Capitulo 5 Gatos y historias
GATOS E HISTORIAS
El tren salió temprano aquella mañana.
Rin llevaba la maleta sobre las piernas y miraba por la ventana mientras el paisaje cambiaba lentamente.
Las casas comenzaron a desaparecer.
Después llegaron los campos.
Las montañas se hicieron más grandes a lo lejos y el cielo parecía mucho más amplio que de costumbre.
Apoyé la frente contra el cristal.
Era extraño.
Había salido de casa hacía apenas unas horas y ya sentía que estaba demasiado lejos.
Miré mi teléfono.
Ningún mensaje nuevo.
Sonreí.
—Seguro Asahi todavía está dormido.
Guardé el teléfono.
Todavía faltaban muchos kilómetros.
Y, aunque estaba nerviosa, una pequeña emoción comenzaba a crecer dentro de mí.
Por primera vez en mucho tiempo estaba haciendo algo solamente porque quería hacerlo.
No porque alguien me lo hubiera pedido.
No porque fuera necesario.
Simplemente porque había alguien al final del camino al que quería conocer.
Después de varias horas, el tren finalmente llegó a una pequeña estación.
Bajé.
Miré alrededor.
—Qué bonito...
El pueblo era mucho más pequeño de lo que había imaginado.
Había casas tradicionales, pequeños comercios y calles tranquilas.
Pero había algo que me llamó inmediatamente la atención.
Un gato.
Estaba sentado junto a la entrada de la estación.
Me miraba.
Yo lo miré.
—Hola...
El gato maulló.
Sonreí.
—Hola.
Seguí caminando.
Entonces vi otro.
Y otro.
Y otro más.
Me detuve.
—¿Hay muchos gatos aquí?
Miré hacia una calle.
Había uno durmiendo sobre una bicicleta.
Otro estaba sentado frente a una tienda.
Uno caminaba tranquilamente por la calle como si fuera el dueño de todo el pueblo.
Y entonces vi tres más.
—Esto es increíble.
Saqué mi teléfono y tomé una fotografía.
Un gato pasó junto a mis piernas.
—¡Espera!
Me agaché para acariciarlo.
El gato simplemente continuó caminando.
—Qué grosero.
Me levanté riendo.
Entonces recordé algo.
Miré el horario de los trenes.
El siguiente no salió hasta la mañana siguiente.
—¿Mañana?
Me quedé mirando el papel.
Suspiré.
Bueno.
No podía hacer nada al respecto.
Tendría que pasar la noche allí.
Y, si iba a hacerlo, al menos quería conocer el lugar.
---
Entré en una pequeña tienda.
Compré un cuaderno.
La portada tenía un dibujo sencillo de un tren atravesando unas montañas.
Me encantó inmediatamente.
—Este será mi diario de viaje.
Compré también un bolígrafo.
Salí de la tienda y me senté en una banca.
Abrí la primera página.
Escribí:
Día 1.
He llegado a un pueblo lleno de gatos.
Me quedé mirando la frase.
Añadí:
Todavía no sé por qué hay tantos.
Sonreí.
—Voy a descubrirlo.
---
Comencé preguntando a los habitantes.
Al principio me daba un poco de vergüenza.
Me acercaba.
Preguntaba.
Y cuando me responden, anotaba todo.
Un señor me dijo que los gatos habían llegado hacía décadas con los pescadores.
Una señora aseguró que los gatos eran descendientes de los animales que protegían los almacenes de arroz.
Otro hombre me dijo que todo aquello era una exageración.
—Los gatos simplemente están aquí.
—¿Entonces no sabe de dónde vienen?
—No.
—¿Nunca se lo preguntó?
—No.
Lo anoté de todos modos.
Historia número uno: los gatos simplemente aparecieron.
Me reí sola.
—Eso no explica nada.
Seguí caminando.
Hasta que conocí a una chica.
Estaba sentada frente a una pequeña tienda, acariciando a un gato negro.
Parecía tener aproximadamente mi edad.
Me acerqué lentamente.
—Disculpa.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Señalé al gato.
—¿Sabes por qué hay tantos gatos aquí?
La chica sonrió.
—¿Quieres escuchar la historia verdadera o la que cuenta la gente?
Parpadee.
—¿Hay una historia verdadera?
—Eso depende de a quién le preguntes.
Me senté junto a ella.
—Entonces quiero escuchar todas.
La chica soltó una pequeña carcajada.
—Me llamo Yuki.
—Yo soy Rin.
Yuki señaló el gato negro.
—Él se llama Kuro.
Kuro me miró.
—Hola, Kuro.
El gato cerró los ojos.
Yuki sonrió.
—Creo que le caes bien.
—¿En serio?
—Sí.
—Pero ni siquiera me miró.
—Precisamente.
Me reí.
Yuki comenzó a contarme la primera historia.
---
Según ella, muchos años atrás, un barco de pescadores había llegado al pueblo durante una tormenta.
Uno de los marineros llevaba consigo una pequeña gata.
El animal se escapó durante la noche.
Cuando la tormenta terminó, los pescadores intentaron encontrarla.
Nunca lo consiguieron.
Pero meses después comenzaron a aparecer gatos alrededor del puerto.
Después aparecieron más.
Y más.
Con los años, los gatos se convirtieron en una parte del pueblo.
—¿Y la gata original?
—Nadie lo sabe.
—Entonces quizá todos estos gatos son sus descendientes.
Yuki sonrió.
—Eso dice la gente.
Anoté todo en mi diario.
Historia número dos: una gata perdida fundó el pueblo de los gatos.
—¿Tú crees que sea verdad?
Yuki se encogió de hombros.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque a veces una historia no necesita ser verdadera para significar algo.
Me quedé callada.
Miré a los gatos que caminaban por la calle.
Quizá tenía razón.
---
Pasé todo el día con Yuki.
Me llevó a conocer las calles más bonitas del pueblo.
Me mostró un pequeño templo.
Me llevó hasta un mirador desde donde se podía ver el mar.
Y, por supuesto, me presentó a casi todos los gatos.
Cada uno tenía un nombre.
Cada uno tenía una historia.
Uno había pertenecido a un anciano que ya había fallecido.
Otro había aparecido una mañana dentro de una tienda y nunca se había marchado.
Había uno que, según Yuki, odiaba a todos los hombres.
—¿Por qué?
—No sabemos.
—¿Y cómo sabes que los odia?
Yuki señaló a un hombre que pasaba por la calle.
El gato lo vio.
Gruñó.
Después volvió a dormir.
—Entiendo.
Anoté otra cosa.
Historia número tres: nunca confíes en un gato que odia a los hombres.
Yuki comenzó a reír.
Yo también.
Por primera vez desde que había comenzado el viaje, olvidé que estaba nerviosa.
Olvidé la distancia.
Olvidé que mañana tendría que continuar.
Solo disfruté el momento.
---
Cuando comenzó a oscurecer, Yuki me llevó a un pequeño restaurante.
Abrí los ojos al entrar.
Había gatos por todas partes.
Uno dormía sobre una silla.
Otro estaba debajo de una mesa.
Había uno junto a la ventana.
Y otro caminaba tranquilamente entre los clientes.
—¿Aquí también?
Yuki se rio.
—Te dije que este pueblo está lleno de ellos.
Cenamos juntas.
Hablamos de nuestras vidas.
De la escuela.
De nuestros sueños.
De las personas que queríamos.
Yuki me preguntó por qué estaba viajando.
Me quedé unos segundos en silencio.
Después sonreí.
—Voy a conocer a alguien.
—¿Un chico?
Mis mejillas se pusieron rojas.
—Sí.
—¿Tu novio?
—Todavía no.
Yuki me miró con una sonrisa.
—Entonces espero que algún día puedas llamarlo así.
Bajé la mirada.
—Yo también.
Después de cenar, Yuki me ofreció quedarme en su casa. No tenía dónde pasar la noche.
Así que acepté.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Aun así.
—Rin.
—¿Sí?
—Te conozco desde hace unas horas.
—Sí.
—Y ya estás agradeciéndole demasiado.
Me reí.
—Lo siento.
—Eres rara.
—Eso me han dicho.
---
Esa noche me acosté en una pequeña habitación.
La casa estaba silenciosa.
Podía escuchar el viento afuera.
Y, de vez en cuando, el maullido de algún gato.
Saqué mi diario.
Escribí todo lo que había ocurrido.
El tren.
El pueblo.
Los gatos.
Las historias.
Yuki.
Después me quedé mirando la página.
Pensé en Asahi.
Me pregunté dónde estaría.
¿Qué estaría haciendo?
¿Habría llegado a su destino?
¿Estaría bien?
Miré mi teléfono.
Entonces escribí:
"¿Estás bien?"
No lo envié.
Lo borré.
Escribí otra cosa.
"Hoy conocí un pueblo lleno de gatos."
Tampoco lo envié.
Me quedé pensando.
Entonces recordé algo.
Él había dicho que quería saber cómo sería mi viaje.
Sonreí.
Escribí:
"Hoy me pasó algo increíble."
Presioné enviar.
Dejé el teléfono sobre la almohada.
Me acomodé entre las sábanas.
Cerré los ojos.
A cientos de kilómetros de distancia, otro teléfono acababa de iluminar una habitación.
Y, sin que yo lo supiera, Asahi estaba mirando exactamente las mismas palabras.
Hoy me pasó algo increíble.
Sonreí.
Quizá nuestros viajes serían diferentes.
Quizá nos ocurrirían cosas que jamás podríamos imaginar.
Pero aquella noche comprendí algo.
No importaba cuántos kilómetros hubiera entre nosotros.
Mientras pudiéramos contarnos nuestras historias al final del día...
la distancia parecía un poco más pequeña.
Y por primera vez desde que había salido de casa, me dormí sin miedo.
Sin saber que, al otro lado del país, Asahi también estaba pensando en mí.