9 Vete
Nadie puede hacerte daño sin tu permiso…, pero ¿y si eres tan imbécil que el daño te lo provocas tú? ¿Y si, en el fondo, sabes que te lo mereces?
ÁFRICA
Un pitido agudo e insistente me taladraba el cerebro y gruñí al girarme. Por poco no me caí de la estrecha cama, aunque pude equilibrarme en el último momento. Abrí un ojo con esfuerzo y me costó unos segundos ubicarme y entender que aquel maldito sonido era la alarma de mi teléfono.
Pese a que era el cuarto día que me levantaba a la misma hora, mi cuerpo aún no se había hecho a la tortura de ponerse en marcha a las cinco de la mañana, y dudaba que lo hiciese en algún momento.
Además, la noche anterior me había acostado tarde haciendo los malditos test para sacarme el carné de manipulador de alimentos que mi madre insistía en que necesitaba.
Maldita burocracia.
Gimoteé al sentarme en la cama y ser consciente del dolor que sentía en las manos.
Me las observé con lástima y negué con la cabeza.
La manicura era inexistente, me dolían las articulaciones de tanto manejar la tijera y los cuchillos en la pescadería, y la piel se me estaba empezando a resecar de tanto usar los guantes.
—Qué desastre —me lamenté haciendo un puchero.
Cuando sonó la segunda alarma que tenía programada por si la primera no conseguía su función, me apresuré a apagarla y me puse en pie.
Estiré la espalda y, con movimientos mecánicos, me aseé y me vestí.
Al mirarme en el espejo y fijarme en las bolsas que se me marcaban bajo los ojos solté una nueva queja y, por más que intenté arreglar el estropicio con algo de maquillaje, no conseguí gran cosa.
Salí de casa tras asegurarme de que mi madre tenía el teléfono en la mesilla por si me necesitaba, me dirigí a la lonja e intenté sobrevivir a la experiencia una vez más, recordando cada consejo que ella me había ido dando.
El lugar era ruidoso y, por supuesto, olía a pescado que tiraba para atrás, aunque mi nariz ya no se horrorizaba tanto por el hedor. Ese hecho, el de que ya no me resultase tan repulsivo como al principio, me hizo sollozar en silencio.
Por nada del mundo quería acostumbrarme a aquella situación y normalizarla.
Un rato después, abrí la pequeña furgoneta de mi madre y metí con esfuerzo los contenedores que había ido apilando en la plataforma del carro y luego me dirigí a la pescadería para dejarlo en la cámara durante el tiempo que tardaría en acercarme de nuevo a la casa.
Mi madre me estaba esperando despierta y con la radio metida bajo la almohada un día más. La mujer llevaba veinticinco años levantándose a la misma hora, y parecía que su reloj biológico no entendía de roturas de hombros y bajas laborales.
—Buenos días. —Me sonrió cuando entré—. ¿Qué tal hoy? ¿Has conseguido buen género?
—Sí. —Me encogí de hombros—. Y todo el mundo ha vuelto a preguntarme cómo estás y cuándo vuelves.
Ella hizo un gesto cargado de cariño e intentó incorporarse. Me apresuré a ayudarla para que no se hiciese daño y, entre las dos, conseguimos que se levantase de la cama.
—África, no hace falta que vuelvas a casa, hija. Bastante haces ya ocupándote de todo. Yo puedo levantarme sola.
Me contuve de contestarle a esa última afirmación, porque no, no podía. No al menos sin hacerse daño en el proceso, pues no hacía ni una semana de su caída y aún estaba bastante dolorida.
Era consciente de que a mi madre le pesaba ser una carga para mí y, aunque había momentos desesperantes en los que me tentaba demasiado la idea de coger la maleta y largarme de allí sin mirar atrás, sabía que en el fondo no sería capaz de hacerle algo así.
—¿Y a dónde quieres que vaya a estas horas? —le rebatí quitándole importancia—. No tengo nada mejor que hacer.
Ella suspiró con pesar.
—Siento que te hayas tenido que ver obligada a esto.
—Mamá, por favor. No empecemos de nuevo con las disculpas. No es culpa tuya, fue un accidente.
—Ni tuya tampoco —me contradijo entrando en el baño—. Y, sin embargo, aquí estás, dejando tu trabajo y tu vida para ayudarme.
Si ella supiera…
Puse los ojos en blanco cuando me quedé al otro lado de la puerta entornada para darle un poco de privacidad.
—Es igual…
No quería que insistiera más en un tema del que apenas sabía nada, cosa que pretendía que continuase siendo así.
—¿Ya has mirado los coches de alquiler para mañana?
—Aún no. —Me observé las uñas y me mordí el labio inferior, escondiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Esta tarde lo haré cuando hable con la vecina y me confirme que se puede quedar contigo.
—Seguro que puede, hija, pero ¿no sería mejor contratar una empresa de mudanzas? —indagó y escuché el sonido del agua correr un momento antes de que abriese la puerta.
—Prefiero hacerlo yo.
Por no mencionar lo que me costaría tal cosa. Por fortuna para mi salud mental, no insistió más.
Había estado posponiendo deliberadamente eso de hablar con su amiga y organizar el viaje, porque me apetecía ir a Barcelona a recoger mis cosas y abandonar el piso de alquiler lo mismo que ponerme a desescamar una trucha.
Con todo, no podía evitarlo durante mucho más tiempo.
Estábamos a jueves, hacía cuatro días que había empezado el mes, yo no había pagado la mensualidad ni tenía intención de hacerlo, y tan solo tenía ese fin de semana para trasladarme antes de que la casera dejase todas mis cosas en la puñetera calle.
Una vez que dejé a mi madre instalada en la planta inferior, me fui a la pescadería y comencé con mi pesadilla laboral.
La jornada resultó bastante movida. Durante la mañana mi teléfono sonó varias veces en el bolsillo trasero de mi pantalón, pero lo ignoré al saber que no se trataba de ella, ya que no era su tono de llamada.
Tan solo pude atenderlo cuando, al quedar unos cuarenta minutos para que diese la hora de cierre, por fin me quedé a solas.
Estiré el cuello entumecido y me quité de malas maneras los guantes, que arrojé al cubo de la basura.
Suspiré a la vez que me dejé caer en el pequeño banquito que había al lado de la caja registradora, con la clara intención de darles una tregua momentánea a mis doloridos riñones, y fue entonces cuando miré las notificaciones.
Marc me había llamado seis malditas veces.
Solté una palabrota y me llevé el teléfono a la oreja devolviéndole la llamada, ya que sabía lo insistente que podía llegar a ser.
—¿Qué? —le espeté cuando descolgó.
—Hola, rubia. ¿Podemos vernos?
Hice rodar mis ojos hacia arriba con un gesto hastiado.
—Pues no.
—¿Dónde estás? —insistió con voz melosa—. Quiero que hablemos.
Sí, ya. Hablar…
Me pregunté si merecía la pena explicarle de nuevo los motivos por los que no pensaba volver a verlo, empezando por el más obvio: que su hijo mayor nos había pillado follando en su despacho, y él me había ofrecido en bandeja como si fuese una puta barata a cambio de su silencio.
Decidí que no merecía la pena el esfuerzo.
—Estoy con un proyecto entre manos fuera de la ciudad.
—¿Cuándo vuelves?
—Nunca.
—Pero…
—Adiós, Marc.
Colgué el teléfono dejándolo con la palabra en la boca y solté el aire en una especie de bufido desesperado.
No sabía si estaba más enfadada con él o conmigo misma, porque, por mucho que me molestase, en el fondo entendía su actitud, ya que esa era la manera en la que había funcionado nuestra relación: él llamaba, y yo acudía.
Él me pagaba con regalos de marca, invitaciones a fiestas y hoteles de lujo, y yo, a cambio, le proporcionaba buen sexo del que no disfrutaba con la ricachona estirada de su mujer.
Y, a pesar de que no era el primer hombre con el que tenía una relación de ese tipo, sí que había sido el único con el que me había sentido la otra; la amante a la que esconder.
Me encapriché de él desde el primer momento en que lo vi en una fiesta a la que acudí con otro tipo con el que me había estado viendo. Yo, que jamás me liaba con hombres comprometidos, me había enamorado de Marc como una idiota y no dudé al hacer una excepción en una de mis normas más absolutas.
¿El resultado? Que no pensaba volver a enamorarme jamás, porque la experiencia le había salido muy cara a mi salud mental y no me compensaba en absoluto.
Y es que en realidad para Marc yo sí que había sido su puta, aunque me hubiese negado a verlo. Así que comprendía lo que había hecho con su primogénito, un tipo de mi misma edad, con un cuerpo bien trabajado en el gimnasio y la nariz más bonita que había visto en mi vida.
No se me pasó por la cabeza ni por un segundo aceptar aquella especie de trato. De hecho, vomité aquella tarde al llegar a casa y comprender que el karma existía, que había ido acumulando faena desde hacía mucho tiempo y, finalmente, estaba pagándome con mi misma moneda.
No obstante, no pude regodearme demasiado en mis miserias, pues, cuando levanté la cabeza en mi improvisado asiento, me di cuenta del par de ojos azules que me observaban con verdadero interés al otro lado del mostrador.
Bruno.
«Me cago en Marc y en toda su descendencia», maldije en mi mente.
La sonrisa socarrona que lucía tras esa barba de varios días, y la manera en la que me escrutaba entretenido, no presagiaron nada bueno, pero a pesar de encogérseme el estómago de anticipación no pude evitar fijarme en su aspecto, más concretamente en su pelo, de ese tono castaño claro salpicado de mechas rubias naturales que caracterizaba a los Remo Delgado.
Lo tenía desordenado y daba la impresión de que acababa de pasarse la mano por encima con desesperación. Vestía una camiseta blanca básica y unos vaqueros cortos gastados que parecían ser su prenda favorita, porque ya se los había visto en otras ocasiones.
¿No tenía más ropa?
—¿Qué quieres? —le pregunté a la defensiva y ese fue mi primer error, ya que acababa de dejar al descubierto uno de mis puntos débiles.
—¿«Un proyecto fuera de la ciudad»? —indagó a su vez con una expresión burlona.
Me di cuenta de que me había convertido en un juego para él, su nuevo pasatiempo al que torturar, porque, tras dejar a la rarita de su novia, no tenía nada mejor que hacer, y me sentí patéticamente vulnerable.
Él, del todo ajeno al caos de mi mente, se apoyó sobre el mostrador esperando una respuesta en una actitud de fingido interés.
—¿No te han enseñado tus padres que es de mala educación escuchar las conversaciones de los mayores, capullito? —Chasqueé la lengua contra el paladar—. Chico malo.
Ante mi tono condescendiente, soltó una risa grave y me miró negando con la cabeza, como si quisiera decirme tantas cosas que no supiera por dónde empezar.
—Eres la hostia.
—Gracias. —Le hice una reverencia, pese a que su tono no había sido halagador, en realidad—. Y ahora, si no has venido a otra cosa más que a dar por culo, ya te puedes ir. Estoy a punto de cerrar.
Hice un gesto con la mano y, un segundo antes de ignorarlo por completo, sus palabras me detuvieron.
—En realidad vengo a comprar.
Me giré hacia él y elevé una ceja.
—¿En serio? —espeté.
—Sí, el pescado es muy sano y nutritivo.
Apreté los dientes ante su comentario e intenté mantener la compostura. Me estaba costando horrores esa mañana.
—Por desgracia, me he quedado sin género. Vas a tener que ir a otro sitio. Adiós.
—¿Sí? —Dirigió la mirada por las cajas de corcho llenas de hielo a nuestra derecha, donde aún había producto sin vender—. Llámame loco, pero juraría que estás intentando echarme.
—Tan avispado como siempre, Brunito.
Su rostro mutó a una expresión dolida durante unas milésimas de segundo, aunque duró tan poco que no supe si realmente me lo habría imaginado.
—¿Qué pasa, arpía? ¿No tienes ni idea de cómo prepararlo y te da vergüenza que te vea?
—Se arrimó un poco más y bajó la voz—. No te preocupes, no le diré a nadie que eres una pobre desesperada que solo sabe chupar del bote.
—Puso especial interés en resaltar la palabra «chupar»—. Será nuestro secretito.
Debía de estar más susceptible de la cuenta por todo lo que llevaba acumulando durante esos días, porque sus palabras me hicieron daño.
El veneno que desprendió al hablar me terminó de noquear.
Hasta aquel momento ese tira y afloja que manteníamos me había parecido divertido y estimulante, incluso me lo había tomado como una forma algo enrevesada de huir de la mierda que tenía encima, pese a no saber de dónde venía tanta hostilidad por su parte.
Y quizá en otro momento le hubiera contestado con alguna pulla siguiéndole el juego, pero la realidad era que estaba superada.
Estaba superada por lo que había ocurrido con Marc.
Estaba superada por haber pensado que regresar a Costa Serena iba a resultarme como un paréntesis del que volver con las pilas cargadas.
Estaba superada por tener que cuidar de mi madre y encargarme de la pescadería.
De levantarme siendo aún de noche y caer rendida en la cama al acabar la tarde.
Y estaba superada porque, en realidad, Bruno había dado en la diana.
Hacía tiempo que me sentía como un parásito hambriento que se vendía a cambio de favores, algo que al principio, desesperada por salir de aquel pueblo y del futuro nada halagüeño que me esperaba, no me había importado en absoluto.
Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo y veía cómo mis amigas prosperaban y yo continuaba estancada en un bucle enfermizo y sin fin, dejó de hacerme tanta gracia.
Enamorarme de un tipo como Marc había sido la gota que colmó el vaso.
Y es que, ¿qué mierda podía ofrecerle a la vida si yo no era nadie, si no tenía nada? ¿De qué podría sentirse orgullosa mi madre si su hija no era más que una ramera?
Así que cuando sentí el conocido picor en los ojos, ese que me acompañaba demasiado en los últimos tiempos, negué con la cabeza, decidida a cortar aquella conversación de raíz, y señalé la puerta con la mano.
—Vete. —Los labios de él se movieron con la intención de hablar—. Sal de aquí inmediatamente, Bruno.
Mi voz sonó fría y sin dobleces.
Él me observó durante unos segundos, y le sostuve la mirada, pese a que en el fondo me sentía a punto de estallar. Recé para que lo dejase estar, para que se diese media vuelta y se fuese por donde había venido.
—África…
No. No podía.
—¡He dicho que largo! —le chillé un segundo antes de que una solitaria lágrima descendiese por mi mejilla.
Me giré justo a tiempo para evitar que la viese y contuve la respiración los segundos que tardó en escucharse el sonido de la puerta. Una vez a solas, accioné el botón de bajada de la persiana.
Me dio igual que aún quedasen unos minutos para la hora exacta de cierre.
Con los hombros temblando, apoyé la espalda en la pared y me dejé caer, resbalando hasta descansar el culo en el suelo.
Poco me importaron en aquel momento la suciedad, el agua que lo cubría y mis pantalones de marca, pues tan solo pude dejarlo salir y echarme a llorar como una niña pequeña, deseando que, junto con las lágrimas, escapasen también parte de mis mierdas.