Hasta que el destino nos castigue con volvernos a ver (Costa Serena 3) 3 Adonis
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Hay batallas que solo se ganan huyendo

ÁFRICA

Di un nuevo sorbo al café sin dejar de recrearme la vista. Llevaba varios minutos hipnotizada por el movimiento de aquel trasero prieto enfundado en unos pantalones de deporte cortos de los que, aunque estuviera amenazada a punta de pistola, sería incapaz de recordar el color.

Solo por ese regalo mañanero para mis retinas, había merecido la pena destrozarme la espalda en el colchón demasiado duro de la antigua cama de mi amiga.

El dueño de semejante culo, afanado en lavar los platos apilados en la encimera, charlaba con la mujer que tenía a su lado.

Su mujer, para más señas.

—¿Más café, África? —me ofreció Estrella, la afortunada y madre de mi amiga, con una sonrisa socarrona y una ceja alzada—. ¿Un poquito de Prozac [3] , quizá?

Solté una carcajada.

— Touché .

—Buenos días —dijo una voz grave y somnolienta a mi espalda.

No me molesté en girarme cuando sentí cómo un cuerpo se desplomaba en la silla que había a mi lado. Sabía de quién se trataba sin necesidad de mirarlo.

Sin ser del todo consciente de lo que hacía, aspiré profundamente, y su olor, algo picante y especiado, llegó hasta mí. Podía decirse que estaba obsesionada con los aromas corporales de los hombres, y el de aquel espécimen no era nada desagradable, pese a que su dueño sí lo fuese conmigo.

Bebí con parsimonia un nuevo sorbo de la taza que tenía entre mis manos.

—Hola, hijo —lo saludó la madre—. ¿Has dormido bien?

Él gruñó una respuesta afirmativa y sonreí. Pude sentir cómo su atención se centraba en mí, pero yo me tomé mi tiempo para corresponderla. Me recoloqué el pelo sobre los hombros, repasé el contorno de mis labios con un dedo y, solo entonces, volví mi cara hacia él.

—No tienes muy buen aspecto, Brunito —lo piqué fijándome en su rostro y en cómo su desaliñado pelo, grueso y rubio, le salía disparado de la cabeza en numerosas direcciones—. ¿Estás seguro de que has pasado una buena noche?

Él forzó una sonrisa con los labios y puso los ojos en blanco antes de girar la cabeza y perder el contacto visual conmigo.

—¿Me echas un café, mamá? Grande, por favor.

La mujer asintió, sin embargo, mi vista decidió obviar la escena entre madre e hijo, y se centró en la figura que se giraba y a la vez se secaba las manos en un paño de cocina que apoyó en la isla donde nos encontrábamos.

¿Podía ser más perfecto?

—¿Has hablado con Laura? ¿Habéis arreglado las cosas? —le preguntó Fede apoyándose en la encimera.

—Papá, no empieces… —rogó él.

—¿Qué? —se defendió mi adonis de pelo rubio y aspecto de dios nórdico caído del cielo—. Solo te quedas a dormir aquí cuando discutís.

—No hemos discutido, ella estaba en casa con unos colegas, y a mí no me apetecía encontrármelos allí al llegar.

Me interesé sinceramente por la conversación y esperé con ansia su respuesta.

Esta me proporcionaría información que, en un momento dado, podría utilizar contra él, pues, aunque yo no había regresado a Costa Serena imaginando que me encontraría tal hostilidad por su parte, él sí que parecía estar en guerra conmigo, mostrándose borde y a la defensiva desde que nos habíamos reencontrado.

Y yo jamás había tenido ningún problema en bajarle los humos a tipos como él, además, no tenía nada mejor que hacer.

—Vaya… —me dirigí a él con fingida preocupación—. ¿Estás bien? No pasa nada si necesitas desahogarte, por mí no te cortes.

Me fulminó con la mirada y no dejó de observarme mientras bebía un trago de su café. Las pupilas se le encogieron antes de hablar.

—¿Y tú? Nadie te va a juzgar si te echas a llorar por no haber encontrado una cama más emocionante que invadir en tu primera noche aquí.

—¡Bruno! —lo riñó su madre—. ¿Qué modales son esos? ¿Tanto tiempo rodeado de animales te ha convertido en uno de ellos?

Él murmuró una disculpa que para nada iba dirigida hacia mí, y yo caí en la cuenta de que no sabía nada acerca de su vida.

¿Rodeado de animales?

Me dije que tendría que indagar un poco más, solo para tener munición, dado el caso.

Ambos permanecimos en silencio unos segundos, dando la conversación por zanjada. Su madre asintió satisfecha, como si nos tratásemos de dos de sus vástagos más pequeños.

Cuando el matrimonio se puso a charlar a unos pasos de distancia, me volví hacia él. Sus ojos, algo hinchados por el sueño y coronados por dos cejas rectas que se alzaban expectantes, se enfocaron en mí y nos mantuvimos la mirada a la vez que nos retábamos en un tenso silencio.

Me fijé en la sombra que oscurecía su mentón y mi mente recreó la imagen de una piel femenina enrojecida tras refregarse con semejante cactus humano.

Di por hecho que era la piel de Laura, por supuesto.

—Respondiendo a tu pregunta, a tu madre no le van los tríos —le dije en voz baja.

Él soltó una risa grave.

—Mala empresa la tuya si mi padre es tu objetivo —murmuró.

—La otra opción interesante que tenía cama propia en esta casa, y pene, claro, aún no tiene barba poblada —rebatí haciendo referencia a su hermano Guille.

—O mucho han cambiado las cosas o permíteme que dude que eso sea un impedimento para ti.

—No estoy tan desesperada y, dado el caso, tengo diez deditos muy habilidosos para solucionarlo por mí misma. Pero gracias por tu interés.

—¿Y tu madre?

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Te ha desahuciado y por eso has tenido que dormir aquí?

—¿Y a ti, Laura? ¿Algún colega ocupando tu lado de la cama, quizá?

—Arpía —musitó en una voz apenas audible.

Le sonreí y me levanté.

—Un placer verte de nuevo, capullito.

Alisé el bajo de mi vestido y me miré en el cristal del marco de fotos que había colgado a mi derecha, revisando que la pintura de mis labios permaneciese intacta.

El reflejo de Bruno observando mi espalda con antipatía me hizo morderme el labio inferior con la única finalidad de contener una sonrisa victoriosa. Después de todo, parecía que no iba a aburrirme en Costa Serena durante esos días.

Sin embargo, la diversión duraría poco, pues una llamada de teléfono cambiaría mi presente y tambalearía mi futuro.