Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 5 Bella y bestia #2
15%

5 Bella y bestia #2

Si había vuelto a Costa Serena temporalmente no había sido solo porque echase de menos a mis amigas, sino porque también me echaba de menos a mí, a la África que era antes de toda esa mierda que tenía encima y que amenazaba a diario con lapidarme.

No supe si él entendería todo lo que escondían mis breves palabras.

—Vaya, si te soy sincero esperaba algo más del tipo «Vuelve a tu paraíso y deja de molestarme, Brunito» o un «Métete en tus propios asuntos, capullito».

—No —le dije y lamenté que mi tono sonase como un ruego.

Sentí su mirada fija en mí.

—Si te sirve de consuelo, yo también me estaba ahogando en casa y tampoco es que esté de buen humor. Así que, como parece que para los dos este día ha sido una gran mierda, podría aceptar una tregua momentánea entre nosotros.

Arqueé una ceja en su dirección y por algún motivo fui más consciente de su cercanía, de la manera en la que su cuerpo invadía el espacio a mi alrededor y en cómo su olor se fundía con el del mar, creando una mezcla fascinante.

Arrugué la frente cuando mi mente, actuando por libre, se fijó en cómo los años habían transformado su rostro en uno más anguloso y llamativo.

Sus ojos azules parecían más profundos e intensos, aunque sin perder su habitual punto de humor, y la barba de varios días junto con su pelo despeinado le daban un aspecto salvaje y rebelde bastante interesante.

No, no se podía decir que estuviese a la altura de su padre, pero sus genes no iban demasiado desencaminados.

Me di cuenta de que llevaba observándolo demasiado tiempo, por lo que desvié la mirada antes de que se diese cuenta y lo utilizase en mi contra.

—¿Una tregua?

Hizo un sonido de afirmación.

—Solo ahora. No es que quiera ser tu amigo ni nada de eso, pero un rato de paz…

—Vaya, ¿no quieres ser mi amigo? Me dejas desolada —ironicé—. ¿Has arreglado las cosas con Lucía?

Sabía a la perfección cómo se llamaba su novia, aun así, no pude evitarlo.

Él sonrió y supe que no se tragaba mi fingida pérdida de memoria.

—Laura —me corrigió, y me esforcé por no devolverle el gesto—. Podría decirse que hemos hablado, sí.

Su tono me dejó claro que no había habido un final demasiado feliz entre ellos. No me extrañó, no había que ser demasiado lista para deducirlo; él estaba allí, con su perra y perdiendo el tiempo charlando conmigo, en vez de estar en su casa matando a su novia a polvos.

Y no, no es que yo fuese adivina, es que los tíos eran así de simples; les perdía el sexo de reconciliación.

—Vamos, que te va a tocar un cinco contra uno y dormir en el sofá, ¿no?

—¿Ya se ha acabado la tregua? —me preguntó serio y, al mirarlo, me di cuenta de que se había quitado la gorra.

El aspecto de su pelo me arrancó una risa silenciosa. Llevé la mano hasta su cabeza y acomodé varios de aquellos mechones rebeldes con diversión. No me pasó desapercibido el gesto de estupefacción que lucía en los labios.

—En cualquier otro momento no me habría importado ser tu esparrin para que pagases conmigo tu frustración de pareja, ¿sabes? De hecho hasta habría disfrutado contestándote, pero hoy no es el día, Brunito. Confórmate con que no te tire roca abajo por haberme llamado ballena varada.

La parte derecha de los labios se le elevó en una leve sonrisa, aunque el gesto le duró un instante. Miró al frente durante un momento y suspiró. Su expresión me ablandó un poco, solo un poquito.

—Cuando llegué a casa aún estaban dormidos. Laura y sus colegas —aclaró, y me fijé en su perfil mientras hablaba—. Todos allí, medio desnudos y tirados de cualquier manera, con el salón apestando a marihuana.

Elevé las cejas con sorpresa.

—Vaya con Laurita, y parecía tonta…

Él gruñó obviando mi comentario.

—Hemos discutido.

—No me extraña en absoluto —admití—. Si yo llegase a casa y me encontrase semejante panorama…

Dejé la frase sin terminar, y soltó una risa cansada.

—Me puedo hacer una idea de cómo sería tu cruel venganza. Sé cómo te las gastas.

Encogí un hombro.

—No me conoces tan bien como piensas. Aunque sí, en esta ocasión llevas razón. Seguramente todo lo que hayas imaginado se quedaría corto. Le iba a faltar pueblo para correr y escapar de mi furia —exageré.

Bruno no me contestó, tampoco sonrió ni bufó. Yo eché de menos alguna emoción en su cara, pero él se limitó a silbar a Bella, a la que habíamos perdido de vista.

Esta apareció un instante después y trotó hasta nosotros, esquivando con agilidad los abismos entre las rocas. Se sentó al lado de su dueño jadeando por el esfuerzo.

—La perra te hace más caso que tu nov…

—Cállate —me cortó, y no pude evitar soltar una carcajada.

—Perdón —me excusé sin sentirlo en absoluto—. Llevas razón, la tregua.

Bruno se levantó, se colocó de nuevo la gorra y se giró hacia mí. Estiré el cuello para devolverle la mirada.

—La puedes dar por finalizada en cuanto me pierdas de vista.

—Vale, una duda: lo de perderte de vista, ¿va a ser temporal o permanente? Lo digo por ir comprando las chuletas para la fiesta. —Y entonces sí, dejó ir una amplia sonrisa justo antes de negar con la cabeza.

—Que te den, arpía.

Su insulto me sonó en cierto modo cariñoso.

—Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver, capullito.

Y de alguna manera supe que la forma en la que sentía mi boca estirada hacia arriba con diversión, mientras observaba cómo él se marchaba en la lejanía, sería un fiel reflejo de la mueca que lucirían sus delineados labios.