llegó la voz de Alana, su «muchacha», en la lejanía.

—Yo me puedo unir a ellos —añadió Guille—. África se va a morir de aburrimiento si alguien no le da buena conversación, y ya sabemos que Bruno no es el hijo más interesante de la familia.

El aludido dejó ir una risa incrédula y no pude evitar fijarme en cómo rodó los ojos hacia el techo antes de soltar una réplica.

—Siempre tan preocupado por el entretenimiento de los demás, hermanito… Y ¿con qué tienes pensado distraerla? Estoy seguro de que le encantaría escuchar tu historia sobre el monstruo que hay debajo de tu cama. ¿Sigue viviendo allí o ya se ha cansado de tu peste a pies?

Alcé una ceja, divertida, en dirección al adolescente, que escrutó a su hermano mayor con los labios fruncidos y mirada asesina.

—Parad… —advirtió su padre.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Bruno fingiendo no recordar—. ¿Don Flufi?

—¡Míster Flufi! —añadió Diana desde el salón.

Intenté contener una carcajada cuando Guille agarró una jarra de agua para llevarla a la mesa y murmuró un insulto bastante original dirigido a su hermano.

Este le sonrió e hizo una reverencia.

Fue entonces cuando me di cuenta de cómo Bruno se había ido desplazando hasta quedar a mi derecha, justo al otro lado de la isla de la cocina, como si sus padres y nosotros fuésemos dos bandos opuestos en una inesperada guerra.

Ellos nos miraron y realmente sentí que lo éramos.

Tragué saliva y negué con una sonrisa forzada.

—No hace falta que nadie me acompañe, de verdad. —Me giré hasta quedar de frente a Bruno—. No tienes que venir.

«Ni se te ocurra venir», le dije en silencio sosteniéndole la mirada.

—Genial.

—Bruno… —El tono de su madre sonó a amenaza velada.

—Bueno, hijo, si al final estás libre nos vendrá genial que nos eches una mano en el centro de entrenamiento. Hemos pensado en reubicar de nuevo algunas máquinas, ¿verdad, Müller? Además, tu hermana está terminando de diseñar la nueva zona para el yoga —añadió su padre en tono despreocupado.

Él cerró durante unos segundos los párpados y cogió aire.

Esperé impaciente a ver qué clase de excusa enrevesada inventaba para salir de semejantes encerronas.

Desde pequeño siempre tuvo un don especial para escaquearse de los mandatos de sus padres, así que di por hecho que tan solo estaría ideando su plan de huida, pero cuando enfocó sus ojos en mí y me fijé en la determinación que destilaba su mirada, en su mandíbula apretada y en sus manos cerradas en dos puños, mis músculos se contrajeron de anticipación.

—¿A qué hora nos vamos, arpía?