5 Bella y bestia
Soy esa mala influencia que se dedica a hacerte sonreír
ÁFRICA
Estaba agotada. Exhausta. Me dolían hasta las extensiones de pestañas.
Pasé toda la mañana metida en el hospital y, tras regresar a casa, me volqué en hacer que mi madre estuviese lo más cómoda posible dentro de su situación.
Finalmente tenía fracturada la cabeza del húmero, y los médicos habían descartado operar; tan solo le habían inmovilizado el hombro con un cabestrillo y le habían chutado tal dosis de medicamentos para el dolor que podían haber tumbado a un elefante.
Las expectativas no eran nada halagüeñas, y se me cayó el mundo encima cuando nos dijeron que el tiempo de recuperación podía llegar a ser de varios meses, con todo, me contuve de comentar con ella lo que nos depararían las próximas semanas y la animé cuando no pudo contener más las lágrimas.
Ella no paraba de pedirme perdón una y otra vez, y ya estaba empezando a asfixiarme en aquella casa.
—Mamá, no te preocupes, de verdad —le repetí cuando se puso a charlar con una de las señoras de su misma calle y se echó a llorar de nuevo—. Ya te he dicho que me quedaré contigo hasta que te encuentres mejor, no pasa nada.
—No me la merezco —le dijo a la mujer que le agarraba la mano sana con cariño. Era la tercera vecina que venía a verla.
—Escucha a tu hija, Pepa.
La señora me dirigió una sonrisa, aunque atisbé un deje de desaprobación en su mirada un segundo antes de que mi madre volviese a hablar de forma lastimosa.
—Cerraré unos días la pescadería y…
Dejé de prestarles atención, salí del salón e inspiré hondo a la vez que tragaba saliva con dificultad.
Ahí estaba. Ese era el mayor de mis temores y el motivo principal de que mi estómago llevase cerrado desde esa misma mañana: la pescadería.
El negocio familiar del que mi madre se había hecho cargo, absolutamente sola, cuando mi abuelo falleció muchos años atrás.
El maldito negocio familiar.
Sí, efectivamente, que estuviese impedida significaba que alguien tendría que tirar del carro, y supe quién sería ese «alguien» sin necesidad de darle muchas vueltas.
El simple pensamiento casi me provocó una arcada.
Jamás había sido una buena estudiante. Nunca tuve un especial interés por nada en particular y, cuando deduje que la única expectativa de futuro que me quedaba en aquel pueblo era la de cortar cabezas de lenguados o raspar escamas de besugos, supe que tenía que salir de allí, inmediatamente.
Me marché sin mirar atrás y no me fue tan mal. Era una broma de pésimo gusto el hecho de que, habiéndome esforzado tanto para escapar de mi destino durante todos esos años, este me diese un coletazo en la cara con toda la fuerza de un salmón nadando a contracorriente.
Puse los ojos en blanco por mi propio símil e intenté coger aire.
Elevé la cara hasta el techo y cerré los ojos tratando de calmar mi respiración, pero no sirvió de nada. Los pulmones me exigían más aire. Otro tipo de aire. Aire fresco y limpio. Uno que, ironías de la vida, tuviese olor a mar.
Necesitaba salir de allí inmediatamente, así que aproveché la llegada de una nueva visita, me aseguré de que mi madre estuviese perfectamente atendida, y anuncié que iría a comprar algunas cosas y regresaría en un rato.
Ella asintió con una sonrisa cariñosa y continuó hablando con su abnegado público mientras estos se volcaban en preguntarle si necesitaba algo o le ponían mejor el cojín bajo el brazo.
Mi madre era muy querida en el pueblo, de eso no había duda alguna.
Puse mis pies en movimiento, un paso tras otro, y caminé durante unos minutos hasta que llegué al paseo marítimo.
Me lamenté por no haber pensado en cómo me lo encontraría siendo un domingo de julio: repleto de niños correteando de un lado a otro y de familias ruidosas que aprovechaban las últimas horas de la tarde.
Decidida a escapar de tal marabunta, continué avanzando hasta que mis pasos me llevaron a la zona de acantilados más próxima. Poco a poco, las voces a mi alrededor fueron desvaneciéndose hasta darme cuenta de que allí el sonido del mar rompiendo contra las rocas era lo único que podía oírse.
Tuve que hacer unos cuantos malabarismos para no partirme la crisma al subir por las rocas, y recé para no destrozarme el costoso conjunto que llevaba puesto con algún saliente, porque solo de pensar en esa posibilidad se me encogía el estómago.
Busqué un lugar donde sentarme y me dejé caer con gracia sobre una roca relativamente plana. Una vez allí, apoyé las palmas de las manos sobre los muslos, enderecé la espalda, cerré los ojos y respiré profundamente, dejando que el aire salado del mar me llenase los pulmones.
Unos minutos después sentí el frescor de una suave brisa que me soplaba en la cara y, sin poder evitarlo, sonreí.
Ese pequeño detalle me había hecho sentir libre y, de alguna manera, en paz.
El mar no entendía de problemas o preocupaciones, por lo que me quedé allí sentada durante un buen rato más, tan solo disfrutando de la tranquilidad de aquel fenómeno imparable de la naturaleza y del espectáculo que me estaba ofreciendo.
Cuando sentí el cuerpo entumecido, recoloqué mi postura, abrí los ojos y observé las olas chocando una y otra vez unos metros más abajo por la fuerza de la marea.
El sonido era hipnótico y a la vez sanador, y me concentré en dejar que todo el estrés y la ansiedad de las últimas horas se desvanecieran por un momento.
¿Cuánto hacía que no me sentía tan en calma? Quizá demasiado, dado el ritmo de vida que llevaba desde hacía tiempo.
La tranquilidad me duró poco, solo hasta que el ladrido no muy lejano de un perro me hizo girar la cabeza con cierto fastidio.
Cuando fui consciente de que una nube de pelo claro se precipitaba hacia mí con la lengua fuera y la velocidad de una gacela, apreté los párpados, encogí la espalda y me preparé para el impacto.
Gracias a Dios este no llegó a producirse, por lo que deduje que el silbido intenso que había escuchado un segundo antes surtió el efecto de detenerlo.
Abrí con cautela una pequeña rendija en uno de mis ojos y la visión de un hocico negro a pocos centímetros de mi cara me hizo dar un respingo.
—¡Bella! —Me llegó el eco de una voz masculina.
Esa voz…
Antes de terminar de hilar mis pensamientos, el animal me sobresaltó con una serie de nuevos ladridos. El sonido, grave y potente, retumbó en mi cerebro, y miré su cara peluda con reprobación, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado.
Creí percibir cierta diversión en sus ojos marrones y redondos.
¿Era posible que se estuviese riendo de mí? Lo observé con intensidad cuando volvió a ladrar.
—Bella, ¿qué haces ahí? ¿Qué has encontrado? —Sonaba más próximo a nosotros, y moví mi torso, esquivando el cuerpo del animal que me obstaculizaba la visión.
—Lo que me faltaba —murmuré al confirmar de quién se trataba.
Giré la cabeza al lado contrario y recé para que se marchasen. No me apetecía en absoluto poner a trabajar a mi mente para poder replicar sus comentarios mordaces e hirientes.
Ese día no.
—¿África?
Suspiré y contesté con apatía.
—Bruno.
—¿Qué demonios haces ahí arriba? —preguntó, deduje que se estaba acercando por el volumen de su voz.
Me giré y me di cuenta de que el animal, Bella, no se había movido ni un solo milímetro de su posición y me observaba fijamente, con el cuerpo y las orejas bien rectos.
—¿Y a ti qué te pasa? —murmuré elevando ambas cejas.
La perra no contestó, por supuesto.
—Aún no he conseguido que hable, pero dame tiempo.
—Ja —repliqué—. ¿Qué quieres, Bruno?
—¿Yo? Nada. Más bien tendrás que preguntarle a ella por qué ha subido hasta aquí.
—Se encogió de hombros al terminar de acercarse a nuestra posición.
Acarició la cabeza de la perra, y esta sacó la lengua con placer cuando le rascó tras la oreja derecha—.
¿Qué pasa, Bella? ¿Creías que era una ballena varada en las rocas o algo así?
Elevé una ceja.
—Gilipollas —farfullé.
—¿Quieres una chuche? Tengo galletitas con forma de hueso.
La dulzura con la que habló habría resultado conmovedora si no hubiese sido porque mientras lo decía, en vez de observar al animal, me miraba a mí.
No podía. De verdad que no podía mantener una batalla verbal con él en aquel momento.
—No estoy de humor, Bruno.
Él debió de apreciar mi tono, la sonrisa se le congeló un poco en el rostro y, tras pensarlo unos segundos, terminó sentándose a mi lado.
No lo miré de forma directa, pero sí escuché el sonido de su lengua contra el paladar cuando instó a la perra a que fuese a buscar algo a los alrededores.
Esta lo obedeció dejándonos a solas.
—¿Cómo está tu madre? —me preguntó con una entonación mucho más amable, aunque no me quise confiar.
—Mal. Tiene roto el húmero.
—Uh. —Frunció la nariz y apoyó los codos en las rodillas flexionadas—. Qué mierda.
—Sí —me limité a responder.
Bella ladró a un punto concreto entre las rocas y se puso a juguetear con algo. No pude evitar sonreír al ver cómo se acercaba moviendo el rabo juguetona a aquel punto y reculaba con brío un segundo después, ladrando en su retirada.
Repitió el movimiento varias veces y, en un momento dado, moví la cabeza hacia la derecha y me fijé en que Bruno me escrutaba con el ceño fruncido y una sonrisa.
Ese chico era toda una contradicción en sí mismo.
Nos mantuvimos la mirada.
—¿Qué haces aquí, África?
No supe si se estaba refiriendo a estar en aquel punto en ese mismo instante o a haber vuelto a Costa Serena.
Me encogí de hombros.
—No podía respirar.
Y era verdad. Esa respuesta abarcaba mi realidad últimamente.
No solo por lo de mi madre ese día, sino por lo que se había ido sumando meses atrás, acumulándose en mi vida.
Al principio el montoncito no había llamado la atención, se mantenía discreto, en una esquina, pasando desapercibido en el caos diario que me engullía, pero poco a poco se le habían ido añadiendo cosas: desilusiones, mentiras, frustraciones, desengaños… , haciéndolo más y más grande.