Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 7 Sobreviviré
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7 Sobreviviré

Tengo la firme creencia de que el guionista de mi vida está borracho

ÁFRICA

Cuando el timbre sonó, en mi mente se produjo una música celestial que me hizo llegar casi levitando hasta la puerta. Por poco me eché a llorar cuando, al abrir, las caras de mis dos mejores amigas me observaron con una sonrisa cariñosa.

—Hola, Afri —me dijo Alana.

—Traemos víveres —añadió Alba con un canturreo, a la vez que se giraba para dejarme ver la mochila que llevaba a su espalda.

Al ponerse de nuevo frente a mí, me fijé en que su camiseta azul marino lucía una mancha blancuzca. Deduje que sería de origen infantil, aunque a ella parecía no importarle lo más mínimo.

—Pasad.

Me hice a un lado, y entraron en el pequeño recibidor, saludaron durante unos minutos a mi madre en el estrecho salón y, después de asegurarme de que la mujer tenía todo lo necesario a su alcance, le dije que estaríamos en mi habitación por si me necesitaba.

Ella asintió con una sonrisa cansada, y me reuní con las chicas en mi dormitorio. Alba ya se había subido a mi cama y desparramaba el contenido de su mochila, con dibujos de animalitos ridículos, sobre mi colchón.

—Recuérdame que te regale uno de mis bolsos.

—¿Por qué? —Me miró extrañada.

—Alba, por favor. —Puse los ojos en blanco—. ¿No te da vergüenza salir sola de casa y llevar esa mochila? No, no contestes. Nada que digas va a poder justificarte, tus hijos están con su padre, no los uses de excusa.

Ella tuvo el descaro de sonreír mientras Alana se reía bajito.

—¿Cómo lo llevas? —me preguntó esta última.

Me desplomé al lado de la madre sin polluelos y me tiré hacia atrás cerrando los ojos en el proceso.

—Esto es una mierda —me sinceré.

—¿Tan malo es? —Sentí el cuerpo de Alana cuando esta se tumbó a mi lado y, al momento siguiente, la presencia de Alba en mi otro costado.

Abrí los ojos solo para corroborar que ambas se habían tumbado de lado y me observaban expectantes.

—Peor. Infinitamente peor que cualquier cosa que podáis imaginar.

—¿Tu madre es mala enferma? —preguntó Alba.

—No. —Me encogí de hombros—. La verdad es que la pobre se queja poco para lo mal que lo debe de estar pasando.

—¿Entonces? —insistió Alana recolocándome un mechón del flequillo tras la oreja—. ¿Qué pasa, Afri? ¿Por qué no nos lo cuentas y te desahogas? Somos nosotras. Tus amigas, el trío de ases. Sabes que no vamos a juzgarte, conocemos tus peores secretos.

No todos, le contesté mentalmente, pero sonreí y, de algún modo, sentí que la tinta del tatuaje que compartíamos las tres me hormigueaba en la piel queriendo decirme algo.

Tardé unos segundos en contestar. Sentirlas ahí, a mi lado, escuchándome y apoyándome en ese momento en el que mi vida era un puto caos, fue más de lo que mis hormonas postregla podían soportar.

Era entre semana y ninguna había dudado en venir a mi encuentro, pese a sus trabajos, parejas, hijos y demás obligaciones, y yo…, yo había echado demasiado de menos a ese par de locas.

Tragué saliva y me aseguré de que las lágrimas que me picaban en los ojos se esfumasen antes de responder.

—Hoy he hablado con mi madre después de salir de su revisión.

El médico ha sido bastante claro, aunque no puedo decir que me sorprenda lo que nos ha dicho.

No va a poder trabajar en varias semanas, puede que incluso meses.

—Me llevé las manos a la cara libre de maquillaje y me froté los ojos—.

No puede tener la pescadería cerrada tanto tiempo, y ahora mismo no tengo nada en Barcelona, por lo que…

—¿Y Marc?

—Marc está casado, Alba —bufé—. Solo era un entretenimiento temporal.

Ya sabía lo que había antes de meterme en esa historia.

Pero ¿eh? He podido sacar este par de tetas bien puestas de él.

Hechas a mi medida y con todo el esmero del que sabe que va a poder catarlas hasta que la historia se acabe, así que ni tan mal.

—¿Y el trabajo? —insistió.

—Digamos que vuelvo a estar en la cola del paro.

—Me encogí de hombros, y mi dulce amiga soltó una palabrota que, por supuesto, había sido modificada para oídos infantiles.

Yo me eché a reír—. Era de esperar, siendo él el dueño de la empresa, en el momento en el que se le acabaron las mamadas debajo de la mesa de su despacho, se me terminó el chollo de ir un par de días a la clínica, no hacer nada y que me pagase un sueldo completo.

—Te gustaba ese trabajo —me recordó Alba.

Alana se mantenía en silencio.

—Ps, sí. Bueno, tampoco es que fuese nada del otro mundo, tan solo le pasaba las llamadas, organizaba sus citas y recibía a los mensajeros.

—No te quites mérito —dijo por fin mi otra amiga, pronunciándose en un tono mordaz—. Lo que le hacías a él también se podía considerar parte de tus funciones.

—Hans te ha espabilado, ¿eh? —la piqué y continué con tono divertido—.

Lo malo es que no podré ponerlo en el currículum, ¿o sí?

«Experta en felaciones desestresantes antes de grandes reuniones de equipo».

Tendré que preguntarle a tu marido, Alba, y que él me aconseje como buen asesor que es.

¿Crees que tendrá un hueco para verme en la gestoría?

Ella me palmeó el brazo y refunfuñó por mi broma.

—¿Cómo estás? —insistió Alana—. Y dinos la verdad. Sabemos que desde hace tiempo algo te pasa, pero no hemos querido insistir.

—Si no hubieses venido tú esta vez, habríamos subido a buscarte —añadió la otra, y las miré alzando una ceja.

Ambas asintieron repetidas veces—. En serio, ya estábamos barajando fechas, y ya lo tenía hablado con mi suegra y mi madre para que ayudasen a Soto con los niños, incluso me estaba sacando leche de más para congelarla y tener provisiones.

Puse cara de asco.

—No hacía falta, chicas —les dije sin querer dejarme llevar de nuevo por la emoción—. Solo estoy pasando una mala época. Quizá me está empezando pronto la crisis de los treinta.

—Calla, que ya tengo tres canas —se lamentó Alba.

—Dejad de decir idioteces —nos riñó Alana—. Si vais a empezar con eso dos años antes de que ocurra, me tiro desde un puente.

—Mejor tírate a tu novio cuarentón, que el resultado seguramente sea más satisfactorio que nadar hecha pedacitos por haber sido carcomida por los peces —gruñí al darme cuenta de mis palabras—. Oh, no. Peces… Ya hablo como una pescadera. Lo siguiente va a ser que me apesten las manos a sardinas.

—Qué asco, Áfri —se quejó Alana.

—Tú has empezado. —Me di impulso y me incorporé en la cama, sentándome con las piernas cruzadas. Ellas me siguieron, y las tres nos quedamos mirando los víveres ante nosotras.

Tras unos segundos en silencio, agarré un paquete de galletas con forma de dinosaurio que sobresalía entre unas cuantas bolsas de gusanitos, y lo examiné por delante y por detrás.

—Chicas, una pregunta. ¿Cuándo hemos pasado de esconder cigarros y botellas de alcohol a semejante despropósito? Me estoy deprimiendo más.

—La de los cigarrillos eras tú. Alana y yo jamás hemos fumado.

—Sí, sois las dos muy sanas —ironicé—, pero bien que os cogíais la borrachera y luego me tocaba a mí acaparar la atención de papá Remo cuando venía a buscarnos para que no notase lo vuestro. —Ambas rieron, y palmeé sus muslos con cariño.

»Gracias, chicas. —Suspiré—. Gracias por estar a mi lado. ¿Vendréis a echarme una mano al trabajo? Empiezo la semana que viene.

Pasaron de mi tono lastimoso. Alana dio un salto, y Alba rodó por la cama.

—Uy, yo tengo muchos entrenamientos…

—Y yo, tres niños y un marido que hace por cinco más… —bromearon las dos haciendo el amago de salir corriendo por la puerta.

Solté una carcajada y les lancé un cojín desde la cama con todas mis fuerzas.

—So putas.