Capitulo 8 La lluvia
LA LLUVIA
La lluvia comenzó poco después del amanecer.
Asahi la observó desde la ventana del pequeño lugar donde había pasado la noche.
No parecía diferente a cualquier otra lluvia.
El cielo gris.
Las calles mojadas.
El sonido constante de las gotas contra los techos.
Nada que pudiera hacer pensar que aquel día terminaría cambiándolo para siempre.
Asahi terminó de comer algo y salió.
Había conseguido avanzar bastante gracias al barco.
Todavía estaba lejos de su destino, pero al menos seguía avanzando.
Eso era lo importante.
Caminó por las calles del pueblo.
La lluvia aumentó.
Primero fue ligera.
Después más fuerte.
La gente comenzó a caminar deprisa.
Algunos comerciantes cerraron sus negocios.
Los vehículos empezaron a abandonar las calles.
Asahi levantó la mirada.
—Parece que se viene una buena...
No terminó la frase.
Un trueno hizo vibrar las ventanas.
Asahi continuó caminando.
No tenía sentido preocuparse.
Había vivido días peores.
Después de todo, había perdido un tren.
Le habían robado la maleta.
Había trabajado en un barco.
¿Qué podía ocurrir ahora?
Aquella pregunta fue lo último que pensó antes de que el agua comenzará a subir.
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Al principio nadie pareció darse cuenta.
Unos centímetros.
Nada más.
El agua corría por las calles y desaparecía por las alcantarillas.
Pero seguía lloviendo.
Y seguía.
Y seguía.
Hasta que las alcantarillas dejaron de tragarse el agua.
Entonces comenzaron los gritos.
—¡El agua está subiendo!
Asahi se giró.
Miró la calle.
El agua ya cubría sus zapatos.
—¿Qué?
Una corriente comenzó a avanzar entre los vehículos.
La gente empezó a correr.
Los comercios cerraron sus puertas.
Algunos intentaban levantar objetos del suelo.
Otros buscaban a sus familiares.
Asahi se quedó inmóvil.
Nunca había visto algo parecido.
Un hombre pasó corriendo junto a él.
—¡Sube a un lugar alto!
Asahi reaccionó.
Comenzó a correr.
El agua ya le llegaba a los tobillos.
Después a las pantorrillas.
El teléfono estaba dentro de su bolsillo.
Lo sacó.
La pantalla seguía encendida.
Tenía varios mensajes.
Asahi miró uno.
De Rin.
Sintió un pequeño alivio.
Todavía podía hablar con ella.
Todavía podía decirle que estaba bien.
Escribió rápidamente:
"Rin, estoy bien. Parece que hay una inundación..."
No pudo terminar.
Una corriente golpeó sus piernas.
El teléfono salió disparado de sus manos.
—¡No!
Asahi intentó atraparlo.
Lo vio caer al agua.
La corriente lo arrastró.
—¡Mi teléfono!
Corrió detrás de él.
No pudo alcanzarlo.
Desapareció bajo el agua sucia.
Asahi se quedó quieto.
Por un instante, todo el ruido alrededor pareció desaparecer.
—No...
Miró el lugar donde había desaparecido.
—No, no, no...
Era solamente un teléfono.
Lo sabía.
Pero en ese momento no era solamente eso.
Era su única forma de hablar con Rin.
La única manera de saber si ella estaba bien.
La única voz que todavía podía alcanzar desde aquella distancia.
Y acababa de perderla.
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La corriente aumentó.
Asahi escuchó un golpe.
Un vehículo había sido desplazado varios metros.
La gente comenzó a gritar.
Un hombre intentaba abrir la puerta de una casa.
Una mujer llamaba desesperadamente a alguien.
Un niño lloraba.
Asahi sintió miedo.
No el miedo que había sentido frente a los yakuza.
No el miedo divertido de no saber qué iba a pasar.
Esto era diferente.
Era un miedo frío.
El tipo de miedo que aparece cuando comprendes que algo está ocurriendo y que no tienes ningún control sobre ello.
Asahi comenzó a ayudarme.
Agarró el brazo de una mujer para sacarla de una zona donde el agua corría con fuerza.
Ayudó a un hombre mayor a subir unas escaleras.
Después escuchó un grito.
—¡Ayuda!
Se giró.
Un hombre había quedado atrapado detrás de un vehículo.
Asahi corrió hacia él.
—¡Espere!
El agua le golpeaba las piernas.
Intentó mover el vehículo.
No pudo.
Otro hombre llegó.
Después otro.
Entre los tres intentaron liberarlo.
—¡A la cuenta de tres!
—¡Uno!
—¡Dos!
—¡Tres!
El vehículo se movió apenas.
El hombre atrapado logró sacar una pierna.
Entonces una corriente mucho más fuerte atravesó la calle.
Los tres cayeron.
Asahi golpeó el suelo.
Sintió que el agua lo arrastraba.
Intentó agarrarse de algo.
Una mano lo sujetó.
—¡Agárrate!
Asahi levantó la mirada.
Era uno de los hombres que había estado ayudando.
Lo sujetó con todas sus fuerzas.
Asahi logró ponerse de pie.
—¡Tenemos que sacar a ese hombre!
Volvieron a mirar.
El hombre ya no estaba allí.
La corriente lo había llevado.
Asahi se quedó mirando.
—No...
Buscaron.
Gritaron.
Corrieron.
Pero no lo encontraron.
Y por primera vez en su vida, Asahi comprendió que algunas cosas no tienen un final feliz.
No importa cuánto quieras.
No importa cuánto corras.
No importa cuánto lo intentes.
Hay momentos en los que simplemente llegas demasiado tarde.
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Horas después, la lluvia comenzó a disminuir.
El agua seguía cubriendo algunas calles.
Los equipos de rescate comenzaron a llegar.
Vehículos.
Ambulancias.
Personas con impermeables.
Linternas.
Gente buscando familiares.
Gente buscando casas.
Gente buscando respuestas.
Asahi permanecía sentado en una escalera.
Estaba completamente empapado.
Tenía frío.
Mucho frío.
Miró sus manos.
Temblaban.
Había pasado todo el día ayudando a desconocidos.
Y aun así no podía dejar de pensar en una sola persona.
Rin.
¿Dónde estaba?
¿Estaría bien?
¿Habría llegado a su próximo destino?
¿Tendría problemas?
¿Estaría asustada?
Intentó recordar su número.
No pudo.
Había confiado demasiado en aquel pequeño aparato.
Ahora no tenía nada.
Asahi cerró los ojos.
—Por favor...
No sabía exactamente a quién se lo estaba pidiendo.
A Dios.
Al destino.
Al cielo.
A quien fuera.
—Que esté bien.
Se quedó allí durante varios minutos.
Hasta que un rescatista se acercó.
—¿Estás solo?
Asahi asintió.
—Sí.
—¿Tienes familia aquí?
—No.
—¿A dónde necesitas ir?
Asahi abrió la boca.
Por primera vez no supo qué responder.
No tenía dirección.
No tenía teléfono.
No tenía maleta.
Solo tenía un destino.
Y una promesa.
—Necesito llegar a otra ciudad.
El rescatista lo observó.
—Ahora mismo no puedes viajar por tu cuenta.
Asahi bajó la mirada.
—Entiendo.
—Te llevaremos con los demás evacuados.
Asahi asintió.
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La parte trasera del vehículo de rescate estaba llena de personas.
Algunos estaban heridos.
Otros simplemente permanecían en silencio.
Una mujer abrazaba a su hija.
Un anciano miraba por una pequeña ventana.
Un hombre tenía la cabeza apoyada contra la pared.
Nadie hablaba demasiado.
Asahi se sentó en una esquina.
El vehículo comenzó a avanzar.
Las calles pasaban lentamente frente a él.
Casas inundadas.
Autos abandonados.
Negocios cerrados.
Personas caminando entre el agua.
Todo parecía diferente.
Unas horas atrás aquel lugar había sido una ciudad cualquiera.
Ahora parecía una ciudad que había envejecido de golpe.
Asahi apoyó la cabeza contra la pared.
Cerró los ojos.
Pensé en los últimos días.
Había salido de casa creyendo que viajar significaba llegar a un lugar.
Ahora entendía que estaba equivocado.
Viajar también significaba perder cosas.
Encontrar personas.
Tener miedo.
Descubrir cuánto puedes soportar.
Y aprender que el mundo no se detiene porque tú estés sufriendo.
El vehículo tomó una curva.
Asahi abrió los ojos.
Miró hacia afuera.
La lluvia seguía cayendo.
Más débil ahora.
Casi tranquila.
Qué extraño.
El mismo cielo que había destruido calles unas horas antes parecía completamente inocente.
Asahi recordó al hombre que no pudieron salvar.
Sintió un nudo en el pecho.
Antes habría pensado que la vida era injusta.
Ahora comprendía algo peor.
La vida no siempre era justa ni injusta.
Simplemente ocurría.
Y tú tenías que decidir qué hacer después.
Asahi cerró los ojos nuevamente.
Había perdido su maleta.
Había perdido su teléfono.
Había perdido la tranquilidad con la que había comenzado aquel viaje.
Pero no había perdido su destino.
Todavía quería verla.
Todavía quería llegar.
Y aunque ya no podía decirle que estaba bien...
aunque no podía saber si ella estaba bien...
seguiría avanzando.
Asahi miró la oscuridad detrás de la ventana.
—Rin...
Su voz apenas fue un susurro.
—No sé dónde estás ahora.
Apretó las manos.
—No sé si estás bien.
El vehículo continuó avanzando hacia la siguiente ciudad.
Asahi respiró profundamente.
Esta vez no lloró.
Porque algo dentro de él había cambiado.
El chico que había salido de casa unos días atrás habría querido regresar.
El chico que ahora miraba aquella lluvia quería seguir adelante.
No porque ya no tuviera miedo.
Sino porque había aprendido que tener miedo no era una razón para detenerse.
Era una razón para seguir con más cuidado.
El vehículo avanzó por la carretera.
Y mientras las gotas golpeaban el techo, Asahi cerró los ojos.
—Voy a llegar hasta ti.
Hizo una pausa.
—Aunque tenga que hacerlo caminando.
Y por primera vez desde que comenzó aquel viaje... no pensó en cuánto faltaba para llegar.
Pensó solamente en continuar.