1 He vuelto #2
Conocía esa sensación. No era la primera vez que alguien me observaba a conciencia y tampoco era que me molestase que lo hicieran; me preocupaba por controlar mi alimentación y tener mi mejor aspecto precisamente para lucirlo.
De hecho, si mirar hubiese costado dinero, en ese instante me encontraría en Puerto Rico con un séquito de clones del cocinero que daría vueltas al chuletón al otro lado de la terraza como esclavos sexuales.
Alana carraspeó incómoda, y elevé una ceja cuando me di cuenta de quién era el que no me quitaba ojo.
Intenté contener una sonrisa.
—Hola, Guillermo.
Ante la mención de su nombre se hinchó como un pavo, elevó la vista y me observó embelesado.
—Guille, ¿te acuerdas de mi amiga África?
El chico no rompió el contacto visual conmigo, pese a haberle hablado su hermana. Tenía que reconocer que poseía más agallas que muchos de los hombres que se habían cruzado en mi camino.
—¿Si digo que sí, me estrecharás entre tus brazos? —rebatió el muchacho sin un ápice de vergüenza, observándome de frente.
No pude evitar echarme a reír. ¿Cuántos años tendría? ¿Doce? ¿Puede que trece? Intenté calcular mentalmente y deduje que no más de catorce.
Justo la mitad que yo.
—La última vez que te vi me lanzaste un saltamontes y te empeñabas en tirarme del pelo. Aún te meabas en la cama, de hecho.
—Entonces era solo un niño —razonó con una sonrisa seductora.
—Justo lo mismo que eres ahora —rebatió Alana y supe que estaba aguantando la risa por el tono que había utilizado.
Ese fue el momento en el que él desenredó su mirada de la mía y la dirigió a su hermana con gesto indignado.
—Tengo barba, por lo que ya no soy un niño.
¿Barba? Madre mía, no se podía negar que tenía una amplia seguridad en sí mismo.
—Creo que papá te llama. Ve, anda.
El preadolescente asintió no muy convencido, no sin antes dedicarme un guiño que me arrancó una sonrisa.
—Menudo personaje.
—Fijo que mis padres lo recogieron de la basura —bromeó mi amiga—. Barba, dice… Si son cuatro pelos jugando al póquer. Bueno, antes de que alguien más nos interrumpa, ven conmigo.
Alana me agarró del brazo y me guio por el césped hasta la zona del centro de entrenamiento donde trabajaba con su novio y su padre.
Me enseñó las últimas mejoras y, mientras lo recorrimos, recordé las numerosas veces que Alba y yo nos habíamos escondido en los alrededores del edificio cuando, siendo adolescentes, íbamos a recoger a nuestra amiga.
Nuestras hormonas habían llorado de alegría al regalarles la visión de aquel adonis perladito de sudor trabajando en las diferentes máquinas y ayudando a hombres y a mujeres a realizar los ejercicios.
Bendito negocio familiar, no como el mío.
Regresamos a la vivienda, y poco a poco se fue sumando más y más gente. Las barbacoas en casa de mi amiga siempre habían sido épicas, y por lo que pude comprobar era algo que no había cambiado.
En aquella ocasión Alana nos había citado allí para sorprender a Hans, su pareja.
Unos minutos antes de que corriese a recibirlo, llegó Alba junto a Soto. Nos abrazamos las tres y volvimos a protagonizar uno de los momentos más tiernos de la tarde, a tenor de las lágrimas de la recién llegada y las sonrisas emocionadas de los que teníamos alrededor.
Las voces poco a poco se fueron apagando y, cuando la figura de Alana emergió de la vivienda con el homenajeado, no pude evitar soltar una risita ante su cara de circunstancias y el color de sus mejillas, pues su chico se hallaba pegado cual lapa a la parte trasera de su cuerpo y se movía en una actitud bastante cariñosa a la vez que olía su cuello.
—Hans… —Leí sus labios—. Para, Hans…
Tapé los ojos de la benjamina de Alba y Soto, que jugueteaba con sus manitas regordetas enredadas en los mechones platinos de mi pelo.
Escuché a la madre de la criatura soltar una risita ante mi gesto justo antes de que alguien gritara «sorpresa» y nos evitara con ello ser testigos de una escena digna de una película porno.
Rato después me encontré a Alana sonriendo como una tonta enamorada mientras observaba a su pareja saludar a unos y a otros.
—¿Vas a llorar? —le pregunté con diversión poniéndome a su lado.
—Calla.
—Vas a llorar —confirmé, y ella se fijó en el bulto algo baboso que tenía entre mis brazos.
—Te pega.
Sus palabras fueron como una mecha que prendió mis siguientes movimientos. Alba, con sus instintos de madre, recibió a la niña sin dejar de reír ante mi gesto horrorizado, y Alana la coreó.
—¡No lo digas ni en broma! —exigí y exageré un escalofrío—. Eso os lo dejo a vosotras.
—Conmigo no cuentes —rebatió Alana—. Le he pasado el testigo a mi hermano Bruno.
Aquel nombre me hizo fruncir el ceño.
No había visto aún al siguiente miembro en la sucesión al trono Remo Delgado, aunque tampoco me extrañaba demasiado, de hecho, en las pocas ocasiones en las que había vuelto a Costa Serena nunca coincidimos.
—¿No me dijiste que sería él quien traería a Hans del aeropuerto?
Alana asintió sin darle demasiada importancia a mi pregunta.
—Sí. Estará por ahí. —Curioseó a nuestro alrededor hasta que pareció encontrarlo—. ¡Allí!
Seguí la dirección que me marcaba y entrecerré los ojos.
—No veo una mierda —admití con pesar—. Voy a tener que ligarme a un oculista. ¿Qué edad crees que tendrá Alain Afflelou? O quizá tenga algún hijo. Investigaré…
Mis amigas soltaron una carcajada, y Alana terminó negando con la cabeza como si me diese por perdida.
—Está allí, al lado de la piscina. Es el que está morreándose con Laura, la chica morena del pantalón amarillo.
Ubiqué una mancha de ese color en la lejanía. Debían de ser ellos.
—¿Es la misma Laura de siempre?
Ella asintió, y compuse una mueca de repulsa que no fue correspondida, pues Alana perdió automáticamente el interés en la conversación cuando el hijo mayor de nuestra amiga Alba, que aún no tenía ni tres años, llegó hasta nosotras.
Permanecí con ellas un rato más antes de que me pudiese la curiosidad. Esperé paciente a que el homenajeado llegase hasta nosotras, le di los dos besos de rigor a modo de saludo y felicitación y me excusé con rapidez, separándome de ellos en dirección a la piscina.
Tenía un claro objetivo, por lo que tomé como referencia aquella mancha amarilla que, conforme me acercaba, dejó paso a la visión de los pantalones más horribles que jamás había visto en mi vida.