10 Empezar de cero
Tu gran talento es mentirme. El mío, fingir que te creo
brUNO
Salí confuso de la pescadería y tardé unos minutos en echar a andar. Había observado la persiana mientras bajaba y me quedé mirándola como un gilipollas unos minutos más, intentando encontrar en ella las respuestas a lo que acababa de ocurrir.
¿Me había pasado con África?
No. No dije nada diferente a lo de otras veces, y en ninguna de las anteriores ocasiones en las que nos cruzamos ella se había puesto así, como si quisiera lanzarme un cuchillo a la cabeza. No era nada que África no pudiese soportar… ¿Qué demonios le pasaba?
Bueno, y ¿qué más daba? Tampoco era como si quisiera disculparme, ¿no?
Moví la cabeza al mismo tiempo que soltaba el aire y comencé a caminar, entendiendo que ella no iba a salir de allí en breve.
Estaba girando la esquina, repasando una vez más nuestra breve conversación, cuando una voz me trajo al presente.
—Hola, cari.
Me detuve y levanté la cabeza. La figura femenina frente a mí me observaba con una sonrisa entristecida.
Cogí aire un par de veces antes de responder.
—Hola.
—¿Qué tal? —se interesó.
En serio, ¿no había algún tipo de norma que marcase el tiempo en el que no debías volver a ver a tu ex después de romper?
Me quedé en silencio observándola, intentando digerir lo que había pasado unos minutos antes con África y sin entender qué narices hacía allí en aquel momento frente a Laura.
La mañana estaba siendo rara de cojones.
Tras unos segundos de silencio incómodo, finalmente le respondí con voz tensa.
—Estoy bien, ¿y tú? ¿Qué haces aquí?
Laura frunció el ceño, como si mi pregunta o el tono utilizado la hubiesen pillado por sorpresa.
—Eh… —titubeó—. ¿Podemos hablar?
Mi mente era un puto enredo de pensamientos y negué con la cabeza, desconfiado.
—¿De qué?
—De nosotros —aclaró con voz suave y apenada—. Sé que no reaccioné demasiado bien el otro día y me arrepiento de lo que ocurrió.
Tragué saliva sintiendo un nudo en la garganta al recordar la forma en la que me habló y lo poco que le importó que me fuese del piso. ¿De verdad se arrepentía? ¿De qué exactamente? ¿De lo que había ocurrido unas noches atrás o de todo lo que veníamos arrastrando desde hacía bastante tiempo?
—No creo que…
—¿Podemos ir a casa? —me pidió apoyándome una mano en el antebrazo—. Por favor, cari. Nos lo debemos. Nos debemos hablar como dos personas adultas.
Su tono de voz y el contacto con su piel me hicieron flaquear y, antes de poder darme cuenta de lo que hacía, asentí y nos dirigimos al piso.
Durante el corto trayecto en coche apenas nos dirigimos la palabra, el ambiente estaba cargado y lo sentía pesado al inspirar. El simple hecho de estar cerca de Laura me hacía sentir incómodo y nervioso, pero al mismo tiempo notaba un extraño cosquilleo en el estómago.
¿Cómo podía ser que después de todo lo ocurrido entre nosotros, aún despertase algo así en mí?
Llegamos y cerré la puerta tras de mí sintiendo cómo la tensión se palpaba en el ambiente. Laura se adentró en el salón y se sentó en el sofá, uniendo las manos en su regazo a la vez que jugueteaba con los dedos. Parecía nerviosa y aquello me desconcertó.
Me acerqué un poco a ella, aunque mantuve una distancia prudencial. Me quedé allí de pie sin saber realmente qué hacer.
Mi mente comenzó a repasar todas las razones por las que nuestra relación había fracasado, la cantidad de errores que ambos habíamos cometido siendo conscientes de ello y, antes de poder decir nada, ella se levantó y se me acercó.
No titubeó cuando invadió mi espacio personal, y su mirada, cargada de cariño, me transportó a tiempos mejores.
—Bruno, lo siento mucho —murmuró.
—Laura, creo que la…
—De verdad que lo siento —me interrumpió con ímpetu. Yo tenía las manos a cada lado de mi cuerpo y me mantenía inmóvil—. No debería haberte tratado así. Sé que te hice daño y me arrepiento un montón. Lo siento. Lo siento mucho.
Me quedé sin palabras cuando me acarició la mejilla.
Sentí su piel suave y cálida contra la mía, y su olor me envolvió dándome la bienvenida. Un hormigueo en el estómago me transportó a aquellos días en los que sabíamos hacerlo bien.
Me pregunté cuándo empezamos a echar a perder todo lo bonito que teníamos, lo que nos hizo enamorarnos siendo dos niños, y cerré los ojos durante unos segundos al sentir sus dedos acariciar mis labios.
—Laura… —rogué.
Supe que estaba empezando a perder las fuerzas.
—Lo siento —susurró una vez más y, al abrirlos de nuevo, me di cuenta de lo cerca que estaba, de la poca distancia que separaban nuestros labios.
Me fijé en ellos y en cómo se movían al dejar salir aquella disculpa que parecía sincera, en su forma dulce y redondeada que conocía tan bien—.
Lo siento, cari. Te he echado mucho de menos y siento de verdad hab…
Sin pensar realmente en lo que hacía, agaché la cabeza y uní mi boca a la de ella, acallándola y dejando que todas las emociones que me habían abandonado durante esos días regresaran y salieran a la superficie.
Laura se quedó una milésima de segundo parada, aunque no tardó en profundizar el beso. Acercó las manos a mi nuca, enredó los dedos en mi pelo, atrayéndome hasta ella, y todo pareció encajar cuando la elevé y me envolvió las caderas con sus piernas.
Nuestros cuerpos se conocían, y el mundo entero desapareció a nuestro alrededor en el momento en el que le introduje la lengua en la boca con un gruñido encendido.
Ella me tironeó del pelo, se hizo con las riendas de la situación y me movió la cabeza a su antojo, saqueándome la boca.
No me opuse, tan solo me dejé llevar por el momento y, cuando unos minutos después me separé unos milímetros para tomar aire, Laura aprovechó para hablar con una sonrisa de triunfo.
—Hemos sido dos capullitos.
Y fue esa última palabra, ese insulto simple, pero poderoso y que no le pertenecía, el que me hizo darme cuenta de lo que estaba haciendo, de lo que estaba permitiendo que pasase, y también lo que trajo a mi memoria otros labios más gruesos y perfectamente pintados que siempre destilaban veneno cuando se dirigían a mí.
Unos labios que yo me había muerto por besar durante mucho tiempo en el pasado.
Y visualicé el rostro de África, contorsionado por el dolor, justo antes de darse la vuelta y echarme del establecimiento hacía tan solo un rato.
Mi espalda se tensó y me detuve cuando su imagen lo invadió todo.
En el fondo sabía que estaba cometiendo un gran error con Laura, y no por África, ya que en nuestra relación hacía tiempo que no tenía cabida, sino porque no podía dejarme llevar por el recuerdo de algo que fue y ya no era.
Tan solo tenía que parar un segundo para aclarar mi embotada mente y darme cuenta de lo que estaba haciendo, pues, a pesar de que mis inicios con Laura fueron la hostia de bonitos, no podía olvidar cómo las cosas se habían ido yendo a la mierda poco a poco, hasta que no quedaba nada a lo que agarrarse.
Y ella, que me conocía de sobra y debía de intuir la dirección de mis pensamientos, intentó besarme de nuevo con desesperación.
—Laura, para. —No se detuvo—. Para, por favor.
La solté, y me miró contrariada cuando tuvo ambos pies apoyados en el suelo.
—¿Qué pasa, cari?
—Esto es un error.
Frunció el ceño.
—¿El qué? ¿Estar conmigo es un error? ¿Que te pida perdón e intentemos arreglar las cosas es un error? ¿Yo soy un error? —me preguntó y durante un segundo me pareció ver cómo sus ojos echaban chispas—. ¿Qué es un error, Bruno?
—Todo —sinteticé.
Negó incrédula y la vi abrir la boca en dos ocasiones buscando las palabras adecuadas. Su pequeño cuerpo parecía mantenerse en tensión mientras me observaba. Me fijé en cómo cerraba los ojos y se le hinchaba el pecho con una gran inspiración.
—No digas eso, por favor —me rogó, e intenté no ablandarme por su tono, aunque me costó lo mío—. Me he pasado toda la mañana en la puerta de la casa de tus padres esperando para verte salir y poder hablar contigo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué no has llamado? Te habrían abierto y dejado pasar.
Justo en ese momento fue cuando me percaté de dónde me la había encontrado y, por algún extraño motivo, saber que Laura podría haber sido testigo de mi encuentro con África me molestó.
Me molestó mucho.
—¿Y qué importancia tiene que no haya llamado? Bruno, estoy intentando arreglar las cosas, no lo hagas más difícil, por favor.
Se acercó hasta mí y me pasó las manos por el pecho en una actitud demasiado cariñosa. Mi cuerpo rechazó el contacto y suspiré agotado, pero, cuando me di media vuelta dispuesto a poner distancia, su mano en mi antebrazo me detuvo.
—¿Qué es lo que quieres en realidad, Laura? —le pregunté sintiéndome al límite—. Lo nuestro no se va a arreglar echando un polvo.
—¿Y entonces qué es lo que necesitas? —Los pliegues en su frente se acentuaron mientras no dejaba de mirarme—. Te estoy pidiendo perdón, Bruno. Te he dicho que lo siento mil veces. ¿Qué más quieres? ¿Me hago el harakiri?
Solté una risa incrédula.
—¿Que qué más quiero? —Moví la cabeza a ambos lados—. No quiero nada, Laura. No quiero arreglarlo. No quiero volver a esta misma mierda. Tú y yo nos hemos cargado lo que teníamos y ya no se puede arreglar.
—¡Todo se puede arreglar, cari!
—No —dije rotundo—. No si uno de los dos no está dispuesto.
—Yo lo estoy —corrió a aclarar.
Y ese había sido siempre el problema, que ella era la única que tenía voto en aquella relación, y yo solo iba detrás, aceptando sus decisiones como un perrito faldero, cosa que ya no pensaba hacer más, y menos después de lo que sabía.
Me había costado siete años de relación y una hostia de realidad darme cuenta de aquello, y sí, quizá no había sido demasiado avispado y cualquier otra persona lo habría deducido en menos tiempo, pero aquellas comparaciones no venían al caso.
Lo que sí importaba era que no pensaba pasar más por el aro.