6 Decisión
Colorín colorado, ¿soy lerdo o atontado?
brUNO
Caminé de vuelta a casa mientras Bella correteaba a mi alrededor, ajena a la cantidad de mierda que se acumulaba en mi cabeza.
¿Cómo había sido tan estúpido de darle un respiro a África y, encima, contarle lo de mi pelea con Laura?
Bufé de rabia.
Ese era el problema, que no había pensado en nada; no había recordado… Tan solo actué dejándome llevar por un impulso cuando vi su mirada triste y escuché su voz derrotada.
Estaba hecho una furia, no solo por haber cedido a una tregua con ella, sino por haberme mostrado vulnerable ante la tía más cruel de toda Costa Serena, y ¿qué había ganado con eso? Nada de nada.
Al final iba a ser verdad lo que me decía mi hermana Carolina, solo un año menor que yo, sobre que a veces era un tonto dócil y simplón. Porque sí, definitivamente era como me sentía, como un completo gilipollas.
Con todo aquello dándome vueltas por la cabeza entré en el piso.
En un primer momento no vi a Laura por allí y eso me extrañó, pues la casa no era demasiado grande.
Me dirigí a la cocina para echarle agua a Bella en su cuenco y, al salir, presté atención a los sonidos que salían del baño y di por hecho que se encontraba allí.
La puerta estaba entreabierta y, junto con el eco del agua, me pareció captar un gemido femenino.
Presté atención y, al repetirse, elevé una ceja, confundido.
—Venga ya, hombre —murmuré y empujé con una mano el picaporte.
Los sonidos se intensificaron y me preparé para encontrarla con alguno de sus amigos follando en la ducha.
Sin duda, ese sería el broche de oro para un grandioso día como aquel.
Inspiré hondo y me mentalicé antes de descorrer la cortina. Lo que encontré me hizo fruncir el ceño.
Laura, sentada sobre el borde de la bañera, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra la pared de pequeñas baldosas, metía y sacaba lo que parecía un consolador de color celeste en su cuerpo; uno que yo no había visto en mi vida, para más detalles.
Ella no se había dado cuenta de que estaba allí. Lógico, andaba entretenida en empalarse una y otra vez con aquel trozo de plástico inanimado, y me quedé allí unos segundos, mirándola fijamente y sintiendo una mezcla de emociones.
¿De verdad llevábamos un siglo sin echar un jodido polvo, y ella se follaba a una polla de goma en la ducha?
Con la sangre hirviéndome en las venas, y sabiendo que no andaba muy lejos de terminar, hablé:
—¿Se han alineado las estrellas y no podías esperar a que volviera?
Su pequeño cuerpo dio un salto en su asiento improvisado y me miró con los ojos muy abiertos.
—¡Joder! —gritó—. Qué puto susto, Bruno.
Me fijé en la longitud de lo que acababa de sacar de su interior y me tocó las narices sentirme ridículo en comparación.
—¿En serio, Laura?
—¿Qué quieres? —se quejó a la defensiva—. Tú también lo haces.
Negué cabreado y no me sentí culpable al saber que llevaba razón. ¿De verdad pretendía que no me matase a pajas si llevábamos casi dos meses sin acostarnos?
Era de locos, ni mis padres, que llevaban casi treinta años juntos, tenían esa triste vida sexual. ¡Que teníamos veintitrés años, coño!
—¡Claro que lo hago, pero yo no soy el que siempre pone excusas para no follar, Laura!
—Sal del baño —me dijo con frialdad.
—No. Contéstame.
—¿A qué? —chilló y puso los brazos en jarras, encarándome tal y como su madre la había traído al mundo, con sus gloriosas tetas bien a la vista. Me obligué a centrar la atención en su cara y a hacer oídos sordos a la reacción natural de mi cuerpo—. ¿A qué quieres que te conteste, Bruno?
Eso, ¿qué más quería? ¿Qué otra explicación me hacía falta para entender las señales?
No supe por qué elegí ese día para armarme de valor y dar el paso que había estado evitando durante demasiado tiempo; quizá el hecho de no haberme sentido roto al imaginarla allí dentro con otro había tenido que ver.
Puede que la forma en la que habíamos ido cambiando conforme madurábamos se hubiese vuelto incompatible o que ese paraíso que había mencionado África tan solo fuera un espejismo.
Negué con la cabeza antes de hablar con voz firme:
—Esto no funciona.
—¿Qué? —Me miró incrédula—. ¿Hablas en serio? ¿«Esto no funciona» porque me has encontrado tocándome en la ducha?
—Sabes que no es por eso.
—¿Ya te ha comido la cabeza tu familia?
Solté una palabrota, y frunció los labios. Me entraron ganas de darme de hostias en la frente con la polla artificial que Laura agarraba en la mano derecha como si fuese su mayor tesoro.
Ya no me quedaba ninguna duda: era gilipollas. Gilipollas y ciego como un maldito topo.
—No metas a mi familia en esto.
—¿Cómo no voy a hacerlo? —preguntó sin levantar la voz—. Tu familia siempre está por todas partes. En cada lugar. Y estoy segura de que ayer, cuando me fui, no tardaron demasiado en lavarte el cerebro.
—¿De qué mierda hablas? —le gruñí—. Mis padres siempre se han portado bien contigo.
—Tampoco es como si les quedase otra alternativa —contestó a la vez que, por fin, soltó el consolador en el borde de la bañera, se metió bajo el agua y se enjuagó el pelo—. Bruno, cariño, sé cómo me miran y no es la primera vez que escucho algún comentario de tus hermanos.
—Eso no es verdad.
—Vale. —Se encogió de hombros sin darle mayor importancia, como si aquella no fuese la conversación más adulta que habíamos tenido en meses. La más importante hasta el momento—. Piensa lo que quieras.
Aquello fue la gota que colmó mi vaso.
La observé muy serio, más que nunca antes.
Llevaba años con ella; años en los que la había elegido por encima de todas las personas a mi alrededor y puesto por delante sin dudarlo.
Siete jodidos años colocándola en primer lugar porque sabía que no estaba cómoda entre ellos, pese a que ninguno le había demostrado que no fuese bien recibida.
Que hablase así de ellos, con tanta ligereza…
Era mi familia, la misma que nos había apoyado cuando nos fuimos a vivir juntos, ayudándonos económicamente con el alquiler y con todo lo que nos hiciese falta; las mismas personas que siempre tenían sonrisas amables para ella, aunque no supiera apreciarlas.
—Jamás —comencé a decir con una voz firme y decidida—.
Jamás he metido a ninguno de ellos entre nosotros.
Nunca he permitido que mi familia interfiriera en nuestra relación, y sabes que es verdad.
Sabes que nunca te he presionado para que los veas.
Sabes que me he quedado contigo muchas veces porque no te apetecía ir a fiestas y barbacoas.
Y lo he hecho por ti, porque te quiero y porque no quería obligarte a hacer algo que no te apeteciese, que no te nacía.
¿De verdad estás intentando culparlos de lo que pasa entre nosotros desde hace meses?
—Y ¿qué pasa entre nosotros?
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
¿De verdad iba a intentar hacerme ver que aquello eran imaginaciones mías? ¿Que la mierda que arrastrábamos no existía? Los dos nos estábamos agarrando a algo que iba a terminar hundiéndose y ahogándonos con ello.
—¿Para qué cojones quieres estar conmigo, Laura?
—Porque te quiero, obvio.
—¿Sí? —Solté una risa grave e incrédula—. Pues no lo demuestras mucho últimamente. Antepones a tus amigos. Me culpas por todo o me ignoras, según te dé. Apenas pasamos tiempo juntos y, encima, no quieres ni que te roce…
Había ido cogiendo carrerilla conforme hablaba y las últimas palabras me dejaron sin aliento. Ella, con calma, salió de la ducha y, cogiendo la toalla, intentó acercarse a mí.
Me aparté antes de que pudiera tocarme.
—Vale, cari. Entiendo que estés cabreado porque ayer me fui de la fiesta y no volví —comenzó a decir—. Lo entiendo. Entiendo que te molestase que me viniese a casa y que esta gente se quedase a dormir. Lo siento, ¿vale? Pero ¿podemos dejar ya el tema? Por favor, estoy cansada.
Vi cómo salía del baño sin creerme lo que estaba diciendo. La seguí hasta el dormitorio y me quedé en la puerta, sin saber bien qué añadir. ¿Había escuchado algo de lo que le había dicho? ¿O es que todo le importaba una mierda?
—Laura.
—¿Qué? —me preguntó sin mirarme.
—Laura —insistí, y ella soltó la toalla de malas maneras.
—En serio, ¿podemos acabar ya con esta conversación? Hemos quedado para cenar y vamos a llegar tarde.
Solté un bufido incrédulo.
—¿Cenar? —Negué con la cabeza con gesto alucinado—. ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?
Por fin pareció reaccionar y me dirigió una mirada encendida.
—Lo he escuchado perfectamente, y ¿sabes lo que pienso? Que este numerito sobra, de verdad. No se va a acabar el mundo porque me hayas pillado corriéndome en la ducha.
—¡Es que no se trata de eso, joder! —bramé abriendo los brazos, y ella frunció el ceño—.
No podemos seguir así, con estas peleas continuas, sintiéndome como si siempre hiciese algo mal y que, encima, nunca te apetezca que te toque, pero luego te encuentre así en la ducha —le dije enfadado como pocas veces—.
Esto no es ninguna historia rara porque esté cabreado por lo del baño.
Es por todo, Laura. Es que, si quieres estar conmigo y quieres que esto funcione, tienes que tenerme en cuenta y tienes que aceptar cómo soy y de dónde vengo.
Quiero que mi familia forme parte de mi vida, y no solo para servirnos de banco.
No es la primera vez que discutimos por esto, y lo sabes.
—Lo sé —contestó a la defensiva, y yo escupí mis siguientes palabras.
—Si no puedes entender eso… Si te da igual y lo único que te importa es llegar tarde a cenar con tus putos colegas, entonces deberíamos darnos un tiempo para replantearnos nuestra relación.
En sus ojos no vi ni un poco de tristeza o incertidumbre en ellos, tan solo una fría calma que me terminó de congelar el corazón.
Cuando, media hora después, llamé con los nudillos a la puerta de la casa de mis padres, con una mochila al hombro y Bella al otro lado de la correa, me sentí un poco fracasado, pero un fracasado que, por una vez en su vida, había hecho lo que quería.
Y me dolía, sí. Claro que me dolía que algo como lo que habíamos compartido Laura y yo se fuese al carajo, y ella ni se inmutase. Sin embargo, al ver la mirada de mi padre, extrañada y preocupada a partes iguales, supe que había tomado la decisión que, sin querer aceptar, llevaba meses posponiendo.
La decisión acertada.