10 Empezar de cero #2
—Pero yo no. —Sus cejas se juntaron—. No quiero vivir las mismas cosas.
No voy a volver a ser la segunda opción de nadie.
Tampoco quiero tener que elegir entre mi familia y tú ni voy a quedarme como un gilipollas en la habitación mientras tú te montas una buena fiesta con tus colegas en el salón y os hartáis de fumar porros día sí y día también.
No. No voy a volver a pasar por eso y, seamos sinceros, tú no vas a dejar de hacer esas cosas por mí.
—Y ¿cómo lo sabes? ¿Es que acaso no te importa ni te dice nada que me haya arrastrado como una idiota para pedirte perdón? —me preguntó a la defensiva y aquel tono que conocía de sobra volvió a ella, enfriando su mirada.
Me cabreé.
Me cabreé mucho por su reproche y lo solté todo. Quizá para hacerle daño o puede que para hacérmelo a mí y así terminar de darme cuenta de la persona que tenía delante, simplemente, no pude contener la lengua.
—Sí, lo has hecho, aunque también te has follado a Jotha en la misma cama en la que dormíamos tú y yo, dos días después de haberme ido. Llámame loco, pero me parece que eso pesa un poquito más que haberte arrastrado. Dime una cosa, ¿te dio tiempo a cambiar las sábanas al menos?
Su cara mutó y se quedó sumida en un silencio absoluto. Su rostro pasó del rojo encendido al blanco ceniciento.
No, Laura no se esperaba que yo supiese eso y pude ver cómo su mente maquinaba alrededor de quién podría haberme dado aquella valiosa información. Lo que no se imaginaba era que el culpable fuese el mismo que se había metido en su cama y en su cuerpo.
El muy hijo de puta no dio tiempo ni a que se le bajase del todo antes de hacerme un resumen detallado de lo que habían hecho y de cómo ella había hablado de mí, dejándome en bastante mal lugar.
—Estaba fatal, Bruno —se excusó—. Vino a casa, nos colocamos y… una cosa llevó a la otra. No pensé en lo que hacía, te lo juro.
Solté una carcajada seca.
—¿Esa es toda tu explicación? ¿Que estabas muy mal y fumada, y por eso te lo tiraste?
—le reproché con una mueca incrédula. Anduve dos pasos y retrocedí abriendo los brazos—.
¿De verdad tengo que creer que lo sientes y que te arrepientes, si en cuanto me he dado la vuelta has dejado que te folle?
Jotha lleva mucho tiempo detrás de ti, no intentes hacerme ver que no te dabas cuenta o le eches la culpa a los porros.
Ella no lo negó.
—Jamás he hecho nada con él cuando estaba contigo.
—¡Hombre! ¡Gracias! —ironicé—. Es un triste consuelo saberlo.
—Bruno, por favor.
Apreté los labios y retrocedí cuando intentó acercarse a mí de nuevo.
—No.
Laura se mordió el labio y, a la desesperada, dejó escapar un par de lágrimas. No permití que aquello me conmoviera ni tampoco el tono dulce que utilizó para hablar de nuevo.
—Cari, entiendo que estés celoso y sé que lo he hecho mal, pero ¿por qué no vamos poco a poco? Podemos empezar de cero. Vuelve a casa y démonos una nueva oportunidad —me propuso, y la miré alucinado.
¿Qué narices me estaba pidiendo? ¿Volver allí? ¿Con ella? ¿Después de haberse cachondeado de mí con su amigo metido en sus bragas?
Ni de puta coña.
Y, además, ¿por qué tanto empeño en recuperarme?
—¿Empezar de cero?
—Sí, cari. Y podemos intentar algo diferente esta vez.
Sé que nos queremos, solo que quizá nos falte algo.
Llevamos toda una vida juntos y puede que no habernos acostado nunca con otras personas nos esté jugando una mala pasada.
No sé… —Incliné la cabeza como si no entendiese del todo lo que quería decir con sus palabras—.
Es posible que esa sea la raíz del problema y, además, después de lo que ha pasado con Jotha, no sería justo que tú no probases otras cosas también.
—¿Qué cojones estás diciendo, Laura? ¿Qué coño significa probar otras cosas?
—Puede que nos funcione tener una relación abierta, así podríamos poner en valor lo que tenemos y, a la vez, no perdernos el uno al otro.
Abrí los ojos y la miré totalmente alucinado mientras intentaba acallar a la voz de mi conciencia, que rebatía algunas de sus palabras con información que solo conocía yo.
No entendía su insistencia hasta que algo hizo clic en mi cerebro y una teoría se abrió paso en mi mente.
—¿Qué te has fumado? —Negué sin dar crédito a nada de aquello.
—Cari, te hablo en serio…
—Vamos a ver, Laura. Tú de verdad crees que yo soy gilipollas, ¿no?
—No digas eso, cari.
Solté una carcajada y luego otra más, y otra.
Aquello no podía estar pasándome a mí.
—Lo primero, deja de llamarme «cari», por favor. Y, después, ¿a qué mierda viene esto? Estoy flipando. ¿Es por el piso? ¿No quieres irte de nuevo con tus padres y ahora que los míos no nos van a ayudar con el alquiler te has dado cuenta de que no te quedan muchas opciones?
—¿Qué? ¡No! —dijo demasiado rápido para creerla—. No es por eso. Es que te quiero y no quiero perderte.
—¿Me quieres y me propones que follemos con otras personas? —Extendí los brazos con las palmas hacia arriba—. Hazlo. Ya no tienes que aguantarte más las ganas. Puedes hacer lo que quieras, Laura. Con Jotha y con el jodido pueblo entero si quieres.
—¿Y tú? ¿Y nosotros?
—Ya no hay un «nosotros». Lo poco que quedaba lo acabas de pisotear con esa propuesta —contesté rotundo—. No voy a volver a casa. No voy a empezar de cero nada. Y llámame tradicional, pero una relación abierta no es el concepto que yo tengo de amar a otra persona.
—Cari…
—Ni «cari» ni mierdas.
—Bruno… —me llamó en tono desesperado, y yo abrí la puerta.
—Adiós, Laura. Que te vaya bien.
Salí de allí sin dar crédito a nada y más consciente que nunca de que, en verdad, se había acabado. De lo que no me percaté fue de lo que se me venía encima con la fuerza de un jodido huracán, aunque pronto iba a enterarme de lo que tenía preparado el destino para mí.
Si en algún momento pensé que aquello era lo más surrealista que me había pasado nunca, estaba del todo equivocado.