Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 4 Un revés
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4 Un revés

No olvides. No olvides. No olvides

brUNO

No la había perdido de vista en ningún momento, por lo que fui consciente de cómo se llevaba el teléfono a la oreja y, tras contestar con extrañeza, su sonrisa se transformaba en una mueca de preocupación y palidecía.

—Pero ¿cómo ha sido? —preguntó con intranquilidad, y tres pares de ojos la observamos interesados—. ¿Está bien? Vale, ¿venís para el hospital de Costa Serena?

Mis padres se acercaron a ella, y mi madre le acarició el brazo mientras África se despedía de la persona del otro lado del teléfono. Cuando colgó, observó el aparato con la mirada perdida, y fue la voz prudente de mi padre la que la sacó de su mutismo.

—¿Qué ha ocurrido?

Ella dirigió la vista hacia él sin rastro de su habitual y exagerado coqueteo. Su expresión, teñida de miedo, me estrujó un poco las entrañas.

—Mi madre se ha caído y se ha hecho daño en el hombro —anunció—. La traen para el hospital.

Sin ser del todo consciente de lo que estaba haciendo, terminé de acercarme a ella y le tendí un vaso de agua. Sus ojos celestes se posaron en mí durante unos segundos y nos mantuvimos la mirada en silencio.

—Gracias —susurró sin romper el contacto visual, y yo incliné la cabeza en son de paz intentando infundirle ánimos. Ella bebió y habló de nuevo—: Aún tardarán unos cuarenta minutos en llegar.

—Te acercamos nosotros —dijo mi madre con seguridad.

—No hace falta, cogeré un taxi y…

—Yo te llevo —la corté y no supe realmente de dónde había salido esa decisión, ya que, en verdad, pese a que no me apetecía en absoluto, debía irme a casa para intentar arreglar las cosas con Laura.

—Coge mi coche —me ofreció mi padre.

En aquel momento no me quise poner a discutir con él sobre por qué no dudaba en prestármelo cuando, en otras ocasiones, siempre había encontrado una excusa para no hacerlo.

—Cariño, a Bruno no le cuesta ningún trabajo, y nosotros nos quedamos más tranquilos si es él quien te acerca —le insistió mi madre con dulzura.

—Me cambio en un momento y nos vamos —zanjé y comencé a subir las escaleras de dos en dos.

—Está bien. —Escuché su voz apagada desde lo lejos cuando terminó aceptando.

Subí hasta la última planta, lugar donde se encontraba la habitación de matrimonio, y entré en el vestidor.

Saqueé algunos cajones de mi padre, de los que pillé una camiseta y unas bermudas al azar, y decidí que, por esa vez, no iba a necesitar ropa interior, pues no me emocionaba la idea de compartir sus calzoncillos, por mucho que estos estuviesen limpios.

Me aseé lo más rápido que pude y bajé casi a la carrera con el pelo aún goteando en mi nuca.

—Vámonos —apremié a África, que esperaba con el bolso colgado sobre el hombro al lado de la puerta.

Me siguió obediente y se mantuvo en silencio durante todo el trayecto, que solo se vio interrumpido por la breve llamada que recibió de mi hermana mayor.

África le explicó en pocas palabras lo que había ocurrido y le dijo que yo estaba llevándola hasta allí.

Tras cortar, se volvió a sumir en aquel incómodo silencio tan poco propio en ella, y no supe cómo actuar.

—Gracias —musitó cuando detuve la marcha y se bajó del vehículo sin perder ni un segundo.

Apagué el motor y la seguí, aunque no se percató de ese hecho hasta que no le hablé al cruzar las puertas del hospital.

—¿Te han dicho dónde está? —Su cuello se giró en mi dirección, me observó confundida y terminó negando con la cabeza—. Preguntaremos en información.

Sus ojos brillaron cuando asintió. Permitió que yo la guiase hasta allí y, al ver su actitud, decidí llevar la voz cantante.

—Si no es un familiar directo o una persona autorizada no podemos dar información sobre los pacientes —recitó la persona al otro lado del mostrador.

—Solo necesitamos saber si ya está dentro —insistí.

—Caballero, para algo existe la Ley de Protección de Datos Personales y Garantía de…

—Ella es su hija —la corté con el ceño fruncido señalando hacia atrás, donde África observaba a su alrededor, intranquila.

—Identificación —ladró.

—¡Mamá! —Escuché la exclamación a mi espalda y dejé de prestar atención a la desagradable mujer.

Cuando me giré, tan solo vi una nube de pelo platino que se precipitaba hasta la entrada, lugar por el que accedía Pepa, su madre. Esta caminaba a paso lento y era ayudada por un celador y otra mujer de su misma edad.

—Hija —le dijo la accidentada con lágrimas en los ojos—. Perdona por haberte molestado, ¡qué mala pata!

—¿Cómo estás, mamá?

—Dolorida, cariño, aun así, estoy bien, no te preocupes —respondió con una mueca de dolor que se intensificó a cada paso que daba.

Observé cómo África ofrecía el brazo a su madre para servirle de apoyo, ocupando el lugar de la otra mujer. Caminaron despacio, y me mantuve en un discreto segundo plano sin perderlas de vista.

—Solo puede entrar una persona con ella —informó el celador, un tipo de unos treinta años que tenía unos bíceps que amenazaban con reventar las costuras del uniforme.

No me pasó desapercibido cómo sonreía a África y, dirigiéndole una mirada a la que ella no prestó ninguna atención, la recorrió de arriba abajo con interés.

Fruncí el ceño y negué con incredulidad, pero no pude ser testigo de nada más, ya que me quedé con un palmo de narices al otro lado del control de entrada cuando lo traspasaron.

—Estará bien, no te preocupes por ella —me dijo la mujer que había acompañado a Pepa.

—Sí, esperemos que no se haya roto nada.

Ella se encogió de hombros y dejó ir una sonrisa que no supe descifrar, justo antes de despedirse de mí.

Me debatí sobre qué hacer, aunque llegué a la conclusión de que la cosa no sería rápida y tampoco era como si África se hubiese acordado de mi presencia allí, así que me monté en el coche de nuevo, le envié un mensaje a mi hermana mayor para decirle que su amiga ya estaba con su madre y que yo me marchaba del hospital, y conduje de vuelta hasta casa de mis padres.

Les devolví las llaves del coche, contesté como pude a las preguntas que me hicieron con la poca información que tenía y decidí que ya era hora de afrontar mi realidad.

Caminé sin ninguna prisa hasta la parada del autobús, pues Laura se había llevado mi coche la noche anterior, y durante el trayecto me asaltó un pensamiento al que no quise prestarle demasiada atención, ya que mi mente no paraba de comparar la batalla que me quedaba por librar en casa con la que había mantenido con África desde que nos habíamos reencontrado la tarde anterior.

No quise aceptar cuál de las dos salía perdiendo.

Al pensar de nuevo en ella me obligué a recordar la cantidad de veces que, durante todos esos años, había recreado en mi cabeza cómo sería volver a encontrármela, y repasé las diferentes formas que había ido ideando para cobrarme la venganza que se merecía por lo que me había hecho en el pasado.

Sin embargo, un extraño amargor se me instaló en el fondo de la garganta cuando supe que lo que me quedaba por arreglar con Laura no iba a ser ni por asomo tan estimulante.

Me reprendí a mí mismo por la comparación y me pregunté a qué demonios estaba jugando. No debía olvidar cómo se las gastaba África de la Vega Sánchez.

Yo la odiaba.

La odiaba con todas mis fuerzas desde hacía años, y eso no iba a cambiar porque, durante unos minutos, hubiese sentido la necesidad de abrazarla y consolarla.

No, ni mucho menos.