Hasta Llegar A Ti Capitulo 3 La propuesta #2
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Capitulo 3 La propuesta #2

Y ninguno de los dos sabía todavía todo lo que tendría que ocurrir antes de llegar al otro. Capitulo 4 Los yakuza

LOS HOMbrES DEL TRAJE NEGRO

El tren se detuvo.

No fue una parada normal.

Primero hubo un movimiento extraño.

Después un ruido metálico que recorrió todo el vagón.

Finalmente, el tren quedó completamente inmóvil.

Asahi levantó la mirada.

—¿Qué pasó?

Nadie respondió.

Los pasajeros comenzaron a murmurar.

Una voz salió por los altavoces.

Debido a problemas en las vías, el servicio permanecerá suspendido hasta nuevo aviso.

Asahi miró su reloj.

Había calculado el viaje con cuidado.

Demasiado cuidado.

Si perdía aquel tren, llegaría tarde.

Y si llegaba tarde...

Rin estaría esperando.

Sacó el teléfono.

No tenía mensajes nuevos.

Miró nuevamente por la ventana.

Una pequeña ciudad se extendía al otro lado.

No parecía haber demasiada gente.

Casas bajas.

Pequeños comercios.

Calles tranquilas.

Nada parecido al lugar que había imaginado.

—Perfecto...

Bajó del tren.

Le habían dicho que probablemente el servicio se reanudaría por la noche.

Eso significaba varias horas de espera.

Asahi suspiró.

—Bueno. Supongo que puedo conocer el lugar.

No sabía que aquella decisión iba a convertirse en uno de los peores errores de su viaje.

O quizá...

uno de los mejores.

---

La ciudad era pequeña.

Mucho más de lo que había imaginado.

Caminó por una calle estrecha mientras observaba los negocios.

Una tienda de dulces.

Un restaurante familiar.

Una pequeña cafetería.

Un anciano sentado frente a un establecimiento leyendo el periódico.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Asahi compró algo de comer y continuó caminando.

No tenía prisa.

Por primera vez desde que había salido de casa, puede olvidarse un poco del reloj.

Miró el cielo.

Las nubes comenzaban a cubrirlo.

—Espero que no llueva.

Siguió caminando.

Entonces escuchó algo.

Un grito.

Asahi se detuvo.

—¡Ayuda!

Miró alrededor.

El grito había venido de un callejón.

Se quedó quieto.

No quería involucrarse.

De verdad que no.

Ya tenía suficiente con haber perdido el tren.

Tenía que llegar hasta Rin.

No podía permitirse problemas.

Entonces volvió a escucharlo.

—¡AYUDA!

Asahi cerró los ojos.

—No...

Sabía perfectamente lo que estaba pensando.

Y también sabía que iba a hacerlo.

—Solo voy a mirar.

Entró al callejón.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Avanzó unos metros.

Entonces vio a tres hombres.

Los tres llevaban trajes negros.

Uno estaba en el suelo.

Otro parecía discutir con alguien.

Y el tercero...

Tenía un tatuaje enorme que desaparecía bajo el cuello de su camisa.

Asahi se quedó inmóvil.

—Ah.

Los hombres se giraron.

Silencio.

Uno de ellos lo miró.

—¿Quién eres?

Asahi tragó saliva.

—Yo...

Miró hacia atrás.

La salida estaba a pocos metros.

Podía correr.

Probablemente debía correr.

Pero entonces el hombre del suelo volvió a gritar.

—¡Ayúdame!

Asahi se acercó.

—¿Estás bien?

El hombre levantó la mirada.

—Creo que me torcí el tobillo.

Asahi suspiró aliviado.

No parecía una emergencia.

—Puedo ayudarte a levantarte.

Extendió la mano.

El hombre la tomó.

Y en ese preciso instante escuchó una voz detrás de él.

—¿Qué haces?

Asahi se congeló.

Se giró lentamente.

Un hombre mucho más grande estaba parado en la entrada del callejón.

Traje negro.

Cabello perfectamente peinado.

Gafas oscuras.

Y una expresión completamente seria.

Asahi sintió que el alma abandonaba su cuerpo.

—Yo...

El hombre lo observó.

Después miró al herido.

Luego volvió a mirar a Asahi.

—¿Lo conoces?

—No.

—Entonces, ¿por qué lo ayudas?

Asahi abrió la boca.

La cerró.

No sabía qué responder.

—Porque pidió ayuda.

Los hombres se miraron entre ellos.

Uno comenzó a reír.

—¿Qué?

El líder levantó una mano.

Todos guardaron silencio.

Después se acercó.

Cada paso parecía hacer que el callejón se hiciera más pequeño.

Asahi retrocedió.

—¿Tienes miedo?

—No.

El líder levantó una ceja.

—Estás temblando.

Asahi miró sus propias manos.

Era cierto.

—Tengo frío.

El hombre miró el cielo.

—Hace calor.

—Entonces...

Asahi se quedó sin argumentos.

Uno de los hombres soltó una carcajada.

—Me cae bien.

—Cállate —respondió el líder.

Asahi empezó a sospechar algo.

Aquello no era un grupo cualquiera.

Había escuchado historias.

Trajes negros.

Tatuajes.

La manera en que todos obedecían al hombre que estaba delante de él.

No.

No podía ser.

—Ustedes son...

El líder sonrió ligeramente.

—¿Qué crees?

Asahi sintió un escalofrío.

—Yakuza.

Nadie respondió.

Eso fue peor que cualquier respuesta.

—Genial...

Asahi dio un pequeño paso hacia atrás.

—Entonces me voy.

Intentó caminar.

Dos hombres se movieron al mismo tiempo y bloquearon la salida.

Asahi se detuvo.

—Claro.

Sonrió nerviosamente.

—Por supuesto.

El líder señaló una pequeña silla.

—Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie.

—Siéntate.

Asahi se sentó.

Inmediatamente.

---

Pasó aproximadamente media hora.

Asahi seguía sentado.

No sabía qué estaba pasando.

Había visto cómo discutían sobre dinero.

Había escuchado conversaciones que claramente no debía escuchar.

Había visto entrar y salir a hombres que parecían pertenecer a aquel mundo.

Y cada vez que pensaba que finalmente podía marcharse...

alguien le decía:

—Espera.

Así que esperaba.

Como un prisionero.

Aunque nadie lo hubiera atado.

Finalmente el líder se sentó frente a él.

—Tu nombre.

—Asahi.

—¿Edad?

—Diecisiete.

El hombre frunció el ceño.

—¿Diecisiete?

—Sí.

—¿Y qué haces aquí?

Asahi miró al suelo.

—Voy a encontrarme con alguien.

El hombre permaneció en silencio.

—¿Con quién?

—Una chica.

Uno de los hombres detrás del líder sonrió.

—Ah.

Asahi se puso nervioso.

—La conocí por internet.

Silencio.

El líder lo miró.

—¿Por internet?

—Sí.

—¿Y vas a verla?

—Sí.

—¿Dónde?

Asahi explicó el lugar.

El hombre escuchó toda la historia.

Cuando terminó, se quedó completamente quieto.

Después se llevó una mano a la frente.

—Eso es lo más estúpido que he escuchado en mucho tiempo.

Asahi bajó la mirada.

—Lo sé.

—Vas a recorrer medio país para encontrarte con una chica que nunca has visto.

—Sí.

—¿Y ella también viene?

—Sí.

El hombre soltó una pequeña risa.

—Entonces los dos están locos.

Asahi no supo si aquello era un insulto.

—Probablemente.

El líder lo observó durante unos segundos.

Entonces sonrió.

—Pero tienes valor.

Asahi levantó la mirada.

—¿Eso significa que puedo irme?

—No.

La sonrisa desapareció.

—Todavía no.

—...

Asahi volvió a bajar la mirada.

—Claro.

---

La tarde comenzó a caer.

Y con ella llegó la parte más extraña de aquel día.

Asahi terminó ayudando a los hombres con pequeñas tareas.

Primero cargó unas cajas.

Después acompañó a uno de ellos a comprar comida.

Luego tuvo que ordenar unos documentos.

No entendía por qué.

—¿Por qué estoy haciendo esto?

El hombre que estaba a su lado respondió:

—Porque estás aquí.

—Pero yo no trabajo para ustedes.

—Ahora sí.

Asahi lo miró horrorizado.

—¿Qué?

El hombre soltó una carcajada.

—Era una broma.

Asahi respiró aliviado.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Por qué?

—Porque casi me muero.

—Eso fue gracioso.

—Para ti.

A medida que pasaban las horas, Asahi comenzó a descubrir que aquellos hombres eran mucho más extraños de lo que había imaginado.

Uno era fanático de los dulces.

Otro hablaba constantemente de béisbol.

Uno de ellos tenía una colección de figuras escondida en su habitación y amenazó con negar su existencia si alguien la mencionaba.

Y el líder...

El líder era diferente.

Casi nunca hablaba.

Pero cuando lo hacía, todos escuchaban.

Al caer la noche, Asahi estaba sentado frente a él.

El hombre encendió un cigarrillo y miró hacia la calle.

—¿Sabes por qué te dejé quedarte?

Asahi negó con la cabeza.

—Porque ayudaste a uno de los míos aunque sabías que podía meterte en problemas.

Asahi no respondió.

—La mayoría de las personas mira hacia otro lado cuando algo no le corresponde.

El hombre dio una calada.

—Tú no.

—Tenía miedo.

—Lo sé.

Asahi levantó una ceja.

—¿Entonces?

El hombre sonrió.

—El valor no consiste en no tener miedo.

Asahi guardó silencio.

—Consiste en decidir qué hacer mientras tienes miedo.

Aquellas palabras se quedaron con él.

El hombre continuó:

—Vas a encontrarte con esa chica.

—Sí.

—Y probablemente tendrás miedo otra vez.

Asahi sonrió.

—Probablemente.

—No dejes que ese miedo decida por ti.

El hombre lo miró directamente.

—La vida es demasiado corta para pasarla esperando a sentirte preparado.

Asahi bajó la mirada.

Pensó en sus padres.

En su abuela.

En la escuela.

En su vida.

Y después pensó en Rin.

—Gracias.

El líder apagó el cigarrillo.

—Ya puedes irte.

Asahi levantó la cabeza.

—¿En serio?

—Sí.

Se puso de pie.

—Y muchacho...

Asahi se detuvo.

—Cuando llegues, no desperdicies el momento.

Asahi sonrió.

—Lo intentaré.

—No.

El hombre negó con la cabeza.

—Hazlo.

Asahi asintió.

Y salió.

---

El tren estaba esperando.

Asahi subió justo antes de que las puertas se cerraran.

Se dejó caer en un asiento.

Estaba agotado.

Miró por la ventana.

La pequeña ciudad comenzó a desaparecer lentamente.

Todo lo ocurrido durante aquel día parecía imposible.

Los hombres de negro.

El callejón.

El miedo.

Las bromas.

El consejo.

Se rió por lo bajo.

—¿Qué clase de viaje estoy haciendo?

Sacó el teléfono.

No había mensajes nuevos.

Miró la pantalla durante unos segundos.

Entonces escribió:

"Rin, hoy me pasó algo increíble."

Se detuvo.

Sonrió.

No quería contarle todavía.

Quizá algún día.

Guardó el teléfono.

Apoyó la cabeza contra el cristal.

El tren comenzó a avanzar.

Las luces de la ciudad quedaron atrás.

Y mientras observaba la oscuridad al otro lado de la ventana, una sola pregunta apareció en su cabeza.

No sabía qué estaría haciendo ella.

No sabía si estaría nerviosa.

No sabía si tendría miedo.

Pero esperaba que estuviera bien.

Asahi cerró los ojos.

—¿Cómo estará Rin?

El tren continuó avanzando hacia la noche.

Y, sin que él pudiera saberlo...

A cientos de kilómetros de distancia, otra persona también estaba viajando hacia él.