8 Bandera
La inteligencia me persigue, pero al parecer yo soy más rápido
brUNO
Hacía tres días que dormía en una habitación ridículamente femenina.
Tres días desde que aparecí en la casa de mis padres, cuando casi todos mis hermanos ya estaban en la cama, para pedir asilo temporal.
Tres días en los que ellos me habían dado una tregua y me permitían pegarme las horas pasando del sofá en el salón a la antigua cama de mi hermana Alana, y viceversa.
Pero, por supuesto, aquella misma tarde mi padre decidió que no iba a dejar pasar ni un día más.
—Bruno, ven a echarnos una mano —me llamó desde la puerta de la cocina que daba acceso al jardín.
—Voy…
Suspiré desganado cuando dejé el mando de la televisión en la mesa de centro y me levanté.
—¿Llevas plomo en los bolsillos? —se burló al ver mi poco entusiasmo al andar—. Vamos, hijo. Es para hoy.
—Papá, no me toques los…
—¡Eh! —me amonestó dándome una colleja cuando llegué a su lado. Me quejé y me froté la zona—. Nada de palabrotas en esta casa, ¿recuerdas?
—Recuerdo —recité poniendo los ojos en blanco.
Salimos, y Bella corrió hacia nosotros. A la pobre la tenía demasiado desatendida últimamente, pero ella, fiel como solo un perro podía ser, trotó a mi lado sin echármelo en cara.
Caminamos en silencio por el jardín hasta llegar a la zona donde estaba el centro de entrenamiento, en el que Hans, el novio de mi hermana mayor, estaba esperándonos.
Le di una orden al animal antes de entrar, y se tumbó con docilidad en la entrada.
—He reclutado un par de brazos más, Müller —le dijo mi padre llamándolo por su apellido, y el otro me sonrió con compasión.
—Gracias por prestarte a ayudar, Bruno.
Como si hubiese podido hacer otra cosa.
Me encogí de hombros y asentí en su dirección sin saber realmente qué mierda hacía allí y a qué se suponía que me habían llevado, cosa que ellos no tardaron en aclararme.
Me pusieron a trabajar moviendo unas máquinas que pesaban un huevo y medio, y tuve que admitir que mis músculos no estaban en su mejor momento.
El sudor hizo acto de presencia en un abrir y cerrar de ojos.
—Qué puto calor —me quejé un buen rato después.
—Te veo en baja forma, hijo —canturreó mi padre arrastrando sin demasiado esfuerzo un banco de ejercicios que tenía pinta de pesar una tonelada.
Levanté la cabeza y le dirigí una mirada cargada de intenciones, pero él ni se inmutó—.
Ya sabes que puedes venir al gimnasio cuando quieras, está a tu disposición.
—Dame un respiro, ¿quieres? Acabo de dejarlo con Laura —le rogué.
Obviamente, ignoró mi petición.
—¿Qué piensas hacer con la protectora? ¿Vas a seguir yendo?
Me encogí de hombros en un gesto que dejó clara mi respuesta.
—No lo sé.
—Te la podrías cruzar.
Suspiré.
—Exacto. A ver, puedo evitar los momentos en los que esté por allí… No lo tengo claro todavía.
—Es tiempo de curar heridas —añadió Hans guiñándome un ojo mientras agarraba el otro lado del aparato que yo intentaba desplazar sin demasiado éxito y me ayudaba a trasladarlo.
La verdad es que el tipo me caía bien. Seguía pareciéndome un rarito de cojones con esas pintas de vagabundo reformado, pero era un buen tío y trataba a mi hermana como a una reina.
—Supongo. —Me encogí de hombros.
Como si la hubiese invocado con mi pensamiento, Alana apareció por la puerta con ropa nada apropiada para ir a trabajar y la melena rubia, suelta sobre los hombros, coronada por unas gafas de sol que le hacían de diadema.
—¡Hola! —canturreó—. ¡Anda! Qué bien está quedando.
—¿Te gusta? —le preguntó mi padre observándola con adoración.
Puse los ojos en blanco y, al desviar la vista, vi cómo Hans me sonreía.
—Hola, Bruno. ¿Te hemos fichado para trabajar con nosotros y no me he enterado? ¿No se necesita la aprobación de los tres socios para eso? —bromeó a la vez que me daba un beso en la mejilla.
Al separarse, arrugó la nariz y se quejó por mi sudor.
—Ni de coña voy a trabajar para vosotros.
Soltó una risita y se abrazó a Hans, que la recibió con los brazos abiertos.
Mi padre carraspeó y murmuró una débil queja sobre que estábamos en el trabajo, pero mi hermana lo despachó con una sonrisa y el movimiento de una mano antes de besar a Hans.
Mi progenitor calló de inmediato.
Iba a tener que hablar con ella y que me diese unos cuantos consejos para escaquearme de mi padre con esa misma gracia.
Tan solo quedaban un par de máquinas por ubicar cuando escuché cómo Alana respondía a una pregunta de Hans.
—Lo siento, he quedado con las chicas. Alba y yo vamos a ir a por comida para llevar y cenaremos en casa de África.
Las orejas se me pusieron en alerta al escuchar su nombre. No había vuelto a saber de ella desde la tarde en las rocas y la verdad, pese a la tregua momentánea, deseaba que fuese así durante mucho mucho tiempo.
—Vale —le contestó él.
—Mañana una de sushi y peli los dos solos, ¿te parece? —propuso ella, melosa.
—Suena bien, mädchen .
Dejé de mirarlos cuando se empezaron a morrear, y las manos de Hans abarcaron con disimulo el culo de ella.
Terminé de colocar la pesa sobre el apoyo de la barra y suspiré.
—Ya está —anuncié a mi padre.
—¿Te queda algo de fuerza para ayudarme con un armario de mi despacho? Ahora que Hans me ha dejado solo voy a cambiar algunas cosas de sitio —propuso, y me eché a llorar mentalmente.
Aquello era una puta tortura, pero era lo mínimo que podía hacer después de que me hubiesen acogido de nuevo en su casa sin hacer demasiadas preguntas.
Al mencionar lo del traslado de Hans recordé cómo, el día de la fiesta, Alana le había hecho un regalo que superaba el nivel de frikismo racional hasta para alguien de nuestra familia.
Hans, antes de conocerla, había vivido durante varios años recorriendo el mundo en una furgoneta que tenía hasta nombre propio.
Tiempo después decidió asentarse en Costa Serena con mi hermana, y en ese momento disponía de un centro de mando en las alturas gracias a que ella había movilizado a toda la familia y amigos —y pagado una suma desorbitada de dinero— para crear una plataforma donde colocar la jubilada furgoneta y convertirla en su espacio de trabajo, aislado y especial.
De locos, vamos.
Laura nunca me hizo ni un huevo frito, así que pensar en recibir algo parecido era una absurdez.
—Bruno, ¿me puedes llevar a casa de Afri? —me preguntó mi hermana.
Di gracias al cielo, pues aquella petición me ofrecía una salvación a los maquiavélicos planes de mi padre.
—Sí, claro —contesté sin dudar.
—Recogemos a Alba en quince minutos, ¿vale?
Asentí y me disculpé con él, que frunció los labios y arqueó una ceja. El brillo en sus ojos me dejó claro que aquello no acababa allí y que se lo pasaba pipa torturándome.
Salí rápido, evitando que quisiera exprimir esos últimos segundos con otra petición, y me di prisa en ducharme y vestirme.
Trece minutos después mi hermana mandaba un mensaje de voz a Alba, y esta salía de su casa con el mismo sigilo que si acabase de atracar un banco: con todos los movimientos calculados y sin mirar atrás.
—Creía que no me podría escapar. —Suspiró cuando se dejó caer en el asiento de atrás—. Hola, Bruno. Arranca, por lo que más quieras.
Solté una risa baja, y mi hermana y ella se pusieron a hablar de inmediato mientras yo conducía.
Me concentré en lo que estaba haciendo, estaba tan cansado que el simple acto de agarrar el volante y moverlo me parecía una maldita tortura.
Hicimos una parada para recoger la comida que habían encargado y, cuando volvieron al coche cargadas con varias bolsas que desprendían un olor bastante apetecible, mis tripas rugieron y me recordaron que no había comido demasiado en los últimos días.
—Toma. —Alana me tendió una lata de refresco y un paquete de patatas—. Por hacernos de chófer.
Incliné la cabeza a modo de agradecimiento, y ellas volvieron a sumirse en una conversación sobre sus parejas en la que no pensaba intervenir, porque vivir rodeado de seis hermanas me había hecho aprender técnicas básicas de supervivencia.
Cuando eché el freno de mano en la entrada de la casa de mi peor enemiga, dudé.
Quizá habría sido mejor quedarme ayudando a mi padre, pues, mientras Alba y Alana se despedían de mí y bajaban del coche, no podía dejar de mirar cómo África, que había estado apoyada en el quicio de la puerta de la casa, comenzaba a acercarse a paso lento hasta mi posición.
La tipa estaba subida en unos zapatos que desafiaban a la gravedad, lo cual parecía no importarle. La vi decirles algo a las recién llegadas y fui testigo de cómo estas dos entraban en la casa, dejándome solo ante el peligro.
África me sonrió con los ojos entrecerrados.
—Mierda —murmuré.
Estuve a punto de arrancar y salir de allí quemando ruedas, dejándola con dos palmos de narices en el camino, pero antes de decidirme a hacerlo, ella ya había rodeado el coche y me miraba desde el otro lado de la ventanilla con una ceja alzada.
La bajé, tomándome mi tiempo, y me dirigí a ella con una sonrisa cínica en los labios.
—Hola, arpía. —Busqué con exageración a nuestro alrededor—. ¿Dónde has aparcado la escoba? Ten cuidado no te la vayan a robar.
África soltó el aire por la nariz, divertida con mi saludo, al parecer.
La mueca de mis labios cambió a una de estupefacción al ver lo que hacía.
Acababa de echar mano al bolsillo trasero de su ridículo pantalón corto y de agacharse un poco para quedar a mi altura.
Sin dejar de mirarme fijamente, introdujo la mano por la ventanilla y me tiró un par de billetes de diez euros.
—Gracias por tus servicios, Brunito. No me des el cambio, considéralo una propina por tu actual bajada de bandera.
—Observó de forma intencionada mi entrepierna y su gesto me puso los pelos de punta—.
Date un caprichito para estrenar la soltería.
He oído que hoy hay dos por uno en el club de la carretera que baja a las canteras.
Contuve un gruñido cuando me dirigió una sonrisa angelical y maldije a mi hermana, seguramente habría sido ella la que le había contado lo mío con Laura.
África se irguió y se fue contoneándose hasta la casa. Sin embargo, un segundo antes de entrar, se giró para guiñarme un ojo.
Una vez a solas, solté el bufido que había estado reteniendo y palmeé con brusquedad el volante. Fue justo en ese momento cuando se me vino a la mente la réplica perfecta a su frase, la respuesta que me hubiese hecho ganar ese asalto…
«Demasiado tarde, capullito». Escuché su voz en mi mente, y arranqué con brusquedad.