2 Brunito
Somos tantos viviendo en las nubes que deberíamos temer que un día comiencen a llover gilipollas
brUNO
Gruñí excitado cuando Laura se apretó contra mí.
Sabía que debíamos parar, estábamos en casa de mis padres y, aunque siempre habían sido muy permisivos con nuestras relaciones, acababa de cumplir veintitrés años, no quince, que era la edad que aparentábamos por el comportamiento que estábamos teniendo mi chica y yo.
Sin embargo, debía aprovechar aquella situación pasajera, ya que últimamente no teníamos demasiado contacto físico entre nosotros.
—Vámonos a casa —me pidió. Negué con los párpados cerrados y la frente apoyada en la de ella, y pellizqué sus costados con cariño—. Cari…
Su queja me hizo abrir los ojos y fijarme en su expresión, los suyos brillaban entrecerrados y en los labios se le dibujaba un adorable mohín que hizo parecer más dulce su rostro sin maquillar.
Llevé las manos hasta su pelo suelto y hundí los dedos en él.
—No me hagas esto, nena —susurré y fundí mis labios con los suyos de nuevo, recreándome en la suavidad de su lengua en contacto con la mía.
No dejé que insistiera en el tema, de lo contrario, sabía que terminaría cediendo y nos marcharíamos de allí antes de lo que había previsto.
Mientras nos besábamos, una carcajada femenina se escuchó a poca distancia de nuestra posición y la voz que la acompañó me hizo fruncir el ceño.
Con un mal presentimiento, me detuve y separé mi boca de la de Laura, aunque ella no permitió que nuestros cuerpos se alejasen demasiado.
Sentí su mano apretar mi culo y su garganta emitió un sonido que hizo que mi más que dispuesta polla, que no entendía de normas sociales o cercanía familiar, saltara en respuesta.
—Vámonos —me susurró de nuevo en el oído.
Estuve a punto de perder toda conexión con el mundo cuando me mordió el lóbulo de la oreja. A puntito, pero me contuve justo en el último segundo.
No quería abandonar la fiesta, no cuando acababa de empezar y mis padres me habían pedido varias veces y con insistencia que hiciese acto de presencia.
—¿Os pago un hotel, parejita?
Mi espalda se puso recta, giré con rapidez la cabeza hacia la derecha y lamenté de inmediato haber roto la racha de siete años de buena suerte que había tenido al no cruzármela.
Mi yo adolescente empezó a darse de hostias contra una pared imaginaria.
Mi cuerpo, caliente por lo que habíamos estado haciendo Laura y yo hasta ese mismo instante, actuó por libre y me obligó a fijarme en la figura de la recién llegada durante unos segundos, sin poder hacer nada por evitarlo.
Su aspecto me secó la boca: tacones de infarto, unas piernas morenas y largas que parecían sacadas de un anuncio de verano, un vestido ajustado que se le pegaba al cuerpo de una manera espectacular y, para rematar, un escote de vértigo que me dejó sin palabras.
Al darme cuenta de lo que estaba haciendo, me obligué a dejar de pensar con la cabeza equivocada y a enfocar mi atención en su cara, pero esos gruesos labios rojos y esa sonrisa condescendiente no me lo pusieron fácil.
Le sostuve la mirada, y ella alzó una ceja, provocativa.
Me tuve que contener para no mandarlo todo a la mierda.
—África —bufé.
—Bruno —replicó ella con una sonrisita de lo más irritante—. ¿Y tú eras…? ¿Lucía? —preguntó al tiempo que hacía un ademán exagerado con sus manos, de largos dedos y ridículas uñas rojas, a juego con sus labios y tacones.
—Laura —contestó mi chica con tono cordial a la vez que se separaba de mí.
Lamenté la pérdida de inmediato y recé para que, cuando volviésemos a estar a solas —cosa que esperaba que no tardase demasiado en ocurrir—, estuviera de nuevo tan cariñosa.
Miré con desprecio a la recién llegada; ella era la culpable de todo.
—¡Eso! ¡Laura! —Asintió con un entusiasmo mal fingido la amiga de mi hermana y su sonrisa me resultó demasiado falsa; tanto como toda ella, de hecho—. Bruno y Laura. Seguís siendo tan adorables como cuando erais niños.
Y, a pesar de que llevaba mucho tiempo sin verla, la conocía lo bastante bien como para no dejarme engañar por su tono halagador.
—Gracias —respondí imprimiéndoles a mis palabras la misma hipocresía que ella demostraba. Pasé un brazo por la cintura de mi novia, que me observó con el ceño fruncido—. Bienvenida a Costa Serena, África.
Giré el cuerpo hacia la derecha y obligué a Laura a avanzar conmigo. Ella no tardó en seguir mis pasos, y sonreí con satisfacción cuando vi por el rabillo del ojo cómo la otra se volvía hacia nosotros con una mueca de asco que apenas pudo disimular.
—¿Qué ha sido eso? —me preguntó mi chica con curiosidad.
—Nada. ¿Te apetece algo de beber?
Ella me observó unos segundos con los ojos entrecerrados y terminó encogiéndose de hombros en una actitud más pasota que la de antes. Elevé la cabeza al cielo y cogí aire con lentitud cuando, al tenderle el vaso, ella ni siquiera me dirigió una mirada.
Me acordé de todos los ancestros de África y la maldije por su jodida interrupción.
Laura le dio un sorbo a su bebida a la vez que paseaba la vista a nuestro alrededor con gesto aburrido. El aviso de un mensaje en su teléfono hizo que lo sacase del bolso de tela que llevaba cruzado sobre el hombro.
—¿Nos vamos a casa? —le propuse esa vez yo, a la desesperada.
—Hay que ir a la protectora —anunció, y solté un bufido—. Me acaba de escribir Jotha.
—Joder —me quejé sabiendo que no serviría de nada.
—Tú quédate —dijo tendiéndome su vaso casi vacío—. Voy y vuelvo en un rato. No tardaré.
—¿Segura?
—Que sí, pesado. —Me besó sin demasiadas ceremonias—. Diviértete.
No me quedó otra que asentir. Sabía que a Laura no le terminaban de gustar ese tipo de celebraciones a las que mi gente era aficionada, y no es que la culpase o algo así; ella era hija única, su familia era mucho más reducida que la nuestra y tampoco es que se reuniesen con cualquier excusa como los míos.
La vi marcharse y, cuando me quedé a solas —si es que a estar rodeado de unas cincuenta personas se le podía llamar así—, me palmeé el hombro mentalmente al no dar mi brazo a torcer y salir tras ella como hacía de manera habitual.
Hablé con varios conocidos y familiares durante un rato y después me entretuve jugando al baloncesto con los más pequeños.
Mi hermana Zahara, pese a sus diez años recién cumplidos, me dio una paliza que me hubiese resultado bochornosa si mi primo Aliel, el hijo de mi tía Alicia y su marido Adriel, no me hubiese contagiado su euforia infantil al corear a la ganadora, dos años mayor que él y máximo referente en su vida.
Me alejé de ellos unos pasos y revisé mi teléfono, extrañado porque Laura no hubiese vuelto aún.
—Joder —solté al leer el mensaje que me había enviado media hora atrás—. Me cago en la puta.
—Anda lo que ha dicho —dijo mi primo.
Lo miré señalándolo con un dedo.
—No se repite.
—Vas a ir a papá —contestó mi hermana pequeña.
Volví a dirigir la vista a la pantalla.
Laura
Me he venido a casa con esta gente. Tú pásalo bien con tu familia. TQ.
Las aletas la nariz se me ensancharon cuando cogí aire. Estaba cabreado, sí, porque me molestaba que hubiese preferido estar con sus amigos, nuestros amigos, en vez de allí conmigo. Sin embargo, por más que me jodiese, decidí que en aquella ocasión no correría como un perrito faldero tras ella.
Estaba cansado de tener que elegir y que siempre saliese perdiendo mi familia en beneficio de Laura, y me frustraba que, después de siete años de relación, no entendiese que los necesitaba a ambos por igual.
Pulsé un punto de la pantalla con decisión y le grabé un mensaje de voz.
Quería que se diera cuenta de mi enfado, por lo que no me reprimí al hablar.
Di por hecho que lo lamentaría al volver a casa, pues ella me castigaría una vez más con su fría indiferencia, pero no pude evitar sentir aquello como un pequeño triunfo.
—¿Problemas en el paraíso?
Cerré los ojos y apreté la mandíbula antes de darme la vuelta.
Una furia primitiva se asentó en mi estómago y tuve que contener la boca para no soltarle un gruñido.
Joder, ¿en serio? ¿No podía haberme escuchado otra persona de todas las que había en la fiesta? No, claro que no, tenía que ser precisamente ella para terminar de tocarme los cojones.
Supe exactamente cómo luciría su cara cuando me girase sin temor a equivocarme, y forcé una sonrisa amplia al encararla.
—Qué va, aunque parece que alguien anda buscando carnaza para cotillear cuando vuelva a su propio infierno.
África alzó una ceja y una sonrisa de suficiencia curvó sus labios. Hizo un gesto con la cabeza como concediéndome permiso para respirar y su actitud tensó mi mandíbula.
Por supuesto, no permití que ella lo notase.
—¿Necesitas ayuda con la gestión de tus emociones, Brunito? ¿Le digo a mamá Remo que te prepare un tazón de cereales con doble de fibra, tal vez?
«¿Brunito?».
Inspiré hondo intentando calmarme. No iba a caer en sus provocaciones.
África no había perdido su don de la oportunidad. Puede que, visto desde fuera, no se entendiese mi resentimiento hacia ella, pero tenía motivos más que justificados, y su actitud perdonavidas, junto con esa ridícula fachada de mujer fatal, me ponían enfermo.
Alimenté mi enfado y me recreé en ese aire de superioridad que lucía.
Sabía de su vida por las cosas que contaba mi hermana Alana, ya que no habíamos tenido ningún tipo de contacto entre nosotros.
Me concentré un poco más en ese resentimiento que había comenzado a sentir hacia ella siendo tan solo un adolescente, y eso, sumado al cabreo provocado por mi propia novia, desencadenó mi respuesta.
—Dime, África. —Simulé un gran y sincero interés por su contestación—. ¿Cómo es que has honrado a este humilde pueblo con tu presencia? ¿Es que se te han acabado las opciones y las camas para vivir del cuento?
El ataque había sido algo gratuito por mi parte, lo reconocía, aun así, ella no se amilanó ni un poquito.
—Oh, no. Gracias por tu interés, Brunito. —Mierda. Debía de haber notado cómo me molestaba ese apodo y ahora se iba a cebar utilizándolo contra mí—. Por suerte, el mundo está lleno de hombres simples a los que cegar con mi encanto.
—No engañarás a ninguno por aquí.
—¿Tú crees? —me desafió—. Estoy segura de que, si me lo propusiera, daría con alguno antes de marcharme.
Solté una risa arrogante y asentí, sabiendo que sería capaz de algo así y más.
—Será divertido ver cómo lo intentas. —Ella inclinó ligeramente la cabeza sin dejar de observarme—. Mira tú por dónde, Costa Serena va a volver a tener entretenimiento. Estábamos muy tristes tras la marcha del último bufón.
Entrecerró los ojos y frunció los labios, y sonreí ampliamente justo antes de darme media vuelta y enfilar hacia donde se encontraban los demás invitados. Con un poco de suerte la evitaría durante el resto de la fiesta y pasarían otro puñado de años antes de tener que volver a cruzármela.
Sin embargo, parecía que en aquella ocasión la fortuna no iba a estar de mi lado, pues cuando me acerqué a mi padre para decirle que me quedaría a dormir aquella noche en su casa, ya que ni de coña iba a volver al piso a aguantar la movida que me esperaba allí, mis planes se fueron a la mierda.
La única habitación libre, la de mi hermana mayor, ya se la habían ofrecido a alguien en mi misma situación, y el resto de los dormitorios estaban ocupados por mis hermanos pequeños, que los habían repartido años atrás, cuando Alana y yo nos marchamos de casa.
Los seis, como si fuesen urracas, casi se habían sacado los ojos para dividirse las siete habitaciones y el apartamento que había ubicado en el garaje, como si de oro reluciente se tratase. Por lo que, de las opciones que me quedaban, decidí ocupar la cama auxiliar de mi antiguo cuarto.
—Joder, tío —se quejó mi hermano Guille, actual dueño de mis viejos dominios—. ¿Y si me sale plan?
Lo miré alucinado.
¿Estaba hablando de lo que creía que estaba hablando? Si solo tenía catorce años, por el amor de Dios. A su edad yo aún ni había perdido la virginidad.
—¿Plan? —pregunté con diversión—. ¿Para jugar a los Playmobil?
—A las casitas, ¡no te jode! —rebatió—. En fin. Tendré que ir yo a su habitación.
Alcé una ceja y negué sin entender nada.
—¿De qué hablas?
—De la diosa de África, bro . —Resopló con fastidio al percatarse del gesto de mi cara—. ¿Es que no la has visto? Es muy top .
Sí. La había visto. Por supuesto que la había visto.
—¿Qué tiene que ver ella con todo esto?
—Es la invitada que se queda en la habitación de Alana —aclaró como si yo fuese tonto—. Pensaba tirarle ficha para que viniese por la noche a buscarme, pero no me va a quedar más remedio que ir yo a su cuarto ahora que tú has decidido venir de colado al mío.
—Te recuerdo que me perteneció antes que a ti —le chinché poniéndome a su nivel.
—Perdiste tus derechos cuando te fuiste.
En eso llevaba toda la razón.
—No tienes nada que hacer con ella. —Me miró pagado de sí mismo.
—Se acuerda de mí —dijo como si fuese suficiente motivo de peso.
—Claro que se acuerda de ti, atontao . Prácticamente vivía en esta casa antes de marcharse del pueblo. Nos ha cambiado los pañales y jugado a las mamás y bebés con todos nosotros durante años —le aclaré—. Además, ¿te has dado cuenta de que tiene la misma edad que Alana?
—¿Y?
—Que te dobla la edad, idiota. —Un gesto molesto invadió su cara—. ¿Crees que papá y mamá dejarían que algo así pasase bajo su techo?
—No tienen por qué enterarse.
Puse los ojos en blanco y resoplé.
Hablar con mi hermano era como hacerlo con la pared.
—Vas a hacer el ridículo.
— Ok, boomer [1] . ¿Qué sabrás tú? Si no has tenido más que una novia en toda tu vida.
Técnicamente así era.
—Habló el Doctor Amor. —Me reí.
—No voy a perder más el tiempo contigo. —Fue a darme la espalda, pero pareció pensarlo mejor y dijo algo más antes de marcharse—. Centraré mis esfuerzos en cegarla con mi encanto. Puedes observarme y aprender del maestro. Terminarás shippeándonos [2] .
Se fue, y no pude evitar soltar una risa alucinada.
Me obligué a ver el lado positivo, Al menos todo aquello había conseguido que mi mosqueo con Laura se esfumase un poco.
Cuando me tumbé en la cama esa noche, recé porque mi madre hubiese captado el mensaje encriptado que le di tras mi conversación con Guille, y África cerrase con pestillo la puerta de su dormitorio.