Capitulo 6 Un mal dia
UN MAL DÍA
Asahi despertó sobresaltado.
No sabía cuánto tiempo había dormido.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo del tren.
Después escuchó el sonido de los frenos.
El tren comenzó a disminuir la velocidad.
—¿Ya llegamos?
Se incorporó y miró por la ventana.
Afuera comenzaba a amanecer.
El cielo estaba cubierto de nubes grises y una fina lluvia golpeaba el cristal.
El tren finalmente se detuvo.
Asahi tomó su teléfono.
No había mensajes nuevos.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos.
Pensó en Rin.
Recordó que ella también había comenzado su viaje.
Sonrió.
—Espero que esté bien.
Se levantó, tomó sus cosas y bajó del tren.
La estación estaba prácticamente vacía.
Caminó unos metros hasta encontrar un banco.
Se sentó.
Tenía sueño.
Mucho sueño.
Y también hambre.
Sacó algo de comida que había comprado el día anterior.
Estaba a punto de abrirlo cuando una voz sonó por los altavoces.
—Debido a las fuertes lluvias y a problemas en el funcionamiento de las líneas ferroviarias, las estaciones permanecerán cerradas hasta nuevo aviso. Agradecemos su comprensión.
Asahi dejó de moverse.
Miró lentamente hacia los altavoces.
—¿Hasta nuevo aviso?
Miró su reloj.
Después miró las vías.
Después volvió a mirar el altavoz.
—No puede ser...
Sacó su teléfono.
Abrió la conversación con Rin.
Pensó en contarle lo que había ocurrido.
Escribió:
"Parece que mi tren se detuvo otra vez."
Se quedó mirando el mensaje.
Lo borró.
Volvió a escribir.
"Creo que llegaré tarde."
Lo borró nuevamente.
No quería preocuparme.
Al final escribió solamente:
"Espero que estés bien. Te veré pronto."
Presionó enviar.
Guardó el teléfono.
Se quedó sentado unos minutos.
No sabía qué hacer.
Pero esperar no iba a llevarlo hasta ella.
Así que se levantó.
—Vamos.
Tomó su mochila.
Y comenzó a caminar.
---
El pueblo se extendía frente a él.
A medida que avanzaba, comenzó a notar algo.
El mar.
Podía sentir el olor de la sal.
Escuchar a las gaviotas.
El sonido de los motores.
Había barcos por todas partes.
Pequeños.
Grandes.
Viejos.
Nuevos.
El pueblo parecía vivir gracias al océano.
Los hombres caminaban cargando cajas.
Algunos reparaban redes.
Otros limpiaban pescado.
Había personas gritando instrucciones desde los barcos.
Asahi se detuvo frente al puerto.
Nunca había estado en un lugar así.
Todo parecía moverse.
Todo parecía tener un propósito.
—Interesante...
Continuó caminando.
Entonces escuchó motores detrás de él.
Una motocicleta pasó rápidamente.
Después otra.
Y otra.
Asahi apenas tuvo tiempo de girarse.
Uno de los hombres extendió el brazo.
—¡Oye!
Agarró su maleta.
—¡¿Qué?!
La arrancó de su mano.
La motocicleta aceleró.
Asahi tardó unos segundos en reaccionar.
—¡NO!
Salió corriendo.
—¡ESPEREN!
Los hombres ni siquiera miraron atrás.
—¡POR FAVOR, DEVUÉLVANME LA MALETA!
Corrió todo lo que pudo.
Pero las motocicletas desaparecieron entre las calles.
Asahi se quedó parado.
Respirando con dificultad.
Miró sus manos.
Vacías.
Miró hacia la calle.
Nada.
—No...
Bajó la cabeza.
—No puede estar pasando.
Su maleta contenía casi todo.
Su ropa.
Sus cosas.
Parte de su dinero.
Todo.
Se sentó en una banca cercana.
Y por primera vez desde que comenzó el viaje, sintió ganas de regresar.
Las lágrimas comenzaron a aparecer.
—¿Por qué?
Se cubrió el rostro.
—¿Por qué todo me sale mal?
Pensó en Rin.
En lo lejos que estaba.
En la promesa que había hecho.
En todas las cosas que habían ocurrido durante los últimos días.
Y ahora ni siquiera tenía ropa.
Ni equipaje.
Solo su teléfono.
Y un poco de dinero.
Asahi se rió entre lágrimas.
—Qué desastre...
---
Después de un rato se levantó.
No podía quedarse allí.
Caminó hasta el puerto.
Preguntó a varias personas cuánto costaba viajar hasta el siguiente puerto.
Las respuestas fueron siempre las mismas.
Demasiado caro.
Muchísimo más de lo que podía pagar.
Finalmente se acercó a un barco.
Un hombre estaba revisando unas cuerdas.
Era bastante mayor.
Tenía la piel oscura por años bajo el sol y unas manos enormes llenas de pequeñas cicatrices.
—Disculpe.
El hombre levantó la mirada.
—¿Qué quieres?
—¿Cuánto cuesta un boleto hasta el siguiente puerto?
El hombre le dijo el precio.
Asahi palideció.
—Ah...
Miró su bolsillo.
—No puedo pagarlo.
El hombre lo observó.
—¿Por qué?
Asahi dudó.
Después decidió contarle.
Le explicó lo del tren.
La estación.
La maleta.
Los hombres de las motocicletas.
Y finalmente...
Rin.
—Tengo que llegar hasta ella.
El marinero se quedó en silencio.
Después miró el barco.
—¿Sabes trabajar?
Asahi parpadeó.
—¿Qué?
—Te estoy preguntando si sabes trabajar.
—No mucho.
El hombre sonrió.
—Entonces aprenderás.
Señaló el barco.
—Trabajas durante el viaje y te ganas el boleto.
Asahi miró el barco.
Después al hombre.
—¿En serio?
—¿Quieres llegar o no?
Asahi sonrió.
—Sí.
—Entonces sube.
Asahi tomó aire.
—Está bien.
Subió.
No sabía que acababa de aceptar uno de los trabajos más duros de su vida.
---
La primera hora fue horrible.
La segunda fue peor.
A la tercera ya no sabía por qué seguía vivo.
—¡Asahi!
—¡¿Sí?!
—¡Tira de esa cuerda!
—¡Estoy tirando!
—¡No es así!
—¿Entonces cómo?
—¡Con las dos manos!
Asahi utilizó ambas manos.
La cuerda parecía tener vida propia.
—¡Así!
—¡¿Así?!
—¡Sí!
—¡¿Seguro?!
—¡No preguntes tanto!
Asahi apretó los dientes.
—Sí, señor.
Los marineros se reían.
No porque quisieran burlarse de él.
Simplemente porque era evidente que no tenía idea de lo que estaba haciendo.
Uno de ellos se acercó.
—¿Nunca has trabajado en un barco?
—No.
—Se nota.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
El hombre comenzó a reír.
--- Con el paso de las horas, Asahi comenzó a entender aquel mundo.
Los marineros se levantaban antes del amanecer.
Trabajaban durante horas.
El frío no importaba.
La lluvia no importaba.
El cansancio tampoco.
El mar tenía sus propias reglas.
No perdonaba errores.
Uno de los marineros le contó que llevaba trabajando desde los quince años.
Otro le habló de su padre.
Otro de su esposa.
Otro de un hijo que vivía muy lejos.
Asahi escuchaba.
Nunca había pensado demasiado en las vidas que existían fuera de su pequeño mundo.
Cada hombre llevaba consigo una historia.
Y cada historia parecía tener algo que enseñar.
Durante un descanso, uno de los marineros se sentó junto a él.
—¿Por qué haces todo esto?
Asahi miró el mar.
—Quiero llegar hasta alguien.
—¿Tu novia?
Asahi se quedó callado.
—Todavía no.
El hombre sonrió.
—Entonces supongo que tienes que llegar antes de que se convierta en tu novia.
Asahi se rio.
—Supongo.
El hombre miró el horizonte.
—La gente cree que el mar separa a las personas.
Hizo una pausa.
—Pero también puede llevarlas hasta donde necesitan estar.
Asahi guardó silencio.
Miró las olas.
Pensó en Rin.
Quizá aquel viaje no estaba ocurriendo como había imaginado.
Pero cada problema lo estaba llevando a conocer algo nuevo.
Personas nuevas.
Historias nuevas.
Una vida que nunca había visto.
Tal vez viajar no consistía solamente en llegar a un lugar.
Tal vez también consistía en descubrir quién eras mientras intentaban llegar.
---
Cuando finalmente llegaron al siguiente puerto, el sol comenzaba a esconderse.
Asahi estaba agotado.
Tenía las manos adoloridas.
La ropa estaba sucia.
Y probablemente olía peor que el propio barco.
Pero había conseguido su boleto.
El capitán le entregó el dinero que había ganado.
—Toma.
Asahi lo miró.
—Gracias.
—No me agradezcas.
El hombre señaló el mar.
—Solo recuerda lo que aprendiste.
Asahi bajó del barco.
Antes de marcharse, se giró.
—Gracias por dejarme subir.
El capitán sonrió.
—Llega con esa chica.
Asahi levantó la mano.
—Lo haré.
Comenzó a caminar.
Ya era de noche.
Se sentó en una banca cerca del puerto.
Sacó su teléfono.
Había un mensaje.
Rin: "Hoy me pasó algo increíble."
Asahi sonrió.
—¿En serio?
Escribió:
"Cuéntame."
Esperó.
Mientras lo hacía, miró el mar.
No sabía qué estaría haciendo Rin.
Quizá ya estaba descansando.
Quizá había conocido algún lugar hermoso.
Quizá había conocido personas.
O quizá estaba teniendo un día tan extraño como el suyo.
Sonrió.
—Espero que estés bien.
Guardó el teléfono.
Se levantó.
Todavía faltaba mucho.
Muchísimo.
Pero ya había aprendido algo.
No necesitaba que el camino fuera fácil.
Solo necesitaba que siguiera existiendo.
Asahi comenzó a caminar nuevamente.
Miró hacia el cielo.
—Hay, Rin...
Hizo una pequeña pausa.
—No sé dónde estás en este momento.
El viento del mar pasó junto a él.
—Pero te aseguro que no me daré por vencido.
Y siguió caminando.
Porque todavía faltaban muchos kilómetros.
Y él todavía tenía que llegar hasta ella.