Capitulo 10 Preocupación
PREOCUPACIÓN
Rin llegó a la ciudad tres días antes de lo acordado.
Bajó del tren con la maleta entre las manos.
Durante unos segundos no hizo nada.
Solo miró alrededor.
Había llegado.
Después de tantos kilómetros.
Después de tantos días.
Después de todas aquellas noches imaginando aquel momento.
Finalmente estaba allí.
El lugar donde ella y Asahi habían decidido encontrarse.
Rin sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
Miró el reloj.
Todavía faltaban algunas horas para la hora acordada.
Sonrió.
—Llegué demasiado temprano...
Se rió nerviosamente.
No sabía qué hacer con las manos.
Miró hacia un lado.
Después hacia el otro.
Pensó en cómo sería verlo.
¿Lo reconocería inmediatamente?
¿Se pondría nerviosa?
Probablemente sí.
¿Él también estaría nervioso?
Seguramente.
Rin sonrió al imaginarlo.
Se sentó en una banca.
Abrió su diario.
Escribió:
Día 7.
Llegué.
Se quedó mirando aquellas dos palabras.
Parecían demasiado pequeñas para todo lo que había ocurrido.
Añadió:
Estoy en el lugar donde vamos a conocernos.
Después cerró el diario.
Miró el reloj otra vez.
Faltaban horas.
Solo horas.
Podía esperar.
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La primera tarde pasó lentamente.
Rin caminó por los alrededores.
Conoció algunas calles.
Entró en una pequeña tienda.
Compró algo para comer.
Después regresó al lugar acordado.
Se sentó.
Esperó.
Cada vez que veía aparecer a un chico con una maleta, levantaba la cabeza.
Cada vez que alguien caminaba en su dirección, sentía que el corazón se le aceleraba.
Pero nunca era él.
Pasó una hora.
Después otra.
El cielo comenzó a oscurecerse.
Rin miró el reloj.
La hora había llegado.
Y pasó.
Sin Asahi.
—Quizá tuvo un retraso.
Lo dijo en voz alta.
Como si alguien pudiera escucharla.
Sacó su teléfono.
No había mensajes.
Abrió la conversación.
El último mensaje seguía allí.
"Espero que estés bien. Te veré pronto."
Rin sonrió.
—Seguro llegará.
Esperó otra hora.
Nada.
Finalmente comenzó a hacer frío.
Rin abrazó su maleta.
—Mañana.
Se dijo a sí misma.
—Seguramente mañana.
Y se marchó.
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Día 8
Rin despertó temprano.
Había dormido poco.
Durante toda la noche había pensado en lo mismo.
Quizá Asahi había llegado tarde.
Quizá había tenido problemas con el transporte.
Quizá había encontrado otro camino.
Quizá no tenía señal.
Había demasiadas posibilidades.
Se levantó.
Desayunó.
Y regresó al lugar donde habían acordado encontrarse.
Esperó.
Una hora.
Dos.
Tres.
Nada.
Sacó el teléfono.
Miró la pantalla.
Nada.
Rin escribió:
"¿Dónde estás?"
Esperó unos segundos.
Después añadió:
"Ya llegué."
Lo envió.
La pantalla permaneció en silencio.
Rin guardó el teléfono.
—Está bien.
Intentó sonreír.
—Solo está retrasado.
Pero aquella vez la frase sonó diferente.
Ya no parecía una certeza.
Parecía una petición.
Como si estuviera intentando convencer al mundo.
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El segundo día comenzó a sentirse extraño.
Rin caminaba por las mismas calles una y otra vez.
Miraba las estaciones.
Preguntaba por los trenes.
Observaba a cada persona que bajaba.
Esperaba ver aquella cara que había imaginado tantas veces.
Nada.
Al mediodía compró algo de comer.
No tenía hambre.
Comió unas cuantas cucharadas y dejó el resto.
Por la tarde se sentó en una banca.
Abrió su diario.
Intentó escribir.
No pudo.
La página quedó en blanco.
Pasaron varios minutos.
Finalmente escribió:
"Todavía no llega."
Se quedó mirando la frase.
La tachó.
Escribió:
"Seguro está bien."
También la tachó.
Volvió a escribir.
"No sé qué está pasando."
Esta vez no la tachó.
Cerró el diario.
Por primera vez desde que había comenzado el viaje, sintió algo que no había sentido antes.
Miedo.
No tengo miedo a viajar.
No tengo miedo a estar sola.
Miedo a perder a alguien que todavía ni siquiera había podido abrazar.
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Esa noche volvió a su habitación.
Se sentó sobre la cama.
El teléfono estaba sobre sus piernas.
La pantalla iluminaba su rostro.
Rin abrió la conversación.
Volvió a leer todos los mensajes.
Meses de conversaciones.
Meses de bromas.
Meses de pequeñas cosas.
Había mensajes sobre comida.
Sobre películas.
Sobre sueños.
Sobre cosas completamente tontas.
Mensajes que en aquel momento parecían insignificantes.
Ahora cada uno parecía importante.
Rin deslizó la pantalla hacia arriba.
Leí uno.
Después otro.
Sonrió.
Luego apareció una conversación de hace varios meses.
Asahi le había preguntado:
"¿Qué harías si algún día desapareciera?"
Rin recordó su respuesta.
"Te buscaría."
En aquel momento había sido una broma.
Ahora no.
Rin dejó el teléfono sobre la cama.
Se llevó las manos al rostro.
—No hagas esto...
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Por favor...
No sabía con quién estaba hablando.
Quizá consigo misma.
Quizá con Asahi.
Quizá con algo que ni siquiera podía nombrar.
—Solo dime que estás bien.
Nada.
La habitación permaneció en silencio.
Rin lloró hasta quedarse dormida.
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Día 9
Al despertar, lo primero que hizo fue mirar el teléfono.
Nada.
Aquello fue lo que más le dolió.
Ni siquiera había esperado levantarse.
Había abierto los ojos esperando encontrar una respuesta.
Pero la pantalla seguía vacía.
Rin se sentó en la cama.
Durante unos segundos no se movió.
Después tomó su diario.
Escribió:
"Hoy debería haberlo conocido."
La tinta se detuvo.
Una lágrima cayó sobre la página.
Rin la limpió rápidamente.
Intentó continuar.
"No sé dónde está."
Otra pausa.
"No sé si está bien."
Cerró el diario.
Ya no podía escribir.
Se vistió y salió.
Necesitaba caminar.
Necesitaba encontrar una explicación.
Cualquier explicación.
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La ciudad estaba más llena de gente que los días anteriores.
Rin caminaba entre las personas.
Todos parecían continuar con sus vidas.
Una mujer llevaba bolsas de compras.
Un hombre hablaba por teléfono.
Dos niños corrían detrás de una pelota.
Una pareja caminaba bajo un paraguas.
Rin los observó.
Le pareció extraño.
El mundo continuaba.
Los restaurantes seguían abiertos.
Los trenes seguían llegando.
Las personas seguían riendo.
Y mientras tanto...
ella sentía que algo dentro de su mundo se había detenido.
Caminó sin rumbo.
Una calle.
Otra.
Después otra.
Hasta que llegó a una pequeña zona comercial.
Había televisores encendidos dentro de una tienda.
Rin no prestó atención al principio.
Hasta que escuchó una palabra.
Inundación.
Se detuvo.
Miró hacia la pantalla.
Las imágenes mostraban calles cubiertas de agua.
Vehículos arrastrados.
Personas siendo evacuadas.
Casas dañadas.
Equipos de rescate.
Rin sintió que algo dentro de su pecho se congelaba.
Se acercó.
Había un grupo de personas mirando las noticias.
La presentadora hablaba con tono grave.
Las lluvias habían provocado inundaciones severas en varias zonas.
Algunas áreas habían quedado incomunicadas.
Las autoridades continuaban con las labores de rescate.
Había víctimas.
Muchas.
Demasiadas.
Rin no podía apartar la mirada.
La noticia continuó.
Los equipos de emergencia habían trasladado a numerosas personas a hospitales cercanos.
La cifra de fallecidos seguía aumentando.
El desastre estaba siendo descrito como uno de los peores fenómenos naturales ocurridos en años en aquella región.
Rin dejó de respirar durante unos segundos.
—No...
La palabra salió apenas de sus labios.
Volvió a mirar la pantalla.
La zona afectada.
Las rutas están cerradas.
Las ciudades aisladas.
Los hospitales.
Todo comenzó a encajar.
Asahi había estado viajando.
Había perdido trenes.
Había tenido retrasos.
Había tomado diferentes rutas.
Y ahora...
Rin sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
—No...
Sacó su teléfono.
Abrió la conversación.
Escribió:
"Asahi."
Esperó.
Nada.
—No puede ser.
Volvió a mirar las noticias.
Los reporteros hablaban de personas desaparecidas.
Personas trasladadas.
Personas que todavía no habían podido ser identificadas.
Rin sintió un vacío en el pecho.
No podía pensar.
No podía respirar correctamente.
Las manos comenzaron a temblarle.
—No.
Una lágrima cayó sobre la pantalla.
—Tú dijiste que me verías.
Miró nuevamente la televisión.
—Dijiste que llegarías.
Guardó el teléfono.
Y comenzó a correr.
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El primer hospital estaba a varios kilómetros.
Rin llegó sin aliento.
Entró por las puertas principales.
Había personas por todas partes.
Familias.
Rescatistas.
Personal médico.
Personas esperando noticias.
Rin se acercó al mostrador.
—Disculpe...
La mujer levantó la mirada.
—¿Sí?
—Estoy buscando a una persona.
—¿Nombre?
Rin dijo el nombre.
La mujer revisó algunos documentos.
—¿Es familiar?
Rin se quedó callada.
—No.
—Entonces no puedo darte información privada.
—Por favor.
La mujer negó suavemente con la cabeza.
—Lo siento.
Rin sintió que el corazón se le rompía un poco más.
—¿Puede decirme al menos si está aquí?
La mujer volvió a revisar.
—No puedo confirmar eso.
Rin bajó la cabeza.
—Entiendo.
Salió.
Pero no se rindió.
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Segundo hospital.
Nada.
Tercer hospital.
Nada.
Cuarto hospital.
Nada.
Cada puerta que cruzaba hacía que el corazón le latiera más rápido.
Cada vez que escuchaba un nombre, levantaba la cabeza.
Cada vez que veía una camilla, se quedaba quieta.
Cada vez que un médico salía de una habitación, sentía que podía ser la respuesta.
Pero nunca lo era.
La noche llegó.
Rin seguía caminando.
Tenía los pies adoloridos.
Los ojos hinchados.
La ropa arrugada.
Ya no sabía cuánto tiempo llevaba buscando.
Pero continuaba.
Porque detenerse significaba aceptar una posibilidad que no estaba preparada para aceptar.
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El quinto hospital era diferente.
Había mucha más gente.
Demasiada.
Rin entró lentamente.
Las puertas automáticas se cerraron detrás de ella.
El sonido de sus pasos resonó por el pasillo.
Miró alrededor.
Familias sentadas.
Médicos corriendo.
Enfermeras entrando y saliendo.
Una persona llorando en una esquina.
Otra abrazando a alguien.
Rin apretó su diario contra el pecho.
Caminó hasta el mostrador.
La mujer que estaba detrás levantó la mirada.
—¿Puedo ayudarte?
Rin intentó hablar.
Su voz no salió.
Tragó saliva.
Volvió a intentarlo.
—Estoy buscando a...
Se detuvo.
Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.
La mujer se levantó un poco de su asiento.
—Tranquila.
Rin respiró profundamente.
—Estoy buscando a un chico.
—¿Nombre?
Rin abrió la boca.
Y dijo su nombre.
La mujer miró la computadora.
Sus dedos comenzaron a moverse sobre el teclado.
Rin permaneció inmóvil.
No podía escuchar nada más.
Ni las voces.
Ni los pasos.
Ni las máquinas.
Solo podía escuchar su propio corazón.
La mujer dejó de escribir.
Levantó la mirada.
Rin sintió que el mundo entero se detenía.
Y entonces...
La mujer comenzó a decir algo.
Rin abrió los ojos.
El aire parecía desaparecer de la habitación.
FIN DEL CAPÍTULO 11