1 He vuelto
Regresar, a veces, es la parte más difícil, porque puede que hayas cambiado tanto estando fuera del rompecabezas que ya no encajes
ÁFRICA
Cuando me bajé del taxi y observé la fachada de la vivienda que tenía a mi derecha no pude evitar suspirar.
La vida, la puta vida, se componía de etapas, y yo sabía que la mía en ese pueblo había acabado hacía tiempo.
Puede que por eso no me había dolido demasiado dejar atrás el cartel de Costa Serena cuando me marché siete años atrás y tampoco me costó regresar tan solo de visita unas pocas veces desde entonces; sin embargo, cuando abracé a mi madre y me fijé en su aspecto, algo más marchito desde la última vez que la vi en persona hacía muchos meses, sentí un pellizco nada agradable en mi interior: el de la culpabilidad por haberla dejado sola.
—Qué guapa estás, hija —me alabó ella agarrándome de las mejillas.
—Mamá, no llores.
Le sonreí y volví a abrazarla un poco más fuerte esa vez. Ella no tardó en separarse y secarse las lágrimas con el dorso de las manos, negando un par de veces con brío.
—Ya está bien. Venga, ven a tu habitación. La pinté la semana pasada —comentó mientras subíamos por la estrecha escalera—. A ver si te gusta cómo ha quedado.
Su tono esperanzado me enterneció un poco y dejé con cuidado mi bolso sobre el ajado aparador del descansillo. La decoración de la vivienda seguía siendo la misma desde mi nacimiento.
—Qué bonito —le dije forzando una sonrisa al apreciar el horrendo color naranja de las paredes en combinación con los cojines y cortinas estampadas de flores en el mismo tono. Iba a tener pesadillas cada vez que cerrase los ojos—. No tenías que haberte molestado, mamá. No voy a estar mucho tiempo.
El gesto se le contrajo durante unas milésimas de segundo, lo justo para que su dolor no me pasase desapercibido.
—Ya le hacía falta —se excusó—. Llevaba sin hacerle nada desde que te fuiste.
En ese instante me arrepentí de haberla avisado con la suficiente antelación. Aquella sería la vez que más tiempo pasaría en Costa Serena desde mi marcha, una semana. Mis amigas me habían insistido y la verdad era que tenía ganas de pasar tiempo con ellas.
Alba acababa de ser madre por tercera vez, y Alana, aunque no seguía los pasos de nuestra amiga, también había conseguido grandes cosas en los últimos tiempos, como un novio que la tenía sumamente satisfecha y resplandeciente, pese a ser trece años mayor que ella.
Siempre se lo había dicho, la veteranía era un grado a tener en cuenta en aspectos como el del sexo.
Y justo ese era uno de los motivos por los que estaba tan colada desde hacía milenios por su padre, un cuarentón que había protagonizado mis fantasías más tórridas desde mi despertar hormonal.
Bueno, por eso y porque poseía el cuerpo más perfecto que había visto en mi vida, y yo de eso sabía un rato. Me había centrado en estudiar a fondo numerosas anatomías masculinas durante todos esos años como para saber cómo y dónde fijarme para comparar.
Comí con mi madre y un rato más tarde, tras haber colocado mis carísimas prendas en el armario de la habitación donde aún se encontraba mi ropa cutre de adolescente, me di una ducha, y ambas salimos en diferentes direcciones.
—Mamá, alegra esa cara. Te vas con tus amigas de fin de semana, no a un velatorio.
—Hija, es que para una vez que vienes…
—Ya lo tenías organizado —le dije una vez más—. Lo más seguro es que nosotros acabemos tarde, ya sabes cómo son las fiestas en casa de Alana, así que me quedaré allí a dormir para que no te preocupes, ¿vale?
—Vale, pero no te creas que me voy muy contenta. —Le palmeé el trasero, y ella soltó un gritito, avergonzada—. ¡África de la Vega!
—Sánchez —completé con descaro—. Venga, a disfrutar, que eres muy joven aún para estar siempre encerrada.
Mi madre se quejó un poco más y, tras guiñarle un ojo, terminé escuchando su risa. Esta se intensificó cuando contoneé de forma exagerada el culo mientras me alejaba calle abajo.
Llegué a casa de los Remo Delgado más tarde de lo que había previsto, pues los tacones dificultaron mi caminar por las calles del pueblo y el calor ralentizó mi avance.
No tenía ninguna intención de aparecer en casa de los padres de mi amiga, empapada en sudor como una vulgar pueblerina —cosa que en realidad era, pero que me había esforzado por camuflar durante todos esos años—, así que me lo había tomado con calma.
Por suerte, cuando vislumbré la esbelta y atlética figura de Alana en la terraza, todavía no había demasiada gente en el evento.
—¡He vuelto! —Alcé la voz, lo que provocó que girase la cabeza.
No le di tiempo a reaccionar y volé hasta ella, tirándome en sus brazos mientras ambas chillábamos como dos niñas pequeñas.
—¡Afri! —murmuró contra mi pelo con ilusión.
—¡Alana! ¡Tía! ¡Que estoy aquí otra vez! —repetí sin llegar a creérmelo, con una alegría sincera invadiendo mi interior. Me recreé en esa sensación que me era tan ajena últimamente—. Costa Serena, ¡I’m back!
—¡Sí! Qué bien que hayas podido venir. —Ella soltó una risa encantada y me agarró de las manos. Aquello provocó que nuestros cuerpos se separasen. La mirada de mi amiga se centró en mi figura y no dejó ni un centímetro por recorrer. Me moví con coquetería ante ella—. Guau, estás impresionante.
El tono de admiración que utilizó hizo que una sonrisa vanidosa se me dibujase en los labios. Sabía que lo estaba, era consciente de lo que reflejaba el espejo cuando me ponía frente a él.
Mi amiga se fijó entonces en el generoso escote de mi vestido y abrió los ojos con asombro, lo que hizo que soltase una carcajada ante su gesto.
—¿Te gustan? —Me reajusté el pecho con elegancia y elevé ambas cejas con diversión—. Obsequio de mi última conquista. Era cirujano plástico.
—Un regalo muy… ¿interesante? —dijo dubitativa para, un segundo después, horrorizarse—. Espera… ¿Era? ¿Lo has matado o algo así? Por favor, dime que no te lo has cargado.
—No. —Reí por lo absurdo de su deducción—. Solo pertenece al pasado.
—No sé por qué no me sorprende.
Me encogí de hombros y pasé mi brazo por el suyo, girándome con ella y observando nuestro alrededor. Tenía claro lo que buscaba y no detuve mi barrido ocular hasta que lo encontré junto a la barbacoa.
Se me hizo la boca agua y no precisamente por la comida que había en ella.
—Bueno, bueno. ¿Qué me he perdido durante todos estos años?
Seguro que hay alguna novedad jugosa al margen de lo bueno que sigue estando tu padre.
Dios… —siseé con los labios y me mordí uno de ellos cuando el susodicho se secó el sudor de la frente con el bajo de la camiseta, lo que hizo que su definido y glorioso abdomen quedase a la vista—.
¿Qué edad tiene ya? Este hombre es como el vino…
—África, por lo que más quieras —me rogó Alana con un gemido lastimero que decidí obviar.
—En serio, ¿cuántos años tiene?
Mi amiga suspiró y contestó a desgana.
—Cuarenta y seis.
—Cuarenta y seis meneos le daba —murmuré sabiendo lo que conseguiría con mi comentario.
Me reí con ganas cuando ella me dio un empujón y le pasé un brazo por la cintura con cariño.
Mierda, la había echado demasiado de menos, a ella y a Alba, a la que aún no veía por allí—.
Bueno, y ¿qué opinas sobre que nuestra amiga haya decidido seguir los pasos de tus padres y ya tenga tres hijos? Por cierto, vendrá, ¿no?
Alana sonrió enternecida y asintió con la cabeza.
—Sí, más tarde. —Frunció los labios con un gesto tierno—. Y te aviso de que la niña es una muñeca preciosa y buenísima.
—Uy, uy, uy… Me da que te está entrando el gusanillo —la piqué.
—¡No! —Negó con la cabeza con tal vehemencia como si le hubiese preguntado si su dieta consistía en desayunar recién nacidos—. Estamos muy bien como estamos y no nos hace falta nada más. Ni Hans ni yo queremos niños.
No era la primera vez que escuchaba esa explicación, sin embargo, no terminaba de creerme que un Remo Delgado no quisiera tener descendencia.
¿No iba contra natura o algo así?
Me guardé el tema para tratarlo en profundidad con el cabeza de familia y así, de paso, podría recrearme en él a conciencia.
—Ya, ya —contesté no muy convencida, a la vez que la figura de una chica morena con un cuerpo espectacular pasaba a unos metros de distancia.
Tuve que poner empeño en discernir su rostro, pero, cuando me di cuenta de quién era, mis ojos se abrieron por el asombro—. ¡Hostia! ¿Esa es tu hermana Fabiola?
Alana siguió el curso de mi mirada y asintió con una sonrisa orgullosa.
—La misma.
—Madre mía. —Silbé con admiración al apreciar sus curvas—. Y seguro que no le habrá hecho falta tirarse a ningún cirujano cincuentón, que para nada estaba igual de bueno que tu padre, para conseguirlas.
Alana se carcajeó algo horrorizada. No la culpaba, había perdido práctica en eso de tratarme en vivo y en directo. Pronto se pondría al día; tendría África para rato.
—Por supuesto que no.
—Maldita genética la vuestra —me quejé.
—Entrena cada día —me aclaró—. Cuando acabe la carrera va a prepararse para las pruebas de la Policía.
Giré la cabeza hacia mi amiga y la miré con interés. Recordaba haber escuchado esa misma cantinela en los labios de una chiquilla retraída y asustadiza, aunque no le había dado la menor importancia en aquel momento, al fin y al cabo, tan solo eran los sueños de grandeza de una niña.
—No me jodas, ¿pato? ¿Al final lo va a hacer de verdad?
—Nadie la llama así ya.
Alana se encogió de hombros y sonrió, haciendo referencia al mote que todos los hermanos habían utilizado para llamar a la única morena de la familia.
—No me extraña. Como en el cuento, se ha convertido en un cisne pibón.
Mi amiga se echó a reír por mi comentario, y sentí un par de ojos fijos en mi cuerpo. Juraría que eran masculinos, a juzgar por la intensidad con la que los sentía recorrerme.